Bouvard y Pécuchet. La novela (XIII)

Gustave Flaubert





10

Se consiguieron varias obras sobre educación y decidieron el sistema que convenía adoptar. Había que desterrar toda idea metafísica, y, según el método experimental, seguir el desarrollo natural. No había prisa, los dos alumnos tenían que olvidar lo que habían aprendido.

Aunque eran de constitución robusta, Pécuchet quería, como un espartano, endurecerles más aún, acostumbrarles al hambre, a la sed, a la intemperie, e incluso que llevasen unos zapatos agujereados a fin de prevenir los resfriados. Bouvard se opuso.

El cuartito oscuro del fondo del pasillo se convirtió en su dormitorio. Tenían por todo mobiliario dos catres de tijera, dos palanganas y una jarra; el ojo de buey se abría por encima de sus cabezas, y las arañas corrían por las paredes encaladas.

A menudo recordaban el interior de una cabaña en la que se peleaban.

Una noche su padre había vuelto con las manos manchadas de sangre. Poco después se habían presentado los gendarmes. Luego habían vivido en un bosque. Unos hombres que hacían zuecos besaban a su madre. Ella había muerto, y a ellos se los había llevado una carreta. Les pegaban mucho, se habían perdido. Luego volvían a ver al guarda rural, a la señora de Noaris, a Sorel y, sin preguntarse el porqué de esta otra casa, se sentían felices allí. Por ello sintieron estupor y pena cuando al cabo de ocho meses se reanudaron las clases.

Bouvard se ocupó de la pequeña, Pécuchet del chiquillo.

Victor reconocía las letras, pero no conseguía formar las sílabas. Las farfullaba, se detenía de repente con cara de idiota. Victorine hacía preguntas. ¿Por qué en la palabra orchestre la ch tiene el sonido de una q y el de una k en archéologie? A veces hay que unir dos vocales, otras separarlas. Todo aquello no era justo. Y se indignaba.

Los maestros daban sus clases a la misma hora, en sus respectivas habitaciones, y como la pared medianera era delgada, esas cuatro voces, la una aflautada, la otra profunda y las dos agudas, armaban un guirigay tremendo. A fin de evitarlo, y estimular a los pequeños por medio de la emulación, se les ocurrió hacerles trabajar juntos en el museo, y abordaron la escritura.

Los dos alumnos, uno en cada extremo de la mesa, copiaban un ejemplo; pero la posición del cuerpo era inadecuada. Había que enderezarlos, las páginas caían al suelo, las plumas se rompían, la tinta se derramaba.

Algunos días, Victorine iba bien durante tres minutos, luego comenzaba a trazar garabatos; y, presa del desaliento, se ponía a mirar fijamente al techo. Victor no tardaba en dormirse, echado sobre el escritorio.

¿Acaso se encontraban mal? Una tensión demasiado fuerte daña los cerebros jóvenes.

—Paremos —dijo Bouvard.

No hay nada más estúpido que hacer aprender cualquier cosa de memoria; sin embargo, si uno no la ejercita, la memoria se atrofia; y los maestros se pusieron a repetir con los alumnos las primeras fábulas de La Fontaine. Los niños aprobaban a la hormiga que atesora, al lobo que se come al cordero, al león que se lleva la mejor parte.

Se volvieron más atrevidos y devastaron el huerto. Pero ¿qué diversión proporcionarles?

Jean-Jacques aconseja al preceptor, en el Emilio, hacer que el propio alumno se fabrique sus juguetes, prestándole cierta ayuda, pero sin que se dé cuenta. Bouvard no consiguió hacerse un aro, Pécuchet coser una pelota. Pasaron a los juegos instructivos, como los recortables; Pécuchet les mostró su microscopio, y, al estar encendida la vela, Bouvard dibujaba con la sombra de sus dedos el perfil de una liebre o de un cerdo en la pared. El público no tardó en cansarse.

Otros autores ponderan como diversión una merienda en el campo, una excursión en barca; ¿era francamente factible? Fénelon recomienda de vez en cuando «una conversación inocente». ¡Imposible imaginar una sola!

Volvieron a las lecciones, y a las figuras geométricas, las reglas, la mesa tipográfica, todo fue un fracaso, hasta que se les ocurrió una estratagema.

Dado que Victor era más bien goloso, le decían el nombre de un plato; pronto se puso a leer correctamente El cocinero francés.

A Victorine, que era coqueta, le regalarían un vestido si le escribía a la costurera para encargarlo. En menos de tres semanas llevó a cabo este prodigio. Era alentar sus defectos, medio pernicioso, pero que había dado resultados.

Ahora que sabían leer y escribir, ¿qué enseñarles? Otro problema.

Las chicas no necesitan ser tan instruidas como los chicos. No importa, se las educa normalmente como a unos verdaderos brutos, al limitarse todo su bagaje intelectual a algunas estupideces místicas.

¿Conviene enseñarles lenguas? «El español y el italiano —pretende el Cisne de Cambrai— no sirven para otra cosa que para leer obras peligrosas.» Tal argumento les pareció una memez. Pero Victorine no sabría qué hacer con esos idiomas, mientras que el inglés era de uso más común. Pécuchet estudió sus reglas; demostraba, con aire serio, la manera de pronunciar th.

—Mira, se pronuncia así: ¡the, the, the!

Pero antes de instruir a un niño, habría que conocer sus aptitudes. Estas se intuyen por medio de la frenología. Se sumergieron de lleno en ella; luego quisieron verificar lo que se afirmaba en sus propias personas. Bouvard presentaba la protuberancia de la benevolencia, de la imaginación, de la veneración y la de la energía genésica: vulgo, erotismo.

Por los huesos temporales de Pécuchet cabía deducir la inclinación a la filosofía y el entusiasmo, unidos a la astucia.

En efecto, tales eran sus rasgos caracteriales.

Lo que más les sorprendió fue descubrir tanto en uno como en otro la inclinación a la amistad, y, encantados por este descubrimiento, se abrazaron conmovidos.

Luego centraron sus indagaciones en Marcel.

Su mayor defecto, como bien sabían, era un apetito inmoderado. No obstante, Bouvard y Pécuchet se sintieron espantados al comprobar por encima del pabellón auricular, a la altura del ojo, el órgano de la hiperalimentación. Con la edad, su criado quizá se volviera como esa mujer de La Salpêtrière que se comía a diario más de tres kilos y medio de pan, y que una vez se zampó catorce platos de sopa y otra se bebió sesenta tazas de café. No podrían hacer frente a aquel dispendio.

Las cabezas de sus alumnos no presentaban nada de particular. ¿Acaso era porque ellos no sabían compobarlo? Encontraron un medio muy simple para adquirir experiencia. Los días de mercado se mezclaban con los campesinos en la plaza, entre los sacos de avena, los cestos de quesos, las terneras, los caballos, insensibles a los empujones; y cuando encontraban a algún joven con su padre, pedían palparle el cráneo con fines científicos.

La mayoría de ellos ni siquiera les respondía; otros, creyendo que se trataba de una pomada para la tiña, se negaban, ofendidos; algunos, por indiferencia, se dejaban llevar bajo el pórtico de la iglesia, donde estarían más tranquilos.

Una mañana en que Bouvard y Pécuchet comenzaban sus manejos, apareció de pronto el párroco y, viendo lo que hacían, acusó a la frenología de llevar al materialismo y al fatalismo. El ladrón, el asesino, el adúltero, no tienen más que atribuir sus crímenes a sus protuberancias.

Bouvard objetó que el órgano predispone a la acción, pero que, no obstante, no obliga a ella. Aun admitiendo que un hombre tenga en sí el germen de un vicio, nada prueba que sea un vicioso.

—Por lo demás, yo admiro a los ortodoxos, pues defienden las ideas innatas y rechazan las tendencias. ¡Bonita contradicción!

Pero la frenología, en opinión del padre Jeufroy, negaba la omnipotencia divina, y era malsano practicarla a la sombra del lugar sagrado, enfrente mismo del altar.

—¡No, retírense! ¡Retírense!

Se establecieron en la barbería de Ganot. Para vencer toda reticencia, Bouvard y Pécuchet llegaban hasta el punto de obsequiar con un afeitado o una rizadura de cabello a los padres.

Una tarde, el doctor fue a cortarse el pelo. Tras acomodarse en el sillón, descubrió reflejados en el espejo a los dos frenólogos que paseaban sus dedos por las cholas de los chavales.

—¿Ahora se dedican a estas estupideces? —preguntó.
—¿Por qué estupideces?

Vaucorbeil sonrió con displicencia, luego afirmó que no había en absoluto diversos órganos en el cerebro. Así, hay quien digiere un determinado alimento y quien no. ¿Cabe deducir de ello que hay en el estómago tantos estómagos como gustos existen?

Sin embargo, un trabajo descansa de otro, un esfuerzo intelectual no pone en tensión a la vez todas las facultades, pues cada una tiene una sede distinta.

—Los anatomistas no la han encontrado —dijo Vaucorbeil.
—Es que lo han seccionado mal —rebatió Pécuchet.
—Pero ¡cómo!
—¡Sí! Cortan a pedazos, sin tener en cuenta la conexión de las partes. —Era la frase de un libro de la que se acordaba.
—Vaya simpleza —exclamó el médico—. No es que el cráneo se moldee a imitación del cerebro, y el exterior del interior. Gall se equivoca, y yo les desafío a que demuestren sus teorías tomando al azar a tres personas de este establecimiento.

La primera era una campesina con unos ojazos azules.

Pécuchet dijo observándola:

—Es una persona que tiene mucha memoria.

El marido así lo confirmó, y se ofreció él mismo al examen.

—¡Oh! No es usted, amigo mío, una persona fácil de convencer.

Según los otros, no había en el mundo otro más terco que él.

La tercera prueba se hizo con un chiquillo al que acompañaba su abuela.

Pécuchet declaró que debía de gustarle la música.

—¡Ya lo creo! —dijo la buena mujer—; hazles una demostración a estos señores para que vean.

Se sacó de debajo de su blusón un birimbao y se puso a soplar en él.

Se oyó un gran ruido, era la puerta cerrada de un portazo por el doctor, que se iba.

No dudaron ya de sí mismos, y, llamando a sus dos alumnos, reanudaron el análisis de su cavidad craneana.

La de Victorine era en general uniforme, signo de ponderación; pero su hermano tenía un cráneo lamentable; un relieve muy pronunciado en el ángulo mastoideo de los huesos parietales indicaba el órgano de la destrucción, del asesinato, y más abajo una hinchazón era el signo de la codicia, del robo. Bouvard y Pécuchet se sintieron apenados por ello durante ocho días.

Pero es preciso comprender el sentido exacto de las palabras; lo que llamamos la combatividad implica el desprecio de la muerte. Aunque hace homicidas, puede igualmente ayudar a salvar vidas ajenas. El deseo vehemente de poseer engloba tanto la destreza de los rateros como el empeño tenaz de los comerciantes. La irreverencia es paralela al espíritu crítico, la astucia al comedimiento. Un instinto tiene siempre dos caras: una mala y otra buena. Se destruirá la primera cultivando la segunda, y por este método, un niño audaz, lejos de ser un bandido, se convertirá en un general. El cobarde tendrá la cualidad de la prudencia, el avaro la del ahorro, el pródigo la de la generosidad.

Un sueño grandioso se apoderó de ellos: si conseguían llevar a buen puerto la educación de sus alumnos, fundarían una institución con el fin de mejorar las inteligencias, domar los caracteres difíciles, ennoblecer los corazones. Ya hablaban de suscripciones y de ponerse a levantar el edificio.

Su triunfo en la barbería de Ganot les había hecho famosos, y había gente que iba a consultarles para que les predijeran la buena ventura.

Desfilaron de todo tipo: cráneos en forma de bola, de pera, de pan de azúcar, cuadrados, alargados, estrechos, chatos, con mandíbulas de buey, rostros de pájaro, ojos porcinos; pero toda aquella gente no le dejaba al barbero trabajar. Los codos rozaban el armario de cristales en que guardaba los perfumes; desordenaban los peines, el lavabo fue roto, y él echó afuera a todos los curiosos, rogándoles a Bouvard y a Pécuchet que les siguieran, ultimátum que fue aceptado por ellos sin rechistar, dado que estaban ya un poco hartos de la craneoscopia.

Al día siguiente, al pasar por delante del jardincillo del capitán, vieron, charlando con él, a Girbal, a Coulon, al guarda rural y a su hijo pequeño, Zéphyrin, vestido de monaguillo. Llevaba un roquete totalmente nuevo; se pavoneaba antes de devolverlo a la sacristía, y le decían cumplidos.

Placquevent rogó a los señores que palparan a su chico, pues quería saber qué pensaban ellos.

La piel de la frente parecía como tensa; una nariz delgada, muy cartilaginosa en la raíz, caía oblicuamente sobre unos labios fruncidos; el mentón era puntiagudo, la mirada huidiza, el hombro derecho demasiado alto.

—Quítate la gorra —le dijo su padre.

Bouvard deslizó las manos por entre su melena de un rubio pajizo, luego le llegó el turno a Pécuchet, y se comunicaban en voz baja sus observaciones:

Biofilia manifiesta. ¡Ja! ¡Ja! ¡Aprobatividad! ¡Falta de concienciosidad! ¡Amatividad nula!
—¿Y bien? —dijo el guarda rural.

Pécuchet abrió su tabaquera y tomó una pulgarada de rapé.

—Palabra —contestó Bouvard—, no es nada bueno que digamos.

Placquevent enrojeció de la humillación.

—Hará, en cualquier caso, lo que yo quiera.
—¡Oh! ¡Oh!
—¡Por algo soy su padre, por Dios! Y tengo perfecto derecho a…
—Hasta cierto punto —prosiguió Pécuchet.

Girbal se entrometió:

—La autoridad paterna es indiscutible.
—Pero ¿y si el padre es un idiota?
—No importa —dijo el capitán—, tiene igualmente una potestad absoluta.
—En interés de los hijos —añadió Coulon.

Según Bouvard y Pécuchet, los hijos no deben nada a los autores de sus días, y los progenitores, por el contrario, están obligados a alimentarles, instruirles, cuidarles, en fin, todo.

Los burgueses protestaron vivamente ante esta opinión inmoral. Placquevent se sentía herido como por una ofensa.

—¡A propósito, dos buenos elementos, ¿eh?, esos que han sacado de la calle! ¡Llegarán lejos! ¡Tengan cuidado!
—¿Cuidado de qué? —dijo con aspereza Pécuchet.
—¡Oh, yo a usted no le tengo miedo!
—¡Tampoco yo!

Intervino Coulon, calmó al guardia rural y le hizo alejarse.

Por espacio de un minuto permanecieron en silencio. Luego se pusieron a hablar de las dalias del capitán, que no dejó escapar a su público sin habérselas enseñado una por una.

Bouvard y Pécuchet estaban volviendo a casa cuando, a cien pasos delante de ellos, distinguieron a Placquevent; y Zéphyrin, cerca de él, alzaba el codo a modo de escudo para protegerse de las bofetadas.

Lo que acababan de oír expresaba, bajo otra forma, las ideas del señor conde; pero el ejemplo de sus alumnos probaría hasta qué punto la libertad gana la partida a las constricciones. De todos modos, era necesaria un poco de disciplina.

Pécuchet colgó en el museo una pizarra para las demostraciones; llevarían un diario en el que las acciones del niño, anotadas por la noche, serían releídas al día siguiente. Todo se desarrollaría al sonido de la campanilla. Como Dupont de Nemours, recurrirían primero a la orden paterna, luego a la militar, y quedó prohibido el tuteo.

Bouvard trató de enseñar el cálculo a Victorine. A veces se equivocaban, se reían uno y otra, luego ella, tras besarle en el cuello, justo donde acaba la barba, pedía irse; él la dejaba marchar.

Pécuchet, por más que hacía sonar la campanilla a la hora de las clases y gritaba por la ventana la orden militar, no conseguía que el chiquillo se presentara. Llevaba siempre los calcetines caídos sobre los tobillos; incluso en la mesa, se metía los dedos en la nariz y no retenía sus gases intestinales. Broussais prohíbe, en este punto, las reprimendas, porque «hay que obedecer a los requerimientos del instinto de conservación».

Él y Victorine hablaban de un modo espantoso, decían «cuála» por «cuál», «haiga» por «haya», «ande» por «dónde», «carnecería», «estijeras»; pero como la gramática es de imposible comprensión para los niños, y pueden aprenderla si oyen hablar correctamente, los dos buenos hombres prestaban atención a todo lo que decían hasta el extremo de la incomodidad.

Sus pareceres diferían en cuanto a la geografía. Bouvard pensaba que es más lógico empezar por el municipio, Pécuchet por el conjunto del mundo.

Provisto de una regadera y arena, quiso demostrar lo que era un río, una isla, un golfo, e incluso sacrificó tres platabandas en aras de los tres continentes; pero los puntos cardinales no le entraban en la mollera a Victor.

Durante una noche de enero, Pécuchet lo llevó a campo raso. De camino, hacía el elogio de la astronomía; los marinos la utilizan en sus viajes, Cristóbal Colón, sin ella, no habría hecho su descubrimiento. Hemos de estarles agradecidos a Copérnico, a Galileo y a Newton.

Hacía un frío de perros, y en el azul negruzco del cielo refulgían una infinidad de luces. Pécuchet alzó los ojos.

—Pero ¡cómo! ¡No está la Osa Mayor!

La última vez que la había visto, estaba orientada de otro modo; por fin la reconoció, luego indicó la Estrella Polar, siempre al norte, y respecto a la que uno se orienta.

Al día siguiente, colocó un sillón en medio del salón y se puso a danzar en torno a él.

—Imagina que este sillón es el Sol, y que yo soy la Tierra; esta se mueve así.

Victor le miraba lleno de asombro.

A continuación, Pécuchet cogió una naranja, la atravesó con una varilla para indicar los polos, luego trazó sobre ella un círculo con un carboncillo para señalar el ecuador. Tras lo cual, paseó la naranja en torno a una bujía, mostrando que no todos los puntos de la superficie eran iluminados simultáneamente, lo que produce la diferencia de climas, y para la de las estaciones la inclinó, porque la Tierra no está derecha, y es eso lo que produce los equinoccios y los solsticios.

Victor no comprendió nada. Creyó que la Tierra gira sobre un gran eje y que el ecuador era un anillo que estrecha su circunferencia.

Con la ayuda de un atlas, Pécuchet le indicó dónde estaba Europa; pero, confundido por tantas líneas y colores, ya no conseguía dar con los nombres. Lagos y montañas no concordaban con los reinos, el orden político embrollaba el orden físico. Quizá todo se aclarase estudiando la Historia.

Habría sido más práctico empezar por el pueblo, luego el distrito, el departamento, la provincia; pero al no contar Chavignolles con anales, se veía obligado a remitirse a la Historia universal.

Una historia que abarca tantas materias debe detenerse por fuerza solo en sus momentos estelares.

Para la historia griega tenemos: «Combatiremos mucho mejor a la sombra», el envidioso que mandó al destierro a Arístides, y la confianza de Alejandro en su médico. Para la historia romana: las ocas del Capitolio, el trípode de Escévola, el tonel de Atilio Régulo. El lecho de rosas de Guatimozin es importante para la historia americana. En cuanto a Francia, tenemos el jarrón de Soissons, el roble de san Luis, la muerte de Juana de Arco, la gallina a la cazuela del Bearnés: el único problema es la elección. Sin contar «¡A mí, Auvernia!» y el naufragio de El Vengador.

Victor confundía los hombres, los siglos y los países.

Sin embargo, Pécuchet no quería hacerle perderse en consideraciones demasiado sutiles y el cúmulo de acontecimientos es un verdadero laberinto.

Insistió en la relación de los reyes de Francia. Victor los olvidaba, al no conocer las fechas. Pero si la mnemotecnia de Dumouchel había sido insuficiente para ellos, ¿qué sería para él? Conclusión: la Historia no puede enseñarse más que por medio de muchas lecturas. Las harían.

El dibujo resulta útil en muchas circunstancias; ahora bien, Pécuchet tuvo la audacia de enseñarlo él mismo, copiando del natural, abordando inmediatamente el paisaje.

Un librero de Bayeux le mandó el papel adecuado, unas gomas, dos cartones, unos lápices y un fijador para las obras que, bajo cristal o en marco, servirían para embellecer el museo.

Tras levantarse al amanecer, se ponían en camino con un pedazo de pan en el bolsillo; y perdían mucho tiempo buscando un lugar adecuado. Pécuchet quería reproducir simultáneamente lo que tenía delante mismo, el extremo horizonte y las nubes, pero las lejanías dominaban siempre los primeros planos; el río se precipitaba del cielo, el pastor caminaba sobre el ganado, un perro dormido parecía que corriese. Por su parte, renunció.

Recordando esta definición que había leído: «El dibujo se compone de tres cosas: la línea, el claroscuro, el sombreado, y sobre todo el retoque, pero el retoque solo puede darlo el maestro», él rectificaba la línea, colaboraba en el claroscuro, vigilaba el sombreado, y esperaba la ocasión para hacer el retoque. Esta no se presentaba nunca, a tal punto el paisaje del alumno resultaba incomprensible.

Su hermana, perezosa como él, bostezaba delante de la tabla de Pitágoras. La señorita Reine le enseñaba a coser, y cuando bordaba las cifras de la ropa blanca, movía los dedos con tanta delicadeza que luego Bouvard no tenía ya el valor de atormentarla con las lecciones de cálculo. Un día u otro volverían sobre ello. Sin duda, la aritmética y la costura son necesarias para llevar una casa, pero es cruel, objetó Pécuchet, educar a las muchachas con miras exclusivamente al marido que tendrán. No todas están destinadas al matrimonio, y si se quiere que más tarde prescindan de los hombres, hay que enseñarles un sinfín de cosas.

Se puede inculcar las ciencias a partir de los objetos más vulgares: decir, por ejemplo, en qué consiste el vino; y una vez dada la explicación, Victor y Victorine tenían que repetirla. Y otro tanto con las especies, los muebles, la iluminación; pero la luz era para ellos la lámpara, y no tenía nada en común con la chispa que salta de una piedra, la llama de una vela, el claro de luna.

Un día Victorine preguntó cómo era que la madera ardía; sus maestros se miraron incómodos, la teoría de la combustión era demasiado complicada para ellos.

En otra ocasión, Bouvard habló, desde la sopa hasta el queso, de los elementos nutritivos y desconcertó a los dos niños con la fibrina, la caseína, la grasa y el gluten.

Luego Pécuchet quiso explicarles cómo se renueva la sangre y se hizo un lío con la circulación.

No es un dilema nada fácil; si se parte de los hechos, hasta el más simple exige explicaciones harto complicadas, y si primero se plantean los principios, se comienza con lo absoluto, con la fe.

¿Cómo resolverlo? Combinando las dos enseñanzas, la racional y la empírica; pero un doble medio para un solo fin es lo contrario de un método. ¡Ah, paciencia!

Para iniciarles en la historia natural, probaron hacer algunos paseos científicos.

—¿Veis? —decían señalando un asno, un caballo, un buey—, los animales de cuatro patas se llaman cuadrúpedos. En general, las aves tienen plumas, los reptiles escamas y las mariposas pertenecen a la especie de los insectos.

Tenían una red para cazarlas, y Pécuchet, sujetando delicadamente el bichito, les hacía observar las cuatro alas, las seis patitas, las dos antenas y su trompa rígida que aspira el néctar de las flores.

Cogía hierbas medicinales en las cunetas, decía su nombre, o bien se lo inventaba cuando no lo sabía para mantener su prestigio. Por otra parte, la nomenclatura es lo menos importante de la botánica.

Escribió este axioma en el encerado: «Toda planta tiene hojas, un cáliz y una corola que encierra un ovario o pericarpio, que contiene la semilla».

Luego ordenó a sus alumnos que herborizaran al azar por los campos y cogieran lo primero que encontrasen.

Victor le trajo unos botones de oro, especie de ranúnculo cuya flor es amarilla, Victorine una mata de gramíneas; y él buscó en vano el pericarpio.

Bouvard, que desconfiaba de los conocimientos del otro, rebuscó en toda la biblioteca, y descubrió, en Le Redouté des Dames, el dibujo de una rosa. El ovario no estaba situado en la corola, sino debajo de los pétalos.

—Es una excepción —dijo Pécuchet.

Encontraron una shérarde, rubiácea sin cáliz.

Así pues, el principio enunciado por Pécuchet era falso.

En su huerto había tuberosas, todas sin cáliz.

—¡Un descuido! ¡La mayor parte de las liliáceas no tienen!

Pero quiso la casualidad que descubriesen una entre la hierba y ésa tenía cáliz.

—¡Pero vamos! Si no son verdaderas siquiera las excepciones, ¿de qué hay que fiarse?

Un día, durante uno de aquellos paseos, oyeron el grito de unos pavos reales, echaron un vistazo por encima del muro, y en un primer momento no reconocieron su alquería. El henil tenía un tejado de pizarra, las verjas eran nuevas, los senderos estaban empedrados. Salió el tío Gouy:

—¡No es posible! ¿Ustedes?

¡Cuántas cosas habían ocurrido en tres años, la muerte de su mujer entre otras! En cuanto a él, seguía estando fuerte como un roble.

—Entren un momentito.

Era a comienzos de abril, y los manzanos en flor alineaban en los tres patios sus copas blancas y rosas; el cielo, color de satén azul, no tenía ni una nube; manteles, sábanas y servilletas colgaban verticalmente, atados con unas pinzas de madera a unas cuerdas tendidas. El tío Gouy los estaba levantando para permitirles pasar cuando de pronto se toparon con la señora Bordin, destocada, en camisola, y con Marianne que le alargaba brazadas de ropa blanca.

—¡Servidora de ustedes, señores! ¡Considérense en su casa! Yo voy a sentarme, estoy molida.

El granjero propuso a todos los presentes tomar algo.

—Ahora no —dijo ella—, estoy demasiado acalorada.

Pécuchet aceptó y desapareció hacia la bodega con el tío Gouy, Marianne y Victor.

Bouvard se sentó en el suelo, al lado de la señora Bordin. Recibía puntualmente su renta, no tenía ningún motivo de queja, ni le guardaba ya rencor.

La plena luz iluminaba su perfil; uno de sus bandós negros descendía demasiado bajo, y los ricitos de su nuca se pegaban a la piel ambarina, empapada de sudor. Cada vez que respiraba, se le subían los pechos. El perfume de la hierba se mezclaba con el perfume de su carne firme; y Bouvard sintió un retorno del deseo que le colmó de alegría. Entonces le dijo unos cumplidos sobre la propiedad.

Ella se sintió encantada por ello y habló de sus proyectos. Para agrandar los patios, quería eliminar el talud.

Victorine, en aquel momento, estaba trepando al ribazo y cogía unas prímulas, jacintos y violetas, nada atemorizada por un viejo caballo que pastaba, abajo, en la hierba.

—¿Verdad que es bonita? —dijo Bouvard.
—¡Sí, tener una niña es algo muy bonito! —Y la viuda dejó escapar un suspiro que expresaba la larga pena de toda una vida.
—Habría podido tener una.

Ella bajó la cabeza.

—¡No dependía más que de usted!
—¿Cómo?

Él la miró de tal modo que enrojeció, como por una caricia demasiado atrevida; pero enseguida, dándose aire con el pañuelo, dijo:

—¡Perdió usted el tren, amigo!
—No comprendo.

Y, sin levantarse, se acercaba.

Ella le miró atentamente de arriba abajo un largo rato; luego, sonriendo y con los ojos húmedos, dijo:

—Es culpa suya.

Las sábanas, alrededor de ellos, los encerraban como las cortinas de una cama.

Se inclinó sobre el codo, rozándole las rodillas con su rostro.

—¿Por qué? ¿Eh? ¿Por qué? —Y como ella se callaba y él estaba en un estado en que los juramentos no cuestan nada, trató de justificarse, se acusó de locura, de orgullo—: ¡Perdón! ¡Será como en otro tiempo! ¿Quiere?

Y le había cogido la mano, que ella dejaba en la suya.

Una brusca ventolera hizo levantarse las sábanas, y vieron dos pavos reales, uno macho y otro hembra. La hembra se mantenía inmóvil, con las patas replegadas, el trasero en alto. El macho se paseaba en torno a ella, desplegaba la cola en abanico, se engallaba, cloqueaba, luego le saltó encima descendiendo su plumaje, que la cubrió como una cuna, y las dos grandes aves temblaron con un solo estremecimiento.

Bouvard lo sintió en la palma de la mano de la señora Bordin. Ella se desprendió inmediatamente del apretón. Delante de ellos, con la boca abierta como petrificado, estaba el pequeño Victor que miraba; un poco más allá, Victorine, tumbada de espaldas a pleno sol, olía todas las flores que había cogido.

El viejo caballo, asustado por los pavos reales, rompió de una coz una de las cuerdas, se enredó las patas con ella, y se puso a galopar por los tres patios, arrastrando la ropa colgada tras él.

A los gritos furiosos de la señora Bordin, acudió Marianne. El tío Gouy insultaba a su caballo:

—¡Maldita yegua! ¡Zopenca! ¡Fulera! —Le daba puñetazos en el vientre, golpes en las orejas con el mango de una fusta.

Bouvard se indignó de ver pegar a un animal.

El campesino contestó:

—¡Tengo derecho; me pertenece!

No era una razón.

Y Pécuchet, presentándose, añadió que los animales también tenían sus derechos, pues tienen un alma, como nosotros, ¡siempre y cuando la nuestra exista!

—¡Es usted un impío! —exclamó la señora Bordin.

Tres cosas la irritaban; la colada que había que volver a hacer, sus creencias que se veían ofendidas y el temor a haber sido entrevista poco antes en actitud sospechosa.

—¡La creía más fuerte! —dijo Bouvard.

Ella exclamó con severidad:

—¡No me gustan los tunantes!

Y Gouy la emprendió con ellos por el caballo que había quedado maltrecho, con los ollares ensangrentados. Rumiaba en voz baja:

—¡Malditos cenizos! Me disponía a atarlo cuando han llegado ellos.

Los dos hombres se retiraron encogiéndose de hombros.

Victor preguntó por qué se habían encolerizado con Gouy.

—Abusa de su fuerza, lo cual no está bien.
—¿Por qué no está bien?

Pero ¿es que los niños no tenían la más remota idea de lo que era justo? Tal vez.

Y aquella misma noche, Pécuchet, con Bouvard a su derecha, algunas notas en la mano y enfrente de él los dos alumnos, dio comienzo a un curso de moral.

Esta ciencia nos enseña a dirigir nuestras acciones.

Estas tienen dos motivos: el placer y el interés; y un tercero más imperioso: el deber.

Los deberes se dividen en dos clases: primo, deberes para con nosotros mismos, que consisten en cuidar de nuestro cuerpo, salvaguardarnos de todo daño. Esto lo entendían perfectamente; secundo, deberes para con los demás, es decir, ser siempre leal, bondadoso e incluso fraternal, al no ser el género humano sino una única familia. A menudo una cosa que nos gusta puede perjudicar a nuestros semejantes; el interés personal es distinto del bien, porque el bien es de por sí irreductible. Los niños no comprendían. Dejó para la próxima vez la sanción de los deberes.

Con todo esto, según Bouvard, no había dado una definición del bien.

—¿Y cómo quieres definirlo? Uno lo siente.

Entonces las clases de moral solo serían adecuadas para las personas morales; y el curso de Pécuchet no prosiguió.

Hicieron leer a sus alumnos anécdotas que tenían por objeto inspirar el amor a la virtud. Victor se aburrió mortalmente.

Para estimular su imaginación, Pécuchet colgó de las paredes de su habitación unos cuadritos que ilustraban la vida del individuo bueno y la del individuo malo. El primero, Adolphe, besaba a su madre, estudiaba alemán, socorría a un ciego y era admitido en la Escuela Politécnica.

El malo, Eugène, comenzaba desobedeciendo a su padre, tenía una pelea en un café, pegaba a su mujer, acababa borracho como una cuba, rompía un armario, y un último cuadro lo representaba en la cárcel, donde un señor decía, mientras lo mostraba al chico que le acompañaba: «Ya ves, hijo mío, los peligros de la mala conducta».

Pero para los niños el futuro no existe. Por más que se les machacara con la máxima: «El trabajo es algo que honra y los ricos a veces son desgraciados», habían conocido a trabajadores que no eran en absoluto honrados y se acordaban del castillo en el que parecía que se llevaba una buena vida. Los suplicios de los remordimientos les eran pintados con tanta exageración que se olían el engaño y desconfiaban del resto.

Trataron de llevarlos al terreno del honor, la idea de la opinión pública y el sentido de la gloria, magnificando a los grandes hombres, sobre todo a los hombres útiles a los demás, como Belzunce, Franklin, Jacquard. Victor no mostraba el menor deseo de parecerse a ellos.

Un día en que había hecho una suma sin cometer ningún error, Bouvard le cosió en la chaqueta una cinta que simbolizaba una cruz. Él se pavoneó de ello; pero, como había olvidado el año de la muerte de Enrique IV, Pécuchet le encasquetó unas orejas de burro. Victor se puso a rebuznar tan escandalosamente y durante tanto rato que tuvo que quitarle las orejas de cartón.

Su hermana, al igual que él, se mostraba orgullosa de los elogios e indiferente a las censuras.

A fin de hacerles más sensibles, les regalaron un gato negro que debían cuidar, y se les daba dos o tres sueldos para que dieran limosna. Encontraron la pretensión injusta, ese dinero les pertenecía.

Plegándose al deseo de los pedagogos, llamaban a Bouvard «tío» y a Pécuchet «buen amigo»; pero les tuteaban, y la mitad de las clases normalmente se iban en discusiones.

Victorine se aprovechaba de Marcel, se le subía a caballo, le tiraba de los pelos; para burlarse de su labio leporino, gangueaba como él, y el pobre hombre no se atrevía a quejarse, por lo mucho que quería a la chiquilla. Una noche, su voz ronca se elevó fuera de lo normal. Bouvard y Pécuchet bajaron a la cocina. Los dos alumnos observaban la chimenea, y Marcel, juntando las manos, exclamaba:

—¡Retiradla! ¡Es demasiado! ¡Es demasiado!

La tapa de la olla saltó como un obús que estalla. Una masa grisácea salió disparada hasta el techo, luego empezó a dar vueltas sobre sí misma frenéticamente lanzando unos gritos horripilantes.

Reconocieron al gato, escuálido, sin un pelo, con la cola como un cordón. Los grandes ojos se le salían de las órbitas. Eran de color de leche, como vacuos, y sin embargo miraban.

El horrendo animal seguía aullando, se arrojó al hogar, desapareció, luego acabó cayendo en medio de las cenizas, sin vida.

Había sido Victor el autor de aquella atrocidad, y los dos hombres retrocedieron pálidos de la estupefacción y del horror. A los reproches que le hicieron, él respondió como el guardia rural respecto a su hijo, y el granjero respecto a su caballo: «¿Qué pasa? ¡Es mío!…», sin la menor incomodidad, con candor, en la plácida actitud de quien ha satisfecho su instinto.

El agua hirviendo de la olla se había derramado por el suelo, cacerolas, atizadores y candeleros yacían esparcidos por las baldosas. Marcel empleó un buen rato en limpiar la cocina, y sus amos y él enterraron al pobre gato en el jardín, bajo la pagoda.

Luego Bouvard y Pécuchet charlaron largo y tendido de Victor. La herencia paterna se manifestaba en él. ¿Qué hacer? Devolverlo al señor de Faverges o confiarlo a otros habría sido reconocer su impotencia. Tal vez se enmendase un poco.

Pero, en cualquier caso, no cabía esperar demasiado, el afecto ya no existía. Pero ¡qué placer, no obstante, tener al lado de uno a un adolescente curioso de tus ideas, cuyos progresos puedes seguir, y que se convierte más tarde como en un hermano; pero Victor carecía de inteligencia, por no hablar de corazón! Y Pécuchet suspiró, cogiéndose una rodilla con las manos.

—No es que la hermana valga más —dijo Bouvard.

Se imaginaba a una muchacha de unos quince años, de espíritu delicado, de carácter alegre, que embellecía la casa con la elegancia de su juventud; y como si él hubiese sido su padre y ella acabase de morir, el buen hombre lloró.

Luego, tratando de justificar a Victor, adujo la opinión de Rousseau: «El niño no tiene responsabilidad, no puede ser moral o inmoral».

Aquellos dos, según Pécuchet, tenían la edad de la razón, y estudiaron los métodos para corregirlos.

Para que un castigo surta efecto, dice Bentham, debe resultar proporcionado a la culpa, su consecuencia natural. ¿Que el niño ha roto un cristal? Este no será sustituido: que pase frío; si, pese a no tener hambre, pide un plato, dádselo; una indigestión no tardará en hacerle arrepentirse. Si es perezoso, que no haga nada; el aburrimiento de sí mismo le llevará a trabajar.

Pero Victor no sufriría por el frío, pues su naturaleza estaba hecha para soportar las situaciones extremas y la holgazanería le habría ido a las mil maravillas.

(Sigue leyendo…)

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