Un tierno atardecer

Juan Patricio Lombera





Llegó a Atenas una fría noche de inicios de Diciembre. Por fin había podido juntar el dinero y el tiempo para realizar tan anhelado viaje. Pese a su edad, Octavio seguía siendo raudo y veloz a la hora de coger su equipaje de mano. Se dirigió a la salida donde tomó un taxi. Valía unos 40 euros, pero no quería perder hora y media en el tren. Avanzaron por una carretera de 6 carriles que atravesaba polígonos industriales y concesionarios de coches. Curiosamente para Octavio, había muchas empresas cuyos nombres aparecían en alfabeto latino. Finalmente, llegaron al hotel y tras registrarse y dejar la maleta en la habitación, Octavio cogió su guía y el mapa que le había dado el recepcionista y se fue caminando hacia Monasteraki. Le habían comentado que había buenos restaurantes por ahí. En realidad, casi no necesitaba el mapa. Del hotel salía una calle que lo llevaría derecho hasta la plaza de Omónoia y ahí seguiría su paseo por la calle Athinas, que desembocaba en la mismísima plaza de Monasteraki. Llegado a ese punto, decidió echar un primer vistazo antes de cenar. Le llamó la atención en su camino ver lo poco que estaban iluminadas algunas calles del centro, así como lo desiertas que se encontraban. Se podía pasar de una avenida abarrotada de turistas como Adrianou a un páramo desolador y oscuro en cuestión de metros. En ese nuevo escenario y dada la inseguridad reinante en su propio país, cualquier encuentro con un grupo de personas se convertía, para él, en un potencial peligro. No obstante, eso no le impidió ver el ágora romana de noche y disfrutar esa primera exploración culminada con la visión de la magnífica iglesia bizantina de Kapnikaréa, aunque no pudiera entrar. Lo más increíble de esa pequeña iglesia constituía su posición en medio de una calle principal. Aparentemente, el ordenamiento urbanístico en el siglo XIX se había hecho al “ahí se va”, lo cual también explicaba porque un tren atravesaba en su mitad la mítica ágora.

Finalmente, emprendió sus pasos hacía un restaurante céntrico donde, pese a lo avanzado de la noche, pudo comerse un ensalada griega con sus típicas olivas, pepino y queso feta, y un pollo en salsa de hierbas y arroz. Se informó en la guía acerca de las costumbres locales y, pese al dolor que esto le producía, dejó una propina de 2 euros; el 10% de la factura. Salió del restaurante y volvió a tomar la calle Athinas en dirección de Omónoia. De nuevo surgió el temor debido a la soledad y poca luz de esta vía, pero pronto los olvidó. Primero sintió una suerte de reflujo, pero lo que jamás pensaría es que le picasen los ojos y la nariz tras una ingesta. 5 minutos después las molestias habían desaparecido.

El siguiente día fue uno de los más felices de su vida. Se despertó a las 6 de la mañana y tras un frugal desayuno fruto de la pobreza de opciones del hotel, salió a las 7 y media para encaminar sus pasos hacia la Acrópolis. Sus amigos, que habían visitado la ciudad durante un crucero, le habían advertido acerca de las enormes masas que visitaban la explanada durante el día. También le habían comentado que esperar un par de horas en pleno sol veraniego para poder entrar, era toda una tortura. Sin embargo, contrariamente a todo lo esperado, llegadas las 8 en punto, se encontró con una cuesta totalmente despejada y cruzó, como uno de los primeros visitantes, los imponentes propileos. Fue entonces que cayó en la cuenta de que quizás había elegido la mejor fecha para visitar la ciudad helena. Para colmo de buena suerte, el clima, aunque frío, era bastante llevadero y Atenas lucía un esplendoroso sol y apenas soplaba el viento. Ante él se desplegaba a su derecha el Partenón con sus columnas curvadas hacía el interior para generar un efecto de perfecta simetría, mientras que a la izquierda lucían en toda su belleza las cariátides del erecteón. Lamentó que ya no existiese la inmensa estatua de Atenea Parthenos de 12 metros de oro y marfil que se encontraba en el centro del Partenón en la antigüedad. Así como sin querer la cosa, se acercó a un grupo guiado para oír algunas de las explicaciones, entre las cuales se mencionaba la eterna reivindicación de los griegos por recuperar los frisos del Partenón. Los ingleses se habían negado a devolver en su día los frisos por falta de un lugar digno donde exponerlos. Una vez que los griegos habían hecho su museo; una reproducción del Partenón con elementos modernos como columnas de acero y cristal, los ingleses mantenían su negativa basándose en pueriles argumentos.

Otro de los elementos robados, según decía la guía, era la tercera Cariátide del erecteón en cuyo lugar se encontraba una reproducción. Octavio habría querido seguir oyendo a la guía, pero esta ya había notado su presencia gorrona por lo que decidió darles unos minutos a los turistas para tomar fotos y contemplar ambas maravillas antes de pasar a hablar del templo de Niké. En ese momento, Octavio se sentía en la cumbre de la auto realización. A sus pies descansaba la ciudad de Atenas, así como los imponentes teatros de Herodes Attico y el no menos importante teatro de Dionisio que vio la primera representación de las obras de Sófocles, Aristófanes, Esquilo y Eurípides. Por la otra parte se divisaba el ágora; centro del poder político de la antigua Grecia y lugar donde se condenó a Sócrates por unos cuantos votos. No dejó de sacar fotos, no solo por la belleza de los monumentos sino porque tenía intención de usarlas en las clases que les daba a sus alumnos de bachillerato. Perdida en lontananza se encontraba la isla de Salamina, escenario de la batalla marítima que ganaran los griegos a los persas al aprovechar el factor espacio. Los barcos persas, a diferencia de los griegos que los habían atraído a esa zona, no podían maniobrar con facilidad en lugar tan reducido. De la isla surgieron en ese momento los arqueros que incendiaron los barcos con sus saetas en llamas.

No obstante, el tiempo de la contemplación de la belleza es efímera y, ansioso Octavio por visitar todos los monumentos y templos que había fijado en su plan, bajó a las 10 de la explanada para encaminar sus pasos al nuevo museo de la Acrópolis. Ahí contempló una reproducción de los frisos robados, así como el bosque de las estatuas; una inmensa sala llena de figuras humanas realizadas en la antigüedad. La copia de una de ellas aparecía pintada para recordarle al visitante que estas obras no eran albas, sino engalanadas de una vistosa policromía. El museo moderno era, en si una reproducción del Partenón. El mismo número de columnas y la misma capacidad de verlo desde abajo como desde arriba. Para ello el suelo de la parte central del museo era de cristal.

El tiempo seguía corriendo y al mediodía Octavio emprendió el camino al museo de Arqueología. Había decidido terminar sus visitas ahí y luego comer algo. Llegó sobre las 13 horas y nada más entrar enfiló hacia la máscara de Agamenón. Luego se enteraría de que las probabilidades de que la máscara fuera del rey de la Iliada eran tantas como las de que perteneciera a cualquiera de los reyes de la época micénica. Pero para el caso Schliemann, el honrado arqueólogo que también descubriera las ruinas de Troya haciendo caso de las indicaciones de Homero, quiso seguir la estela de sus descubrimientos homéricos y no dudó en atribuirle al ambicioso rey la propiedad de la máscara. Ante los ojos de Octavio desfilaron todo tipo de collares áureos así como de jade. En sí, el museo era un recorrido a través de la historia de la Grecia clásica, terminando con las obras de la época de la dominación romana. Lo más llamativo, eran las estatuas y esculturas. En ellas se veía la maestría adquirida por los griegos en el trabajo del mármol, a través de detalles sutiles como los pliegues de una túnica o en las venas de una mano. Por supuesto también había ánforas y jarrones de todos los tamaños y con las ilustraciones más bellas. ¿Cómo conservarían el brillo milenario? Fue una de las preguntas que le vino a la cabeza.

Faltando un cuarto de hora para las 4, el guardia le avisó de que tenía que salir del lugar. El reverso de la moneda por ir en fechas decembrinas consistía en que los griegos se tomaban muy en serio el horario de invierno y cerraban los museos a las 4 de la tarde. 60 años había tenido que esperar, pero había valido la pena. Tan solo echaba de menos no haber podido realizar el viaje con su esposa. Lo habían planeado durante años, pero un día ella, al coger una copa de tequila que él le ofreció, sintió como sus dedos no obedecían su orden de cerrarse en pinza y la copa cayó y se destrozó en el suelo. A los pocos días le diagnosticaron ELA; la enfermedad de Lou Gehrig. Les dijeron que ella podía vivir así durante 5 años, pero lo cierto es que la contienda no duró más de un año. Cada día una parte de su cuerpo se iba apagando. A diferencia del Alzheimer en el que el familiar sufre viendo como el enfermo pierde la memoria día a día, en el caso del ELA el afectado conserva toda su lucidez hasta el final y ve como su mente se convierte en prisionera de un cuerpo muerto. En los últimos días, cuando ya ni siquiera podía defecar y apenas conseguía articular palabras casi inaudibles, le dijo a Octavio “Ve Atenas por mí”. Tras la muerte de Estela, “su estrella” como la llamaba, dudó algún tiempo en realizar o no el viaje. A fin de cuentas, reduciría considerablemente sus ahorros que tanto trabajo les había costado reunir. Lo habló con sus hijos y estos, lejos de pensar en una remota herencia, le exhortaron a realizar el viaje.

—Debes cumplirle a mamá su último deseo —concluyó firme el mayor de sus tres hijos.

Retornó al hotel por la calle Marni que le recordó a la ciudad de México por la suciedad en la acera. Antes de llegar paró en un restaurante donde el mesero solícito se aprestó a atenderle pese a lo avanzado de la hora. Temeroso de que se repitiese la experiencia de la noche anterior, optó por un menú más convencional como un filete a la plancha y unas patatas fritas como único plato y de postre tomó un vaclava acompañado de un té, tras lo cual cruzó la calle y se instaló en su habitación para descansar un rato antes de irse a Plaka por la noche. Eso sí, aprovechó el wifi del hotel para mandar sus fotos a México donde sus hijos ya se encargarían de subirlas a la red. Sabía que no era demasiado viejo para aprender a insertar contenidos en la página de facebook que sus hijos le habían creado, pero ya no le interesaba. Le habían dicho que con ello podría contactar con sus viejos amigos del colegio o con gente que compartiese sus inquietudes. De los viejos amigos a pocos quería ver. Prefería recordarlos lozanos y fuertes que contemplar las mediocridades en que se habían convertido. Lo mismo dirían de él, supuso. Y respecto a compartir intereses, eso sería harto difícil ya que pocos le quedaban a él tras la muerte de su esposa.

Puso el móvil a cargar y se echó una siesta de un par de horas. Cuando se despertó ya era de noche, lo cual le produjo algo de flojera. Pero claro, no había recorrido medio planeta para quedarse en una habitación. Volvió a cargarse de capas cual cebolla andante y salió a la calle, pero esta vez decidió coger el metro en lugar de recorrer la distancia a pie. Lejos de lo que esperaba, se dio cuenta de que el metro ateniense era bastante fácil pese a que las estaciones no tenían dibujos representativos como en la ciudad de México. Nada que ver con el tubo londinense, según le había contado uno de sus pocos amigos de juventud. Ahí, por no haber, no había ni numeración de las líneas y el turista tenía que guiarse por los colores y saber, por citar un ejemplo obvio, que la picadilly line era también la de Leicester. En cambio, en Grecia todas las estaciones contaban con su cartel indicativo, color y número de línea, así como el recorrido en caracteres latinos. Algunos vagones no se libraban de la maldición moderna de los grafitis, pero en cambio la gente era de lo más amable y a la menor pregunta se esforzaban, en su pobre inglés, en darle todas las indicaciones al turista e incluso le cedían el asiento. Armado únicamente de la guía que le habían dejado en el hotel se puso a caminar sin rumbo fijo. En la calle Adrianou, charló con una animosa vendedora de productos de madera de oliva. Ella le dijo que trabajaba hasta las 9 y él le prometió volver antes del cierre, ya que no quería estar cargado mientras caminaba por Atenas. En este segundo paseo, se enamoró más aun de esta ciudad milenaria e incluso comprendió que la ausencia de luz en determinadas calles y sus soledades formaban parte de su belleza. En cierta forma, se sentía invulnerable. Cerca de la tienda de madera de Oliva, encontró uno de los pocos bares de la ciudad. Era una sala rectangular de unos 8 x 5 metros. Se trataba de una taberna tradicional con mesas corridas de madera maciza y bancos mientras que el fondo, detrás de la barra, estaba engalanado con una inmensa estantería llena de botellas que llegaba hasta el techo. La pared de la derecha contenía barriles tumbados de Ouzo, según se podía leer en las indicaciones escritas con tiza en el barril. Octavio sabía que un viejo de 60 años en ese bar tan juvenil desentonaba más que un oso polar en el desierto. Nadie se acercaría a él y menos querrían platicar con ese vejestorio que, a fin de cuentas, les enseñaba involuntariamente lo que serían dentro de algunos años. No obstante entró y pidió un vaso de vino de resina. Y ya envalentonado un ouzo de 40 grados. Un poco mareado ya, decidió emprender camino al restaurante cuando oyó de refilón en la puerta:

—There will always be people like that. But why?

A lo que él raudo y veloz no dudó en contestar.

—Because we need them. The world cannot be composed only of cool people. We need bastards.

La chica de rasgos asiáticos se río ante la intromisión e invitó a Octavio a tomar algo. Sorprendido por la propuesta de la muchacha, decidió quedarse un rato más. Como él, ambas muchachas habían aprovechado una promoción fuera de temporada y se habían trasladado desde Frankfurt. Viajaban juntas para defenderse la una de la otra de posibles acosadores en un país mediterráneo y calles oscuras. “O sea –pensó Octavio—, no me ven como un peligro. En eso he terminado”. Solo querían divertirse y conocer un nuevo país. Al tercer Ouzo, Octavio decidió que ya era hora de partir y se levantó con intención de retirarse del bar.

Why don’t you stay a litle bit longer? —dijo entonces la rubia alemana.
I have to wake up very soon tomorrow. But I think I will come back in the afternoon.
Se despidieron con 4 besos en las mejillas y Octavio salió con paso titubeante a la calle. Tuvo que pensar un rato antes de ubicarse hacía la tienda de madera de oliva. Encontró a la muchacha justo antes de que cerrara. Ella decidió que no iba perder una venta por 5 minutos y reencendió la caja. Octavio no quería hacerla perder el tiempo por lo que compró 3 juegos de removedores de ensalada que tenían la peculiaridad de presentarse en forma de zarpas en lugar de las tradicionales cucharas.

Finalmente entró en la calle Adrianou, donde se dejó convencer por una dicharachera camarera que lo convenció para que comiera en su restaurante. Después de tanto trago ya no tenía casi antojo. No obstante pidió un calamar a la plancha con ensalada y una botella de agua. Cruzando la calle estaba una parte del ágora que se encontraba diseccionada en dos por las vías del tren. Definitivamente tendré que preguntarles a los responsables porque el gobierno griego permite tal salvajada, pensó.

Después de esperar un buen rato, le sirvieron su plato el cual liquidó en 10 minutos. La camarera simpática creyó que se había molestado por el tiempo de espera, pero él la tranquilizó diciéndole que en su país estaban acostumbrados a esperar para todo. Pagó, dejó la reglamentaria propina del 10% y se fue en metro al hotel. Nada más llegar a la recepción avisó de que quería que lo despertaran a las 6 de la mañana, ya que sabía que la agencia con la que había contratado la visita a Epidauro y Micenas lo recogería a las 8 de la mañana y habían sido muy claros: no esperarían más de 5 minutos.

Esa noche, soñó por primera vez con Estela. Hacía ya un año y medio desde su muerte. En el sueño ambos eran jóvenes y fuertes. Ella llevaba un vestido de playa blanco y amplio que recordabas lejanamente a los que portan las mujeres en los cuadros de Sorolla. Él tan solo llevaba un bañador. Estaba convencido de que se encontraban en pie de la cuesta, aunque más tarde, ya despierto, se dio cuenta de que era otro lugar. Caminó hacia ella y oyó su risa clara y sin doblez:

—¿Te has vuelto tímido con los años? ¿Por qué no te quedaste con las muchachas? Podrías estar en otra cama ahora.
—Veo que sigues tan loca como cuando me incitaste a cogerte en el mostrador de Sears. ¿Cómo quieres que dos muchachas guapas y jóvenes se interesen por este carcamal?
—¿Por qué no? ¿Podrían tener complejo de Electra, muy propio en este país? Y, ¿quién mejor que tú para representar una figura paterna?
—El problema es que no traje mis pastillas de viagra.

Estela volvió a reír juguetona.

—Mentiroso… ¡escúchame!, no quiero que estés de luto el resto de tu vida. Diviértete y no pienses en mí. Ya nos reuniremos a su debido tiempo. Y ahora despierta que si no perderás tu visita guiada.

Octavio abrió los ojos y vio molesto que eran las 7 y nadie le había llamado. Se dio un baño vaquero y tras vestirse de cualquier manera, bajó presto al comedor donde cogió un par de croissants y una taza de café que, como suele ocurrir en la mayor parte de los restaurantes de hotel, sabía asqueroso.

Subió nuevamente a su habitación a lavarse los dientes y, tras comprobar que llevaba móvil, cartera y cámara se dirigió al hall. Había unos sofás a la izquierda de la entrada. Ahí decidió esperar mientras llegaban a recogerlo. Aprovechó sus últimos minutos de wifi y se conectó con las noticias. Como siempre, todo era negativo y la única sección que, de vez en cuando le daba una alegría, era la deportiva, pero en esta ocasión ni siquiera eso le valía. Su equipo de toda la vida, los tigres, habían sido humillados por el odiado club América.

Poco le duró el disgusto en todo caso.

—¿Octavio Calderón?

Se levantó y dirigió hacía la guía.

—Buenos días. Súbase al autobús que está en la esquina; el de WETOURS. Yo mientras esperaré a 2 clientes más de este hotel.

Los clientes no aparecieron por más que se les telefoneó a sus habitaciones y, tal y como habían amenazado, a las 8 y 5 emprendieron la ruta hacia Corinto. Como el hotel estaba cerca de la salida, Octavio había sido el último cliente en ser recogido.

En términos generales, la excursión para Octavio fue decepcionante. Tras una hora de camino, pararon en una estación de servicio cercana a Corinto. Ahí los turistas tenían 15 minutos para ver el canal y tomarse un café o solo realizar una de las 2 actividades según fuera su deseo. Lo que más impresionó a Octavio del famoso canal, cuya primera concepción y primeros trabajos habían sido ordenados por el mismísimo Nerón, eran sus dimensiones. Parecía un canal de juguete. De lado a lado solo medía más de 23 metros y a lo largo tenía apenas 6 kilómetros. A cada lado una majestuosa pared de piedra se erguía hasta los 50 metros de altura, pero ya más allá de sus dimensiones era bello y armonioso ver ese corte de la tierra cubierto de agua que se perdía en la distancia. Muerto el emperador, el canal quedó inconcluso, pero fue sustituido por una idea igualmente práctica que impedía dar toda la vuelta al Peloponeso para avanzar 6 kilómetros. Aprovechando que la mano de obra era muy barata en la época, por no decir gratis, llegados a ese punto los barcos eran descargados y acarreados a través del díolkos al otro lado donde eran depositados en el agua y nuevamente cargados. Finalmente, a finales del siglo XIX y con motivo de las primeras olimpiadas de la era moderna organizadas por el barón de Coubertain, se ejecutó la obra planeada en el primer siglo de nuestra era. La realización de los proyectos corrió a cargo de Ferdinand Lesseps, el mismo que creará el canal de Suez e iniciara el de Panamá. Este último no lo concluyó, pues sus cálculos iniciales fueron excesivamente optimistas. Cuando esto se supo, las acciones de la empresa encargada del canal cayeron a pique. Fue entonces cuando los directivos usaron los fondos de la empresa para falsear la realidad, corrompiendo a periodistas y políticos. A la postre, cuando el escándalo estalló, firmó la condena de muerte de la empresa francesa. No obstante, en el caso de Corinto, Lesseps retomó la idea de Nerón y el ingeniero húngaro Turr consiguió llevar a buen puerto la construcción del canal.

La contemplación del canal y la lectura de la guía que llevaba a mano, le impidieron tomarse un café. Tenía muchas ganas después de haber tomado un desayuno tan magro, pero cuando se acercó a la barra oyó la voz imponente de la guía.

—Vámonos que se nos está haciendo tarde.

El camino continúo bordeando el mar Egeo. De cuando en cuando la guía daba alguna indicación.

—Sabemos por la biblia que en este punto San Pablo embarcó para ir a Roma. Aquí pueden ver restos del muelle desde el cual San Pablo se hizo a la mar.

Si tú lo dices Chata, pensó Octavio. Era creyente, pero desconfiaba intuitivamente se esas afirmaciones categóricas, aunque nunca externaba sus dudas.

Finalmente llegaron a Epidauro con su maravilloso teatro para 17000 espectadores. En el centro de la orquesta circular, la única que queda de un teatro de la antigüedad, los turistas aplaudían al son de su guía como monos amaestrados para comprobar el eco y la perfecta acústica que se generaba en ese punto, pese a no ser el escenario de los actores, éste había desaparecido. Por lo demás, tras oír unas cuantas explicaciones, los turistas se dedicaron a sacar fotos y a subir escalones como si la visita fuese una competición atlética. Octavio sacó unas cuantas desde abajo y encaminó sus pasos hacia el museo que dejaba mucho que desear por la pobreza de medios con el que estaba dotado. Carecía de guardia por lo que, para horror de Octavio, los turistas sacaban sus fotos con flash cuando no ponían sus zarpas sobre las esculturas y las explicaciones en inglés apenas eran legibles dada la antigüedad del papel. Tras un corto recorrido por las 2 salas del museo, emprendió sus pasos hacía el parking donde había una cafetería que le permitió finalmente saciar su hambre con un sándwich mixto y un café de mucho mejor calidad que el del hotel.

Llegaron el resto de los miembros de la expedición y se subieron al bus que, en vez de llevarlos directamente a Micenas hizo una inesperada escala de 10 minutos que no venía en el programa en Nauplio, que si bien presentaba dos hermosas vistas sobre las fortalezas de Palamedes en la montaña rocosa y la de Bourtsi en pleno mar, no valía la pena de visitar. Era la típica visita trampa para invitar al turista a comprar. Por supuesto, como suele ocurrir en estas excursiones cuando se combinan con el factor shopping, no faltaron los desaprensivos que no tuvieron en consideración el tiempo que les había mencionado la guía e hicieron perder un cuarto de hora al resto. El problema consistía en que la Acrópolis de Micenas y la tumba de Agamenón cerraban sus puertas a las 3 de la tarde y ya eran las 12:45, amén de que el viaje era de media hora.

La visita a la tumba de Agamenón fue más rápida de lo acostumbrado. El nombre se lo había dado el mismísimo Schliemann que encontró magníficos tesoros en el sitio y, a diferencia de otros de sus colegas decimonónicos, los entregó al gobierno griego. No obstante, según explicó la guía, el decir que esa era la tumba de Agamenón fue un acto temerario habida cuenta de que no existía ninguna prueba de que tan célebre monarca fuese el que reposase en ese sitio. Aunque ciertamente se trataba de alguien muy importante.

“Su amor por la Iliada le hicieron adaptar la realidad a sus deseos, como suele ocurrir con los políticos”, dedujo Octavio.

Finalmente llegaron a la Acrópolis de Micenas. Tras una breve visita al museo donde se habló de la influencia de la cultura minoica y se estudió la maqueta del centro, los turistas fueron soltados como ganado salvaje para que recorrieran el conjunto. A Octavio, le llamó la atención a la entrada la famosa puerta de los leones, llamada así por las esculturas sobre el dintel en el que se ven a dos leones y un pilar. El hueco, encima del arco, donde aparecía la escultura servía también para aligerar el peso del dintel. En cambio, en la tumba de Agamenón solo se veía un hueco a la altura del dintel de igual forma triangular como el de la entrada al conjunto. Probablemente también ahí habría en otro tiempo dos leones enfrentados sobre un pilar central. De hecho, la guía les había explicado que la tumba estaba intencionadamente orientada hacia la Acrópolis lo que reforzaba la idea de que quien morara en ella había sido un jerarca de Micenas.

La mayor parte de los turistas llegaron a los restos del palacio real para sacar unas cuantas fotos —la vista era muy bella desde ese punto— y volver. No obstante, Octavio quería ver la escalera secreta por la cual los habitantes se abastecían de agua en tiempos de acoso militar. Agotado por tanto caminar, llegó al sitio. Había un cartel borroso que advertía a los turistas de no pasar, pero Octavio decidió ignorarlo. La bajada era larga; hasta 18 m, pero eso no arredró al turista que, armado de la linterna de su móvil bajó los primeros escalones. Nada más dar vuelta a la izquierda en un recodo donde desaparecía la luz, Octavio sintió como su pie se resbalaba y acto seguido dio con todo su cuerpo en el suelo. Nunca soltó el móvil temeroso de quedarse a oscuras por lo que el costalazo fue más doloroso aun al no poder meter las manos.

Eso me pasa por andar de aventurero, pensó. Mejor me regreso por donde vine antes de que me dejen solo a merced de las fieras. Como aun estaba caliente el golpe, no sintió demasiado dolor, pero tras la comida en un restaurante en el que los segundos platos se convidaban entre los comensales de la mesa, empezó a sentirlo. No obstante, pronto volverían a la capital helena.

Para su mala suerte y como no podía ser de otra manera, el autobús todavía hizo una última parada en una tienda de jarrones y objetos antiguos recién hechos. Y no conformes con tentarlos para que compraran, los turistas se tuvieron que tragar una explicación de cómo se elaboraban estas artesanías. Cuando finalmente llegaron al hotel, en plena noche, Octavio apenas se podía mover y un tremendo moratón se había formado en su costado izquierdo. Sin embargo, como no sabía si se podría entender con los farmacéuticos helenos, había traído consigo todo un botiquín médico.

Se untó de réflex la parte adolorida y media hora después decidió ir en busca de las 2 chicas que había conocido el día anterior. No obstante, sabedor de que su ausencia de dolor solo era producto de la medicina, decidió ir en taxi al Bretto’s donde había quedado. Para su desilusión no las encontró. Se sentó en un taburete y pidió su vino de resina. Tenía decidido volver al terminar la copa, pero justo en ese momento aparecieron las dos muchachas que, traviesamente, se acercaron a él y le plantaron al unísono un beso en la mejilla, una a cada lado. Esa noche giró en torno a las experiencias que habían tenido durante sus respectivas visitas. No entendía porque ellas querían estar con un abuelo como él hasta que se fue al baño. Al volver, vio a un par de chicos queriendo ligar con ellas. Al volver la alemana dijo en voz alta para que él la oyera:

My step father is coming back.

Octavio adoptó una actitud circunspecta e interrogó al joven.

Can I help you young men?

Uno de los jóvenes, cohibido, pidió un cigarro que le fue denegado ya que ninguno de los tres fumaba. Lejos de molestarse, los jóvenes franceses dieron las gracias y se retiraron del local.

Una vez lejos de su vista, los tres rompieron en carcajadas.

Así que me querían para alejar a los moscones. Bueno, estoy pasando un buen rato y eso es lo que importa.

No obstante, al cabo de un rato volvió a sentir el dolor en la pierna y, al salir del antro, apenas podía dar un paso. Fue entonces que las fuertes muchachas fueron en su ayuda sirviéndole de muletas improvisadas hasta el taxi más cercano. No conformes, lo acompañaron hasta el hotel y más concretamente a su propia habitación por más que él hizo todo lo posible por que no entraran en ella dado el desorden imperante.

You are really my angels —les dijo desde la cama a modo de despedida—. I will try to see you tomorrow at the same time.
If you don’t have any pain, please come —le dijeron como toda respuesta.

Nuevamente soñó con Estela.

—¿Qué pasó? ¿Tenías a tus dos víctimas al pie de tu lecho y las dejaste ir?
—Más bien la víctima era yo. En cualquier caso pareciera que deseas que te olvide lo más rápido posible.
—No es eso. Te veo muy solo. Me dio mucha pena verte en aquel bar sin nadie a quien hablarle. Ni siquiera al camarero. Tenías razón un viejo sólo levanta sospechas en esos medios. Por eso me da gusto que hayas conocido a esas chicas, por más que solo se trata de un acuerdo de mutua conveniencia. Ellas te hacen compañía y tú impides que se les acerquen los jóvenes.
—En cualquier caso, esto se acaba. Mañana es mi última noche aquí antes de irme a Italia. Seguramente ya nos las volveré a ver.
—Ya estamos con la mentalidad de abuelo. Para qué crees que se creó el facebook?
—Pero, ¿qué interés podrían ellas tener en un abuelo como yo? Ninguno.
—Tampoco les importaba que no pudieras caminar y sin embargo te trajeron hasta aquí. Y si te habrías dejado hasta te habrían arropado. Son buenas chicas.
—Ojalá hubieses sido tan tolerante cuando estábamos casados. Podríamos haber hecho un ménage a trois.
— En aquella época te habría cortado los huevos por la simple sugerencia.
—En eso sí te pareces a mi esposa y no a mi inconsciente que te da la voz en este sueño.
— Tú que sabrás quién soy yo.

Eran las 5 de la mañana. Estaba completamente sudado. En su afán por dormirse, acrecentado por los múltiples ouzos de la noche, se había olvidado retirar el edredón y quedarse tan sólo con la sábana como había hecho los días anteriores. Se levantó con cuidado temeroso de que se hubiera roto algo, pero notó que todo estaba bien pese a un ligero dolor. No obstante decidió que ese día se lo tomaría con calma. No quería forzar la marcha. Por ello renunció al proyecto de visitar el museo bizantino. Sí iría al templo de Zeus, el estadio Panathenaiko y el Ágora, por supuesto. Luego volvería para echarse una siesta y hacer la maleta. En la noche visitaría a sus amigas en el Bretto’s. Le encantaba la idea de irse caminando, pero dadas las circunstancias tomó un taxi hasta el estadio Panathenaiko; lugar emblemático donde se enciende la llama olímpica cada cuatro años. El estadio tenía la peculiaridad de que todas sus gradas estaban construidas en mármol. De ahí se acercó a pie al templo de Zeus, uno de los mejores conservados en medio de una gran explanada. Finalmente terminó en el ágora. Había un edificio imponente; la Estoa de Attalos, con dos hileras de columnas dóricas y jónicas sobre una extensión de unos 30 metros, mas al enterarse de que era una reproducción pagada por Rockefeller, su interés decreció. Realmente, solo quedaban ruinas de lo que en algún tiempo fue el centro político e intelectual de Atenas. No obstante, como recordatorio de un tiempo glorioso, permanecía el templo de Hephesto del V siglo antes de Cristo. Del teatro, el mercado y La Helia nada quedaba. Octavio estaba feliz de contemplar esas ruinas y ver que las ruinas de sus piernas le seguían respondiendo bien pese al costalazo del día anterior.

Finalmente, se dirigió a su hotel para preparar su maleta y dormir la siesta. Le ilusionaba la idea de volver a encontrarse con Estela en sueños. Como hombre práctico y de ciencias que era, no daba ninguna credibilidad a la teoría apariciones. Para él se trataba tan solo de una proyección de su mente. Pero también era consciente de que había empezado a olvidarla. No gran cosa, pequeños detalles de la personalidad de la que fuera su esposa durante 35 años. De algún modo, esos sueños le permitían mantenerla fresca en su memoria y aunque todo se tratase de una ilusión gozaba pensando que estaba nuevamente al lado de la mujer de su vida. Bien es cierto que en las mañanas al despertar y darse cuenta de que estaba solo en un hotel de Atenas, dos pequeñas lágrimas acariciaban sus mejillas. Pero inmediatamente, se reprendía a sí mismo por su sentimentalismo infantil.

Esa tarde, no obstante, Estela no apareció o al menos no lo recordó al despertarse. En cambio, soñó que estaba atrapado en un laberinto y solo para salir tenía que seguir el rastro de una desproporcional melena. Al principio todo era confuso. El laberinto tenía muchos recovecos por lo que Octavio apenas podía ver a un metro de distancia. No obstante, conforme más avanzaba, la mata de pelo se iba adelgazando. Finalmente, vio la cabeza de la Rapunzel-Ariadna de sus sueños, que no resultó ser otra que la chica coreana. Iba a ponerle la mano en el hombro cuando la oyó gritar.

Watch out. The minotaur.

Se despertó sobresaltado y molesto por no haber visto venir a la bestia. No obstante, tras ordenar someramente sus cosas y cerrar la maleta usando la técnica del elefante; o sea sentándose encima, decidió ir a pie al encuentro de sus dos jóvenes amigas. Esa noche las invitaría a cenar a modo de despedida.

Se sentía tan bien que no dudó en irse a pie hasta el bar. Curiosamente la calle Stadiou tenía el paso cortado por la policía. No lo dudó y se fue a El Venizelou; la paralela. A la altura de la Universidad distinguió una gran manifestación por la acera. Los de adelante portaban banderas rojas con la foto de un muchacho joven. No obstante las consignas no eran canciones con estribillos pegadizos, sino más bien gritos. No entendía nada, pero intuía que se trataba de insultos. Los manifestantes seguían avanzando y ya se podía distinguir el fin de la procesión. A unos 100 metros de los manifestantes se encontraban los antidisturbios que avanzaban al mismo paso que los quejosos. De pronto, Octavio vio como los antidisturbios alzaban sus escudos para evitar el impacto de una piedra proveniente del lado de los manifestantes. Aquello se convirtió en un inferno en un solo momento. A esa primera piedra le siguieron muchas más e incluso cocteles molotov. Los antidisturbios cargaron. Octavio, tenía miedo, pero como él no estaba mezclado con los manifestantes pensó que no le pasaría nada. Craso error. Los manifestantes rompieron su orden para escapar por las calles adyacentes. Uno de ellos, fue alcanzado por una bola de goma y cayó al lado de Octavio. Acto seguido llegó un antidisturbios para arrestarlo y temiendo que Octavio lo atacase soltó la porra sin fijarse de quien se trataba. El golpe fue certero y de la cabeza de Octavio empezó a manar un chorro de sangre. Iba a seguir el guardia en su labor cuando vio la guía de la ciudad en las manos de Octavio y refrenó su impulso. Aprovechando que sus compañeros ya habían dispersado a los más rijosos, el guardia mandó llamar una ambulancia.

Pese al golpe, Octavio se mantenía lúcido e insistió en que sólo se le vendara la cabeza. Quería ir a ver a sus amigas, pero nada más dar unos cuantos pasos sintió un mareo que le hizo desistir de su proyecto inicial. Como pudo, llegó a la plaza Syntagma donde tomó el metro. Una señora de mediana edad dio orden a su hijo de que le cediera el asiento, tras verle el vendaje. Salió a trompicones del vagón y una pareja joven se ofreció a ayudarlo a llegar al hotel. En otro momento, habría rechazado la ayuda, pero no tenía opción. En recepción el personal del hotel se dispuso a escoltarlo a la habitación. Agradeció a los jóvenes griegos su amabilidad y se dejó llevar en volandas al cuarto. Nada más llegar sintió su móvil pitar.

Where are you? Escribía la joven alemana.

Por respuesta tan solo mandó una foto con su cabeza vendada. Después les aseguró que estaba bien y que por esa noche les daba permiso para que salieran a ligar con jóvenes.

Get better. Thank you grandpa dieron por respuesta acompañado de unos emoticonos de risa.

Finalmente, Octavio se despidió de ellas diciendo que le habían alegrado la visita y que lamentaba no poder volver a verlas.

Ahora sí me amolaron estas muchachas. Abuelo. Así me ven de fastidiado a mis 60 años. En fin esperemos que en Roma no me lleve tantos golpes y espero no soñar con Estela esta noche. No estoy de humor para aguantar burlas. Sin embargo, no tuvo suerte.

—Tranquilo. Solo vengo a inquirir por tu estado de salud. Ahora sí te sacaron el mole.
—Ya me ves postrado y vencido.
—Eso te pasa por jugar al rebelde. ¿Es que acaso no aprendiste nada del 68? A la mínima perturbación de la fuerza hay que salir por patas.
—Estás hablando del siglo pasado. Patas ya no tengo y menos aún con el costalazo de anteayer.
—Tienes razón. Descansa abuelo.
—Tu sigue y cuando nos veamos te vas a enterar.
— Ay qué malote, mira cómo tiemblo.
— Yo nomás aviso. Luego no llores.

Al día siguiente salió temprano al aeropuerto. Como el viaje era largo y encima había tráfico, decidió conversar con el taxista que le explicó que la manifestación del día anterior era en memoria de un chico joven ultimado por la policía en una manifestación el año anterior.. Desafortunadamente, grupos radicales se mezclaban a la manifestación pacífica y se enfrentaban a la policía con actos vandálicos. El conductor también le explicó porque era tan difícil encontrar un taxi los sábados en la noche en Atenas. No era conveniente conducir de noche los fines de semana, ya que los jóvenes salían de fiesta con sus coches sin importarles poner en peligro sus vidas y las de los demás tras haber bebido unas cuantas copas. Sin embargo, salvo que hubiera un muerto, un conductor borracho no iba a la cárcel. Éstas estaban saturadas que no se podían permitir el ingreso de cuanto borrachuzo loco hubiere. Y en el pasado la cosa era peor, ya que si uno chocaba con un conductor ebrio, el seguro no pagaba los daños hasta que no hubiese terminado el juicio y se hubiera demostrado la culpa del amante de las bebidas espirituosas. En una ocasión, el taxista había tenido un accidente y habían tenido que llamar al padre del joven juerguista para que lo supliera como conductor, ya que en caso de que se tratase de un accidente normal, entonces el seguro pagaba inmediatamente. Eso sí, el padre le cruzó la cara del joven nada más llegar.

Finalmente llegaron al aeropuerto. El taxista le bajó las maletas y le consiguió un carrito mientras que Octavio sacaba un billete de 50 euros de los cuales solo 5 le sobraron. Tras facturar se dirigió a una cafetería. Recordó a su abuela que consideraba de muy mal gusto llevarse equipaje a bordo.

—Yo llego a mi sitio y me siento con mi bolsa entre las piernas, no como esos contorsionistas que más de una vez te golpean, cuando acarrean sus maletas y luego se ponen colorados para subirlas al espacio reservado para el equipaje de mano.

Era otra época. Tan sólo habían 25 millones de turistas en el mundo y volar en avión era un signo riqueza. En broma, la abuela solía decir que no había nada mejor que morir en un vuelo, ya que todos los pasajeros eran gente decente e iban vestidos con sus mejores galas. Por supuesto, no había vuelos low cost, facturar 2 maletas era gratis y se comía durante el trayecto, amén de ver por lo menos una película. Eran otros tiempos y su familia era próspera entonces. En parte tanto viaje de la abuela había mermado la fortuna familiar. En esas cavilaciones estaba cuando sintió que un par de manos le tapaban los ojos. No lo dudó.

—¡Kim!, ¡Frida!
You are right. we are going to Amsterdam.
I was very sad of not saying goodbye to you. I’m very glad to find you here.

Después de bromear un rato sobre lo bien que le quedaba el vendaje y acerca del antro de perdición al que ellas se dirigían, llegó la hora de la separación.

Se abrazaron los tres y ellas le dieron un beso en ambas mejillas.

Octavio llegó a la sala cuando empezaban el abordaje. Haciendo un poco de teatro, se acercó con paso dubitativo al mostrador con su pasaporte y pase de abordaje. Le preguntaron si estaba bien y él respondió que le costaba mantenerse en pie mucho tiempo. La azafata le echó una mirada escéptica, pero finalmente le permitió pasar.

Nada más despegar se sentó al lado de la ventanilla. Desde pequeño le gustaba ver el extenso mar o los paisajes terrestres desde arriba. Conforme se acercaban a la pista empezó a sentir una modorra cada vez más profunda. Antes de dormirse echó una mirada por la ventana. Apenas llevaban unas centenas de metros de ascenso. Se veía perfectamente la ciudad de Atenas. Cerró los ojos y se durmió. Al cabo de un rato empezó a sentir un gran trasiego de gente.

—¡Ayuda! Un doctor —gritaba un turista italiano.
—Sabía que tenía que haber dejado a ese anciano en tierra –decía la azafata en griego.
—Joder ahora vamos tener que volver a tierra —dijo molesto un chico ucraniano.

Octavio sabía que esas personas hablaban en distintos idiomas, pero lo escuchaba todo en español. Volteó a ver a la ventanilla. Frente a él estaba el monte Olimpo y en su parte superior distinguió a una mujer con una túnica y una corona de laurel. Era Estela. Había llegado la hora de bajarse del avión y reunirse para siempre con su amada.

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