El delgado filo del presente

Carlos E. Luján Andrade





Cuando las sociedades atraviesan hechos que remueven los cimientos de su estructura social y económica, inevitablemente debemos tomar en cuenta a lo que va más allá de intentar recuperar lo que se ha perdido. La voluntad de regresar a todo lo que se poseía no será suficiente para reconstruir una realidad que se ha ido para siempre. La misma modernidad en la que estamos inmersos nos hace creer que estamos adaptados para ese cambio constante de paradigmas que la tecnología nos obliga a revisar. Sin embargo, el individuo como tal, el solitario andante que construye el cuerpo de ideas que lo conducirán por la vida no es eterno. Más aún, la esperanza de vida es corta en comparación a los periodos de tiempo en que se asentarán y definirán los sistemas sociales que delimitarán el rumbo de una sociedad. Es por eso que ante un hecho social traumático, seremos removidos como pequeñas hormigas a las que un chorro de agua los hace romper filas momentáneamente. Esa marcha continuará, pero los insectos ahogados se perderán en el anonimato. Si en ese escenario donde los cambios sociales son enormes monstruos en el que los individuos están a su merced y no nos fijamos en los periodos de transición de esos pequeños e individuales universos, nosotros quedaremos expuestos a un inclemente olvido.

Es así que resulta pertinente reflexionar sobre lo que el ser humano pierde cuando su entorno cambia al producirse esos hechos sociales telúricos. ¿Quién nos podría asegurar que los seres humanos de las anteriores guerras mundiales eran iguales a nosotros? ¿Qué es lo que realmente cambió? Podremos descifrarlos basados en la historia su cambio de estructuras, geopolítica o formas de administrar un Estado, pero cómo se afectó el escenario cotidiano arrasado por una guerra, una revolución o una pandemia. Nosotros nos definimos en base a nuestra memoria y qué sucede cuando aquello que lo alimentó desaparece. ¿Qué efectos podría tener en nuestro ser el que lugares característicos del barrio, restaurantes, plazas o costumbres sociales haya sido erradicados del entorno social? ¿Qué hacer si eso que define nuestra identidad va desapareciendo?

Luego del peligro latente, del confinamiento obligado, los seres humanos volverán a las calles a reconstruir su vida en base a la memoria, pues encerrados entre cuatro paredes o huyendo de la debacle, imaginamos la cotidianeidad perdida. Nuestra memoria rehace el pasado para hacerlo presente. Revisitamos una y otra vez para idealizar el recuerdo e intentar revivirlo en el futuro que es incierto.

Este ejercicio imaginativo es más importante de lo que se cree tomando en cuenta que nuestra memoria personal y la mente no solo está compuesta por lo que lo que los racionalistas llamaban ideas innatas, sino también con aquello que aprendemos del mundo como lo decían los empiristas como John Locke. Sin embargo, no toda impresión genera recuerdos con la misma intensidad. Ya Eric Kandel daba algunos alcances sobre cómo es que la información génica organiza la experiencia vivida. Lo que hizo con sus estudios neurobiológicos fue decirnos que tanto el empirismo como el racionalismo se complementan. Así lo afirma Emilio García García en su libro “Somos nuestra memoria”. Él también destaca el papel de las emociones en la consolidación de los recuerdos, donde son factores determinantes el clima emocional con el que se adquiere la memoria. Y si bien estas emociones pueden ser tanto alegres, tristes o inquietantes, los que son más fácilmente recordados y alimentar nuestra memoria a largo plazo son las felices.

La memoria recurre a nuestra ayuda en momentos de ansiedad. Cuando la realidad nos abate y no hallamos en esta una vía de escape emocional. Imaginamos que podremos reconstruir el entorno perdido para instalarnos en éste. Sin embargo, tampoco podemos fiarnos. Ya es sabido que el falseamiento de los recuerdos es una constante porque como también afirma Emilio García citando a Jean Piaget: “Cuando se forman los recuerdos (fase de construcción o codificación) no siempre se ajustan a la realidad que los origina, y lo mismo ocurre al recordarlos y recuperarlos (fase de reconstrucción o evocación). Para entender por qué la alteración de los recuerdos se puede deber a los procesos de codificación debemos saber que nuestra percepción del mundo no siempre se corresponde con lo que está sucediendo en la realidad.” Es por eso que ciertos lugares que evocan tales recuerdos, activan la memoria con el fin de invocar la sensación vivida. Y alimenta la idea de creer que aquello que rememoramos es exactamente como sucedió.

Lo más probable es que tengamos como nuestro pasado un grupo de hechos desconectados a los que la imaginación ha ido rellenando con ficción la intención de obtener una certeza de nuestro origen. Al ser destruidos nuestros referentes, ¿de dónde se sostendrá nuestra memoria? El mundo nuevo que se reconstruya no tomará nota de la nostalgia sino que creará un mundo orientado hacia el futuro. Un presente que se proyecta hacia tiempos nuevos.

El ser humano pierde la memoria cuando ya no ve en la realidad parte de lo que constituyó su ser. La nueva sociedad olvida porque no hay donde evocar lo perdido. En ese mundo que renace varios se quedarán rezagados a contemplar aquello que es abandonado por no ser ya útil. Así, las viejas emociones del viejo mundo se quedan relegadas en los viejos libros de historia. Luego de las catástrofes sociales, los hombres y mujeres se parten en dos: un lado va hacia los que sostienen su existencia en el mundo perdido que se diluye en el olvido y el otro, que se renueva hacia un futuro al que nunca llegará. Esa sociedad que nace tendrá errores donde las fórmulas pasadas poco espacio tendrán. Para el viejo individuo todo el presente será un constante futuro.

Una respuesta a “El delgado filo del presente

  1. El delgado filo del presente frente al nudo gordiano del pasado que intenta atarlo a su ovillo, so pretexto que encierra fórmulas adecuadas.

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