Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La macumba de las Catacumbas”

Ítalo Costa Gómez





Ay, el Centro de Lima… ¡Cómo lo extraño! Ahora más que nunca que es tan difícil salir a la calle sin temor al COVID-19 y con este frío tan fuerte que está abrazando Lima desde inicios de julio. El Centro de Lima es hermoso y más en estos tiempos que celebramos Fiestas Patrias en el Perú.

Desde que era un jovenzuelo – no hace tanto, pequeños insolentes – la vida me ha llevado por esos lares. En un tiempo el instituto donde estudiaba idiomas tuvo una sede allá y me iba con mis compañeros en una combi chiquita blanca que nos llevaba hasta La Colonial, caminábamos un par de cuadras y listo. También estaba, en esa época, la Biblioteca Nacional por la Avenida Abancay. La visitaba casi todos los días en búsqueda de libros de romance y también en busca de diarios que contuvieran notas de mi interés como el boom de Nubeluz o el apogeo de los talk shows… me pasaba horas de horas sacando copias de aquellos periódicos de los 90s para llevarme a casa mis ansiados tesoros que hasta el día de hoy voy coleccionando con afán. Le agarré un amor tremendo al Centro de Lima. Nunca me pasó nada malo ahí, todos mis recuerdos son lindos en esa parte de la ciudad.

[Así es mi Lima criolla, alegre y jaranera la tierra tres veces coronada donde nació la Marínera, que con cajón y repique en los barrios del Rímac de antaño, le dieron colorido Montes y Manrique… padres del criollismooooooooo]

Decir que me iba a juerguear al mismo Centro sería una mentira. Nunca me metí a ningún huarique de por allá, a lo mucho atracaba ir a comer anticuchos con pancita y fugaba ya que yo vivía en La Punta y el trayecto de regreso era bastante largo, lento y pesado, hasta que un día me llevaron a un lugar donde hay mucha historia y mucho muertito. Unos túneles que lograron mi absoluta admiración y posterior obsesión: Las Catacumbas.

Cuenta la historia que estaba con cuatro compañeros de estudio que me animaron a irnos a tomar fotos a la Iglesia de San Francisco. Les dábamos de comer a las palomas y luego las hacíamos volar en el momento justo del click (para variar los pájaros me huían) y después hicimos el famoso recorrido de las Catacumbas, paseábamos por el museo donde estaban estas pinturas enormes, maravillosas y luego pasábamos por esos túneles siniestros que tenían pinta de caerse encima de tu cabeza en cualquier instante y esas fosas con millones de trillones de calaveras, mientras que un guía nos explicaba como se mantenían los huesos de los franciscanos y al mismo tiempo respirabas ese olor tan característico que tiene ese lugar. Recuerdo claramente que en esa época pagamos un poco más de tres soles por cabeza por el recorrido y habíamos salido deslumbrados, sobre todo yo.

– ¿Quién se anima a recorrer otra vez las tumbitas?
– Ay no, flaco. Una vez suficiente. ¿Qué pasa? Te gustó el olor a muerte. Te jala el sadomasoquismo infringido, te pone esa huevada, ¿no? – me jodían todos al unísono.

No sé explicarlo, pero sentí una fascinación inmediata por ese lugar, por la historia y por esas bóvedas sepulcrales hechas de ladrillo, cal y canto.

Un solo amigo se animó y lo recorrimos por segunda vez. Trataba de prestar más atención a las explicaciones del guía. No contento con eso me fui una tercera vez solo. Ya que mi compañero se las picó apenas intuyó que quería volver.

Fue una semana que visité esa Iglesia con afán. Aprendí que en 1821 Don José de San Martín, prohibió el uso de las catacumbas mediante un decreto, siendo clausuradas y a partir de ahí enterraban a los muertitos en el Presbítero Maestro. Me di cuenta que podía involucrarme con la historia de la Iglesia y del Centro de Lima sin que me resultara tediosa. Solo hacían falta unos pocos cadáveres. Ese lugar tiene un poder especial. Algo hay ahí que me atrapa. Un agua de poto, una macumbita, algo.

Al poco tiempo me cambié de sede en el ICPNA y no volví más por esos lares. Ha pasado tantísimo tiempo que yo mismo no puedo creerlo. Me he topado con estos recuerdos y necesito regresar.

Quiero volver a las Catacumbas y hacer ese recorrido tres veces más en un solo día, salir a comer picarones y – esta vez sí – juerguear en mi rico Centro de Lima. ¿Se apuntan, pequeños franciscanos?

[Yo recuerdo que de niño contemplaba en los salones bailar la polkita de los tiempo de mi abuelo la sabia tararear… y en la polka se lucian las limeñas y limeños al bailar… con saltitos marionetas parecian como diciendo al compás
¡HEY!
jálame la pititita pitita pitita
jálame la pititita, no me la jales mas]

Ay, déjame que te jalo la pitita frente a los cadáveres. Seguro están penando ahí y lo ven todo… que peligroso… ¡me ioniza esa vaina! Queda este escrito como prueba. En pleno uso de mis facultades mi deseo es que el día que me muera quiero que mis restos -casi arqueológicos también- descansen en las Catacumbas.

Super in, ¿no?

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