Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La cuarentena con Aquiles”

Ítalo Costa Gómez






Cuánto hemos cambiado desde que llegó el COVID-19 al mundo, ¿cierto?
Hemos dejado de hacer tantas cosas, hemos tenido que acostumbrarnos a un nuevo estilo de vivir en el que hasta abrazarnos está prohibido al igual que salir a pasear los domingos. ¿En qué momento llegamos a este punto? De prestar más atención hasta a la charlatanería con tal de tener algo de esperanza, dejar de ir a trabajar para conectarnos a una fría computadora con tal de ver a nuestros familiares mayores o hacer catarsis con un amigo.

Para mí fue muy difícil, gentiles compañeros. Sin embargo, desde el Día 1 – gracias a un regalito de Penguin Random House que vino junto al famoso hashtag #YoMeQuedoenCasaLeyendo – me acompañó la primera novela de Gustavo Rodríguez: “La furia de Aquiles” (2001).

[Quienes me conocen bien saben de la debilidad que siento por este ingenioso publicista y escritor peruano de lentes “intelectualones” y sonrisa noble. Lo grato que es para mí leerlo y disfrutar de su compañía. Durante estos últimos tiempos hemos comentado y celebrando mucho en redes sociales del éxito de “Madrugada” – otra novela maravillosa e impecable de la que he hablado en este mismo espacio – en países tan lejanos como Francia. También hemos desayunado junto a sus divertidos artículos, siempre ingeniosos y nada pretenciosos. Es muy natural el bueno de Gustavo, por eso lo admiro y le tengo un cariño sincero.]

“La furia de Aquiles” es una novela muy divertida. Te atrapa desde la primera fase. Te habla de la historia de un jovencito trujillano y sus aventuras al llegar a Lima. Es imposible que no te veas reflejado en el personaje central de la historia o en sus famosos “colegas”, sus amigos y su hermano. Incluso puedes verte hasta en su madre. Rodríguez ha tenido que mantener muy despierto ese miedo que te da crecer. Ha tenido que haber hecho un trabajo de regresión preciso para que pueda plasmar tan perfectamente lo duro que es dejar de ser un niño para hacerte un hombre. Entre más lees vas recordando el calor del primer amor y su sensualidad, los nervios al rendir un examen para entrar a la universidad, la competencia que surgen entre compañeros – lo quieras o no –, el temor al rechazo, los desengaños inocentes que pueden perdurar para siempre, las traiciones que te quitan vendas de las que no quieres deshacerte y las primeras aventuras con el alcohol.

Semana a semana le iba contando a su autor lo que su novela estaba generando en mí. Cómo su texto me hacía recordar vivencias que pensaba que ya no registraba más y me permitió agudizar detalles para poder escribir relatos que ustedes han visto publicados en los últimos días. Sin Aquiles y su venganza (¿planeada?) no hubiese podido presentarles esas experiencias porque sencillamente no las habría recordado jamás.

Es una historia que tiene humor, pero no es lo que más resalta a mi ojo. El experimentar el crecimiento de sus personajes es lo más sabroso e intenso. Está tan bien hecha que no deja una esquina sin revisar. Tú mismo vas avanzando en el tiempo y vas creciendo con los personajes hasta que, llegado el momento, son mayores que tú. Primero los ves como unos niños ingenuos y luego puedes ver a tus padres dibujados en ellos en la última fase de la novela. Para mí esa es la magia de este libro que hoy les presento.

El final es totalmente inesperado. Es un final salido de las tripas, como diría un gran amigo mío. Les apuesto que no lo adivinarían. Al menos yo no lo hice y eso que lo intenté con afán.
Créanme cuando les digo que no sé cómo hubiera pasado la cuarentena en Lima sin ese libro, sin la calidez de su autor ante un admirador que lo respeta y que lo quiere. No sé de dónde hubiese podido conseguir inspiración para seguir escribiendo en medio de tanto dolor, en medio de tanto miedo por el Coronavirus y con la poca energía que me quedaba. Este es mi agradecimiento público a Gustavo y que quede plasmado mi afecto para siempre.


Lo que Aquiles, Mirko, Cabeto, Ulises, Chacho Buendía, Silvana, Carmina, Ariel y demás personajes hicieron por mí en el cambio de una era a otra jamás lo olvidaré. Increíble que una traición literaria me haya dado tanto. Si la leen, por favor, cuéntenme qué les pareció. Les aseguro que no se van a arrepentir, y si ya lo hicieron repitan el plato. ¡Dos más a esta mesa!
Muchas gracias, Gustavo con B, eres un genio. Lo que tenía por decirte ya te lo dije, solo faltaba compartir tu regalo y agradecerlo públicamente. Y no será la última vez. En mi palabra sí puedes confiar, o al menos eso creo.

Que no se apague tu furia y menos tu sonrisa.

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