EL ODIO DE LOS DIOSES: I. El guerrero pacifista.

Juan Patricio Lombera





Era guapo, fuerte y lenguaraz. A diferencia de la mayor parte de los miembros de su raza que, fruto del yugo al que habían sido sometidos durante siglos, se mostraban siempre cautos e inseguros frente a los blancos, él no dudaba en exponer su pensamiento le pesase a quien le pesase. Confiaba plenamente en sí mismo y nunca mostraba miedo alguno. Era conocido por sus múltiples victorias en el ring donde flotaba como una mariposa. Incluso había patentado el golpe fantasma con el que era capaz de acabar con sus rivales, sin que éstos se enteraran de qué les había pasado. Sin embargo, toda aquella gloria de los puños, incluida la recuperación de la corona de los pesos pesados en el Zaire, quedaría opacada por la que sería su mayor gesta y que ocurrió fuera de los cuadriláteros. Como anticipo de lo que llegaría a hacer, él había arrojado su medalla de oro, ganada en tierras lejanas, tras ser expulsado de un restaurante por el color de su piel. Los 5 aros unidos eran una mentira como acababa de constatar. Años más tarde, el tío Sam quiso usarlo como un elemento propagandístico para azuzar a todos los norteamericanos, y especialmente a los afroamericanos, a luchar en Vietnam. Él era consciente de que su decisión influiría en la vida de miles. Si se alistaba, muchos irían y morirían en el país asiático sólo por seguir al campeón. Además, sabía que los orientales no eran los que le estaban jodiendo la vida con su odio racista. Su enemigo, en definitiva, no estaba allende los mares sino en su propio país. Además, sus creencias le impedían participar en todo conflicto militar. Por todo eso se negó a ir a la guerra en un tiempo en el que Green Beret, una loa belicista que canta la grandeza de los boinas verdes, era la canción más escuchada en los Estados Unidos. Hasta ese momento, todo se le había perdonado. Su falta de humildad frente a los blancos, su amistad con líderes de su propia raza y su militancia religiosa no eran bien vistas, pero incluso eso se le podía perdonar, así como su extravagancia de cambiarse de nombre, pero negarse a apoyar la propaganda de guerra del imperio, eso sí no tenía perdón de Dios. Había que acabarlo y la mejor manera era despojarlo de lo que ningún humano podía con los puños; su título de campeón del mundo. Y por supuesto, la cosa no quedaría ahí. Había que encarcelarlo. Creyeron que con eso lo destruirían o, mejor aún, lo obligarían a hincar la rodilla y pedir perdón. Lo juzgaron mal. Él valía para mucho más que darse de golpes en el ring, y así lo demostró con sus conferencias, con sus sesiones de modelaje posando como un san Esteban saeteado y en sus entrevistas en la tele. Y entre más quisieron sus enemigos hundirle la espada, más grande consiguieron que fuera su resurgir. La amenaza de la cárcel se resolvió con un tecnicismo jurídico; el Ministerio de Justicia nunca explicó porque no se aceptaba la objeción de conciencia esgrimida por el púgil, cuando en idénticas circunstancias sí había aceptado la de otros creyentes. Todos los jueces le dieron la razón, con lo que se puede decir que venció por nocaut al Gobierno. Además, consiguió que le dejasen volver a pelear. Y, a base de insistir, logró que el actual campeón del mundo le concediese la pelea por el título. Sabido es que su rival incluso le había ofrecido dinero para ayudarlo a entrenar sin preocupaciones. No obstante, el campeón del pueblo cometió uno de sus más terribles errores. El otro gran fallo de su vida fue el mantenerse fiel a los corruptos líderes del movimiento religioso musulmán al que pertenecía y romper la amistad con el famoso y honrado predicador de apellido en forma de incógnita. Eso no impidió que llorara cuando su otrora amigo y guía fue asesinado. El error del guerrero, en esta ocasión con respecto a su contrincante, fue el de menospreciarlo, por una parte, y por la otra burlarse de él e insultarlo como parte de su guerra sicológica que tan buenos resultados le habían dado frente a otros. Incluso le llamó tío Tom; uno de los peores insultos posibles. Por una vez, él merecía perder y cayó desde lo alto de su soberbia a lo bajo de la lona. La herida fue profunda. Una famosa cantante de música disco lloró entre sus piernas cuando él se recuperaba de los golpes recibidos, ya en el camerino. Su rival, el hombre que había derrotado por primera vez a la leyenda, no pudo retener el título mucho tiempo. Otro monstruo con apellido de célebre actor lo destruiría meses después. No obstante, el hombre que había cambiado su nombre, ya que el que le habían dado sus padres era un nombre impuesto por los esclavistas de sus antepasados, no pudo pelear inmediatamente contra el nuevo rey. Tenía que hacer méritos y, entre otras cosas, vencer a aquel que lo había visto caer. Fue una pelea memorable. El otrora vencedor resistió todo el castigo, todos los aguijonazos que le mandaba su danzarín rival, pero finalmente, en el decimocuarto asalto decidió ya no salir. Era suficiente. Ahora sí, el rey había cruzado el desierto y estaba dispuesto a recuperar el trono que con malas artes le habían arrebatado. Mas los caminos del señor son inescrutables. Un promotor oportunista y tramposo de pelo electrificado decidió, con gran acierto, darle la oportunidad, pero en el corazón de África. El renacer del reinado del boxeador ocurriría en el lugar de sus orígenes. No todo iba a ser combate. Los promotores y el dictador del país africano aprovecharon el marco para realizar un excelente festival de música y danza del cual aun se habla hoy en día.

Finalmente, llegó el día. Aquella noche, el profeta del cuadrilátero empezó con su tradicional baile y sus certeros golpes, mas pronto se dio cuenta de que esa estrategia no le valdría esa noche. Ya tenía 32 años y no podría bailar los 15 asaltos. Tenía que agotar a su rival dejándo soltar sus temibles puñetazos. Había que resistir el dolor. Esa sería su última penitencia; aguantar los golpes de “la momia” y esperar pacientemente a que se cansara. Cuando esto ocurrió, él conecto una serie de rectos a su rival, quien, falto de aire, dobló sus rodillas y besó la lona. El milagro se había producido. El rey volvía a ocupar su trono. Años más tarde, los dioses, envidiosos del éxito de este joven gladiador decidieron castigarlo privándolo del control de sus movimientos. Fue una larga lucha, como la que el propio púgil encaró para encender el pebetero olímpico. Sin embargo, al final consiguieron lo que casi ninguno de sus rivales había logrado, inmovilizarlo y callarlo para siempre. Eso sí, no han conseguido silenciar el recuerdo del más grande boxeador que viera jamás la tierra.

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