DIÁLOGOS EN LA TAZA: “El teniente discreto”

Fernando Morote

Alipio Ponce





La orden llegó tarde, cuando tenía ya todo dispuesto. Ignoré el riesgo de incursionar en un territorio agreste y peligroso, completamente desconocido. Los altos mandos consideraron prudente observar sus movimientos, pero la presa estaba lista para comérsela. A cuenta de mi propia responsabilidad, decidí atacar.

Los ecuatorianos siempre nos han tomado por sujetos abusivos, explotadores, no muy diferente de cómo vemos nosotros a los chilenos. Es el clásico juego de competencia infantil entre vecinos de barrio. Me disgustó en exceso su amenaza de invadirnos, repitiendo la eterna cantaleta de que las provincias amazónicas de Tumbes, Jaén y Maynas les pertenecen. Era el momento ideal para meterles un tatequieto y obligarlos a rendirse. Capturamos su bastión enclavado en la selva mediante una acción temeraria, bien planificada, ejecutada a la perfección. Allí fue donde gané el apelativo de “Titán de Carcabón”, por el nombre de la localidad recuperada. No es casualidad que en mis venas corriera la sangre del incomparable Brujo de los Andes, el General Andrés Avelino Cáceres, cuyas proezas heroicas limpiaron el suelo patrio de la ocupación mapochina durante la Guerra del Pacífico.

En el conflicto con el Ecuador demostramos estar mejor preparados y equipados, por lo que no nos costó gran esfuerzo cruzar su puerta, atravesar la sala, llegar hasta la cocina y bañarnos en su ducha. Los hicimos fugar dejando su bandera tirada en el piso e izamos el pabellón nacional en el centro de su patio. Nuestras tropas, entonces, se aprestaban para regresar a casa. Las hostilidades, según notificación de las fuentes oficiales, habían terminado días antes, tras alcanzarse un pacto mutuo de cese al fuego. Semanas después de celebrar 35 años de edad, me encontraba liderando una de las últimas patrullas de reconocimiento, cuando un batallón enemigo nos cayó encima, a traición. La emboscada pulverizó mi reducido contingente de hombres y me acribilló a punta de ametralladora.

Ahora que han pasado ocho décadas de esos luctuosos sucesos, me pongo a pensar y pregunto: ¿Por qué nos enviaron al frente? ¿No se supone que la Guardia Civil vela por la seguridad y el orden internos? ¿Acaso las fuerzas armadas se hallaban cortas de recursos humanos? ¿Qué misión pretendían que realizáramos en la frontera norte? Me huele a medida populista del gobernante de turno.

Las autoridades nos presionan mucho, y los ciudadanos nos reclaman con justa razón, pero la verdad es que ninguno de los dos nos da demasiado. Sin apoyo moral ni material logístico es poco lo que podemos hacer. Mas fácil es acusarnos de debilidad o negligencia. Si pedimos propinas, vendemos rifas o trabajamos de guardaespaldas es porque el Estado no cuida nuestros intereses ni respeta nuestros derechos.

Si una manzana está podrida, lo más sensato es tirarla a la basura, ¿no es cierto? Hay que ser muy idiota para eliminar el barril entero. Con una sociedad caótica, primitiva y carente de civismo, es un lujo suicida aguantar semejantes genialidades por parte de los políticos. ¿Qué pasaría si una mañana la nación amanece sin Policía? ¿Se acuerdan del 5 de febrero de 1975? La huelga que decretamos, exigiendo tratos salariales decentes, trajo una ola gigantesca de saqueos, violaciones y muertes. Ésa fue una lección brutal.

A pesar de los homenajes y las placas recordatorias, incluso del ascenso póstumo, mi memoria continúa sin recibir la atención que merece un humilde custodio quien, lejos de arrugar y zafar el cuerpo ante un sacrificio que no le incumbía, puso el pecho a las balas.

El uniforme verde no significa que seamos inmaduros, aunque en ocasiones lo parezca. El grueso de la población se figura que personificamos la corrupción, solicitando coimas, organizando bandas de atracadores; nos juzgan al nivel de ladrones baratos o imbéciles profesionales. El caso es que somos servidores públicos, no sirvientes. Siguiendo nuestro espíritu de servicio, cumplimos con honestidad y valentía el deber encomendado. Algunos, como yo, damos la vida por el país.

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