La Protesta Social: ¿Funciona? (Final)

Carlos E. Luján Andrade






Apenas nos referirnos a la protesta social, nos centramos en la subjetividad de los individuos que forman parte de la sociedad en crisis. Es así que es de relevancia el considerar el contexto en el que viven y desarrollan para analizarla, así como la impresión de la realidad política que repercute en sus conductas. La modernidad ha creado una circunstancia en donde los individuos se encuentran sometidos a cambios drásticos en su sociedad y en la que muchas veces no se sienten parte de ella. La volubilidad de las costumbres y tradiciones hace que la inestabilidad emocional y reflexiva de los ciudadanos, con respecto a la ubicación que cumplen en su entorno, se haga cada vez mayor. La individualización de sus personalidades se vuelve más fuerte en comparación a lo que sucedía en sociedades pre modernas, ya que en ellas las ideas sobre la religión, las tradiciones o de nación eran compartidas por todos, con una seguridad implícita de que los valores que contenían eran inamovibles en todo sentido. Los tiempos de la modernidad han ocasionado que los hombres se “…vean obligados a diseñar y realizar sus planes de vida sin referencia al marco habitual…” (Norbert Lechner, 2000), en que la libertad de elección está más arraigada en la conciencia de los individuos, en la que optan vivir con sus propias reglas y en donde se “…amplían… las opciones de elegir principios morales, los gustos estéticos, las relaciones de pertenencia e identificación.” (Lechner) Esta situación muy característica de este tiempo hace que pase a un segundo plano la idea de lo “colectivo” y hace que la idea de vínculo social posea un concepto restringido y particular. ¿Qué posibilidades hay de generar una protesta social teniendo en cuenta que esta se desarrolla en forma colectiva? La protesta social es una acción en que se desenfrenan emociones en pos de un objetivo ideal, pero se encuentra condicionada a un contexto histórico. Por eso, es de particular importancia aclarar que entre “…1930 y 1970 la sociedad moderna se organiza en torno al Estado: El Estado nacional que acota el espacio territorial y el horizonte temporal de la organización social se agotó.” (Norbert Lechner), a diferencia de las identidades que se desarrollan en la sociedad actual, en la que el individuo se siente alejado del control y cambio social, y se definen estas por su impotencia y desencanto ante una sociedad que los obliga al estado de resignación. Lechner nomina, sobre la sociedad chilena, a este estado en el individuo, como un “bloqueo de los sueños”, en donde los hombres lo que comparten es una desesperanza y desencanto ante un futuro no deseado. Así, estos ciudadanos sienten que la modernidad, que trae consigo al modelo neoliberal (estático), les da reglas que traen consigo el éxito, y que su acción es irrelevante en los cambios necesarios para rectificar la situación de adversidad. Lechner nos dice que el protagonismo de lo colectivo pierde fuerza por un individualismo que se vuelca a lo privado, que se limita al hogar y a la familia. Esto nos permite deducir que la subjetividad actual de los individuos no permite avizorar un cambio real sobre un estado de ánimo que refleja tolerancia y conformismo. Es tal vez una exageración el comprimir el estado interno de la conciencia de los ciudadanos al desencanto y frustración. Por eso para rescatar el deseo de los ciudadanos por establecer nuevos vínculos sociales se ha planteado la alternativa de usar el término de “capital social” como la forma de incluir a los hombres dentro de un sistema de mercado que los ignora. Es así que este se mantiene como una alternativa para que las estructuras de la sociedad permanezcan tal como se encuentran ahora. El capital social establece sus bases en el individuo mismo, y que puede determinarse como un sentimiento de “colectividad engañoso”. Ya que según Lechner este se basa en “… la autonomía del sujeto (que) exige reconocimiento del otro y, por consiguiente, no se despliega efectivamente sino en ese vínculo social … el concepto de capital social, entendido como la trama de confianza y cooperación desarrollada para el logro de bienes públicos”. Disfrazando, aunque de manera realista, el subjetivismo dependiente del sistema impuesto. Es decir, dando la solución más salomónica a la idea de disconformidad social. Las posibilidades de cambio real y profundo mediante la protesta social, en un contexto afectado por la idea de consumo, son de difícil logro. La pasividad con la que los individuos esperan el momento de su realización plena no da el campo ideal para la creación y consolidación de nuevas ideologías que lleven al cambio. Los tiempos actuales, quizás podrán llamarse “el gran ennui” tal como Schopenahuer llamó a los cien años de paz y tedio que Europa vivió en siglo XIX” (George Steiner), en que la energía por el cambio quedó reducida -luego de la Revolución Francesa- al tedio y a la rutina. Más allá de la convulsión política que de cuando en cuando se presentan en diferentes países, es justo que pensemos con frialdad sobre lo que se quiere transformar. ¿Se desea cambiar el sistema social o que este funcione y les dé lo que gozan pocos? Si bien existen convulsiones políticas en distintos lugares del mundo, el sistema (económico) que las ampara no cambia ni desea hacerlo. El compromiso cívico actual se encuentra basado en la seguridad y el mantenimiento del orden social en el que vivimos. Los ideales colectivos se han transformado de ser un ente abstracto a uno en el que nos incluimos y del que se obtiene un beneficio inmediato para uno y los nuestros. Es así que cada iniciativa en la que se tome como referencia a la protesta social como medio de cambio será repudiada y se intentará asociarla como la portadora de todos los vicios sociales (delincuencia, violencia, inestabilidad, pobreza) que vulneran la seguridad obtenida. Solo se podrá recurrir a ella con legitimidad -que será puesta inmediatamente en cuestión- solo si busca regresar al cauce conservador una política errática y turbulenta que nos pueda llevar al caos, donde ponga en cuestión la estabilidad que un sistema de consumo requiere. De otra forma será cuestionada por lo que ante una situación como esta, los sectores sociales pobres y excluidos no encuentran mayor forma de manifestar su malestar y solo les queda incluirse en otras formas (más indirectas) de hacer conocer sus carencias con lo que no conseguirán ningún cambio radical a su disconformidad, pero sí paliaran y aminoraran la energía necesaria para ejecutar una acción social que traiga tras ella un mensaje de revolución.

Bibliografía

Cantor, Norman E.: La era de la protesta, Madrid, Alianza editorial, 1973.
Eisenstadt, S.N.: Modernización, movimientos de protesta y cambio social, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1968.
Lechner, Norbert (2000) “Desafíos de un desarrollo humano: individualización y capital social”. En Revista Instituciones y Desarrollo Nº 07.
Mariátegui, José Carlos: El Alma Matinal y otras estaciones del hombre de hoy, Lima, Biblioteca Amauta, 1970.
Steiner, George (1992) “En el Castillo de Barba Azul, Aproximaciones a un nuevo concepto de cultura”, Gedisa, Barcelona.

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