Entrevista a Diego Maenza

Francisco José Segovia Ramos





P: ¿Cómo te presentarías ante un lector que desconozca tu obra y a ti?

D.: Considero que cuando se trata de literatura, es la obra la que debe hablar por el autor. Como respuesta, hablaré de mi escritura, y de pronto termino descubriendo algo más en el proceso. Trato de que mi literatura no se encasille y de que explore variados registros. Me siento cómodo haciendo cosas diferentes. He escrito novelas de temáticas duras, como Estructura de la plegaria, que explora los límites de la moral en la vida de un sacerdote y de una monja, o Todas las cartas de amor son ridículas, una parodia de las novelas románticas. Son libros crueles, a su manera, donde se pone en evidencia la pederastia, el aborto, la violencia sexual; pero también he escrito otros más festivos como Caricreaturas, híbrido de poesía y prosa, de poema y cuento, que busca el juego con el lenguaje; Bestiario americano, que tantea las posibilidades filosóficas dentro de la poesía, muy en el camino de Diálogos del conocimiento de Vicente Aleixandre; o IdentidadesyEngendros, dos cuentarios que se perfilan en la línea de la literatura fantástica, aunque no terminan de encajar de pleno en esta definición, pero que se sirven de sus premisas. Lo que sí tengo claro, es no repetirme como escritor. Si he descubierto ciertas fórmulas para la escritura de esos libros, trato de desecharlas para los trabajos que están en marcha, e intentar encontrar o descubrir nuevas maneras de narrar o nuevas propuestas para plantear a los lectores. Creo que es una premisa que conservo y trato de mantener.


P: Como escritor iberoamericano que eres ¿qué piensas del realismo fantástico? ¿Es la literatura americana en castellano la que mantiene todavía el idioma en primer nivel mundial?

D.: Creo en la literatura sin distinción de géneros. En toda categorización existirán tanto obras buenas como obras irrelevantes, o que de pronto despierten alguna significación en determinado contexto y tengan resonancia, pero que no soportarían el paso de la Historia. La literatura latinoamericana tuvo un momento de vigor con obras que los críticos adscribieron a una determinada estética escritural, pero no tanto por su singular naturaleza como por consideraciones de mercado. Quizá fue la confluencia de ambos factores. Nadie resta los méritos de estas obras, pero la literatura latinoamericana desde siempre ha sido más que eso. De hecho, la eclosión del denominado realismo fantástico o realismo mágico no hizo más que minimizar otras propuestas mucho más audaces, que nadaron a contracorriente de estas modas, y que quedaron invisibilidades. Tampoco me alío al bando que desdeña esta literatura, o que la toma como la Hidra de mil cabezas a la que debemos decapitar, pues creo que de una u otra forma al final del día es la literatura que nos ha configurado a las nuevas generaciones, sea como canon o como agón. Hoy, con la distancia adecuada, es tiempo de poner cada literatura a su lugar.
Con respecto a la segunda pregunta, es un tanto compleja. Y como en todo debate, habrá que tomar bando, se quiera o no. La escritura de América Latina es variada y generosa en propuestas; no obstante, a mi apreciación no considero que la literatura hecha en España sea de menor calado. Cada una tiene sus virtudes y explora sus propios espacios narrativos, pero no hay que omitir que vista desde una panorámica más amplia, la literatura latinoamericana se configura sobre un territorio más vasto donde concluyen diferentes visiones y culturas que comparten un mismo sentir. Y esto enriquece cualquier propuesta literaria. Podrá sonar como una perogrullada, pero sin las obras latinoamericanas, indudablemente, el idioma español no sería tan rico. Pese a todo lo señalado y distanciándome de los puristas, me arriesgo, y al final digo que sí, la literatura americana ha contribuido de manera robusta a mantener con salud el idioma.


P: Y, ya que hemos hecho referencia a la literatura pasada y actual ¿qué escritores te han marcado literariamente? ¿Hay influencias de ellos en tu obra?

D.: Indudablemente. Podría nombrar a muchos y varios se quedarían fuera. Dostoievski me enseñó la vitalidad de los personajes y la construcción de mecanismos psicológicos complejos. Joyce me aportó una visión global de la obra y la configuración de una infraestructura novelística. Y Katherine Mansfield la paciencia en la construcción del detalle. Nombro a los más evidentes y a quienes  considero que se mantienen presentes. A veces es difícil rastrear estas apropiaciones, porque todo el bagaje que uno acumula viene determinado por las propias lecturas; y ciertos estilos, técnicas, temas, a veces se manifiestan en la escritura de forma muy subterránea.
Podría aventurar una afirmación: considero que mis relatos son una extraña mezcla entre Mansfield y Borges. Son dos autores que temática y estilísticamente se encuentran en las antípodas, pero trato de aprovechar y beber de esas dos vertientes. Es de cierto modo una controversia creativa estimulante. Esto no aplica a mis novelas, que son de marcado carácter realista, sin eludir ciertas licencias literarias que me gusta acoplar. Estoy hablando exclusivamente de mis relatos, que sin adscribirse de lleno a los géneros, plantean un juego con ellos, y buscan un vuelo fantástico, sin despegarse, a su vez, de lo más cotidiano.
Sin embargo, creo que las influencias se mueven al ritmo de las lecturas. Uno es escritor por lo que lee, y si bien aquellas obras han aportado el influjo bajo el que se ampara mi escritura, podrían quedar obsoletas al abordar nuevas estéticas. Siempre estoy abierto a ello.


P: Eres un escritor de tu época, y viene una pregunta recurrente ¿en qué puede afectar la pandemia de la COVID19 al mundo literario, tanto en la producción como en la creación y edición?

D.: Está afectando de manera muy fuerte al sector editorial, y esperemos que se recupere pronto. Las librerías son las más afectadas. Ha sido un golpe duro. No obstante, noto que de esta crisis están saliendo propuestas creativas para mover los libros, y muchas de las pequeñas librerías se están reinventando, y eso es bueno tanto para el mercado librero como para generar interés en los lectores, ante el auge de alternativas como el libro electrónico, que ha sido muy bien explotado por las grandes cadenas editoriales.
Soy un defensor acérrimo del libro electrónico, porque de cierto modo democratiza el conocimiento y el acceso a la cultura tanto en contextos como los de confinamiento de hoy en día, como por su cobertura a sectores de la periferia. Pero también soy de la opinión de que tanto libro electrónico como impreso trabajan bajo lógicas en cierto sentido complementarias.
Con respecto a la creación, al menos en mi caso, no ha sido época propicia para crear, aunque sí para ordenar ciertas lecturas.


P: Y dentro de esa “ordenación” de lecturas ¿dónde quedan tus proyectos futuros? ¿Puedes decir algo sobre ellos?

D.: Tengo proyectos que están planteados a largo plazo, tanto en poesía como en narrativa. Sé que me tomarán algunos años, y no tengo prisa en forzarlos. Estoy empapándome de información, que durante el proceso veré de qué forma puede ser utilizada.
Por el momento, me encuentro enfocado en la difusión de mi última novela Todas las cartas de amor son ridículas que ya ha sido publicada y que viene acompañada de traducciones al inglés, portugués, italiano y alemán; y también en la difusión de mi primera novela Estructura de la plegaria que está siendo traducida a varias idiomas, entre ellos el ruso.


P: ¿Cómo planeas tus proyectos? ¿Eres un autor meticuloso hasta el último detalle o dejas mucho a la intuición y la improvisación?

D.: No puedo trabajar sin antes saber hacia dónde debo llegar. Con ese conocimiento previo marco el ritmo de mi trabajo. Tampoco podría escribir sin haber fijado un punto de partida. Es más, admiro mucho a quienes pueden trabajar con esa libertad creadora de una intuición pura que marque un ritmo en muchos casos sin control. Pero lastimosamente soy muy obsesivo con la forma. Debo configurar una infraestructura acorde a la historia, pero sin permitir que la opaque. Esto lo aprendí de Joyce. Pero entre ese planteamiento del problema y la búsqueda de las soluciones narrativas adecuadas, existe mucho de ese fluctuar donde interviene en gran medida la intuición. Es decir que una vez definido el camino, son otros los materiales que se imponen, mucho más maleables, menos rígidos que una arquitectura narrativa acartonada. Son los personajes los que enseñan y los que guían, quienes definen su propio destino. Uno debe aprender a escucharlos. Ellos son los que mandan.


P: Y en cuanto a los lectores, a tus lectores ¿Escribes pensando en sus posibles gustos o te aferras a los tuyos y sigues tu camino pese a quien pese?

D.: Horacio Quiroga afirmaba que el escritor no debe pensar en el impacto que causará la historia, sino involucrarse en la misma como si de otro personaje más se tratara. No de otro modo se obtiene vida en la narración. He intentado apegarme a esa consigna tanto en el cuento como en la novela.


P: ¿Toman vida los personajes, y se escapan, algunas veces, de las manos del autor, o es todo una leyenda romántica de los escritores?

D.: Me parece que hay algo de cierto en aquello. Si bien el autor sostiene la potestad del control general de lo que narra, existen ciertas circunstancias, ciertos pensamientos, ciertas sensaciones, como te decía anteriormente, en las que debemos saberlos escuchar, y en ocasiones es el autor quien debe guiarse por estos.


P: Y para finalizar esta entrevista ¿qué espera Diego Maenza de su trayectoria como escritor? ¿Te planteas objetivos concretos o no te marcas ninguna meta definida?

D.: Quizá suene muy pretensioso, pero al final del día es una verdad concreta: desde mi juventud me planteé el riesgo, el reto, el anhelo, el deseo personal (llámenle como gusten) de ser escritor, independientemente de las labores adicionales que he debido realizar para lograrlo y sostenerlo. Lo asumí como un estilo de vida, y es algo que se disfruta pero que también se padece (la angustia de la literatura, al decir de Jorge Enrique Adoum), y para ser sincero no sabría cuantificar en qué proporción se manifiesta cada una de estas dentro del oficio.
Ha sido una lucha contra todo y todos, porque desde fuera te imponen normas y comportamientos que debes seguir para sobrevivir en sociedad como una persona “normal”, directrices que terminas desechando para dedicarte a lo que realmente te apasiona y que en verdad te mantiene vivo.
Pienso continuar desarrollando mis proyectos de escritura, mi universo de creación propio, y promover mis obras, y para ello se requiere paciencia y rigor, pero también riesgo, atreverse a explorar otros caminos tanto en el trabajo interno de escritura como en la difusión de las obras. No me incomoda trabajar para promover mis escritos, porque me parece una labor en muchos casos grata, sobre todo cuando se entra en contacto con los lectores. Y promover mis obras es una forma de tenerle respeto a mis creaciones. No lo veo como un acto impúdico, aunque tampoco como un acto de heroísmo.
En todo caso, llegando a tu pregunta, sí, mis proyectos son a futuro, tanto en mis perspectivas como escritor como en mi obra propiamente dicha. Y son proyectos que se están fundamentando en bases sólidas y que estoy seguro que llegarán a buen término.
Finalmente, Francisco, agradezco tu paciencia e interés durante estos gratos días en los que hemos mantenido este ameno intercambio.

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