Historia verdadera de Ah Q (I)

Lu Xun




Capítulo 1. Introducción

Hace ya varios años que deseo escribir la historia verdadera de Ah Q. Pero cada vez que me proponía hacerlo reculaba en seguida al pensar que esto era una prueba más que suficiente de mi falta de genio, ya que una pluma inmortal debe ocuparse de un hombre inmortal, de forma que la pluma inmortaliza al hombre y el hombre a la pluma, y poco a poco no se sabe quién inmortaliza a quién. Y no obstante, como si estuviera embrujado, al final siempre terminaba volviendo a la idea de escribir sobre Ah Q.

Apenas tomaba la pluma para escribir este texto no perdurable, sin embargo, me daba cuenta de las tremendas dificultades. La primera de ellas, la cuestión del título. Confucio dijo que si los nombres están errados, las palabras no fluyen. Este punto merece toda nuestra atención. Hay muchísimos nombres y tipos de biografías: biografías históricas, autobiografías, biografías noveladas, biografías no autorizadas, suplementarias, familiares, resúmenes biográficos; pero ninguna de estas se ajusta a nuestro caso, por desgracia. No se trata de una «biografía histórica», pues Ah Q no podría figurar junto a un montón de figuras importantes dentro de una Historia Dinástica, y en cuanto a «autobiografía», claramente yo no soy Ah Q. Una «biografía no autorizada» supone una «biografía autorizada», y en cuanto a «biografía novelada», Ah Q no es un inmortal como para merecer una. ¿Biografía suplementaria? Ningún presidente ha mandado al Instituto de Historia a establecer su biografía oficial, y aunque es cierto que en la historia oficial inglesa no hay una biografía de Rodney Stone y aun así Dickens pudo escribir su biografía suplementaria, Dickens pudo, pero yo no puedo. Luego están las «biografías familiares», pero yo ignoro si tengo algún antepasado en común con Ah Q, ni he recibido encargo de ningún descendiente suyo. Tampoco «resumen biográfico» es adecuado, porque presupondría la existencia de una «gran biografía». En suma, se trata de una biografía original, pero puesto que escribo en un estilo vulgar y utilizo el habla de «la escuela de los changarines y los vendedores ambulantes», no me atrevo a utilizar ese nombre y prefiero llamarla «historia verdadera», en el sentido en que lo utilizan los novelistas que no entran en las Tres Doctrinas y las Nueve Escuelas cuando dicen «Dejemos la palabrería y volvamos a la historia verdadera». Sé que puede hacer acordar a una cierta «Historia verdadera de la caligrafía» de la última dinastía, pero no me importa.

En segundo lugar, por norma toda biografía debe empezar por «Nombre tal, nombre de cortesía tal, nacido en tal lugar», pero yo desconozco cuál es el apellido de Ah Q. Una vez dio la impresión de llamarse Zhao, sólo que al día siguiente todo estaba confuso otra vez. Eso fue cuando el hijo del señor Zhao aprobó el examen distrital y la noticia se anunció con bombos y platillos en la aldea. Ah Q bebió entonces dos tazones de vino y dijo, exultante, que esto representaba un gran honor para él, pues provenía de la misma familia que el señor Zhao, e incluso si se miraba bien la genealogía se podía ver que antecedía en tres generaciones al flamante diplomado. Al escucharlo, de hecho, varios alrededor adoptaron una actitud de seriedad y respeto. Quién hubiera dicho que al día siguiente el alguacil llamó a Ah Q a la casa del señor Zhao y este, al verlo, comenzó a gritarle con la cara toda roja:

—Ah Q, ¡pequeño sinvergüenza! ¿Andas por ahí diciendo que somos de la misma familia?

Ah Q no abrió la boca.

—¿Cómo te atreves a inventar estas tonterías? —el señor Zhao, cada vez más furioso, se acercó rápidamente—, ¿Cómo podría estar emparentado contigo? ¿Tu apellido es Zhao?

Ah Q siguió sin abrir la boca y retrocedió unos pasos. El magistrado, abalanzándose, le dio una bofetada.

—¿De dónde has sacado que tu apellido es Zhao? ¿Acaso alguien como tú podría llamarse Zhao?

Ah Q no intentó justificarse. Se limitó a acariciarse la mejilla izquierda con la mano mientras retrocedía hacia la salida en compañía del alguacil; afuera este lo siguió aleccionando un rato y logró sacarle unas monedas. Los que se enteraron del asunto coincidieron en que Ah Q era demasiado ridículo y que se la había buscado; lo más probable era que no se llamara Zhao, e incluso si realmente se llamaba así, existiendo el señor Zhao debería haber cerrado la boca. Posteriormente no hubo ya nadie que mencionara su familia, y por eso no tengo manera de saber cuál era a fin de cuentas el apellido de Ah Q.

En tercer lugar, tampoco sé cómo se escribe su nombre. Cuando estaba vivo, todos lo llamaban Ah Quei; una vez muerto, ya no había nadie que lo llamara de ninguna manera, y por supuesto no hay ningún «registro escrito». Este sin duda es el primer «registro escrito», y por eso soy el primero en encontrar este escollo. He reflexionado intensamente acerca del asunto: ¿La sílaba «Quei» de Ah Quei se escribe con el ideograma de «laurel» o el de «noble»? Si hubiera tenido como apodo «Pabellón de la luna», o si su cumpleaños fuera en agosto, sin duda se trataría del ideograma de «laurel»; pero Ah Q no tenía apodo —o al menos, apodo conocido—, y nunca en su vida distribuyó tarjetas invitando a saludarlo por su cumpleaños: sería arbitrario utilizar ese ideograma. De la misma forma, si hubiera tenido un hermano mayor o un hermano menor llamado Ah Fu (con el ideograma de «rico»), su nombre sin duda se escribiría con el ideograma de «nobleza»; pero a Ah Q no se le conocían hermanos, y no hay motivos para escribir su nombre con el ideograma de «nobleza». Aún menos adecuados resultan otros ideogramas más raros que también se pronuncian Quei. Una vez le pregunté al hijo del señor Zhao, el diplomado local, pero para mi sorpresa, a pesar de su imponente erudición, también se mostró perplejo, aunque su conclusión fue que desde que Chen Duxiu había promovido el uso del alfabeto occidental en las páginas de Nueva juventud, la esencia nacional había entrado en decadencia y no había forma de llegar al fondo de las cosas. Como último recurso encargué a un coterráneo que examinara el prontuario de Ah Quei. Respondió ocho meses más tarde con una carta donde informaba que en los archivos no había nadie cuyo nombre sonara parecido. A falta de un método chino generalizado de transliteración, me temo que la única opción es recurrir al alfabeto occidental y a la ortografía inglesa, y escribirlo como «Ah Quei», que resumido sería «Ah Q». Al hacerlo estoy muy cerca de seguir ciegamente la revista Nueva juventud, algo por lo cual me disculpo, pero puesto que el diplomado local no tiene la respuesta, qué otra opción me queda.

Por último está la cuestión del origen de Ah Q. Si su apellido fuera Zhao, de acuerdo a la costumbre aún vigente de trazar el origen de la familia podría apoyarme en las notas y explicaciones del libro Nombres de los distritos y los apellidos de las cien familias, y decir «es de Longxi o de Tianshui»; lamentablemente, no es seguro que este sea su apellido, por lo cual tampoco es posible definir el origen de su familia. Aunque vivía la mayor parte del tiempo en la aldea de Weizhuang, con frecuencia pasaba tiempo en otros lugares, por lo cual no puede decirse que fuera de allí. Afirmar que «era originario de Weizhuang» sería adulterar la historia.

Lo que me consuela en parte es que no hay ninguna duda acerca de la sílaba «Ah»; no hay peligro de falsas analogías o préstamos erróneos, como seguramente podrán confirmar los expertos. En cuanto al resto, no es algo que esté al alcance de mi saber superficial. Espero que en el futuro algún discípulo del señor Hu Shi, «apasionado por la historia o la arqueología», pueda encontrar una pista. Aunque para entonces, me temo, mi Historia verdadera de Ah Q ya habrá desaparecido tiempo atrás.

Las líneas precedentes pueden tomarse como prólogo.

Hu Shi, que aparece mencionado más abajo, también es una figura central del movimiento de la Nueva Cultura, creador de la revista Nueva juventud y miembro fundador, posteriormente, del partido comunista.


Capítulo 2. Breve crónica de los triunfos de Ah Q

No sólo el apellido, el nombre y el origen de Ah Q están rodeados de cierta confusión; lo mismo sucede con sus antecedentes. Puesto que la gente de Weizhuang sólo pensaba en Ah Q cuando se trataba de emplearlo para una changa o para hacer bromas, nunca nadie se interesó por su pasado. Ah Q mismo no hablaba al respecto, salvo cuando ocasionalmente, al discutir con alguien, abriendo bien los ojos decía:

—¿Quién te piensas que eres? Nosotros solíamos tener mucho más dinero que tú.

Ah Q no tenía casa, vivía en el templo de la Tierra y los Granos. Tampoco tenía ocupación fija, limitándose a realizar trabajos cortos para otras personas, como segar el trigo, descortezar el arroz o conducir un bote. Cuando eran trabajos más largos, a veces se quedaba en la casa de su empleador, pero una vez terminada la tarea se iba. Así que, siempre que las personas se encontraban con mucho trabajo se acordaban de Ah Q, pero se acordaban en relación con alguna tarea; no pensaban en sus «antecedentes». En cuanto se terminaba el ajetreo se olvidaban de su existencia, ni qué hablar de sus antecedentes. Hubo una vez, sin embargo, que se escuchó a un viejo elogiarlo: «¡Este Ah Q sí que es capaz!», dijo, delante del mismo Ah Q, que estaba parado ahí en pose indolente, con su torso desnudo y flaquísimo. Nadie supo si se trataba de un elogio o una ironía, pero Ah Q sintió una gran satisfacción.

Ah Q tenía un alto concepto de sí mismo y despreciaba profundamente a los habitantes de Weizhuang. Ni siquiera los dos «infantes letrados» le parecían dignos de la menor atención. Ambos estaban destinados a obtener el diploma local algún día, y si el señor Zhao y el señor Qian eran respetados por todo el mundo tenía que ver, dejando de lado su dinero, con su condición de padres de estos dos «genios». Pero Ah Q no sólo no sentía ningún respeto particular, sino que además pensaba: «¡Mi hijo será mucho más rico!». Como si esto fuera poco, podía jactarse de haber viajado varias veces a la ciudad, lo que no le impedía, sin embargo, despreciar a sus habitantes. Por ejemplo, mientras que en Weizhuang, al igual que él, llamaban «banco largo» a unos bancos de madera hechos con tablas de setenta centímetros por siete, en la ciudad decían «un banco angosto». «Está mal», pensaba. «¡Es absurdo!». A las cabezas de pescado frito en la aldea se les agregaba la cebolla cortada en tiras gruesas, mientras que en la ciudad la picaban fina. «Es un error», se decía. «¡Es absurdo!». A pesar de lo cual, los habitantes de Weizhuang eran unos campesinos ridículos e ignorantes, pues no conocían el pescado frito de la ciudad.

Ah Q venía de una familia de pasado próspero, tenía mundo y era capaz: se diría un hombre casi perfecto. Por desgracia, sin embargo, su apariencia tenía algunos defectos. Lo más irritante eran unas cicatrices de sarna diseminadas por el cuero cabelludo desde quién sabe qué época. A pesar de que eran parte de su cuerpo, al parecer Ah Q no se enorgullecía de ellas, pues consideraba tabú la palabra «sarna» y toda palabra que sonara parecido. Con el tiempo el tabú se fue ampliando hasta incluir la palabra «lámpara», y a partir de ahí también «luz», «luminoso», «vela», entre otras palabras. Apenas alguien rompía el tabú, de manera intencional o no, Ah Q se enfurecía y las cicatrices se le ponían rojas. Examinaba al contrincante: si lo juzgaba lento con la lengua, lo insultaba; si era físicamente débil, lo atacaba; y sin embargo, por alguna razón, la mayoría de las veces era Ah Q el que salía derrotado. Así, su táctica fue cambiando de a poco, hasta limitarse más que nada a clavar en el rival una mirada asesina.

Este cambio no pareció desalentar a los haraganes, sino todo lo contrario. Apenas aparecía comenzaban, fingiendo sorpresa:

—Hey, se hizo la luz.

Ah Q, como siempre, se enfurecía y les clavaba su mirada asesina.

—¡Parece que hay un lámpara aquí! —continuaban, para nada intimidados.

Entonces a Ah Q sólo le quedaba pensar alguna frase con la que vengarse.

—No valen la pena. Gente de pocas… —en ese momento era como si lo que Ah Q tuviera sobre su cabeza fuera una cicatriz noble y gloriosa, y no simples cicatrices de sarna. Pero como ya he dicho, Ah Q tenía mundo; se daba cuenta de que él mismo estaba por romper el tabú, y cerraba la boca.

Los haraganes, sin embargo, no paraban ahí, seguían burlándose hasta llegar a las manos. Ah Q era derrotado físicamente, alguien lo agarraba de la trenza y hacía sonar su cabeza contra la pared, cuatro o cinco veces. Recién entonces los otros se iban, satisfechos y triunfantes. Ah Q se quedaba de pie un momento, pensando: «A fin de cuentas, es como si hubiera sido golpeado por mi hijo… El mundo de ahora está dado vuelta». Y así, satisfecho y triunfante, se iba.

Ah Q al principio sólo pensaba esto, pero luego comenzó a decirlo en voz alta, de manera que los otros supieron que contaba con esta forma de triunfo mental, y a partir de entonces cada vez que lo tenían agarrado de la trenza lo contrarrestaban diciéndole:

—Ah Q, esto no es un hijo pegándole al padre. Esto es un hombre pegándole a una bestia. Repite: «Un hombre pegándole a una bestia».
—Golpeando a un pequeño insecto —decía Ah Q, agarrándose la raíz de su trenza con las dos manos, la cabeza torcida—, soy un pequeño insecto. ¡Suéltenme!

Pero aunque fuera un pequeño insecto, los haraganes no lo soltaban sin antes hacer sonar su cabeza unas cinco veces contra un muro. Recién ahí se iban, satisfechos y triunfantes. Quedaban convencidos de que Ah Q esta vez había aprendido la lección. Sin embargo, no habían pasado diez minutos cuando Ah Q partía, también él satisfecho y triunfante, pues se decía que era el número uno en humillación de sí mismo. Si se quitaba la parte «humillación de sí mismo» quedaba sólo «número uno». ¿El ganador del examen imperial no era también el número uno? «¿Quiénes se creen que son al lado mío?». Tras vencer al enemigo por medio de semejantes astucias, corría alegremente a la taberna a beber algunos tazones de vino. Ahí, nuevamente se burlaban de él, nuevamente discutían, nuevamente obtenía la victoria y regresaba alegre al templo de la Tierra y los Granos, y se tiraba a dormir. Si tenía dinero, se iba a apostar. Se apretujaba en medio de un montón de hombres, en cuclillas y con la cara chorreando sudor. Su voz se oía por encima de las demás:

—Cuatrocientos al Dragón Verde.
Ehem… ¡Se abre…! —el que dirigía la partida levantaba la tapa de la caja y canturreaba, con el sudor chorreando por su cara:
—La puerta del cielooooo… ¡El rincón cero! ¡Ninguna apuesta en el Pasillo! ¡El dinero de Ah Q va para la casa…!
—¡Cien, no, ciento cincuenta al Pasillo!

En medio de este canturreo el dinero de Ah Q pasaba poco a poco al bolsillo de otro hombre de cara transpirada. Al final no le quedaba más que apartarse fuera de la multitud y quedarse parado detrás, mirando, sufriendo por otro, hasta que la partida se terminaba y volvía al templo. Al día siguiente iba a trabajar con los ojos hinchados.

Pero como dice el dicho, contra la fortuna no hay arte alguna. Ah Q tuvo la suerte de ganar una vez y eso, paradójicamente, casi lo lleva a la derrota. Sucedió el día de la procesión de los dioses. Esa noche se representó una obra, como de costumbre, y cerca del escenario, a izquierda, se armaron varias partidas. Los tambores de la obra le sonaban como si estuvieran a kilómetros de distancia. Ah Q sólo tenía oídos para el canturreo del hombre que dirigía la partida. Ganó una y otra vez, y los centavos de cobre se fueron convirtiendo en centavos de plata, y estos en grandes monedas de plata que formaban un montoncito. Estaba eufórico.

—¡Dos monedas a la puerta del cielo!

No supo quién empezó a pelear con quién, ni por qué, pero de golpe hubo gritos, insultos, ruido de golpes, corridas, y todo se volvió confuso. Cuando logró ponerse de pie la mesa de juego había desaparecido, al igual que las personas, y le llegaban unas punzadas de dolor desde diferentes rincones del cuerpo, como si hubiera recibido puñetazos y patadas. Varias personas lo miraban boquiabiertos. Entró al templo de la Tierra y los Granos sintiendo que le faltaba algo, miró un instante la figura del dios y se dio cuenta entonces que había perdido sus monedas. Y no había manera de saber qué había pasado, porque en días de fiesta la mayoría de los jugadores venían de otros lugares.

¡Un montón tan brillante de monedas! Era todo suyo, y ahora se había esfumado. Se dijo a sí mismo que había sido robado por su hijo, pero no sintió ningún consuelo. Se dijo que era un gusano; tampoco sirvió de nada. Fue entonces cuando experimentó, por primera vez, la amargura de la derrota.

Pero no tardó en convertirla en triunfo. Levantó la mano derecha y se pegó dos bofetadas que le hicieron arder la mejilla, y cuando terminó de golpearse se sintió mucho mejor. Era como si el golpeador y el golpeado fueran partes diferentes de sí mismo, y al poco tiempo pareció como si hubiera golpeado a otra persona. Aunque todavía sentía un poco de ardor, se acostó con el corazón satisfecho como un triunfador.
Se durmió.


Capítulo 3. Breve crónica de los triunfos de Ah Q (Continuación)

A pesar de sus frecuentes triunfos, Ah Q sólo alcanzó la celebridad luego de las bofetadas del señor Zhao. Tras pagarle doscientas monedas al alguacil, esa noche se fue a dormir lleno de rabia, pensando: «El mundo de hoy está dado vuelta. El hijo le pega al padre…». Así de repente pensó en el prestigio del señor Zhao, y en que este ahora era su hijo, y poco a poco empezó a sentirse orgulloso, se puso de pie y se dirigió a la taberna cantando el aria La joven viuda visita la tumba de su esposo. En ese momento el señor Zhao le parecía nuevamente una persona extraordinaria.

No deja de ser raro, pero lo cierto es que desde entonces la gente pareció tratarlo con respeto. Se equivocaba Ah Q al pensar que esto se debía a su paternidad sobre el señor Zhao. En Weizhuang el hecho de que un fulano le pegara a otro raramente llamaba la atención, salvo si el involucrado era alguien de prestigio como el señor Zhao. Entonces, una vez que el hecho se volvía conocido, no sólo el golpeador obtenía renombre sino también (por transitividad) el golpeado. Estaba fuera de discusión que la culpa de todo era de Ah Q, por la simple razón que el señor Zhao no podía estar equivocado. ¿Por qué, entonces, a pesar de su falta, la gente parecía respetarlo más ahora? No es sencillo de entender, pero tal vez, aunque la explicación suene rebuscada, tenía que ver con que Ah Q había afirmado ser pariente del señor Zhao. Aunque había recibido una paliza por decir esto, todo el mundo temía que hubiera algo de verdad y preferían por las dudas tratarlo con respeto. O tal vez era como lo que ocurre con el buey sacrificial en el templo de Confucio, que por el hecho de haber sido tocado por el sabio adquiere para sus discípulos un estatus diferente, por más que sea un simple animal, igual que el cerdo o el cordero.

A partir de ahí Ah Q vivió orgulloso durante años.

Un día de primavera caminaba por la calle, un poco borracho, cuando divisó al pie de un muro soleado al barbudo Wang, que se había sacado la camiseta y se dedicaba a buscarse los piojos. De golpe empezó a sentir una picazón en todo el cuerpo. A este personaje todo el mundo lo llamaba Wang el barbudo sarnoso, porque además de la barba tenía sarna. Ah Q omitía la palabra sarnoso, no porque lo despreciara menos que los demás, sino porque la sarna no le parecía algo especial. Era esa barba tupida lo que le parecía extraño y lo hacía odioso. Se sentó a su lado, algo que no se hubiera atrevido a hacer así nomás si se hubiera tratado de otro haragán, ¿pero cómo iba a tenerle miedo a este barbudo? Sentarse a su lado, la verdad, era hacerle un favor.

Ah Q se quitó el abrigo raído y lo examinó por adentro y por fuera. Tal vez porque lo había lavado hacía poco, tal vez por falta de atención, después de un largo rato sólo logró atrapar tres o cuatro piojos. Miró al barbudo Wang, que agarraba uno tras otro, a veces varios a la vez, y se los ponía en la boca y los hacía sonar entre sus dientes.

El desaliento dio paso a la indignación: era tan humillante que el despreciable barbudo Wang tuviera tantos piojos y él tan pocos. Lo que más deseaba era encontrar uno o dos grandes, pero después de mucho buscar sólo pudo atrapar uno mediano. Se lo puso con rabia entre los labios gruesos y mordió fuerte, haciéndolo explotar con un ruido que, sin embargo, no logró igualar el que hacía el barbudo Wang.

Las ronchas de sarna se le pusieron rojas, tiró la ropa al piso y soltó un escupitajo.

—¡Gusano! —dijo.
—¿A quién insultas, perro sarnoso? —respondió el barbudo Wang despectivamente, levantando la vista.

Aunque en el último tiempo Ah Q era tratado con cierto respeto y se había vuelto más arrogante, no dejaba de ser precavido al encontrarse con alguno de esos haraganes buscapleitos. Sólo esta vez se envalentonó algo más de lo habitual, diciéndose que cómo se atrevía a hablarle así esa cosa con la cara peluda.

—Insulto a quien se me da la gana —retrucó, poniéndose de pie, con los brazos en jarra.
—¿Te pica algo? —dijo el barbudo, poniéndose él también de pie y colocándose la camisa.

Ah Q embistió con su puño, imaginando que el otro saldría corriendo. Antes de alcanzar su objetivo, sin embargo, el puño fue interceptado por el barbudo, que con un simple tirón hizo trastabillar a Ah Q hacia adelante y luego le sujetó la trenza y trató de arrastrarlo hasta el muro, como de costumbre, para golpearle la cabeza.

—¡Juegos de manos son de villanos! —gritó Ah Q, con la cabeza torcida.

El barbudo Wang debía considerarse un villano, ya que no le hizo caso, lo golpeó seis veces contra el muro, y luego lo empujó con tanta fuerza que Ah Q aterrizó a dos metros de distancia. Recién entonces se alejó, satisfecho.

Esta debía ser la primera humillación de la que tenía memoria Ah Q. Siempre había sido él quien se burlaba del barbudo Wang, nunca había sucedido al revés, y menos aún que se atreviera a golpearlo. Y que ahora, finalmente, lo hubiera atacado, no cabía en su imaginación, debía ser verdad entonces lo que decían en la ciudad, que el emperador había eliminado los exámenes imperiales y que ya no precisaba diplomados locales o provinciales. A causa de eso la familia del magistrado debía haber perdido prestigio, y por esto a su vez los demás le habían perdido el respeto.

Ah Q se quedó de pie, sin saber qué hacer.

De lejos se veía venir a otro rival. Se trataba de la persona que Ah Q más odiaba en el mundo, el hijo mayor del señor Qian. Había ido a la ciudad para estudiar en una academia donde se enseñaban asignaturas extranjeras, y luego, no se sabe cómo, había ido a Japón y vuelto medio año más tarde, caminando bien erguido y sin la trenza. La madre lloró durante días y su esposa se tiró tres veces a un pozo. Luego la madre hizo correr el rumor de que unos sinvergüenzas lo habían emborrachado y le habían cortado la trenza. «Estaba destinado a ser un gran funcionario. Ahora deberemos esperar a que le crezca de nuevo y ahí veremos». Pero Ah Q no creía en esta explicación, y lo llamaba «Falso demonio extranjero» o «Vendepatria». Al verlo, no tardaba en ponerse a insultarlo por lo bajo.

Lo que más detestaba Ah Q era su falsa trenza. Era prueba de una bajeza casi absoluta. De la misma forma que, el hecho de que su esposa no se hubiera tirado por cuarta vez a un pozo, probaba que no era una buena mujer.

El «Falso demonio extranjero» se acercaba.

—Pelón… Animal…

Ah Q se limitaba por lo general a rumiar estos insultos en su cabeza, pero esta vez la rabia que sentía y el deseo de desquitarse eran tan fuertes que las palabras salieron de su boca, apenas audibles.

El otro se acercó a grandes pasos con un bastón amarillo al que Ah Q llamaba «el bastón del hipócrita», en referencia al que las personas suelen usar en los funerales de sus padres para expresar que el dolor apenas les permite mantenerse en pie. Adivinando lo que iba a pasar, Ah Q encogió el cuerpo y levantó los hombros a la espera del golpe que, en efecto, en seguida sonó tan claro como si hubiera caído sobre su cabeza.

—¡Me refería a él! —gritó Ah Q intentando defenderse, y señaló a un niño que se encontraba a un lado.
—¡Pa, pa, pa!

Esta debía ser la segunda humillación de la que tenía memoria Ah Q. Por suerte, cuando los golpes dejaron de retumbar en su cabeza, se sintió paradójicamente más liviano, como si lo más importante fuera que hubieran terminado, y en seguida el olvido, ese tesoro legado por nuestros ancestros, comenzó a hacer efecto. Caminaba despacio, y para cuando llegó a la puerta de la taberna hacía rato que se sentía algo alegre.

Pero en frente venía caminando la pequeña monja del convento del Perfeccionamiento Silencioso. Cada vez que veía a la monja Ah Q se ponía a insultar en voz alta, y más aún en este momento, luego de su humillación. Le volvió la memoria, y con la memoria volvió el rencor.

—Ahora que te veo entiendo por qué hoy ha sido un día tan desgraciado —pensó.

La interceptó, adelantándose, y soltó un escupitajo sonoro:

Gggg, pfff.

La pequeña monja siguió de largo sin prestarle atención, cabizbaja. Ah Q caminó hasta alcanzarla y de repente extendió una mano y acarició el cuero cabelludo recién rasurado.

—¡Pelada! Regresa rápido, el monje te espera… —dijo, riendo estúpidamente.
—¿Cómo te atreves a tocarme? —dijo la pequeña monja, ruborizándose y acelerando el paso.

Los que estaban en la taberna se rieron a carcajadas. Viendo que su hazaña era festejada, Ah Q se puso eufórico.

—¿El monje puede y yo no puedo? —dijo, pellizcándole la mejilla.

Se repitieron las carcajadas. Ah Q se sintió aún más orgulloso y para complacer a su público la pellizcó una vez más antes de soltarla.

Esta batalla le había hecho olvidar al barbudo Wang y al Falso demonio extranjero, como si hubiera logrado vengarse de toda la desgracia del día. Y extrañamente, luego de recibir tantos golpes, su cuerpo parecía liviano y flotaba como si fuera a salir volando.

—¡Ojalá te quedes sin descendencia…! —se escuchó lloriquear desde lejos a la pequeña monja.
—Ja, ja, ja —Ah Q se reía, satisfecho a más no poder.
—Ja, ja, ja —se reían en la taberna, casi tan satisfechos como él.

(Continuará...)

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