Abril no se paga

Beatriz Fiotto

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La puerta no tenía cartel ni timbre. Miré un momento y aplaudí fuerte. Un hombre de cuerpo robusto y dócil abrió. Pregunté si allí era la pensión de Pocho. Soy yo, me contestó, pasa y ladeó su cuerpo para darme paso.

Una escalera antigua de mármol. Allí la temperatura era bastante más baja, que afuera, en las calles de esa ciudad ardiente a orillas de la gran serpiente marrón que la rodea. El lugar daba la tranquilidad de asumirse accesible, de no presumir. El desorden casual, la poca limpieza profunda, la luz escasa y los rincones atiborrados de objetos que se arremolinan como pelusas, como si intentaran ponerse a salvo de pisadas o tropiezos.

Pocho me llevó a la habitación. La otra cama pertenecía a un muchacho que vino de Haití, para estudiar acá viste. Comentó. Ahora está trabajando. Bueno, te dejo ponerte cómodo, dijo y salió del cuarto. La ventana estaba junto a la cama del haitiano y daba sobre la calle de la entrada, tenía un pequeño balcón descuidado. En la pared del fondo una pileta para aseo y una mesa con una silla.

Me tiré sobre la cama, entonces vi el ventilador en el techo, la tierra acumulada en un borde de las paletas. Por detrás un cielorraso blancuzco. Descansé. Por fin podía estar recostado y eso me hacía sentir que había avanzado. Que por fin había hecho pie en la ciudad. Que ahora si comenzaba esta etapa de mi vida.

La pensión de Pocho resultó una especie de sucursal de Acción Social, entre unos y otros fueron orientándome para moverme. Los pibes se juntaban para la cena y largaban sus historias, todos tenían la extraña certeza de estar ganándole al destino. Como si estuvieran a un manotazo de la fortuna por el solo hecho de haber llegado a esta ciudad. De cierto modo, yo también lo sentía así, cuando recordaba el pueblo del que vine.

Una mañana, Juan me convida mate mientras miro los clasificados en el diario de Pocho, otra mañana sin posibilidades “ni puertas que tocar”, como dice la canción que canta desde la ducha. Venite conmigo, por lo menos te haces unos mangos. La invitación de Juan es la confirmación de lo inútil de mi búsqueda. Le digo que sí. Que lo acompaño al boulevard a cuidar coches estacionados. Juan es muy pibe y se fue de su casa hace tiempo, pero parece más grande. Suele estar serio, puede estar horas sentado en la terraza, como si hubiese nacido para esperar.

Las cuadras hasta el boulevard las hicimos en silencio, allá me explicó las dos o tres cosas que decía que tenía que saber para hacer este trabajo. En esta época hay mucha gente por los que rinden en la facultad, vienen sus familias a esperarlos para tirarles huevos y esas boludeces, es un mango extra porque les cobramos por lavar la vereda después, no la pueden dejar sucia. No es gran cosa, pero es un mango más.

¿Y de qué se reciben acá? Pregunto. Contadores más que nada. Contesta.

Los sábados vamos temprano a pescar, si la pesca fue buena, comemos pescado asado ese día. Es una costumbre de los pibes de la pensión, si ese día no trabajan, se pesca. Así me acostumbré a ese silencio compartido y a las horas moviéndose sobre el agua marrón del río. Podía imaginar que la ciudad no existía y que esa era nuestra vida toda: pescar, ver las horas pasar, disfrutar el sol. Podía imaginar que no había ruido, ni precios, ni alquileres, ni miradas de desprecio en las puertas de la facultad. No tenía ningún sentido, pero de alguna manera me sentía bien imaginándolo.

El haitiano resultó ser buen compañero de cuarto, aunque se quedaba leyendo hasta tarde en la mesa, con la única luz del cuarto prendida, qué me va a molestar, le dije cuando me preguntó, si en realidad era el único momento que podía estudiar entre sus cursadas de medicina y su trabajo de delivery. Era como nuestro médico. Y un excelente pescador, cuando se nos unía.

Nos habíamos apoyado en el árbol, hacía calor y la coca se calentaba rápido. Estacionaron un Citroën c5 y un Logan, venían juntos, sin embargo, al bajarse, se saludaron como si no se viesen hace mucho. Dos familias. Cruzamos con los baldes y las escobas para decirles que nosotros lavábamos la vereda. No, gracias, lo hacemos nosotros, dijo la rubia del Citroën, de costado, apurada por terminar la conversación mientras buscaba algo en su cartera. Nosotros la lavamos, insistió Juan, serio. Y se apostó a un paso de la señora que nos contestó, justo en el límite de la vereda de la facultad. Dejaron las carteras junto a los autos, y repartieron el papel picado, la espuma y los huevos que traía en una bolsa el que luego supimos era novio de la egresada. La señora nos miró y se quedó parada junto a las carteras, custodiándolas. Del odio que me causó su mirada me planté como Juan, escoba en mano, a un paso de ellos.

La nueva contadora bajó las escaleras, como una estrella que espera a los periodistas para dar su declaración. Sonreía. Juan no paraba de mirarla, es linda la concheta eh. Me dijo. Boludo, son re caretas, dan asco. Contesté. El padre del novio se arrimó y nos dio cien pesos. La señora se acercaba cada tanto a la joven y le limpiaba el menjunje de la cara. Se había emocionado cuando apareció su nuera contadora y parecía a punto de llorar. El novio se acerca cuando ya estaban yéndose y abre la billetera, su madre nos mira mientras le frena la mano al hijo, no, ya les dio tu padre. Y yo me quedo acá hasta ver que quede limpio. Nos dijo.

Había pasado más de un mes de esa anécdota. El haitiano, Juan y yo tomábamos una cerveza a la vuelta de Pellegrini, en un minimarket. Allí era más barata y esa noche hacia calor. Juan reconoce el Logan y a la concheta estacionando a unos 20 metros de nosotros de la mano de enfrente, mirá, me dice y la señala con el mentón. El haitiano había entrado al mini a buscar otra cerveza, insistía en que él quería invitar.

Aún se estaba bajando del auto cuando vemos una moto con dos pibes arrimarse y frenar junto a ella. Juan corrió hacia allá. El de atrás se giró y disparó, dos explosiones seguidas y huyeron. La chica estaba acuclillada tapándose los oídos y gritando.

Una flor roja crecía sobre la remera blanca de Juan bajo la luz amarilla de la calle, sobre el asfalto y bajo el cuerpo inmóvil la sangre corría como lo último vivo que escapa.

Pasaron los días y la pesadilla fue aplastada por nuevas pesadillas. Con el haitiano no volvimos a hablar de Juan. Ahora las horas eran interminables en la pensión y Pocho nos confirmaba que abril se perdonaba. Nadie paga nada, traigan comida y guárdenla, cuidémonos entre nosotros. La pandemia era un fantasma que recorría la ciudad y el mundo. No podíamos ir a cuidar coches. No tenía moto ni bici para sumarme al delivery con el haitiano, que duplicaba su tiempo de trabajo. Total no tengo que cursar, después adelanto, me decía.

Las calles estaban desiertas, miraba las noches desde el balcón. Estirando la yerba del mate.

Cuando vuelvo tomamos una cerveza, yo la traigo, me dijo esa noche. Sabía bien de que se trataba este virus, y también sabía bien lo que había dejado atrás al venir a estudiar acá. Se cuidaba, pero no se creía héroe por ir a trabajar, es lo que me toca. Lo tuyo es más difícil. Se justificaba.

Hoy Pocho hace la cena, hoy comemos todos juntos. Salimos juntos de esta, hermano. Haceme el favor, alcanzame los auriculares que dejé en la mesa. Nos vemos en un rato.

El haitiano no volvió. Casi no había tránsito en las calles, por avenida Francia no volaba ni una mosca, capaz por eso te confiaste, negro. Capaz por eso no frenaste en esa esquina, el colectivero tampoco te vio, vendría confiado en que nadie salía con esta maldita pandemia.

No sufriste, negro. Lo tuyo fue instantáneo.

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