SAN AGUSTÍN EN LA SELVA

Juan Patricio Lombera






Ahí estaban; Chicharito, Quique, Cerillo, Jorge Pascal y Rafael Carreras en medio de la selva, trabajando en la construcción de la presa de Malpaso. Salvo Carreras, que era un arquitecto recién graduado y que trabajaba en la empresa de su futuro suegro, el resto; dos abogados, un cineasta en ciernes y un amante de la buena vida así como de las tallas en madera, no tenían nada que hacer ahí. De hecho sus trabajos no estaban claramente definidos y un día podían encargarse de la supervisión del material como al siguiente transportar nitroglicerina por unas carreteras fangosas, cuales personajes de El salario del miedo. Eran los años cincuenta y los padres todavía mandaban mucho sobre sus hijos. La cosa se había planteado, desde el primer momento, como una travesura más. Como cuando se iban de putas o se citaban con los del barrio de enfrente para agarrarse a trompadas. La más famosa de sus “travesuras” la realizaron Chicharito y Enrique y fue la destrucción de unos arcos triunfales. Se acercaba el final del sexenio de Miguel Alemán y se rumoreaba que el presidente quería modificar la Constitución para hacerse reelegir. Cada gobernador de México había erigido un arco en el centro de la ciudad, para saludar el paso del mandatario en su camino al Congreso el día del informe de gobierno. Los arcos habían sido una solución ambigua que, por una parte resaltaba el apoyo de los gobernadores al presidente y, por la otra, evitaba que se pronunciasen respecto a la posible reelección. Aquella tarde y antes de que apareciera la policía, destruyeron entre estudiantes y oficinistas recién salidos del trabajo varios arcos, obligando a modificar el recorrido del presidente.

Solo diversión. Así veían esta aventura al corazón de la selva chiapaneca. En el fondo había otro aliciente. Alejarse de sus respectivas familias. Ya habían cumplido con lo que se les había impuesto; estudiar una carrera que les permitiese ganarse la vida en lugar de cursar los estudios de sus respectivas vocaciones. Enrique y Chicharito estaban más interesados en la filosofía y la literatura, mientras que Cerillo había cursado todos sus estudios en una academia militar por imposición de su padre, un general de la revolución. En dicha escuela y dado su poco respeto por la autoridad, Cerillo se la vivía encarcelado un fin de semana sí y otro también. El fallecimiento prematuro de su padre lo liberó de tener que ingresar al ejército. Para todos ellos, este viaje venía a ser una declaración de independencia con respecto a sus progenitores que les habían impuesto el camino a seguir sin derecho a réplica.

Su único entretenimiento eran sus libros y el jugar alguna que otra partida de dominó. Cuando alguno de ellos tenía que ir a la población más cercana por avituallamientos el resto le hacían un listado de peticiones entre las que destacaba por encima de todo el tabaco. Jorge era el único que no se ajustaba a las necesidades generales y pedía cosas tan estrambóticas como lienzos y pinturas, pero eso sólo se conseguía en la capital del Estado y los viajes a aquella entidad eran menos frecuentes. Chicharito en alguna ocasión le cumplió el capricho para ver cómo, tras darle los materiales, Jorge vaciaba los botes de pintura en el lienzo y luego empezaba a darle vueltas para impregnar toda la tela de la pintura.

-Han costado mucho dinero esas pinturas.
-Calla. Tú no entiendes la profundidad que adquiere el cuadro con esta técnica.
-Lo que sí entiendo es la profundidad del agujero que me ha provocado tu capricho en mi bolsillo.
-Ya te pagaré. Y ahora déjame que estoy creando arte.

Por supuesto que el interpelado sabía que nunca volvería a ver su dinero dada la bien ganada fama de tacaño que tenía el futuro director de Cananea, pero estaban tan bien pagados que no valía la pena hacerse mala sangre.

Curiosamente, en su trato con los operarios, fueron más influyentes los ex universitarios que los operarios. Quizá la construcción de esa presa haya sido la única del mundo en la que los trabajadores discutían, de vez en cuando, acerca de su libre albedrio aunque aplicado éste a cuestiones muy terrenales. Contrariamente a lo que hubieran podido pensar originalmente, no había mucho entretenimiento en la selva por lo que sus libros eran su recurso de evasión. Sí, el paisaje era imponente, pero como no se podían alejar mucho del campamento por temor a encontrarse con una serpiente, cocodrilo u ocelote, su espacio de acción era más bien reducido. Las carcajadas que despertaban dichos libros, así como los debates acalorados entre Chicharito y Enrique sobre metafísica, despertaron el interés de los trabajadores sobre ese objeto en forma de ladrillo. Algunos se animaron humildemente a pedir prestados ejemplares y, poco a poco, fueron transmitiendo la fiebre lectora al resto, de tal forma que, al final de la construcción, la petición de libros a los avitualladores competía con la del tabaco. Para Enrique y Chicharito, que ya antes de empezar el trabajo se veían como misioneros del siglo XVI aportando la civilización a esas tierras inhóspitas, esta demanda de conocimiento era todo un éxito.

Sin embargo, no todo fue diversión en la construcción de la presa. De hecho, cada semana había un muerto por la falta de seguridad en las obras. Por supuesto, aquellas medidas de seguridad le parecían absurdas al grupo de jóvenes universitarios que si bien no hacían las labores más peligrosas, no estaban exentos de algún mal como les intentaba hacer ver el capataz cuando les exigía que se pusieran un casco. Ese mismo capataz acabaría muriendo al caerle encima una roca de grandes dimensiones tras una detonación. De nada le abría servido el casco. Amén de los animales y las detonaciones había otro peligro mucho mayor; las bacterias. Se les había recomendado el uso de ciertas pastillas efervescentes que, al disolverse en el agua mataba todo bicho. Pero como también provocaba malestares estomacales, Chicharito decidió dejar de tomarlas. Cuando se enfermó el médico del campamento acertó inmediatamente en el diagnóstico y el tratamiento a seguir, pero como éste era recién egresado y su pelo alborotado a lo hippie daba mala impresión para la época, Rafael decidió asegurarse y mandar a Chicharito a un médico de gran renombre en la capital del Estado. Ese fue el mayor error que cometió en su vida. El nuevo galeno despreció el criterio de su colega, creyendo que se trataba de otra enfermedad. Cuando se dieron cuenta del error Chicharito ya no tenía salvación posible. Su muerte acabó la expedición del grupo en la selva. Cerillo, que admiraba la gran sapiencia de sus dos amigos –Enrique y Chicharito- pese a costarle comprender de lo que hablaban, nunca perdonó a Rafael y siempre consideró que le había quitado un amigo. Enrique, por su parte, vio en esta tragedia la necesidad de madurar y decidió largarse a Francia a estudiar un doctorado para luego volver a México y dar clases en la Universidad. Jorge, por su parte, consiguió su primer trabajo de asistente de dirección por lo que regresó a la capital. Sólo Rafael permaneció en Malpaso hasta el final de la construcción. Años más tarde volverían a reunirse el grupo, pero ya nada sería igual.

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