El viaje eterno

Juan Patricio Lombera






El viaje desde Zitácuaro al santuario se estaba haciendo eterno para los estudiantes del Liceo. Por más que se los explicaran, no entendían la importancia de que unas mariposas recorriesen miles de kilómetros para reproducirse. En el caso de los machos, el acto sexual representaba la culminación de sus vidas, pues a las pocas horas caían fulminantemente muertos.

-Para eso ya se podían haber ahorrado el viaje. Tenían que estar muy urgidos los machos –decía entre risas Luis-. Ese comentario le costó un castigo de su maestra.

Habían pasado unos días en una hermosa hacienda donde, amén de estudiar unas horas al días, los 15 chicos y las 3 chicas del curso se la pasaban jugando en la alberca y mil otras cosas. Su curiosidad por la anatomía del sexo del otro se despertaba tímidamente. De hecho, Rodrigo fue la víctima iniciática de la curiosidad de sus compañeras. Después de ducharse, él se dirigió a la cómoda para coger su ropa. No obstante, dado que las habitaciones comunicaban interiormente, y que, precisamente la suya lindaba con la de Alejandra, Josefina y Daniela, tuvo la delicadeza de pedir que cerraran la puerta para que el pudiese coger su ropa sin que lo vieran. Ellas, lejos de obedecerle, cruzaron el umbral de la habitación. Rodrigo, que las oyó venir, tan sólo acertó a taparse con la almohada mientras retrocedía hacía la cama. Ellas, resueltas, lo rodearon y despojaron de su único taparrabos para luego salir corriendo entre risas. Con 10 años, la travesura de sus compañeras le produjo en esa ocasión una gran vergüenza y sonrojo a Rodrigo. Años después, desearía infructuosamente que se repitiese la misma situación.

El viaje se hacía eterno. Pronto había dejado el camión la carretera para meterse en una senda polvorienta. A Armando le había picado una avispa y, por una vez, sus compañeros lo habían visto soltar una lágrima. Por supuesto, como no podía ser de otra manera en ese terreno hostil, el camión fue a dar a una zanja. La maestra, que no se arredraba por esas pequeñeces, buscó un medio de transporte alternativo, mientras que el chofer se acercó al poblado más cercano a buscar ayuda para sacar el camión. Sin embargo, el campesino al que se le solicitó la ayuda quiso aprovecharse de la situación y cobrar 1000 pesos de principios de los ochenta. Toda una fortuna. Al final, la maestra decidió que la distancia faltante no era demasiado larga y que irían a pie. Ya los recogería el conductor en el santuario al volver. Esa resolución provocó largas caras de desánimo entre los estudiantes. No solo llevaban horas en ese pinche viaje sino que ahora, además, tenían que caminar.

Al cabo de una hora de marcha, Michel abogó por un descanso para tomar el almuerzo. La maestra no quería concederlo porque ya estaban cerca y además en un par de horas caería el sol, pero no tuvo más remedio que ceder al clamor popular a condición de que el descanso solo durase 10 minutos. La torta y el refresco apenas calmaron el hambre de los pupilos y por supuesto que el descanso les pareció completamente insatisfactorio, pero sabían que no iban a conseguir más de parte de la madame.

Raúl fue el primero en divisar primero las mariposas. Iba adelante apretando el paso con afán de acabar lo más pronto posible, cuando, de repente, al salir de una curva, se detuvo en seco y, sin decir palabra alguna, estiró su brazo apuntando hacia adelante. Ahí estaba el primero de varios árboles completamente tapizado de mariposas. Empezaba a atardecer pero la luz aún atravesaba con firmeza las ramas para engalanar los colores negro y naranja con motas blancas de las mariposas. Parecía una coreografía de cientos de millones en la que todas las alas se agitaban al mismo tiempo. Cuando la maestra les había dicho que esos seres diminutos viajaban miles de kilómetros, y que, incluso algunos de ellos se habían desviado y llegado a latitudes tan lejanas como las islas canarias, los alumnos no se lo podían creer. En ese momento, ante el milagro de la reproducción colectiva, ante la belleza de la unidad multitudinaria a partir de la aportación individual de cada unos de esos seres alados, los jóvenes ya se habían olvidado de los kilómetros recorridos por las mariposas y por ellos mismos para llegar al santuario. Lo único que contaba en ese momento era la contemplación. Años más tarde, Rodrigo pensó que si él hubiera sido el creador de “la escritura del dios” no habría empleado a un jaguar como depositario de la palabra divina, sino las motas blancas de las monarcas.

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