Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Mirror mirror on the wall”

Ítalo Costa Gómez





Mi familia y yo hemos sido medio gitanos. Nací y crecí hasta los siete años en Miraflores, luego nos mudamos por Magdalena (yo vivía por Magdalena, pero moría por Almendra), después a la Avenida El Ejército y finalmente al Callao. Las mudanzas siempre han sido parte de mi vida y de chico me asustaban muchísimo ya que siempre le tuve miedo a los cambios. Mi infancia tenía tan pocos cimientos que me daban seguridad, pero sentía que al menos mi techo era mío… mi cuarto era mi refugio; y de pronto sentía que se llevaban todo y debía volver a empezar de cero.

[Nuevo lugar. Todo mal. Nueva gente. Todo peor. Nuevo colegio. Todo pésimo. Nuevos problemas everywhere]

En una de esas mudanzas derrumbé una de las supersticiones más antiguas de la literatura. Dejé de temerle para siempre. Déjenme que les cuente, pequeños saladitos.

Cuenta la historia que desde siempre ha habido en mi sala – en todas ellas – dos espejos gigantes, herencia de mis bisabuelos que tienen un marco de pan de oro bello, muy antiguo, y que siempre mandamos a restaurar. Era costumbre colocarlos de forma en que uno esté frente al otro y sí el espacio en la sala quedaba muy pequeño pues poníamos uno de ellos en el comedor.

La cosa es que nos mudábamos de El Ejercito para La Punta sin uno de los miembros, papá ya no formaba parte del hogar. Yo tenía trece años. Obviamente nunca ayudaba a los señores de la mudanza porque las cosas pesaban mucho y encima me cambiaba de casa ansioso y de mal humor. Solo cuidaba de las cosas que tenían un valor especial para mí que se iban en un taxi conmigo, mi abuela y mi mamá. Todo lo demás lo podían tirar al río, a mí me daba igual.

Cuando llegamos al edificio en Teniente Palacios (en el que vivimos muchos años y pasé los mejores días de mi vida) me gustó de plano. Tenía cuatro pisos y nosotros ocuparíamos un departamento en el tercero. El lugar tenía luz y un ambiente cálido. Empezaba a sentirme en casa.
Cuando estaba mirando cómo iban metiendo la mesa, la cocina, etc etc… uno de los chicos me pide ayuda.

– Flaco, haznos un favor, no entra el espejo por acá. No queremos arrastrarlo para no dañarlo ni tampoco al piso. ¿Puedes ayudarnos a empujarlo desde dentro? Solo tienes que levantarlo un poquito.

No le iba a decir que no, muy atorrante. Por supuesto que accedí. Con lo que no contaron – y yo tampoco – era en que yo no tenía la fuerza necesaria para sostener ni siquiera una de las esquinas de tremendo espejote.

Apenas lo levanté cuatro centímetros del piso tratando de jalarlo hacia dentro del departamento cuando el peso me vence y lo suelto. La misma equina tocó el piso con violencia y el espejo se rajó a la mitad.

La cara de espanto de los señores de la mudanza sigue grabada en mi mente. Era un espejo enorme y ahora estaba partido en dos. Me puse a llorar.

[Mi mamá dijo una vez, cuando se le rompió el espejo de mano, que iba a tener siete años de mala suerte y era un espejito enano. Este debe valer por lo menos por veinte años de saladera. Ya me cagué. Mi mamá me va a pegar, estoy seguro. Ya me jodí. Paraguas abiertos en la casa]

Qué cara de espanto me habrá visto mi madre cuando entró que no me castigó, ni me encerró ni nada de lo que pensaba que iba a hacer. Solo me dijo “ojalá que esto signifique algo mejor de lo que estoy pensando” y se reía con los señores de la mudanza.

En lugar de dos décadas de mala pata fue todo lo contrario. De la mitad más grande del espejo que quedó mi mamá mandó a hacer otro más pequeño y lo enmarcó con el mismo borde de su par sobreviviente y lo colocó en su habitación. Hasta el día de hoy ese espejo sigue ahí.

Financieramente nos fue mejor, el ambiente de la casa tras la separación de mis papás era pacífico y tranquilo. En el colegio me adapté maravillosamente rápido y La Punta me regaló los amigos más maravillosos que he conocido en todo mi camino. La ruptura de ese espejo en lugar de darnos mala suerte nos hizo reconocer el fin de una era y el inicio de otra. Aprendimos que salir de la zona de confort siempre es bueno, que todo alejamiento no significa una ruptura total y que la suerte se la construye uno mismo.

No se asusten si tiran la sal. Traten de no romper los espejos, no se vayan a cortar. Que no se les caiga el cuchillo. Encuentren tréboles de cuatro hojas imaginarios por donde quiera que vayan y soplen dientes de león pidiendo deseos.

Sean supersticiosos solo para lo bueno y acaricien un gato negro.

Abra cadabra que viene que la cabra.

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