HILAROTRAGOEDIA [Fragmento]

Giorgio Manganelli




Si todo discurso arranca de un presupuesto, un postulado indemostrable e indemostrando, en aquel encerrado como embrión en yema y yema en huevo, sea pues, de este que ahora se inaugura, prenatal axioma el siguiente: QUE EL HOMBRE POSEE NATURALEZA DESCENDITIVA. Entiendo y gloso: el omne es actuado por fuerza no humana, por ansia, o amor, u oculta intención, que se alatebra en músculo o nervio, que él no escoge, ni entiende; que él desama y desquiere, que le apremia, de él se sirve, lo invade y gobierna; la cual tenga por nombre potestad o voluntad descenditiva.

Descender, es de hacer notar en primera instancia, es operación expedita; al ejecutarla, no temerás el toparte con impedimentos, obstáculos, denegaciones, repulsas gravitacionales: ni deberás hocicarte el camino con los vibrátiles ollares cerebrales; que el entero universo está tan solercialmente estructurado como para hacer, de todos los posibles movimientos, a este solo acuciante y abierto, cautivador, alegrador mejor dicho, natural, naturalmente rápido de cada vez más rapidísima rapidez; onde se sibila por el aire, tendente a hipotético blanco, o teológico, o inférnico, supernamente ínfimo, sobre el que, convergiendo nuestra naturaleza flaca y difusa, como invertido abanico de rectas se monopolariza en gráfico perspectivo.

Nótese que esta vocación descenditiva se ejemplifica en nuestro cuerpo, fusiforme hacia los pies, como es propio de artefactos de excavación, cuales son los topos de los talones, con los que a nosotros mismos nos excavamos la tumba en la amiga arcilla; en barrena nos retorcemos del ombligo para abajo, con ese breve y autónomo tarugo del miembro y, más allá, el dedo gordo trufado tienta la tierra terrena en la que mora la trufa del diablo, y abre en ella arañazo de abismo.

Desde el pináculo, desde la gárgola de tu cabeza de hueso, amigo, copropietaria mía de genitales, cómplice mío en destilaciones de orina, hermano en excremento; y tú también, presupuesto al que fatigosamente me adecuó, modelo de calavera, mi nada rechinante y obtusa, mi coaborto, afable litopedio; desde la ínfima cima asómate, abandónate a tu precipicio. Sé fiel a tu descenso, homo. Amigo.

Glosa al concepto de descenso:

No en verdad natural es esta vocación de ir hacia abajo, mas pacífica y amiga; si bien de gaudio deponente, áspero, abstracto; aunque risueño también: como muestran con su hilaridad furtiva los escarnecedores abortos; decoroso y enjuto, como ves en las altaneras momias, arraclanes y relicarios.

Yo considero: están los beatos en lo altísimo del empíreo, y empellan un pie tras otro hacia arriba por ese vítreo, arcaico parqué periclitante; y es sin duda gran distinción. Pero, pensadlo, ¡el abismo que se les abre por debajo! Qué onerosa retribución, para una vida castigada, de economizados genitales, estómagos picoteadores, historietas insulsas, planear por nubes uranias que ante un bufido de viento se compelen en cuatro casillas de pañuelo de prior, mientras, con el rodar de los engranajes seráficos, a las vírgenes alabastrinas y sin menstruos se les avienta faldas arriba el aliento de las bestias zodiacales; y considérese al mismo tiempo cuánta paz, paz natural e imperfectible, les toca a los ya no esperantes espíritus perdidos, situados en lo hondo de las honduras, incapaces de ulteriores caídas, no memoriosos ya de altura, pues toda la han incinerado en su infinita zambullida; ni amorosos de ella, pues la noción misma de alto es negada a su perfectísima bajura; considérese cuánto, insolentes, degustan su propia horizontal sinecura; cuán extraña les resulta toda envidia de los altísimos —aquellos que no han ejecutado la caída, que desconocen la salvación del abismo, que han mortificado la natural vocación descenditiva de los miembros humanos— los beatos vertiginantes, que en lo alto translucen, aposentadores de lo divino, atareados, obsequiosos, siempre lábiles para transgredir, para derramar champaña u orinal, de ahí que trastabillen en manto de cometa, o den con el dedo gordo depilado y sin callos del pie en empedrado de asteroide. Así pues: ello sea satis para decirte que tu vocación por el precipicio no es renunciante o censurable: sino reposada, sabia, honestísima: solemne incluso, ya que toda una vida es necesaria para la consumación de la gran caída; et también: rationalissima.

Nota sobre los «verba descendendi»:

Que del descender se den maneras, o guisas, variadas, es cosa pacífica y obvia: como se apostrofa son las del morir, las del matar, las del amar. De por sí, descender parece verbo desornado, pobre y manido: huele a algo opacado por el uso, o a vestidura quebrantada y raída. Los léxicos concordemente afirman que designa «traspasar de un lugar más alto a otro que lo está menos», lo cual es cosa hasta frívola. Quien lo use para designar gestos corporales y cotidianos tiene en su mente, hoy, ajados chapines y polainas narcisistas para escalinatas institucionales, que sobresalen de cajas apiladas en trenes o trolebuses, o subterráneas paranoicas: pero espiró, acaso, un tiempo de mongolfieras a media altura, carnosas nubes en calzas.

Pero he aquí el incoativo inclinar, de algo que tenga en su ánimo el propio derrumbamiento, y en mucho lo aprecie, y a ello íntimamente tienda y se dirija, pero aún titubee: como ha de ser con joven hembra, apta para querellas de cultos monólogos, deseosa de hender la tierna garganta, a la que refrene (como en retórica estampa neoclásica) el cuidado de los hijos, o divertissement de amante, pedanterías de pecado, sofismas carnales, esparcimiento de películas suburbanas, o el sacramento del alcohol. Se inclinan las casamatas antaño belicosas, ahora ceñudas e impotentes; y las casuchas ruinosas, desconchadas y aborrecidas, de indagación sociológica; y las quercus añosas, rapaces de torva teología, pero horadadas por la tozuda desilusión. Es verbo, pues, de consenso, de colaboración: y aplíquese a quien buena no juzga muerte que no le sea propia, elegida, trabajada, ejecutada con competencia, técnica concentración de fontanero de bien; que los demás se dejan matar todos a fuerza de cuchillos, manotazos de gérmenes, coágulo iracundo de sangre; y arrojar a los negros mondongos de la tierra, encorajinada ante este menester vil; desmarridos que desde ahí reafloran balbuciendo repetitivos renacimientos, insípida pasta de un salcocho, recocho y revenido universo.

Otros calan: bonito verbo, de buena fusta, pero de mucha mejor molicie, como de capa pluvial, presupone latitudes de posaderas, túnicas, faldas o guardainfantes; exige en cualquier caso corpachones, pero no arrogantes: como debieron de ser los cuerpos abuhados pero definitivamente en arrobamiento de los dragones extremos, los espiralantes hecatodentados; míralos, a esos verdes escamados de negro comatoso, hirsutos con su vanísimo, melancólico boato de remamientos y alas, encorsetados todos con espolones y garras, como una decidua cabaretera, trémulas las antaño tremendas mandíbulas, míralos morir en los cálidos miércoles del abril del treintamilenta, delicuescentes a media altura, cabeza abajo atirantando hacia la tumba la apática cola del cuello, como la péndula gallina patalea hacia atrás por los aires; ellos calan; y no es que un algo de sacerdotal, y sin embargo civilísimo, esté ausente de los ojos de los descendibles monstruos: húmedos, educados; memoriosos, sobre el abismo de la agonía, de dispersas ecolalias de infancia.

Se rebajan los guijarros, los monumentos, los templos; una iglesia, también. Pues no es raro que en las iglesias, esas dialectales concavidades de mediocres ladrillos, funcionarios subordinados e ínfimos —allá donde no hayan conseguido la ambigua fortuna terrena de la beldad de las formas— no es raro, digo, que en ellas se conciba, se amorule, y se acrezca, y por último despunte, y se debata, y embista en su deseo de luz, un afán de denegación, y fuga, y rechazo, una náusea torva y vana; píos y desacralizados cuerpos. Se soslayan de las reliquias; contrastan con sacristanes y priores; y, rencorosas, principian a meditar su propio fin. Así perecieron las religiones verdaderas de tiempos antiguos, y van pereciendo las actuales verdaderísimas; ya que se les revuelven en contra los ladrillos, las niegan y escogen morir, para no hacerse cómplices de la aclarada mentira de lo verdadero. No es expedito, para una iglesia tamaña, aguardar hoy la propia muerte; pues los ocurrentes eclesiásticos van poniendo en acto ciertas cautelas suyas, y represivas y preventivas, como tienen por avezadura; ya que el tumulto de los ladrillos los pone en evidencia e inquieta grandemente. Así pues, aquí se exhorta a la iglesia revoltosa a mantener conducta prudente: dúplice, incluso, y desleal; pues no se da propiamente deslealtad allá donde se abandera discurso acerca de ultimidades. En primer lugar, atendiendo con ostentoso fervor a sus propios cometidos de azafata, alcahueta o sicaria de la divinidad, pondrá faz cordialísima a los huéspedes devotos, a los infieles gruñirá simuladas recriminaciones; ofrecerá con aviesa gracia loco fulgor de oros, y malsana palidez de esbeltas, prepúberes candelas; dará oídos, solícito sindicalista de las humanas angustias, a reivindicaciones y descontentos; los sentenciará justificados y razonables; y, por el lado burocrático, dispondrá su solícito despacho, en instancias bien compiladas, completas en todas y cada una de sus partes, claramente legibles, no sin esa copia de información chismosa y reservada que cualifica la diligencia del buen servidor, con el objeto de que arriba se diga: «La iglesucha del condado de… es obsequiosa y eficiente». Por ese barniz de mafia que confiere color de gran autoridad a las cosas supernas, dará curso —de la iglesia se discurre— para que se sacien de milagrosas dádivas ciertos casos de patente y eufórica injusticia: lo que resulta en todo caso arduo asunto, porque son estos precisamente los custodiados a mayor gloria de los Jerarcas, que se prometen de nuevo propaganda y diferido despeñamiento. Pero, en definitiva, milagros, gracias y asensos, aunque no sean más que de mediana calidad, intervenciones desteñidas y arrinconadas, pueden siempre chapucearse y la gente infelicísima y derrelicta con ello se regocija y se desmemora. Con frémito de estatuas voluptuosas, con chanzas de volutas levitantes, la iglesia se atraerá la benevolencia de los superintendentes —cuán golosamente degustan los ángeles el technicolor— y al mismo tiempo la misérrima veneración de los crédulos creyentes.

Se aparejará, por lo tanto, un clima de confianza, no sin coloramientos histéricos, como para llevar a engaño a los más espabilados monseñores; puesto que, ya se ha dicho, desde hace tiempo los curas han oliscado tamaña deserción de los ladrillos, y de soslayo no quitan ojo de junturas y cuñas; y se dice que agavillan de noche con cuerdas y gúmenas las iglesias en suspición, con el pretexto de restauraciones y remozamientos encamisándolas en máquinas policíacas de vigas y tubos, de modo que pueda contrastarse, como es avezadura en los falansterios de los dementes, la oculta gula del deshacimiento. Y no nominaremos a esos sacristanes y clérigos que durante la noche las sueldan con imponente lastre de culos; o que —simulando solicitud por paramentos, hachones o guapezas, como cosas gratas a los altísimos, gente de solaz— realizan nocturnas inspecciones, irrupciones, perquisiciones: hombres píos, mujeres castas o cicateras, sacristanes plebeyos o sepultureros sentenciosos, con porte risueño y urbano las escrutan parte por parte, y máxime los cimientos y criptas subterráneas, que son como sus partes pudendas y partes excrementicias: que es cosa villanísima. Así, hasta hoy, han sido capaces, en esta cristiandad ruinosa, de refrenar la revuelta de los muros sediciosos.

Mas habrá una noche ímproba, ventosa, pluviosa y amarga; noche de tabardos, de limpieza general en las lápidas de los cementerios; noche de muslos conyugales, caritativos y perezosos; noche en la que nos aplastemos contra la corteza del planeta que nos remolinea. En una noche tamaña, no solicite el dios somnoliento y voraz estofado y vino añejo a sus fieles; pues no hay fieles, en noches tamañas. Y, entonces, el honesto templo descristianado se rebajará: primero forzando, haciendo crujir, empellando cual apoplético el gravamen de los muros escleróticos; desconchándolos, hendiéndolos, dilatándolos, con el viscoso hervor de la sangre ya semiapagada, con objeto de que la parte mediana asome como mano de ahogante; y en fin, destripándolos, desarraigándolos de golpe; y se desmoronará en añicos de muros, deshaciendo la liturgia cárdena de paños y resecando la pía carne de los campanarios seniles, y desnudo se rebajará tras un revuelo de calcinas gallináceas; y al fin, desconsagrado, reconsagrado paquidermo rugoso, morituro como antaño los saurios, se precipitará a la dulzura del final.

Mas se despeñan suicidas silvestres, montaraces, animales desdeñados por sus propios miembros, peleados con el estorbo de las laberínticas vísceras, amantes de genitales tiránicos, enormes; corren por las cimas de montes verticalísimos, picoteados por miembros acometedores, sarmientos de carne rugosa, pegajosas lenguas de osos hormigueros; por vulvas gaznatosas, boquetes en líquenes de pubes, mundus, avernos per lucum; saltan por los aires, obsequiosos ante su propia vocación, abstraídos en el orgasmo de la dulcísima devastación, miembros descendibles, incluso precipitantes.

Precipitar es verbo que tiene más de ciudadano, de mecánico; describe estelas de fulminosos miembros por el aire seco; o furibundo hocicar de aviones, a los que se les escapa la muerte. Hembra pendenciera, hembra ilusa, desilusa, desilusionada hace ondear rueda de tremolante falda, al asalto; brota en crisantemo de sí misma: en las aceras se despliega, se repliega, se deshace. Gran vuelo, insigne empresa, que os decora con una dignidad que en vano buscamos en nosotros mismos. Circunspectos arcángeles, de vuestros menudos miembros aguijáis una sanguínea lengua de «no» a la afrentosa fatiga de desenmarañar la deshonesta madeja. Ante vosotros nos entapujamos nosotros en las acotaciones de los semanarios ilustrados; vuestro viento, cuerpos apresurados, nos desbarata las crenchas; nos desvergüenza.

Se derrumba animal muerto, cuerpo cerrado y acabado, hondeada alcancía, y causa daños: como del demonio se dice, que el infierno lo hizo cayendo de culo en el cielo ínfimo, avecindado del portal paradisíaco; el teológico batacazo excavó en el cielo vacuo casquete, moldeado sobre las nalgas supernas. En el instantáneo ábside se insinuaron larvas de réprobos ángeles, que después mariposearon en demonios. Otros dicen que fue precisamente ese enehabitaciones inmenso abierto bajo la inmobiliaria del ano lo que aguijoneó al gran burócrata, pensativo acerca del bienestar de la Nada; de ahí que éste creara este termitero, este laberinto de urinarios y periódicos de derechas, este burdel que hizo pulular de crisálidas, de donde poder poblar, en la prosecución, el Nuevo Espacioso Barrio, el Distinguidísimo Neoplasma de Patio a pie de calle; o bien, como otros fabulan, la culada luciferina sacudió una languidez de ab aeterno semimuertas ninfas, sòrdida lumbre de fetos, que se dieron a la masturbación a toda prisa con sus patitas ciegas, y de su semen semimuerto hicieron masilla de cosas semivivas, y de ahí nacieron estos hazmerreír de planetas, y las putas de los cometas, y las pozas humorales de las nebulosas; proliferò con semejantes polillas el obsceno universo; de semejantes copos de canicie, como los usados por las prostitutas para sus prácticas higiénicas en los empleados genitales —y todo el hasta aquí descrito termitero, burdel, poblado de chabolas eleva cotidiana oración al Inventor del Infierno, de manos ahusadas, el entrevistadísimo; el Señor de las Galaxias y de los Huecograbados.

Por último, se atierra; como hizo el bueno de Gerión; el cual, tras alcanzar el perpendículo sobre las desesperadas piedras del perfectísimo «no», con eficiente darle a la carretilla, extrajo y extendió (no sin feliz desentumecimiento de los miembros embotados) las zancas fornidas y huesudas e, impasible su viciosa cara de hombre, tocó el fondo.

Introducción al

el nervioso lector a quien le acaezca entre sus manos esta fábula iracunda, no inquiera a quién socorre la antes citada clasificación de los verba descendendi, y praelectio del desmoronamiento; al igual que el plano ciudadano resulta necesario al jocoso turista, al urbanizado provinciano quejumbroso y luctuoso, así las antes recogidas hipótesis léxicas proporcionan determinadas no incómodas indicaciones al ruinante, al precipitable: al hombre a quien acaece nacer, a quien no le bastó el ánimo —¿o fue distracción?— de eludir el enamorado esperma paterno y la leve humidad de las gónadas frívolas y mimosas; tú, por lo tanto, puesto que todo lector presupone coito fecundo, y un gemido largo de amor y nacimiento, y ojos fatales a la tumba; y, in primis, ese otro hermano, tu diputado y representante, aquel por el cual votas con cada lamentación, rebosante de ira, beso bostezante o desleal, traición malicenta, senil encaprichamiento por caderas femeninas, coqueteo de mentón mustio, cariñena o whisky como elusión del fallecimiento, terror nocturno por sábanas madorosas a imitación de sudarios — el hermano adulto, el suicida.

No es éste lugar para un discurso académico, armonioso, docto, paciente, articulado, fenomenológico, acerca del automorir: pero considérese brevemente el gesto de quien se despeña, se explota, se desentraña, se desencabestra, se escinde con bisturí de tren, se encianura y se encianotiza, se estruja y se deshace, se cuelga de memorable lazo, se trincha con eficaz cuchillo; oh, no este es hombre solitario y extrínseco a la gama de lo humano, sino único adecuado, persuasivo, pertinente argumento de gramática, paradigma, Labienus Romam pervenit para obtusos escolares, fraternal a todos nosotros de él partícipes, del amigo coherente, de sus miembros dispersos; arcángel nuestro, y Jerónimo huesudo: la calavera tribuna a quien confiamos nuestro «no» entre dientes.


Balística descenditiva

Por balística descenditiva ha de entenderse aquí el gráfico descrito por el desmoronante, y se divide en —¡nociones dignas de sargento, de vivandera!— «balística interna» que describe las volutas y contorsiones y las cada vez más rápidas rotaciones (encerradas en oscuro regazo de hierro) del animal ya encaminado hacia el descubrimiento del recorrido liberante, pero aún ignaro de sí mismo; lo ya perdido pero vacilante aún en recitar, dando largas, la farsa diletante de la salvación; y «balística externa»: de la estallada, deslumbradora conciencia, del sí dicho al no, y el no al sí; y cuanto más la primera interior, clandestina balística es laboriosa y oscura, y vivida en mascullados coloquios de huesos y bazos y páncreas, en excrementarse de pedazos del alma por letrinas anónimas e infectas, en enuresis de religiosas efusiones, en fatigado confuerzo de carnes muertas y nutritivas, en matalotaje de amores equivocados, en adiposidad de desmañado dolor; tanto más rápida y alegre y alegrante, feliz por su libre, rompedora trayectoria, la extrínseca y abierta, en la que la angustia se libera en leticia de explosión, y estás vivo en la medida en la que eres consciente de estar muerto. Así, un excesivamente humilde santo contiende con el éxtasis; y al fin el dios afectuoso e impaciente lo arrebata en irresistible levitación: pero tu levitación será a la inversa.

Así como largo tiempo va conglomerándose feto de megaterio o mamut o tigre dientes de sable, de modo que al final sale del tropical regazo con pieles y tatuajes, iracundias incluidas, gustos acendrados, e ingeniosas Weltanschauungen; así a este feto de la levitación a la inversa lo alimentamos nosotros en la taberna de nuestra placenta interior al son de bisiestos; después, con un súbito movimiento, de cosa detenida o lenta a rápida e impetuosa traspasa, y quiere nacer, y nace adulto, docto, sexualmente maduro, de autorizada opinión, escéptico.

Si bien tal vez haya que tomar en consideración otra hipótesis: que no sea cosa nuestra, sino que a nosotros arribe por trámite de sangres, a través de infinitos generantes y generados, de muerto a vivo; y ni sangres tan siquiera, sino linfas, sueros de cuerpos arcaicos, menos que cuerpos, líquenes, musgos, gelatinas, efímeros mohos.

1) hipótesis:
que la levitación descenditiva se articule por letanía de difuntos —ni tan siquiera hombrecillos, homínidos, pitecoidantes, parapitecos, mas perros, cánidos, saurios, protosaurios, triturados en una batidora de sangre de tropecientos muertos nacidos; de donde me atenaza, a las once y cincuenta horas de un sábado pluvioso, decembrino, conciencia de éxtasis descenditivo al que echaron mano, pata, forcípula, bocado, tenaza, que fue constreñido, libado, truncado, endentecido, tocado por herberos, corroído por ácidos de abomaso, defecado, apelotonado entre mandíbulas duras y relucientes de sacros escarabajos, pasado por oculto traslúcido canalículo de anónima ameba —¡abuelita mía sin gafas!— por lo tanto, cosa no mía; ni nuestra; de todos, del todo: papas, instrumentistas de armonio, testigos de Jehová, filatélicos, pangolinos y cometas, cometas, cometas.
(¿hará falta demorarse en la elipsoidal desesperación de las máquinas caudatas, que en cada estridor de curva se desportillan en trapos de meteoritos y, desengranada y engranada la marcha, arrancan de nuevo, destinadas a volver acicaladas con cada vez más exigua fosforescencia, pirotecnias de ateos artificieros?).

Glosa a la ameba:

una súbita ternura me indujo a decirle: abuelita sin gafas. Me resulta difícil no amar a esta discretísima entre mis antepasados, esta manganelli de los grandes océanos del jurásico, ignara de ovillos, de gafas, de ceremonias católicas, ni fiel ni adúltera, paciente ante su propio destino en verdad notablemente oscuro e ingrato, puesto que a ella, llegada antes que las grandes religiones reveladas, debía resultarle bastante nebuloso el sentido del enorme reventadero; pero laboriosa siempre, parca, contenta con lo poco, nacida, grávida, muerta, azorada en sus primeros monólogos interiores de verbos desportillados, pronombres de obnubilada extensión, enorme deservicio de calendarios. Ella apenas tenía más que una notablemente perpleja idea de sus nietos, y no tramó el alcanzar por ella indirecta redención; no hizo alarde ante la gelatinosa abuela viciniore de semejantes consanguíneos cultos y bisexuados; sino que atendió a sus imperfectos deberes y, honestamente fallecida, se descompuso con señoril prontitud en aquellos mares siempre en movimiento, borborigmantes por el apenas insuflado flatus de coelo, incómodos para cualquiera, excepción hecha de esas miopes, empecinadas abuelitas… Esto me importa ahora notar: la ameba abuelita masticó el primer parvulísimo punto, la perlita diminuta, el primer añico de dura, indigerible nada. Y nuestra tribulación hodierna, cantilena y blasfemia, sea también devoción hacia la archiabuela ¡fffft! delicuescente en la nada.

2) hipótesis:
que este inveterado pábulo de carne espástica, y jugos de maleficio, y caldos de delirio, y mayonesas dolientísimas, esta nutrición oculta, cotidiana, ininterrumpida, de pastas leudadas de «no», de fermentados alcoholes decientes, provenga del deshacerse en la cámara ardiente, desierta de vileza de ángeles, entre ajadas cortinas hinchadas por ventosa, histérica gravidez, rutilantes y pulverulentas, entre velas abatidas, despabiladas por las sierras dentarias de ratas de alcantarilla industriosas y ufanas de solemnes vibrisas, provenga del deshacerse, digo, del corpachón enormísimo, extendido sobre esponjadas galaxias, lívido a fuerza de bofetadas de meteoritos blasfemos, el infinito odre vaciado de Dios.

Se deshace, el inmortal, en aquel altísimo aposento en el que murió solo, y allí va mutándose en polvillo de malicioso dolor, en gránulos, pimienta y especias de congoja: y estos se pierden por doquier, al alentar de un pálido viento movido por impúberes serafines, antaño pingües y serviles, ahora encanallados y resecos. Te lo encuentras por todas partes, entre tus papeles, en las solapas (pues no se percataron de ello las manos hábiles e irascibles de tu avisada compañera): mínimo fragmentum del deshecho Padre inalcanzable. Fue, tal vez, su fracaso en la paternidad lo que le indujo a eterna mutación, por la que Dios estará en cualquier parte, y estará allí como mal.

El gran aposento aventado por el frío, amarillo crujir de los aireados cometas: deslumbra el cadáver senil una luz discontinua e iracunda; y a aquel desvarío luminoso confieren ilusión de movimiento espectral las vestiduras cárdenas, lacias sobre el cuerpo que se consume e irradia en rehiletes de espasmos. Exiguo, arcaico, equívoco, he aquí el signo de alguien a quien le fueron concedidos porvenires no demasiado remotos, y manoseó la cabecera con la prolongada mano enamorada. De este, ni polvo tan siquiera han dejado las ratas de alcantarilla.

Glosa a las ratas de alcantarilla

que las ratas de alcantarilla nos sean de sangre pariente yo lo tengo por cierto: tienen bigotes, cuerpo y ánimo hediondos, son similarísimas las unas a las otras por la mesticia del cuerpo a la vez adiposo y feroz, y la predilección estercoliza. Asiduas a las cloacas, connaisseurs de mierdas y hábiles en el envejecimiento artificial de los orines, poseen el intenso y empalagoso patriotismo de los albañales, proveen de su buen estiércol cotidiano a las pequeñas familias dentudas, uñosas y dilectas, votan a las derechas, tienen vocación gregaria, doméstica, religiosa, como demuestra su canibalesco deslizarse en la cámara mortuoria del empíreo. Plantándose en los penetrales del paraíso, mezclaron su hediondez —que ellas llaman honesto sudor de la frente— con los inciensos en laida mezcolanza, amasaron de pelos y deyecciones las trémulas cuerdas de las arpas celestes, enlodaron de los restos de sus alimentos hasta los tronos de los querubines gotisféricos; y por fin colmaron aquel divino y antihistórico lugar de un hedor de muerta cloaca. Por lo tanto —desmontado el paraíso, colgando ya solo las cuerdas de las nubes erráticas, y fingiendo raros bastidores de mediocre cartón consuntos fragmentos de Sacras Esferas— no habrá de qué asombrarse si en la cámara ardiente del diosmuerto, lívida y abscura, se han deslizado las tías infames, las sórdidas ratas de alcantarilla, para hacer festín de sebo; y, acaso, esa incisión violácea y desvaída sobre el Gran Calcañar, y las huellas de dientes sobre la Nariz, y entre Muslo y Coxis — ¿resultaría digno de asombro que se hayan lanzado a todo pasto sobre el tío totémico?

(rememoro una Mamá católica, rata de alcantarilla de imitación, bajo sospecha de haberse comido a maridos y fetos; ante las joviales alusiones de los consanguíneos se escudaba con hilaridad de vibrisas; hembra paradigmática: amaba nocturnar por las cloacas, y defecaba de pie, leyendo semanarios ilustrados).

Apostilla a la hipótesis 2)

Entiendo lo que sigue: que Dios ha muerto ab aeterno, y eterna es la condición de irradiación de los gránulos lancinantes, y por lo tanto todo está, desde siempre, inmerso en semejante muerte. Acaso también: la masa voluminosa de las cosas, el tangible universal, sintáctico, renitente y distinto, otra cosa no es más que dicha granulería vertida y coagulada en artesas, y en estas descocida hasta efímera consistencia, y remojada en anilina de alma o retórica (según consienten las leyes). Así la flantécnica sostenedora de domus envaina los gelatinosos chocolates en metal de pez infantil; y el pez pretextador trémula sobre el tondo blancor de loza; pero de nadar, oh, no sería capaz. Análogamente, no ves tú tranvías, ballenas, olmos, urogallos: sino siempre, por doquier, el metamorfoseado diosmuerto, gránulos trabajados como esqueleto, chasis, barbas de ballena, corteza y libro, encolados para simular dureza y consistencia de cosas o plantas fieles y pacientes, o animales de pelaje caliente y ojos necios, feroces y tiernos; y nosotros, hombres de rápida vida, nos movemos ante tamaño sobresalto de extraños objetos; ante tamaño horror de frustrados objetos, que fracasaron al sernos padres; ante tamaño lamento de súplices objetos, traspasados en condición de inconcluible muerte; que nos suplican, a través de innúmeros dóciles omatidios, que los comprendamos, y que les mostremos aprecio, y que los ayudemos a más fatal deceso. Enmudecidos nos siguen con ojos caninos, herniosos de amor, por lo que, de tanto en cuando, acaece que nuestra mente desmañada se ilumine de asco, devoción y horror, y en un instante de atroz claridad apaguemos esos ojos dulces y abyectos, y el universo alcance con ello efímera paz; no nosotros, ajenos siempre, instrumentos de enamorados objetos astutos en trabajarse su propia muerte por la taimería de nuestras manos. Así pues, vedlo, a este universo consciente, iluminado, sabio de colectiva sabiduría, vedlo descender, entre fastos de trombas y violines, en gloriosa levitación; y al resolverse del todo en musical, coreográfico (digno de parque de atracciones) suicidio, queda en paz en la gran cama agitada, el Dios, entre el sudor correoso de las solitarias, lisas sábanas.

(docens loquitur)

Así pues, no inadecuadamente podríamos definir la levitación descenditiva, vulgarmente cabeza abajo, como una precipitosa entropía; o lo que es lo mismo, una cada vez más amplia razón de muerte resulta subsumida, escogida, catalogada, evidenciada, resulta, digámoslo así, traída a la vida; en otras palabras, sacamos a la luz las tinieblas. Vedlo: en esta pizarra yo escribo muerte. Trazo una línea horizontal: eso es, se bifurca; marco este punto con una tiza roja: trazo hacia abajo, así, la levitación des-cendi-ti-vaa… Tiza verde, por favor. Gracias. Esto que estoy dibujando, por pura obstinación didascàlica, es el éxtasis ascendente: pero se acabó, el ascensor ya no funciona. (Nosotros, para alcanzar los pisos más altos, daremos la vuelta al rascacielos). ¡Silencio! Así pues, lo veis: quien se mueve desde este punto —flechita blanca—, en esta dirección, tiene un pasado equivalente, en este contexto, a: una genealogía de estímulos descenditivos que, inadvertidos durante ene generaciones, se vuelven conscientes y de multiplicada eficacia en un punto equis del recorrido. Llegados a este punto, lo levitacional, después de haber vivido unos tiempos de cada vez más agresivas hipótesis, tuvo que operar una selección, ¡silencio!, esa que vuestro libro llama «selección mitológica». ¡Grandes palabrejas, eh, el nuestro! ¡Así, ya se sabe, hay malestar, los jóvenes se desorientan! Pues bien, en esta página se enumeran los síntomas: la levitación, se dice, empieza a manifestarse mediante señales mínimas, una tosca y vergonzosa impaciencia vespertina, un singulto entre digestivo y moral en medio del sopor, ansia y rabia por un no recordado sueño, un gesto de ira a causa de un bolo, una pelota colorada, un subitáneo, pasional amor por un murciélago… ¡Es disgustoso, es estúpido, elusivo! Yo, yo escribiré un texto claro, competente, ordenado, con tres caracteres tipográficos, gráficos, curvas, ejemplos, ejercicios… ¡No este texto impuesto al encargado en virtud de una absurda, acaso deshonesta uniformidad didáctica! ¡Silencio! Nada de murciélagos, ni airones, pajarracos de alas hipergrandísimas… Cuentos chinos que ofuscan la mente… Nada de pelotas multicolores, carillones tal vez, campanas de plata, o tal vez sillas estilo imperio memoriosas de (en voz baja) culos infinitos, consuntos primero, difuntos después… (rápidamente) nada de singultos debidos a no recordadas angustias oníricas, sino un subitáneo gritar de los diez (levanta la voz) de los veinte dedos, y el estrabismo de los testículos… (en voz baja, para sí) eludes, das vueltas a la noria, tú sudas… (en voz alta) ¡Silencio! La materia es compleja, es oscura, está la ira del páncreas, cada mañana el buen creyente halla en sus heces restos de ateísmo… Hay quien respeta las instituciones, la bandera, las fuerzas armadas, pero qué gresca cada noche, en torno a la insurrección de las nalgas… ¡No os riáis! ¡No os riáis! ¡Comportaos como ADULTOS!

Traedme tizas, cinco, siete, nueve, eso es, nueve tizas de colores… Pongo la pizarra en el suelo: ahora me tumbo, aplasto la gruesa tripa contra el pavimento, es necesario que esté desnudo, me desvisto… Yo soy un honrado docente, quiero ser claro, clarísimo. Todos aquí a mi alrededor, os lo ruego; atención.

Descoso con las manos la herida de la frente, desde el cuero cabelludo al intersticio de las cejas; enrollo la piel; extraigo la bóveda craneal; tac, otro tac, desenganchada. Dejo que se deslice por el brazo, como una canica. ¡Ahora cae al suelooo! No, no me detengáis, no me toquéis: ruedo. Si es necesario, me colaré en las alcantarillas. Yo, yo, nadie más, escribiré el texto claro, eficaz, didácticamente puesto al día… y vosotros lo comprenderéis y no costará mucho, porque poseo el don de la concisión. Pero ahora, ahora estamos en la fase de la bibliografía… ¡Diosmío! ¡Es DEPLORABLE! ¡Ver cómo las amarillas, incompetentes ratas de alcantarilla irrumpen en el aula, durante la clase! ¡Los dientes, los dientes en las sienes! ¡Sirvientes! ¡Bedeles! ¡Esta escuela está… DESORDENADÍSIMAAAA! ¡Silencio! ¡Comportaos como adultos!

Exégesis del angustiástico

Me gusta fantasear con el angustiástico o catalevitante como puntilloso degustador de espásticas delicias, gastrónomo del universal fallecimiento; experto en reconocer vendimias de agonías, y añadas de desesperación, ya que, sépase, puede morirse uno de gran buqué, o como vinillo de escasos grados, aguado y desvaído; ante estos despliega el universo golosa extensión de desesperadoras gollerías y luctuosos manjares blancos: captan las cultas papilas la adobada delicia de un alma deshecha, que aún se demora en la vida y ya de ella se aparta; para él la pourriture noble macera mostos de tenebroso éxtasis, aspirantes al decoro de vítreo ataúd vertical; y, como can de trufa, él sabe localizar, inférnica gollería, el tubérculo que simula la calavera del niño, el hueso que remeda la ternura vegetal.

De otra forma: este es fontanero, relojero, herrero herrador, mecánico de la máquina herrumbrosa y engranante, escabrosa y dentada ab aeterno; y donde otro, horripilado, rehuiría la estridente ira de las poleas afanosas, y ese trompicar de los nocturnos, solitarios cilindros, y la grasidad metálica, de ínfima gastronomía, que lustra y alisa su tosca pero atroz geometría; él hunde allí las manos impávidas, con solercia de antigua asiduidad manipula y palpa el ciego artefacto, y en cierto modo mima y blandea ese estrambótico organamiento de ficticios músculos y nervios desmañados y tristes, ni tan siquiera efímeros, como lo es nuestro cuerpo. Con la prensil y humilde fantasía del artesano entiende la de él farragosa coherencia, su tartamudez elocuente, su funcional parálisis; y la ordinaria yuxtaposición de sus extrínsecos, desconfiados elementos le encrespa en las entrañas una partícipe compasión, ya que la maquinísima exuda y gime una fatiga enorme y desesperada; y cuál sea de todo eso el sentido ella no puede entenderlo, pues de sí misma sabe solo que es máquina, ineficiente y viva; de ahí la aflicción torva y quejosa, los paranoicos plañidos, ese moler de muñones suyo con protervos arranques de los dientes dilacerados y tetánicos, pero del angustiástico respetan las manos lentas y atentas, sabiendo que él sólo, si es que a alguien le resulta posible, podrá explicar a la máquina laringotomizada, en una noche de lubrificante petroleosis y lámparas escudadas, entre sombras precarias de torretas ahorcadas, dínamos agonizantes desde hace siglos, y óxido de tornillos retorcidos como gusanos seccionados, podrá, digo, facilitar pormenores, tejer glosa no inadecuada del propósito y tema del gran tormento.

Y es semejante técnico quien con nonio y vernier hace estima de gránulos y ángulos: con gracia de pinzas flexibles captura, detiene —las incide con el diminuto diente de leche diamantino— las microangustias, los mínimos glomérulos de nada; y piloto maquinoso, con salomónicos tiradores, dirección, aceleración, deceleración, variamente motorizando, dando un barrido, tirando de espitas, refrenando mediante contraespitas, propulsando con pirobalística sanguinosa, moviendo, en fin, la catalevitación hacia su meta natural; y astronauta, en fin, bajo cuyas nalgas rechina la astronave como deformado neumático sobre la curva del espacio-tiempo, hasta que, por racional demencia, por pacífico riesgo, por inconsolable leticia, rectilíneo arranca en la hipernada de la risueña muerte, iluminada e iluminante.

Llegados a este punto, a los señores les habrá sido proporcionado un manualillo, una introducción acuciosa pero acaso no del todo inadecuada, a la práctica de la «balística descenditiva» del catalevitante; de modo que se esté, digamos, flotando a media altura, como avión o rapaz que, o no ha alcanzado la cuota de pertinencia o no se muestra aún propenso al fulminante descenso.

2 Respuestas a “HILAROTRAGOEDIA [Fragmento]

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