Cartas chilangas (I)

Juan Patricio Lombera






I

Ciudad de México 14/12/2019

Me pides, mi querido amigo, que te hable en este viaje a la antigua Tenochtitlan; de los cambios que pueda notar tras largos años en el extranjero. Se suele decir que los aeropuertos son el primer escaparate de los turistas y un anticipo de lo que les espera en el país de llegada. En el caso del aeropuerto Benito Juárez ese dicho encaja perfectamente. Grandes masas de turistas se vuelcan hacia la salida del avión tras 12 horas de vuelo, con el afán de quitarse el agobio producido por esa cárcel aérea que, para adormecer la sensación de claustrofobia de los pasajeros, te instala una televisión particular donde podrás ver toda clase de películas y jugar en otros tantos juegos. Leer, en cambio, es una actividad sospechosa y de difícil ejecución en el avión, ya que los pasajeros bajan las persianas de las ventanillas en un absurdo intento de dormir si tenemos en cuenta que el avión llega el mismo día por la tarde a la capital. Por otra parte, la supuesta luz individual no recae directamente sobre la mesa que se emplea para comer, sino unos 30 centímetros más adelante, por lo que si quieres leer tienes que hacerlo con los brazos estirados y aguzando la vista. Pero volviendo a esa masa de turistas ansiosos de reencontrarse con la libertad, nada más avanzar 100 metros se encuentran varados cual ballena en playa, pues un funcionario ha olvidado (o lo ha hecho intencionadamente) abrir la puerta que comunica ese pasillo con los mostradores de inmigración. Hay, en la cola, quien dice que a veces los funcionarios del aeropuerto lo hacen aposta para dejar que se despeje el tráfico humano. Al cabo de un tiempo, se oye el chirriar de la dichosa puerta. La masa ha conseguido pasar a la siguiente fase y tendrá que avanzar por un laberinto de escaleras y pasillos dignos del mismísimo Dédalo para llegar a la cola suprema; la que decidirá su ingreso en el país. Además de que los pasillos son estrechos para tanta gente, el hecho de que los techos sean bajos generan nuevamente una sensación de agobio. No obstante debo reconocer que en este punto sí he notado una gran mejoría. Así como en los aeropuertos europeos hay una cola para comunitarios y otra para foráneos, en el caso presente existe una distinción entre mexicanos y extranjeros. Y como la situación no es exactamente la mejor, no son muchos los mexicanos que viajan allende fronteras, por lo que llegar al mostrador se hizo muy rápido. Además, ya no se pide el dichoso FM2 (un formulario que debía rellenar todo mexicano a su salida del país y entregar a la vuelta). En otro tiempo si el formulario estaba fechado con antelación de años, el funcionario te podía hacer preguntas sobre tu residencia y, eventualmente, llevarte al cuartito oscuro. En cambio ahora, presentas tu pasaporte, dices tu lugar de residencia y pa’ lante. No acababa de superar mi asombro ante la eficiencia de las autoridades cuando llegué a la cinta de las maletas. En menos de 5 minutos, la lengua circular empezaba a escupir nuestros enseres. Estaba claro que se había producido una conjunción de los astros para favorecerme. Pronto pude dirigir mis pasos hacía la última prueba; la aduana. Años atrás existía un misterioso oráculo en forma de semáforo que determinaba el acceso o no del viajero. Al apretar un botón una luz determinaba la suerte del susodicho. Si la luz era verde el interesado podía avanzar. Si la luz era roja tenía que pararse en seco a la espera de que las autoridades revisasen las maletas. Hace años, cuando visité el país con otros amigos todos obtuvimos la gracia del oráculo, salvo mi actual esposa que, para mayor desgracia traía embutido español en una época de fiebre porcina en Europa por lo que lo menos que nos esperaba, amen de la multa correspondiente por mentir, era el decomiso de los manjares por parte de las autoridades que, con toda seguridad, acabarían comiéndoselos sin importarles que pudiesen estar contaminados el jamón serrano o el queso manchego. En aquella ocasión se me encendió el foco y le dije al policía:

-Es mi prometida, oficial, déle chance.

Siempre que uno se dirija a un policía mexicano, ya sea para ofrecerle una mordida o pedir su ayuda (si es que en algún momento se llega a estar tan desesperado como realizar ese acto) hay que dirigirse a él como oficial. Al menos, esa era la regla cuando yo era joven. Por alguna razón les gustaba que se les llamase “oficial” y, sinceramente, no creo que eso haya cambiado con los años. Ni eso ni lo de la mordida, vamos,

El caso es que al excelentísimo oficial le hizo gracia mi petición y por una extraña coincidencia milagrosa recibió el mensaje de que los de atrás traían harina. Dudo que ese producto alimenticio estuviese entre los prohibidos, pero el caso es que el policía acabó exigiéndonos que nos fuéramos y no inspeccionó la maleta.

Todo lo anterior ha quedado para la historia. En la actualidad, existen dos puertas. Una para aquellos viajeros que no tienen nada que declarar y otra para los que no quieren jugársela donde podrán exponer los productos que traen a las autoridades sin recibir castigo por haber mentido. Yo enfilé mis pasos hacia la primera puerta. Ya iba a llegar cuando una agente de seguridad me detuvo y acercó al oráculo de estos días a mis maletas; se trata de un mastín perfectamente adiestrado para detectar drogas y comida. Me acordé que cuando había hecho la facturación en Madrid, me había dejado mi maleta de mano descuidada un breve instante. El primer pensamiento que me atravesó la cabeza fue “y si aprovecharon ese momento las personas que me antecedían para meterme algo”, sin albur. Empecé a sudar, mientras que el policía olisqueaba precisamente esa maleta siguiendo las instrucciones de su ama que, curiosamente, no parecía estar interesada en la maleta grande o mi porta documentos. El perro no ladró. No obstante la representante de la autoridad no se quedó conforme con el fallo del chucho y me preguntó:

-¿No trae comida?
-No, oficial -respondí con convicción.

Me escrutó la cara un instante y finalmente me despidió con una sonrisa y un “bienvenido a la ciudad de México. Que tenga una buena estancia”

He de reconocer que, acostumbrado como estoy a las miradas de póquer de los oficiales europeos y a su trato despectivo hacia los latinoamericanos no me costó aguantarle la mirada. Y menos aún después de que me despidiera con una cálida sonrisa, impropia de toda autoridad que se precie.

Ya me encontraba en México. Ahora, la ultima prueba hercúlea de un viajero que llega a la capital consiste en llegar sano y salvo al hotel o morada que tenga preparada para tal efecto.

Existe, desde antes de que me fuera del país expulsado, como sabes por una indigna maniobra política de mis adversarios, un sistema para evitar la típica visita guiada a la que someten los taxistas en todo el mundo a sus pasajeros, aprovechándose de la ignorancia de estos acerca de su nuevo destino. En México, el pasajero del aeropuerto no le paga al taxista. Pasa antes por una ventanilla donde dice la dirección a la que quiere ir y paga en función de la distancia. Ahí le dan un resguardo que presenta al taxista una vez dentro del automóvil. De esta forma, el conductor sabe que cobrará lo mismo si lleva al turista por el camino corto que por el largo. Por supuesto aquí también han surgido los uber lo que ha provocado pleitos entre estos y los taxistas como en todas partes, pero no quiero aburrirte con estas peculiaridades. Debo decir que yo, ayer, recibí un trato de otras épocas. La gente se ha acostumbrado a ir y salir del aeropuerto sin ninguna compañía viajando en metro o taxi. En otros tiempos, dado que no era frecuente tomar un avión, la familia entera iba a despedir al turista. En el caso de mi padrino, incluso le llevaban mariachis y no era raro aquel que se llevaba una maleta entera de salsas picantes y chiles para evitar el efecto Jaimacón1. Cuando yo me fui, sólo los familiares más cercanos se acercaron a verme. Los demás, temerosos de represalias si se enteraba el dictador Salinas, rehuyeron el bulto. Cosas de la política, ya sabes. Lo que si no me esperaba en esta ocasión fue encontrarme, nomás dejar atrás a la agente de policía y su temible can, a mi hermana y madre que de esta forma me dieron una grata sorpresa, teniendo en cuenta de que ya nadie va a recoger a sus familiares en esta época en que tomar el avión es igual que subirse al autobús de la esquina. Nada que ver con el glamour que conllevaba surcar los aires cuando era pequeño. El comandante se pavoneaba por los mostradores consciente de la importancia de su labor y más de una turista caía rendida a sus pies. Como un futuro viajero uno les anticipaba la noticia a los amigos para que le tuvieran envidia por el viaje que iba a hacer y por el hecho mismo de volar. Los billetes eran cuadernillos de varias hojas con papel carbón intercalado y todo el mundo iba bien arreglado al vuelo. Podías llevar maletas gigantescas al interior del avión, aunque lo propio, según mi abuela, era facturarlo todo.

-Para mi, eso de entrar en el avión y ponerse a hacer el papel de equilibrista forzudo para colocar tus maletas en tiempo récord y no molestar a los turistas que quieren ir a sus asientos, es de nacos.- me decía.

Está claro que a ella no le perdieron muchas maletas, sino quizá habría pensado distinto. Por otra parte, si encima viajabas en primera clase, entonces eras el amo del Universo. Quizá es en la primera clase donde se ha conservado algo de aquellos días. Mientras que la gente hace colas interminables para facturar sus maletas, los viajeros business siempre tienen una amable sobrecargo dispuesta a atenderlos. No obstante incluso este último refugio de la división de clases está viviendo sus últimos días. Los precios de esos asientos no son baratos exactamente, pero de alguna manera los insaciables dueños de las aerolíneas no se resignan a ver que sus aviones despegan con unos cuantos asientos vacíos. Para evitar esto, han empezado a ofrecer esas plazas por un suplemento módico una vez que se ha comprado el billete o, de plano, como en el caso de Iberia, a hacer subastas por el asiento. Hay que tener mal gusto para caer en esas mamarrachadas. ¡Por favor!

Cómo decía más arriba, la última prueba a superar en esta gin cana chilanga del primer día, consiste en llegar al hotel, apartamento o casa de amigos donde uno vaya a pasar la estancia. Lo más barato es el metro, pero se puede tardar mucho tiempo en llegar amen de tener que estar de pie como lata en sardina durante todo el trayecto. Puede haber hurtos, pero siempre serán con argucia y no con violencia ya que él o los asaltantes saben que sí son descubiertos y reducidos, los demás pasajeros no tendrán piedad de ellos. Cuando era pequeño todo el mundo viajaba junto. Las aglomeraciones entonces también era corrientes al punto de que había veces que no se podía caminar bien en los pasillos, no ya en el vagón. Lo que sí no había en aquel entonces eran vagones separados por sexos para evitar tocamientos y agresiones sexuales. No quiero decir con esto que antes los mexicanos fuesen más virtuosos, sino que a nadie le importaba las denuncias en ese sentido.

Las otras vías son el taxi que suele ser muy seguro, aunque se han dado casos de asesinatos y robos en el mismo coche a saber si con la anuencia del conductor. Finalmente, para los turistas extranjeros muy valientes; los machos bragados de verdad, esta la opción de alquilar un coche e irse conduciendo hasta el lugar de pernoctada. Eso sí no ha cambiado nada. Por una parte tenemos un viaducto horrible, saturado de vallas publicitarias y con unos arcenes altos y pintados en la orilla de amarillo chillón para que el conductor no se estampe y por la otra unos estilos de conducción singulares. Existe una regla no escrita en México para manejar. Puedes hacer lo que quieras siempre y cuando no choques. De esta guisa, vemos como un auto pasa del carril de la izquierda al de la derecha pasando por el del centro en cuestión de 100 metros. En una ocasión, viajando en el pesero2 recuerdo que el conductor se dio cuenta de que no conseguiría cruzar el semaforo a tiempo. Pero, como se dice en el fútbol americano, leyó la jugada perfectamente. Sin reducir la velocidad, se introdujo en una gasolinera que hacía esquina con una cuchilla. Atravesó el puesto surtidor y salió a la cuchilla donde el semáforo estaba en verde. Esta particular forma de conducir mantiene alerta a los conductores. Además se respetan unas mínimas normas a diferencia de El Cairo en el que la conducción es otra dimensión. Coches que se meten en sentido contrario, calles que no se pueden cruzar sin la ayuda de un taxi forman parte del día a día de un cairota.

Esto mi querido amigo es lo que te puedo contar de mis primeras impresiones de mi reencuentro con mi amada ciudad. Espero que estés bien recibe un fuerte abrazo.

1 El jamaicón era un jugador de fútbol llamado José Villegas que, en pleno partido del mundial de Chile 1962, estando en el banquillo se puso a llorar diciendo que quería volver a México.

2 Pesero o pesera: monstruo urbano o pequeño autobús de transporte pasajeros con muchas ventanas que le dan su nombre. En efecto uno se siente expuesto en él. Difícilmente se consigue asiento en los peseros salvo que uno se suba en la primera parada. Eso sí, existe un código no escrito entre los pasajeros para que cuando una persona sube por la parte de atrás le pase el importe de su billete al de al lado y este al siguiente de manera que se establece una cadena de transmisión que llega hasta el mismísimo conductor y, si este tiene que devolver dinero, el cambio vuelve por la misma vía sin que falte un sólo centavo.

(Continuará…)

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