Bouvard y Pécuchet. La novela (Final)

Gustave Flaubert







Adoptaron el sistema inverso, el castigo terapéutico. Le impusieron duras tareas, se volvió más perezoso. Le dejaron sin mermelada; se volvió más goloso.

¿Acaso tendría más éxito la ironía? En cierta ocasión en que llegó a la mesa con las manos sucias, Bouvard se burló de él, llamándole guapetón, boquirrubio, currutaco. Victor escuchaba con la cabeza gacha, palideció de repente y tiró a Bouvard su plato a la cabeza; luego, furioso por no haberle dado, se abalanzó sobre él. Los tres hombres se las vieron y desearon para contenerle. Se revolvía en el suelo, tratando de morder. Pécuchet le echó agua de lejos con una botella; acto seguido se calmó, pero se quedó sin voz durante dos días. El sistema no funcionaba.

Adoptaron otro: al menor síntoma de cólera, tratándole como a un enfermo, le metían en la cama; Victor se encontraba bien en ella, y cantaba. Un día, descubrió en la biblioteca una vieja nuez de coco y se puso a partirla, cuando llegó Pécuchet:

—¡Mi coco!

¡Era un recuerdo de Dumouchel! Lo había traído de París a Chavignolles, le levantó la mano a causa de la indignación. Victor se echó a reír. El «buen amigo» no pudo contenerse más, y le mandó de un guantazo al fondo de la habitación; luego, temblando de la emoción, fue a quejarse a Bouvard.

Bouvard se lo reprochó.

—Pero ¡qué tonterías haces por un coco! Los golpes embrutecen, el terror enerva. ¡Te degradas a ti mismo!

Pécuchet objetó que los castigos físicos son a veces indispensables. Pestalozzi los empleaba, y el célebre Melanchton confiesa que, sin ellos, no habría aprendido nada.

Pero se cuentan casos de niños a los que unos castigos crueles empujaron al suicidio.

Victor se había atrincherado en su cuarto. Bouvard parlamentó desde detrás de la puerta, y, para hacerle abrir, le prometió una tarta de ciruelas. A partir de entonces empeoró.

Quedaba un medio preconizado por Dupanloup: «la mirada severa». Trataban de imprimir a sus rostros un aspecto aterrador y no produjeron efecto alguno.

—No nos queda más que probar con la religión —dijo Bouvard.

Pécuchet protestó. La habían excluido de su programa.

Pero el razonamiento no puede bastar para todo tipo de necesidades. El corazón y la imaginación quieren otra cosa. Lo sobrenatural para muchas almas es indispensable, y decidieron mandar a los niños al catecismo.

Reine se ofreció a llevarlos. Venía de nuevo a su casa, y sabía hacerse querer con sus modales mimosos. Victorine cambió de repente, se volvió más reservada, melosa. Se arrodillaba delante de la Virgen, se extasiaba con el sacrificio de Abraham, reía desdeñosa a la sola mención de la palabra «protestante».

Declaró que le habían prescrito el ayuno. Ellos se informaron al respecto, no era cierto. El día de Corpus Christi desaparecieron unas julianas de una platabanda para adornar el monumento; ella negó descaradamente haberlas cortado. En otra ocasión le cogió a Bouvard veinte sueldos que echó, en vísperas, en el platillo del sacristán.

Llegaron a la conclusión de que la moral se distingue de la religión; cuando no tiene otra base, su importancia es secundaria.

Una noche, mientras cenaban, entró el señor Marescot. Victor se escapó de inmediato.

El notario, tras haber rehusado sentarse, contó lo que le traía: el joven Touache había dado una paliza de muerte a su hijo.

Como los orígenes de Victor eran conocidos, y por lo desagradable que era, los otros chiquillos le llamaban el Forzado; y hacía un rato había propinado al señor Arnold Marescot una soberana paliza. El bueno de Arnold conservaba las huellas en su cuerpo.

—¡Su madre está desesperada, sus ropas están hechas jirones, su salud peligra! ¿Adónde iremos a parar?

El notario exigía un castigo severo; y que Victor, entre otras cosas, no frecuentase más el catecismo, para evitar otros posibles enfrentamientos.

Bouvard y Pécuchet, aunque heridos por la arrogancia del tono, prometieron todo lo que quería, cedieron plenamente.

¿Había Victor obedecido al impulso del honor o al de la venganza? En cualquier caso, no era un cobarde.

Pero su agresividad les asustaba. Y como la música amansa a las fieras, Pécuchet pensó en enseñarle solfeo.

A Victor le costó mucho aprender a leer correctamente las notas, y a no confundir los términos adagio, presto y sforzando. Su maestro se afanó en explicarle lo que era la gama, el acorde perfecto, la escala diatónica, la cromática, y las dos clases de intervalo, mayor y menor. Le hizo estar bien derecho, sacando pecho, la boca abierta de par en par, y para enseñar con el ejemplo entonaba él mismo con voz de falsete. La de Victor salía no sin esfuerzo de la laringe, a fuerza de contraerla; y si la frase comenzaba con una pausa, se adelantaba o empezaba demasiado tarde.

No obstante, Pécuchet abordó el canto por partida doble. Cogió un palito que debía hacer las veces de baqueta, y movía el brazo con gran solemnidad, como si hubiera tenido una orquesta a sus espaldas; pero, ocupado en dos distintas funciones, equivocaba los tiempos; su error provocaba otros en el alumno y, con los ojos en la partitura, frunciendo el ceño, tensando los músculos del cuello, continuaban al azar, hasta el final de la página.

Finalmente Pécuchet le dijo a Victor:

—No creo que llegues a destacar en un coro.

Y abandonó la enseñanza de la música.

Quizá estaba en lo cierto Locke cuando decía: «La música arrastra a compañías tan disolutas que es mejor ocuparse de otra cosa».

Aunque sin querer hacer tampoco de él un escritor, le sería útil a Victor saber escribir una carta. Una consideración les detuvo; el estilo epistolar no puede aprenderse, porque es un don que solo poseen las mujeres.

A continuación pensaron en hacerle memorizar algunos fragmentos literarios; y como no sabían cuál elegir, consultaron la obra de la señora Campan.

Esta recomienda la escena de Éliacin, los coros de Esther, Jean-Baptiste Rousseau completo. Cosas un poco rancias. En cuanto a las novelas, ella las desaconseja, porque pintan el mundo con colores demasiado indulgentes.

Sin embargo, permite Clarisse Harlowe y El padre de familia de miss Opie. ¿Quién era la tal miss Opie?

No encontraron su nombre en la Biografía de Michaud. Quedaban los cuentos de hadas.

—Así esperarán encontrar palacios de diamantes —dijo Pécuchet—. La literatura desarrolla la mente, pero excita las pasiones.

Victorine fue expulsada del catecismo porque había hecho de las suyas.

La habían sorprendido besándose con el hijo del notario; y Reine no bromeaba: ponía cara seria bajo su gorrito de grueso encañonado. Tras un escándalo semejante, ¿cómo no expulsar a una muchacha tan corrompida?

Bouvard y Pécuchet tacharon al párroco de viejo idiota. Su ama le defendió. Ellos respondieron a tono, y ella se fue, lanzando en torno miradas encendidas, barbotando:

—¡Que les conocemos! ¡Que les conocemos!

Victorine, en efecto, estaba enamoriscada de Arnold, tan lindo lo encontraba con su cuello bordado, su traje de terciopelo, sus cabellos bienolientes, y ella le traía ramilletes de flores, hasta el momento en que fue denunciada por Zéphyrin.

¡Qué ingenuidad de aventura! ¡Los dos niños eran de una inocencia absoluta!

¿Había que enseñarles el misterio de la generación?

—Yo no veo nada malo en ello —dijo Bouvard—. El filósofo Basedow lo exponía a sus alumnos, sin entrar sin embargo en detalles más que acerca del embarazo y del nacimiento.

Pécuchet pensaba de modo distinto. Victor comenzaba a preocuparle.

Sospechaba que tenía una mala costumbre. ¿Por qué no? Hay hombres muy serios que la conservan durante toda la vida, y se cuenta que también el duque de Angulema se entregaba a ella. Interrogó al alumno de un modo que le aclaró las ideas, y al cabo de poco no le cupo ya duda alguna.

Entonces le tachó de corrupto, y con fines terapéuticos quiso hacerle leer a Tissot. Esta obra maestra, según Bouvard, era más perjudicial que útil.

Mejor sería inspirarle un sentimiento poético. Aimé Martin refiere que una madre, en un caso de este tipo, había prestado a su hijo La nueva Eloísa; y «para hacerse digno del amor, el joven había seguido el camino de la virtud».

Pero Victor no estaba en condiciones de soñar con un ángel.

—¿Y si, en cambio, le lleváramos a una de esas casas?

Pécuchet expresó su horror por las prostitutas.

Bouvard dijo que ello le parecía una solemne estupidez e incluso habló de hacer expresamente un viaje a Le Havre.

—¡Pero qué dices! ¡Nos verían entrar!
—¡Pues, entonces, cómprale un aparato!
—Es que el vendedor igual se piensa que es para mí —dijo Pécuchet.

Habrían hecho falta placeres emocionantes como la caza, pero ello suponía hacer gastos en una escopeta, un perro. Prefirieron fatigarle por medio del ejercicio, y emprendieron carreras por el campo.

El chaval se les escapaba. Por más que se relevaban, acababan derrengados y, por la noche, no tenían ya fuerzas para llevar el diario.

Mientras esperaban a Victor, charlaban con los paseantes, y por necesidad pedagógica trataban de enseñarles lo que era la higiene, deploraban las fugas de agua, el desperdicio de estiércol.

Llegaron hasta el punto de controlar a las nodrizas y se indignaban contra el régimen de sus niños. Unas los atiborraban de sémola, lo que les hacía morirse de debilidad. Otras los empapuzaban de carne antes de los seis meses y reventaban de la indigestión. Varias los limpiaban con su propia saliva; todas los trasteaban sin consideración.

Cuando veían sobre una puerta un búho crucificado, entraban en la granja y decían:

—Se equivocan ustedes; estos animales se alimentan de ratas, de ratones campesinos; se han encontrado en el estómago de una lechuza hasta cincuenta larvas de oruga.

Los lugareños, que les conocían de haberles visto primero como médicos y luego buscando viejos muebles, o piedras, respondían:

—¡Fuera de aquí, payasos! No vengan a darnos lecciones.

Sus convicciones vacilaron; pues los gorriones limpian los huertos, pero se comen las cerezas. Los mochuelos devoran insectos pero también los murciélagos, que son útiles; y aunque los topos se comen los limacos, también echan a perder el suelo. Algo de lo que estaban seguros es de que es preciso exterminar todo género de caza de animales funestos para la agricultura.

Una tarde que pasaban por el bosque de Faverges, llegaron ante la casa del guarda. Sorel, a la vera del camino, hacía aspavientos entre tres individuos.

El primero era un tal Dauphin, zapatero remendón, pequeñajo, delgado, y de aspecto socarrón. El segundo, el tío Aubain, comisionista en aquellos pueblos, lucía una vieja levita amarillenta con un pantalón de dril azul.

El tercero, Eugène, criado en casa del señor Marescot, se distinguía por su barba, cortada como la de los magistrados.

Sorel les estaba enseñando un nudo corredizo, de hilo de cobre, que se ataba a otro de seda sujeto a un ladrillo, lo que se llama un lazo; y había pillado al zapatero mientras lo estaba instalando.

—Ustedes son testigos, ¿eh?

Eugène bajó la barbilla con gesto aprobatorio, y el tío Aubain replicó:

—Si usted lo dice.

Lo que tenía rabioso a Sorel era la cara dura de haber preparado una trampa al lado de su casa, pues el muy bribón creía que nadie iba a sospechar que había una allí.

Dauphin adoptó un tono llorón.

—Pero si yo lo que hacía era pisotearla, trataba incluso de romperla.

¡Siempre le acusaban, la tenían tomada con él, era realmente un desgraciado!

Sorel, sin responderle, se había sacado del bolsillo una libreta, pluma y tinta para hacer un atestado.

—¡Oh!, ¡no! —dijo Pécuchet.

Bouvard añadió:

—¡Déjele irse, es un buen hombre!
—¿Ése? ¡Un cazador furtivo es lo que es!
—Bueno, ¿y aunque así fuera?

Se pusieron a defender la caza furtiva. Desde luego es sabido que los conejos roen los brotes nuevos, las liebres hacen daño a los cereales, salvo la becada, quizá…

—Déjenme en paz.

Y el guarda escribía con los dientes apretados.

—¡Qué testarudez! —murmuró Bouvard.
—¡Una palabra más y llamo a los guardias!
—¡Es usted un grosero! —dijo Pécuchet.
—¡Y ustedes unas nulidades! —prosiguió Sorel.

Bouvard, fuera de sí, le trató de cernícalo, de rufián. Y Eugène repetía: «¡Tengamos la fiesta en paz, tengamos la fiesta en paz!», mientras el tío Aubain gemía a tres pasos de ellos sentado sobre un montón de piedras.

Agitados por este vocerío, todos los perros de la jauría salieron de sus perreras, veíanse a través de la alambrera sus pupilas ardientes, sus hocicos negros y, corriendo de aquí para allá, ladraban que era un espanto.

—¡No me fastidien más —exclamó su amo—, o se los echo encima!

Los dos amigos se alejaron, contentos de haber defendido el progreso, la civilización.

Al día siguiente les llegó una citación para comparecer en el puesto de policía, por injurias dirigidas al guarda y enterarse de que se les condenaba a pagar cien francos por daños y perjuicios, «a reserva del recurso del fiscal, vistas las contravenciones cometidas. Costas de seis francos y setenta y cinco céntimos. Tiercelin, oficial de justicia».

¿Por qué un fiscal? Perdían la cabeza. Luego, una vez calmados, prepararon su defensa.

El día previsto, Bouvard y Pécuchet se dirigieron al Ayuntamiento con una hora de adelanto. No había nadie, unas sillas y tres butacas rodeaban una mesa cubierta por un paño; un nicho en la pared albergaba la estufa, y el busto del Emperador sobre un pequeño pedestal dominaba el conjunto.

Mataron el tiempo acercándose hasta el desván, donde había una bomba de incendios, varias banderas, y, en un rincón, en el suelo, otros bustos de escayola: Napoleón sin diadema, Luis XVIII con un frac con charreteras, Carlos X, reconocible por su labio caído, Luis Felipe, con las cejas arqueadas y un tupé piramidal; la inclinación del tejado rozaba su nuca y todos estaban sucios por las moscas y el polvo. Este espectáculo desmoralizó a Bouvard y a Pécuchet. Sentían pena por los diferentes gobiernos cuando volvieron a la sala principal.

Se encontraron allí a Sorel y al guarda rural, uno con el distintivo en la bocamanga y el otro con el quepis.

Una docena de personas estaban charlando, imputadas por dejar de barrer, por tener a sus perros sueltos, por falta de farol en los carros, o por haber abierto su bodega durante la misa.

Finalmente se presentó Coulon, ataviado con toga de sarga negra y birrete redondo con una orla de terciopelo. El secretario judicial se puso a su izquierda, el alcalde con su banda a la derecha, y a continuación se dio lectura al caso Sorel contra Bouvard y Pécuchet.

Louis-Martial-Eugène Lenepveur, ayuda de cámara en Chavignolles (Calvados), se prevaleció de su calidad de testigo para contar todo cuanto sabía sobre multitud de cosas ajenas al caso.

Nicolas-Juste Aubain, jornalero, temía contrariar a Sorel y perjudicar a esos señores; había oído palabras malsonantes, pero dudaba de ellas; alegó su sordera.

El juez de paz le hizo sentarse de nuevo; luego dirigiéndose al guarda dijo:

—¿Se afirma y ratifica en su declaración?
—Por supuesto.

Coulon preguntó a continuación a los dos imputados si tenían algo que declarar.

Bouvard sostuvo que no había insultado a Sorel, sino que había defendido, al dar su apoyo a Dauphin, el interés de nuestros campos. Citó los abusos feudales, las cazas devastadoras de los grandes propietarios.

—¡No importa! La contravención…
—¡Disculpe que le interrumpa! —exclamó Pécuchet—. Las palabras «contravención», «crimen» y «delito» carecen por completo de sentido. Tomar el castigo como criterio de clasificación de los hechos delictivos significa partir de una base arbitraria. Es como decirles a los ciudadanos: «No os preocupéis por la valoración de lo que hagáis, pues ella depende de la sanción del poder». Por lo demás, el Código Penal me parece un texto irracional, sin principios.
—¡Es posible! —repuso Coulon. E iba a pronunciar el fallo—. Considerando…

Pero Foureau, que era el fiscal, se levantó. Se había ultrajado al guarda en el ejercicio de sus funciones. Si no se respeta la propiedad privada, todo está perdido. En pocas palabras, tenga a bien el señor juez de paz imponer la pena máxima.

Esta fue de diez francos, por daños y perjuicios contra Sorel.

—¡Muy bien! —murmuró Bouvard.

Coulon no había terminado:

—Les condeno, además, al pago de cinco francos de multa como culpables de la contravención señalada por el señor fiscal.

Pécuchet se volvió hacia el auditorio:

—La multa es una nimiedad para el rico, pero un desastre para el pobre. ¡A mí, ni frío ni calor!

Y tenía el aire de desafiar al tribunal.

—Me asombra, señores —dijo Coulon—, que personas inteligentes…
—¡La ley les exime a ustedes de serlo! —replicó Pécuchet—. El juez de paz permanece en el cargo indefinidamente, mientras que el juez del Tribunal Supremo es considerado válido hasta los setenta y cinco años, y el de primera instancia deja de serlo a partir de los setenta.

Pero a un gesto de Foureau, se adelantó Placquevent. Ellos protestaron.

—¡Ah! ¡Si fueran nombrados tras un concurso público!
—O por el Consejo General.
—O por un comité de notables.
—¡De una lista seria de candidatos!

Placquevent les empujaba, y salieron, acompañados de los gritos de los otros imputados, que con aquella bajeza esperaban ganarse la benevolencia del juez.

Para dar rienda suelta a su indignación, por la noche fueron a ver a Beljambe.

El café estaba vacío, pues los notables solían marcharse a las diez. Se habían amortiguado ya las luces; las paredes y el mostrador se veían como entre una niebla.

Llegó una mujer.

Era Mélie.

No parecía inquieta, y sonriendo les sirvió dos cañas. Pécuchet, incómodo, se fue pronto del local.

Bouvard volvió solo, divirtió a algunos burgueses con sus sarcasmos contra el alcalde y, a partir de entonces, se hizo asiduo del café.

Dauphin, seis semanas después, fue absuelto por falta de pruebas. ¡Qué vergüenza! No se daban por buenos esos mismos testimonios considerados válidos cuando habían declarado contra ellos.

Y su rabia no conoció ya límites cuando la administración les intimó a pagar la multa. Bouvard atacó a dicha institución por ser nociva para la propiedad.

—¡Se equivocan ustedes! —dijo el recaudador de impuestos.
—¡Pero, vamos! ¡La propiedad soporta un tercio de los gastos públicos! A mí me gustaría un procedimiento de recaudar impuestos menos vejatorio, un catastro mejor, cambios en el régimen hipotecario o la supresión de la Banca de Francia, que tiene el monopolio de la usura.

Girbal no estuvo a la altura, y perdió parte de su crédito ante la opinión pública y no se dejó ver más.

Mientras tanto, Bouvard había simpatizado con el posadero; atraía a gente; y, mientras esperaba a los habituales, charlaba familiarmente con la moza.

Manifestó opiniones singulares sobre la instrucción primaria. ¡Habría que estar en condiciones, al dejar la escuela, de poder cuidar de los enfermos, comprender los descubrimientos científicos, interesarse por las artes! Las pretensiones de su programa pusieron en su contra a Petit; y ofendió al capitán sosteniendo que los soldados, en vez de perder el tiempo haciendo maniobras, harían mejor en cultivar hortalizas.

Cuando llegaron a la cuestión del libre cambio, trajo con él a Pécuchet; y durante todo el invierno hubo en el café miradas furiosas, actitudes despectivas, insultos y vociferaciones con puñetazos descargados contra las mesas que hacían saltar los botellines de cerveza.

Langlois y los demás comerciantes defendían el comercio nacional; Voisin, hilandero, Oudot, administrador de una fábrica de laminados, y Mathieu, platero, la industria nacional; los terratenientes y los capataces, la agricultura nacional, reclamando cada uno para sí unos privilegios en detrimento de la mayoría. Los discursos de Bouvard y de Pécuchet alarmaban.

Como les acusaban de desconocer la práctica, de tender a la nivelación y a la inmoralidad, desarrollaron estas tres concepciones:

Sustituir el apellido por un número de matrícula.

Dividir en clases jerárquicas a los franceses que, para conservar su condición, deberían someterse a exámenes periódicos.

No más castigos ni recompensas, sino en todos los pueblos una crónica individual que se transmitiría a la posteridad.

Se desdeñó su sistema.

Escribieron un artículo para el periódico de Bayeux, una nota al prefecto, una petición a las Cámaras, una memoria al Emperador.

El diario no insertó su artículo. El prefecto no se dignó responderles. Las Cámaras guardaron silencio, y ellos esperaron largo tiempo una carta de Palacio. ¿En qué andaba ocupado el Emperador? ¡En sus cortesanas, sin duda!

Foureau les aconsejó más reserva de parte del subprefecto.

Ellos se mofaban del subprefecto, del prefecto y de los consejos de la prefectura, incluso del Consejo de Estado, dado que la justicia administrativa era una monstruosidad, pues la administración, mediante tratos de favor y amenazas, gobierna impunemente a sus funcionarios. En una palabra, se estaban volviendo incómodos, y los notables conminaron a Beljambe a que no recibiera más a aquellos dos sujetos.

Entonces Bouvard y Pécuchet quisieron distinguirse con una empresa que, ganándose el respeto de sus conciudadanos, los dejase pasmados, y no encontraron nada mejor que unos proyectos para embellecer Chavignolles.

Tres cuartas partes de las casas serían demolidas; se construiría en medio del pueblo una plaza monumental, un hospicio por la parte de Falaise, unos mataderos en el camino de Caen y en el Paso de la Vaca una iglesia románica y policroma.

Pécuchet preparó un proyecto a tinta china, sin olvidar señalar en amarillo los bosques, los prados en verde, las edificaciones en rojo, ¡las imágenes de una Chavignolles ideal le perseguían hasta en sueños! Se revolvía en la cama. ¡Bouvard, una noche, acabó por despertarse!

—¿Te encuentras mal?

Pécuchet balbució:

—¡Haussmann no me deja dormir!

Le llegó por aquella época una carta de Dumouchel, que quería saber los precios de los balnearios en la costa normanda.

—¡Que se vaya al diablo él y sus balnearios! ¡No tenemos tiempo de escribirle!

Y tras haber conseguido una cadena de agrimensor, un grafómetro, un nivel de agua y una brújula, comenzaron otros estudios.

Invadían las casas ajenas; a menudo los burgueses se sorprendían de ver a aquellos dos hombres plantando jalones en los patios. Bouvard y Pécuchet anunciaban tan tranquilos lo que ocurriría. Los vecinos se preocuparon, quién sabe si las autoridades no se alinearían de su parte…

Algunas veces los echaban de malos modos. Victor trepaba a las tapias y subía a los tejados para colgar una señal, dando prueba de buena voluntad y hasta de cierta pasión.

Estaban también más contentos con Victorine.

Cuando planchaba la ropa, pasaba la plancha por la mesa canturreando con dulce voz, se interesaba por las labores domésticas, le hizo un gorro a Bouvard y sus puntos de piqué le valieron los elogios de Romiche.

Era este uno de esos sastres que se pasan por las alquerías para remendar los trajes. Le tuvieron quince días en casa.

Chepudo y con unos ojos enrojecidos, compensaba sus defectos físicos con un humor de bufón. Cuando los amos estaban fuera, divertía a Marcel y a Victorine contándoles chistes, sacaba la lengua hasta el mentón, imitaba al cuclillo, hacía de ventrílocuo y, por la noche, para ahorrarse los gastos de hospedaje, iba a acostarse al cuarto del horno.

Pues bien, una mañana, muy temprano, Bouvard, que tenía ganas de trabajar, fue a por unas virutas para encender el fuego.

Vio un espectáculo que le dejó de piedra.

Detrás de los restos del arcón, en un jergón de paja, Romiche y Victorine dormían juntos.

Él tenía un brazo en torno a la cintura de ella, y su otra mano, larga como la de un simio, la cogía por una rodilla, con los párpados entrecerrados, el rostro convulsionado aún en un espasmo de placer. Ella sonreía, tendida de espaldas. Su camisola desabotonada dejaba al descubierto su pecho infantil, jaspeado de rojeces por las caricias del jorobado. Sus cabellos rubios estaban desparramados, y la claridad del alba arrojaba sobre ambos una luz macilenta.

Bouvard había sentido, en un primer momento, como un impacto en pleno pecho. Luego el pudor le impidió dar un solo paso, hacer un solo gesto. Le asaltaron unas dolorosas reflexiones.

—¡Tan joven, y ya perdida, perdida!

Acto seguido fue a despertar a Pécuchet, y en dos palabras le informó de todo.

—¡Ah, el miserable!
—¡No podemos hacer nada! ¡Cálmate!

Y estuvieron largo rato suspirando el uno enfrente del otro: Bouvard, sin levita, de brazos cruzados; Pécuchet, sentado en el borde de su cama, con los pies desnudos y tocado con un gorro de algodón.

Romiche tenía que irse ese mismo día, una vez terminado su trabajo. Le pagaron con actitud altanera, en silencio.

Pero la Providencia la tenía tomada con ellos.

Marcel les llevó de puntillas hasta el cuarto de Victor; y les mostró, dentro de la cómoda, una moneda de veinte francos. El chico le había pedido que se la cambiara en moneda más menuda.

¿De dónde la había sacado? ¡Por supuesto que de un robo! Y tal vez cometido durante sus expediciones como ingenieros.

Si venían a reclamarla, a ellos se les consideraría cómplices.

Al final, tras llamar a Victor, le ordenaron que abriera el cajón; la moneda ya no estaba.

Y, sin embargo, un momento antes la había cogido en sus manos, y Marcel era incapaz de mentir. Esta historia le había trastornado a tal punto que desde la mañana guardaba en su bolsillo una carta para Bouvard.

Distinguido señor:
Temiendo que el señor Pécuchet se encuentre enfermo, recurro a su cortesía…

—¿Quién la firma?
—Olympe Dumouchel, de soltera Charpeau.

Ella y su esposo preguntaban en qué localidad balnearia, Courseulles, Langrune o Ouistreham, se encontraba la mejor sociedad, la menos escandalosa, así como por los medios de transporte, el precio de la lavandería, etcétera.

Esta falta de sentido de la oportunidad les hizo montar en cólera contra Dumouchel; luego la fatiga les sumió en un desaliento aún mayor.

Hicieron recuento de todo el trabajo que se habían tomado, tantas clases, precauciones, tormentos.

—Y pensar —decían— que queríamos que ella fuese celadora de estudios, y él, últimamente, encargado de obra.
—Si es una viciosa, no es por culpa de sus lecturas.
—Yo, para hacer de él un hombre honrado, le di a conocer la biografía de Cartouche.
—Tal vez les ha faltado una familia, los cuidados de una madre.
—¡De madre he hecho yo! —objetó Bouvard.
—Desgraciadamente —rebatió Pécuchet—, hay naturalezas desprovistas de sentido moral, y la educación no puede hacer nada por ellas.
—¡Ah, sí, bonita cosa la educación!

Como los dos huérfanos no tenían oficio, les buscarían una colocación como criados, y luego, Dios mediante, dejarían de ocuparse de ellos. Y, a partir de ese momento, el «tío» y el «querido amigo» les hicieron comer en la cocina.

Pero no tardaron en aburrirse, su mente necesitaba trabajar, su vida un objetivo.

Por otra parte, ¿qué prueba un fracaso? Lo que no había funcionado con unos chiquillos, acaso resultase menos difícil con gente mayor. Y pensaron en iniciar un curso para adultos.

Sería preciso dar una conferencia para exponer sus ideas. La gran sala de la posada era perfectamente adecuada para tal fin.

Beljambe, como teniente de alcalde, tuvo miedo de comprometerse, primero se negó, pero luego cambió de parecer, y así se lo mandó decir por medio de la criada. Bouvard, en un arranque de alegría, la besó en ambas mejillas.

El alcalde estaba ausente, el otro teniente de alcalde, Marescot, muy ocupado en su despacho; por eso la conferencia tendría lugar, como anunció el tambor para el domingo siguiente, a las tres.

Solo la víspera pensaron en cómo vestirse.

Pécuchet, gracias a Dios, había conservado un viejo traje de gala con cuello de terciopelo, dos corbatas blancas y unos guantes negros. Bouvard se puso su levita azul, chaleco de nanquín, zapatos de castor; y estaban muy emocionados al atravesar el pueblo.

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