CANIBALISMO RITUAL: “Reescritura o técnica de sadomasoquismo”

José Luis Barrera

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Del oficio de escribir se ha dicho casi todo, por eso yo prefiero hablar de la reescritura, aunque en esta como en aquella, hay dosis tremendas de sadomasoquismo ―al fin y al cabo, son métodos para destriparse.

Sin embargo, la técnica en cada uno es distinta: en el primero, el dolor resulta de la creación, de dar a luz historias, ideas, personajes, y, como todo parto, implica romperse un poco ―o mucho―; en el segundo, el sufrimiento tiene que ver con matarse y matar a lo creado con una sola daga, es un pecado nefando porque se trata de suicidio y asesinato a un tiempo.

El artista, no importa cuál sea su especialidad, es un tipo que pasa su vida creando para no morir. Sus obras son parte de una lucha desesperada en contra de Átropos, la parca que corta el hilo de la existencia; pretende perennizarse sobre un papel o un lienzo porque sabe que la carne se pudre rápido y degenera en olvido. Entonces sus obras son, al mismo tiempo, hijos y pedazos de sí mismo.

En el momento en que un artista asume la tarea de crear, se arranca miembros y los remienda en esa creatura que, antes, era únicamente imaginación.

Igual que el doctor Frankenstein, la idealiza, mas, pronto comprende que se trata de un monstruo sobre el que no tiene control y solo ve una solución: destruirlo.

En ese instante empieza el crimen. Justificado desde luego, pero crimen al fin. El creador que se ha destripado para armar un ser, decide matarlo e incinerar todo, incluso sus propios despojos para, con las cenizas, volver construir. Después del suicidio-asesinato pasará días, meses y, a veces, años, tratando de rehacer. En muchas ocasiones, sobrevendrán nuevos crímenes ―el «Fausto» de Goethe fue un trabajo de toda la vida—, nuevas crisis, y en cada una —a diferencia de la primera creación, donde lo que imperaba era la absurda seguridad de un logro alcanzado— el miedo a la derrota será mayor.

Aunque suena terrible, esta es la savia del verdadero artista, pues el inconformismo es lo que lo llevará a encontrar su camino. Quizá no la meta, mas sí el derrotero a seguir. Y eso ya es bastante.

Crear, sin duda, es maravilloso, pero también terrible. Es un acto cargado de alegrías y arrepentimientos —como engendrar—, pero esa inseguridad es parte del viaje, es lo que vale del viaje. Balzac y Flaubert pasaban meses corrigiendo frases, palabras o letras, desesperando incluso a sus editores porque, leales al oficio de suicidas, sabían que si el sastre muestra sus costuras es porque no tiene talento.

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