Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La gran caída y el ángel”

Ítalo Costa Gómez







Mi estilo de vida me lleva (o me llevaba, antes del COVID-19) a estar apurado casi todo el tiempo. Siempre estoy viendo qué hacer, redactando algo, haciendo un collage y moviéndome de un lugar para el otro. Ando acelerado, camino rápidito, me alimento al vuelo, duermo poco y siempre estoy tratando de realizar con éxito cuatro cosas al mismo tiempo. Es mi forma de ser, tiene mucho de ansiedad y también de ganas de vivir intensamente. Me gusta quedarme con la sensación de que no me estoy perdiendo de nada. Estoy muy contento con ese estilo de vivir, pero naturalmente también me ha traído “pequeños accidentes”. Uno de ellos paralizó todas mis actividades dejándome en el limbo.

Déjenme que les cuente, pequeños limeños, como fue que me saqué la entreputamadre y terminé en un consultorio llorando. Novelita doscientos por ciento.

Cuenta la historia que una tarde cualquiera del año pasado salía yo de la ducha. Sabía que tenía veinte minutos para llegar al Mc Donalds de donde me iba a recoger una amiga para irnos a almorzar. Ella me había pedido un taxi y debía volar. Entre que me sacaba el shampoo, me enjabonaba los recovecos y agarraba la toalla al mismo tiempo mi pie izquierdo resbaló y me he ido de cara contra el piso. No pude poner las manos para intentar protegerme porque estaba agarrando la toalla y además todo fue muy rápido, muy violento.

[Plum, mierda. Muy comic de Batman de los setentas: ¡ZAS!, ¡PUM!, ¡RACATAN!, ¡SNAP!]

He tratado de levantarme – atontado, adolorido, hecho mierda – mientras el agua de la ducha me seguía cayendo. Estaba lastimado pero aún calmado… claro, hasta que vi de pronto que me sangraba bastante la boca. Me asusté muchísimo. Con el golpe me había roto una parte de dos dientes de la derecha. Se habían casi partido a la mitad y la encía me sangraba bastante. Casi entro en shock nervioso. Estaba absolutamente solo.

Me he levantado, llorando y asustado, me he quitado el shampoo y me he puesto pijama (qué raro me parece eso… me fui a mi cuarto y me puse pijama para sentirme seguro. ¿Querrá decir algo?, Tomas Angulo, dime algo) y llamé a mi mamá. La encía me seguía sangrando y el dolor iba incrementándose.

Cancelé a la amiga con la que me iba a ver (el taxi se habrá aburrido de esperar) y llamé desesperado al número que estaba escrito en la refrigeradora como “dentista Jaime” que atiende a mi mamá hace más de diez años y al que yo nunca había visto. El bueno de Jaime. Un ángel.

– Vente ahorita mismo al consultorio, Ítalo. Quédate tranquilo que todo va a estar bien. No te asustes, ven rápido nomas apenas haya alguien que te acompañe. – bien lindo él iba calmando las aguas hasta que llegó mi mamá.

En el trayecto empecé a escribirle a algunos amigos, a los más cercanos, para informarles qué estaba pasando. Me sentía muy vulnerable y adolorido. Todos me daban mucha calma, me decían que solucionar eso era muy simple, que no tuviera miedo. Cuatro huevones monitoréandome al mismo tiempo.

[Mis amigos, carajo. Siempre me han cuidado tanto. ¿Qué sería de mí sin ellos? Estaría calato en la Costa Verde pidiendo pan o muerto, bien muerto]

Cuando llegamos al consultorio de Jaime me hicieron pasar al instante y me acostaron en la camilla. Jaime me dio la mano y me hizo tomar dos pastillas para el dolor y luego me dijo que debía inyectarme anestesia en la encía.

– No te preocupes que hoy mismo vas a salir con la sonrisa intacta. Como si nada hubiera pasado. Vamos a aprovechar esto para hacerte una pequeña curación que necesitas y voy a limarte un poquito este diente para que esté más parejito. Luego te voy a poner las carillas. Vas a pasarte el día entero acá, pero vas a salir muy bien. Te tengo que inyectar varias veces en la encía, flaco. Va a doler un poquito. Tienes que ser valiente. – como si le hablara a un niño asustado.

– Ay no. No me digas eso. Yo odio las agujas. No seas malo. ¿No hay un spray?

– No. Tengo que inyectar porque voy a limar y eso te va a doler muchísimo más. Es por tu bien. Yo sé que eres nervioso, pero no va a pasarte nada. Solo vas a sentir un hincón fuerte, pero yo lo voy a hacer con paciencia y cariño para que no te duela mucho (risas). – pícaro a pesar de que era la primera vez que me tenía en frente, canchero.

– Qué romántico, Jaime… Pero a mí me gusta medio salvaje eh… Mentiraaaa… Jajajajajaja… Ya pues, será el sereno. Hagamos eso de una bendita vez.

Me inyectó con mucho cuidado y a mí se me salían las lágrimas por el trauma de las agujas más que por el dolor. En un momento el dentista me hablaba cosas para distraerme y me ponía vídeos musicales. Estuve casi todo el día acostado en esa camilla y él solo se dedicó a mí, paciente, muy gentil y dulce.

[Escupe. Enjuágate con esto. Vuelve a escupir. Este es el color exacto de tus dientes y así voy a hacer las carillas. Voy a presionar y va a doler un poco. Escupe. ¿Ves que no duele tanto? Voy a limar. Va a sonar feo, no te asustes. Mira al techo. Escupe. No llores pues. Ahorita acabo. Escupe otra vez]

Sentía que llevaba ahí días. Cuando terminó vi mi sonrisa intacta. Estaba igualita solo que más parejita, aunque mis labios se veían lastimados. Había hecho su trabajo con mucho cariño y cuidado. En un momento recuerdo que me dijo que me había atendido “como si fuera su hijo”. Siempre he tenido mucha suerte con las presencias que se cruzan en mi camino. Pudo haberme mandado a mi casa con el trabajo a medio terminar pero no lo hizo porque sabía – gracias a mi madre – que soy una persona que sufre de ansiedad.

La cuenta no fue cualquier cosita; me dejó pagarlo en dos partes y empezamos a hacer una agenda de trabajo mensual para mejorar algunas cositas y para estar pendiente de mi salud oral.

Y así se escribió, pequeños muelones, el día que me saqué la mierda en la ducha, me rompí el hocico y conocí un ángel más que agendar. Un ángel que no permitió que me quede un solo día sin sonreír.

Una respuesta a “Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La gran caída y el ángel”

  1. ¡Ah, el dentista…! Yo me hice amigo del mío, a fuer de visitarle y explicarnos la vida y nuestras cuitas. Es un buen tipo mi dentista Sergio, como parece que lo es tu dentista Jaime.
    No quedó otra, si no quería que cada visita se volviera un suplicio. Sergio es argentino, y en cada sesión salía sin saber si había ido al dentista o al psicólogo. Creo que lo llevan en los genes y más allá de gauchos o futbolistas, los argentinos emigrados a estos lares son o dentistas, o psicólogos. O gigolós, o Messi’s. ¡Ay, no, que de eso sólo hay uno y lo tenemos gracias a Dios en el Barça!
    El caso es que en pocas ocasiones me hizo falta hacer lo del chiste, es decir, agarrarlo por los bajos y decirle: “-Nos vamos a llevar bien, ¿cierto?”. Siempre ha sabido domar mi aprensión y doblegar mis miedos. Mi arte en ser paciente sufridor, imagino que también ha tenido algo que ver. Pero eso de tener cosas en la boca que no me meta yo, si no es comida, siempre me ha dado mala vibra. Qué le vamos a hacer, las cosas son como son.
    El caso es que conviene siempre tener a mano profesionales como estos, y no matarifes, como también los hay. Ninguno es barato, pero si te la van a dar con queso rancio, al menos que lo hagan con estilo, ¿no? Abrazo, chavalote. Queda con Dios. Un placer leerte, como siempre. Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .