La injusticia de los jueces

Carlos E. Luján Andrade







En las aulas universitarias uno encuentra diversas opiniones de maestros que intentan convencernos de sus verdades usando artilugios o metáforas que pocas veces cumplen su objetivo, ideas que si bien en su momento pueden parecer convincentes con el pasar del tiempo y uno adquirir mayor experiencia, dejan de tener el sentido que antes les dábamos.

En una de esas clases, un profesor de derecho nos decía que poco servía documentarse sobre jurisprudencia o doctrina en un sistema judicial como el peruano; los sustentos jurídicos alimentados por ricas reflexiones colocadas en nuestros escritos caerían en saco roto ya que los destinatarios de estos serían los jueces que poco o nada entenderían, de esta manera nuestro esfuerzo se vería desperdiciado en las manos mediocres de un sistema que ha caído en el ostracismo y la corrupción. Dicha afirmación, quizás apresurada y prejuiciosa que destilaba el rencor de ese maestro, se quedó arraigada en mi manera de ver el derecho por bastante tiempo y más aún, fue alimentada por lo visto y leído en los años subsiguientes ya que al parecer no estaba tan distante de una realidad que él conocía mejor.

El conflicto generado provenía de una reflexión muy sencilla: si los encargados de impartir la justicia de un país no están capacitados para aprehender las razones más complejas de las partes, entonces ¿qué tipo de justicia uno espera?, ¿vale la pena seguir encontrando la razón dentro del derecho mismo? o ¿es mejor apartarnos de este para desarrollar otras capacidades que alejadas de la hermenéutica jurídica, paradójicamente nos ayudarán a obtener la justicia requerida?

Fernando de Trazegnies, en un artículo da más luces sobre lo expuesto, él afirma con mucha razón que: 

“… es preciso que el juez tenga una cultura filosófica, histórica, artística. Aquel que reflexiona sobre la vida y el conocimiento, que tiene conciencia de lo que el pasado representa para el presente, que lee obras literarias, que escucha música culta. Es una persona que refina su espíritu, que se hace más sensible, que desarrolla una capacidad más sutil de conocer el mundo que lo rodea. Y no cabe duda de que el juez deba poseer un espíritu refinado para cumplir cabalmente las exigencias de su profesión. Lo que quizás para otras personas pueda ser un solo lujo intelectual, una fuente de goce, para el juez es una condición básica de su desempeño profesional.”

No se puede negar que es ideal que un juez tenga la amplitud de criterio que le permita ver aquello que los litigantes cegados por su interés les impide ver, y colocaría la reflexión de Trazegnies como un punto de partida, un mínimo requisito el tener aquella ambición por el conocimiento que describe, porque también deberá conocer la vida, la realidad ajena pues cuando las partes vienen con sus reclamos, le muestran al juez un mundo diferente, situaciones que desafían la obviedad y el sentido común. Las relaciones interpersonales contienen matices mínimos que hacen que una aparente y clara solución sean desbaratadas al exponer un detalle que convierte nuevamente la armonía en caos.

Es así que el juez deberá estar en la mayoría de casos inmerso en el problema y luego sobre él, leyendo en esas intrincadas razones de las partes la razón que a cada uno le pertenece. Entonces, veo en todo ese ejercicio: el impartir justicia, no como algo sencillo sino delicado y comprometedor.

Y cuando escucho  a un maestro de derecho decir que no es necesario usar aquellos argumentos que develan las razones más detalladas de nuestra pretensión, me vuelvo a preguntar ¿qué tipo de justicia nos dan los jueces?, y si en un país donde es difícil llegar a un acuerdo, y quienes tienen el poder de concertar no lo pueden hacer por incapacidad; entonces ¿de qué sirve la razón?, hasta qué punto una sociedad puede mantener el orden viviendo en la irracionalidad, en la locura. Algunos mencionan que a falta de la verdad y la justicia está el cinismo, justificando una aparente solución con una mentira razonable.

Quizás tengan razón, tal vez en el fondo aquel maestro sabía todo eso y no lo decía con desazón sino con conocimiento de causa, creía que enseñarnos a aprender a que no nos importe lo importante en el derecho nos evitaría la decepción; aunque creo que debió guardarse su consejo y dejar que vivamos la injusticia por nuestra cuenta que al final de todo es lo que nos termina convirtiendo en seres justos. O lo más probable es que deseaba que desdeñemos los principios básicos del derecho y dejemos de lado la búsqueda de la verdad porque no es efectiva, inmediata ni conveniente. Relativizando la justicia podremos inclinar a nuestra conveniencia la balanza.

En sustancia, la justicia existe cuando esta es reclamada. Se invoca cuando no la vemos en nuestro alrededor. Una realidad demente clama por ser llevada a la cordura. Sin embargo, la llamada “justicia” en una sociedad de orates es la que desdeña la razón y el argumento. Y en el fondo, no se le puede llamar así porque es un cascarón endeble al que le colocan tal denominación para apoyar en ella los pilares de un sistema aparentemente democrático.

La lucha es entre las dos justicias: la poderosa y la portadora de principios. En ese ir y venir nos vamos mareando, justificando unas y otras dependiendo de cómo aprendiste la lección porque de qué sirve obtener una calificación excelente en doctrina y jurisprudencia cuando la realidad te reprueba con las mismas respuestas. La pregunta sería ¿quién andaría desaprobado de principios pero aprobado en cinismo? Siendo sinceros, los jueces que relativizan lo justo porque sus principios y conceptos son demasiado grandes para su criterio no obran con imparcialidad, sus sentencias no son veredictos judiciales, son solo opiniones particulares a las que las disfrazan de justicia quedándole tan grande dicho nombre que a mitad de camino se les caerá y dejarán ver su vergonzosa corrupta desnudez.

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