Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Mi cuerpo pide”

Ítalo Costa Gómez




He aprendido a que siempre debo escuchar a mi cuerpo. Él nos indica cuando descansar, cuando alimentarnos y hasta cuando darle alegría y cosa buena, (eeeehhh… Macarena). No escuchar al cuerpo e ignorar sus mensajes es lo que hace que se nos bajen las defensas, nos enfermemos o que nos den cuadros de estrés.

[Qué regio. Sueno “Utilísimo”. Siempre quise ser una dama de sociedad que da consejos… muy Silvia Pinal. Camucha Negrete marcó mi vida porque primero fue vedette y luego “madre, amiga, mujer”. Qué sabia, digo yo. Mucho mejor que la aburridita de la Solaeche. Más ebullición. Más gata caliente]

Soy ansioso y con una dosis extra de dinamita marca ACME. Se me complica parar la mano y dejar de hacer cosas. Siempre busco estar ocupado haciendo algo y eso no es del todo sano. Déjenme contarles como lo aprendí en la era previa al Covid-19 y toda la onda coronavirulenta.

Cuenta la historia que regresaba Lucía a Lima de sus vacaciones en Santiago y yo había quedado en irla a recoger al aeropuerto y ayudarla con sus cosas a las seis de la tarde. Ese mismo día me había despertado a las tres de la mañana para terminar de armar un relato, había hecho un collage para mi chamba y mi rutina de baile. Sin desayunar nada que no fuera unas tazas de café me fui a la oficina y luego a un almuerzo. Debía pasar a mi casa a picar algo, bañarme, cambiarme y volver a salir. El tiempo no me daba para más.

Cuando he llegado a mi hogar entre que encendía la terma y veía qué me iba a poner empecé a sentir los músculos de las piernas y brazos entumecidos, muy rígidos. Además, me dio jaqueca y estaba de mal humor. Traté de ignorar los calambres (huge mistake) y me metí a la ducha. El agua caliente me relajó por completo y estaba todo pintado como para que yo me acostara en la cama y me durmiera. Había tenido un día lindo y copado, pero me daba sentimiento plantar a Lucía ya que no había manera de cancelarla. No iba a leer mi mensaje ni a contestar mis llamadas.

Con las pocas fuerzas que me quedaban me vestí y me metí al taxi rumbo al aeropuerto. Ahí fue que se jodió todo. Empecé a sentirme mareado y con muchas náuseas. Lo único que me faltaba era vomitarle el carro al señor que estaba muy contento escuchando la Sonora Matancera como todo chalaco que se respeta. Ya saben cómo va a mí con los taxistas.

Menos mal libré esa y finalmente me reencontré con mi amiga que tras un efusivo abrazo pudo verme bien.

– ¡Qué lindo que hayas podido venir! Estoy muerta, no sabes. He comprado varias co… Italo… ¿te sientes bien?, ¿Qué es lo que tienes en la cara?

A mí no me digas algo así porque me entra el ataque de pánico. Me quería dar un soplo cardíaco al lado de los policías que buscan droguita en las maletas de la gente.

– No tengo nada, hermana. No tengo un cuerno, estoy fabuloso. ¡Vamos a tu casa! – Ya había forzado todo como para que no lo disfrute. La verdad es que me quedé solo media hora con ella, le di una mano en acomodar sus cosas y la hice sentir acompañada. A ratos me miraba con preocupación, ya no me decía nada. La misión estaba cumplida. Al despedirme, sumado al cansancio me asaltó el miedo cuando al verme en el espejo me vi manchas rojas en el rostro y en las manos. Me veía como si hubiera comido algo en mal estado y estuviera padeciendo de una intoxicación.

Fue tal el temor que terminé en la clínica San Gabriel. Fui a emergencias y cómo era previsible no era nada grave. Era un simple cuadro de estrés. Mi cuerpo me estaba exigiendo descanso. Me inyectaron un par de veces, me dieron un sermón y me mandaron a casa. El chiste me había salido carito eh. Lo que ganaba en una noche de los buenos tiempos bailando en las “Cucardas” me lo había tirado ahí. ¡Maldición!

A la mañana siguiente desperté igual de cansado, pero sin las manchas. Y así fue que aprendí, pequeños pacientes psiquiátricos, que tengo que saber cuándo detenerme porque mi espíritu siempre va a querer volar, pero mi cuerpo pide mucha más calma de la que le daba hace quince años.

[Mi cuerpo pide, ¡oye!… Ooooyeeee, mi cuerpo pide salsaaaaa y con este ritmo no puedo paraaaar. ¡No puedo parar!]

Que desgracia tan desgraciada esto del paso del tiempo.

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