Adán y Eva en el Paraíso (I)

Eça de Queiroz

I

Adán, padre de los hombres, fue creado el día 28 de octubre, a las dos de la tarde…

Así lo afirma, con majestad, en sus Annales Veteris et Novi Testamenti, el muy docto y muy ilustre Usserius, obispo de Meath, arzobispo de Armagh y canciller mayor de la catedral de San Patricio.

La tierra existía desde que la luz se hiciera, el 23, en la mañana de todas las mañanas. Pero ya no era esa tierra primordial, parda y mole, encharcada en aguas embarradas, asfixiada en una niebla densa, irguiendo, aquí y allí, rígidos troncos de una sola hoja y de un solo brote, muy solitaria, muy silenciosa, con una vida toda escondida, apenas sordamente revelada por el removerse de bichos oscuros, gelatinosos, sin color y casi sin forma, creciendo en el fondo de los lodos. ¡No! Ahora, durante los días genesíacos del 26 y 27, toda ella se había completado, se había abastecido y se había adornado, para acoger condignamente al Predestinado que llegaba. El día 28 apareció ya perfecta, perfecta, con las provisiones y alhajas que la Biblia enumera, las hierbas verdes con espiga madura, los árboles próvidos del fruto entre la flor, todos los peces nadando en los mares resplandecientes, todas las aves volando por los aires aclarados, todos los animales pastando sobre las colinas exuberantes, y los regatos regando, y el fuego almacenado en el seno de la piedra, y el cristal, y el ónice, y el oro incomparable del país de Hevilat…

En aquellos tiempos, amigos míos, el sol todavía giraba alrededor de la tierra. Ella era joven y hermosa y preferida de Dios. Él todavía no se había sometido a la inmovilidad augusta que le impuso más tarde, entre enojados suspiros de la Iglesia, el maestro Galileo, apuntando un dedo desde el fondo de su pomar, próximo a los muros del convento de San Mateo de Florencia. Y el sol, amorosamente, corría en derredor de la tierra, como el novio de los Cantares, que, en los lascivos días de la ilusión, sobre el collado de la mirra, sin descanso y saltando más levemente que los ciervos de Galaad, circundaba a la bienamada, la cubría con el fulgor de sus ojos, coronado de sal gema, chispeando de fecunda impaciencia. Pues desde esa alborada del día 28, según el cálculo mayestático de Usserius, el sol, muy joven, sin pecas, sin arrugas, sin fallos en su flamante cabellera, había envuelto a la tierra, durante ocho horas, con una continua y no saciada caricia de calor y de luz. Cuando la octava hora centelleó y huyó, una emoción confusa, hecha de miedo y hecha de gloria, sobrevoló toda la Creación, agitando con un estremecimiento los céspedes y las frondas, poniendo de punta el pelo de las fieras, hinchando el dorso de los montes, apresurando el borbotear de los hontanares, arrancando a los pórfidos un brillo más vivo… Entonces, en un bosque muy cerrado y muy tenebroso, cierto ser, desprendiendo lentamente la garra de la rama de árbol en la que se había encaramado toda esa mañana de largos siglos, resbaló por el tronco comido de hiedra, posó sus dos patas en el suelo que el musgo ahuecaba, se apoyó sobre las dos patas con esforzada energía, y quedó erecto, y extendió los brazos libres, y lanzó un paso fuerte, y sintió su falta de semejanza con la animalidad, y concibió el deslumbrado pensamiento de que era, ¡y verdaderamente fue! Dios, que lo había amparado, en ese instante lo creó. Y vivo, con vida superior, bajado de la inconsciencia del árbol, Adán caminó hacia el Paraíso.

Daba miedo. Un pelo crespo y lustroso cubría todo su grueso, macizo cuerpo, escaseando apenas alrededor de los codos, de las rodillas toscas, en las que el cuero aparecía curtido y del color del cobre fosco. Del achatado, huidizo cráneo, marcado por las arrugas, rompía una guedeja rala y rojiza, erizada sobre las orejas agudas. Entre las romas quijadas, en la enorme hendidura de los labios trompudos, estirados en hocico, las presas relucían, afiladas reciamente para rasgar la fibra y triturar el hueso. Y bajo las arquerías sombríamente hondas, que una felpa hirsuta orlaba como un zarzal orla el arco de una caverna, los ojos redondos, de un amarillo de ámbar, sin cesar se movían, temblaban, desorbitados de inquietud y de espanto… ¡No, no era bello, nuestro padre venerable, esa tarde de otoño, cuando Jehová lo ayudó con cariño a bajar de su árbol! Aunque, en esos ojos redondos, de fino ámbar, incluso a través del temblor y del espanto, relucía una belleza superior: la energía inteligente que lo iba llevando con torpeza, sobre las piernas arqueadas, fuera de la mata en que había pasado su mañana de largos siglos dando saltos y alaridos por encima de las ramas altas.

Pero (si los compendios de antropología no nos engañan) los primeros pasos humanos de Adán no fueron inmediatamente encaminados, con alacridad y confianza, hacia el destino que lo esperaba entre los cuatro ríos del Edén. Entorpecido, envuelto en las influencias del bosque, aún despega con dificultad la pata de entre el hojoso suelo de helechos y begonias, y gustosamente se roza con los pesados racimos de flores que le lloviznan el pelo, y acaricia las largas barbas de liquen blanco colgando de los troncos de roble y de teca en donde había gozado las dulzuras de la irresponsabilidad. En los ramajes que tan generosamente, a través de tan largas edades, lo nutrieron y lo mecieron, todavía coge las bayas zumosas, los renuevos más tiernos. Para trasponer los regatos, que por todo el bosque relucen y susurran después de la sazón de las lluvias, todavía se cuelga de una recia liana, entrelazada de orquídeas, y se balancea, y arquea el salto, con pesada indolencia. Y sospecho bien que, cuando la brisa susurrase por la espesura, cargada con el olor templado y acre de las hembras acuclilladas en las cimas, el padre de los hombres todavía dilataría sus hocicos chatos y soltaría del pecho felpudo un gruñido ronco y triste.

Pero camina… Sus pupilas amarillas, en las que chispea el querer, sondean, fuera de las órbitas, a través del ramaje, buscan más allá el mundo que desea y recela, y al que siente ya el zumbido violento, como todo hecho de batalla y rencor. Y, a la manera en que la penumbra de las hojarascas clarea, va surgiendo dentro de su cráneo bisoño, como una alborada que penetra en una madriguera, el sentimiento de las formas diferentes y de la vida diferente que las anima. Esa comprensión rudimentaria sólo le trajo a nuestro venerable padre turbación y terror. Todas las tradiciones, las más orgullosas, están de acuerdo en que Adán, en su entrada inicial por las llanuras del Edén, tembló y gritó como criaturita perdida en una verbena turbulenta. Y bien podemos pensar que, de todas las formas, ninguna le producía más pavor que la de esos mismos árboles en los que había vivido, ahora que los reconocía como seres tan diferentes de su ser e inmovilizados con una inercia tan contraria a su energía. Liberado de la animalidad, de camino hacia su humanización, la arboleda que le había servido de cobijo natural y dulce sólo le parecería ahora un cautiverio de degradante tristeza. Y esas ramas tortuosas, estorbando su marcha, ¿no serían brazos fuertes que se extendían para entusiasmarlo, izarlo, retenerlo en las cimas frondosas? Ese enramado susurrante que lo seguía, compuesto del desasosiego irritado de cada hoja, ¿no era la selva entera, alborotada, reclamando a su secular morador? De tan extraño miedo nació quizás la primera lucha del hombre con la naturaleza. Cuando una rama alargada lo rozase, seguramente nuestro padre lanzaría contra ella sus garras desesperadas para repelerla y escapar. Con estos bruscos ímpetus, ¡cuántas veces se desequilibró y sus manos fueron a dar desamparadamente sobre el suelo de matorral o de roca, de nuevo precipitado en la postura bestial, retrogradando a la inconsciencia, entre el clamor triunfal de la floresta! ¡Qué angustioso esfuerzo entonces para levantarse, recuperar la actitud humana, y correr, con sus brazos felpudos despegados de la tierra bruta, libres para la obra inmensa de su humanización! Esfuerzo sublime, en el que ruge, muerde las raíces detestadas y, ¿quién sabe?, levanta ya sus ojos de ámbar lustroso hacia los cielos, en donde, confusamente, siente que Alguien lo está amparando, y que en realidad lo levanta.

Pero, de cada una de esas caídas modificantes, nuestro padre resurge más humano, más nuestro padre. Y ya hay conciencia, presa de la racionalidad, en los resonantes pasos con que se arranca a su limbo arbóreo, despedazando las enredaderas, hendiendo el bravío follaje, despertando a los tapires adormecidos bajo setas monstruosas, o espantando algún oso joven y descarriado que, las patas contra un olmo, chupa, medio borracho, las uvas de ese harto otoño.

En fin, Adán emerge del bosque oscuro, y sus ojos de ámbar se cierran vivamente con el deslumbramiento en que lo envuelve el Edén.

Al fondo de esa cuesta, en donde se había parado, resplandecen vastas campiñas (si las tradiciones no exageran) con desordenada y sombría abundancia. Lentamente, a través, un río corre, sembrado de islas, encharcando, en fecundos y explayados remansos, las verduras donde ya quizás crece la lenteja y se esparce el arrozal. Rocas de mármol rosado relucen con un rubor caliente. De entre bosques de algodoneros, blancos como crespa espuma, suben oteros cubiertos de magnolias, de un esplendor aún más blanco. Más allá, la nieve corona una sierra con un radiante nimbo de santidad y escurre, por entre los flancos despedazados, en finos flecos que refulgen. Otros montes asaetean mudas llamaradas. Del borde de rígidas escarpas cuelgan perdidamente, sobre profundidades, palmerales desgreñados. Por las lagunas, la bruma arrastra la luminosa blandura de sus encajes. Y el mar, en los confines del mundo, centelleando, lo encierra todo, como un aro de oro. En este fecundo espacio toda la Creación se sacude, con la fuerza, la gracia, la bravura vivaz de una mocedad de cinco días, todavía caliente de las manos de su Creador. Profusos rebaños de aurochs pelirrojos pastan, majestuosamente, enterrados en las hierbas, tan altas que en ellas desaparecen la oveja y su cordero. Temerosos y barbudos uros, peleando contra gigantescos venados, entrechocan cuernos y astas con el seco fragor de robles que el viento raja. Un bando de jirafas rodea una mimosa y va despedazando, delicadamente, en las trémulas cimas, las hojitas más tiernas. A la sombra de los tamarindos reposan disformes rinocerontes, bajo el vuelo apresurado de pájaros que les catan servicialmente los vermes. Cada lanzamiento de tigre causa una desbandada furiosa de ancas, y cuernos, y crines, en donde, más cierto y más leve, se arquea el salto grácil de los antílopes. Una recia palmera se dobla completamente al peso de la boa que se enrosca en ella. Entre dos peñascos, a veces, aparece, con una profusión de melenas, el rostro magnífico de un león que, serenamente, mira al sol, la inmensidad radiante. En el remoto azul, enormes cóndores duermen inmóviles, con las alas abiertas, entre el surco níveo y rosáceo de las garzas y de los flamencos. Y frente a la cuesta, en un alto, entre el matorral, pasa, lenta y montañosa, una recua de mastodontes, con las rudas crines del dorso erizadas al viento y la trompa bamboleando entre sus dientes, más curvos que hoces.

Así vetustísimas crónicas describen el vetustísimo Edén, que era en las campiñas del Éufrates, quizás en la trigueña Ceilán, o entre los cuatro claros ríos que hoy riegan Hungría, o incluso en estas tierras benditas en las que nuestra Lisboa calienta su vejez al sol, cansada de proezas y de mares. ¿Pero quién puede garantizar estos bosques y estos bichos, pues desde ese día 25 de octubre, que inundaba el Paraíso de esplendor otoñal, ya pasaron, muy breves y muy llenos, sobre el grano de arena que es nuestro mundo, más de siete veces setecientos mil años? Sólo parece cierto que, ante Adán horrorizado, un gran pájaro pasó. Un pájaro gris, calvo y pensativo, con las plumas desgreñadas como los pétalos de un crisantemo, que saltaba pesadamente sobre una de las patas, levantando en la otra, bien agarrado, un manojo de hierbas y ramos. Nuestro padre venerable, con la fosca faz fruncida, en el doloroso esfuerzo de comprender, se pasmaba ante aquel pájaro, que, al lado, al abrigo de las azaleas en flor, acababa muy gravemente la construcción de una cabaña. ¡Vistosa y sólida cabaña, con su suelo de greda bien alisado, ramas fuertes de pino y haya formando estacas y vigas, un techo seguro de hierba seca, y en la pared de enredaderas bien liadas, el desahogo de una ventana!… Pero el padre de los hombres, esa tarde, todavía no comprendió.

Después, caminó hacia el ancho río, desconfiadamente, sin alejarse del lindero del bosque acogedor. Lento, olfateando el olor nuevo de los gordos herbívoros de la planicie, con los puños reciamente cerrados contra el pecho peludo, Adán va jadeando entre el apetito de aquella resplandeciente naturaleza y el terror de los seres nunca avistados que la abarrotan y atruenan con tan fiera turbulencia. Pero dentro de él burbujea, no cesa, el sublime naciente de la energía, que lo impele a desentrañar la crasa brutalidad y a ensayar, con esfuerzos que son casi penosos, porque son ya casi lúcidos, los dones que establecerán su supremacía sobre esa naturaleza incomprendida y lo liberarán de su terror. Así, con la sorpresa de todas aquellas inesperadas apariciones del Edén, reses, pastos, montes nevados, inmensidades radiantes, Adán suelta roncas exclamaciones, gritos con los que se desahoga, voces tartamudas, en que por instinto reproduce otras voces, y bramidos, y tonadas, e incluso el bullicio de las criaturas, e incluso el estruendo de las aguas despeñadas… Y estos sones quedan ya en la oscura memoria de nuestro padre unidos a las sensaciones que se los arrancan, de suerte que el alarido áspero que se le había escapado al encontrarse un canguro con su nidada embolsada en el vientre, de nuevo resonará en sus labios trompudos cuando otros canguros, huyendo de él, adelante se embreñen en la sombra negra de los caneleros. La Biblia, con su exageración oriental, cándida y simplista, cuenta que Adán, nada más entrar por el Edén, asignó nombres a todos los animales y a todas las plantas, muy definitivamente, muy eruditamente, como si compusiese el lexicón de la Creación, entre Buffon, ya con sus puños, y Linneo, ya con sus gafas. ¡No! Eran apenas gruñidos, roncos pero verdaderamente augustos, porque todos ellos se plantaban en su conciencia naciente como las toscas raíces de esa palabra por la cual verdaderamente se humanizó, y fue después, sobre la tierra, tan sublime y tan burlesco.

Y bien podemos pensar, con orgullo, que, al bajar la margen del río edénico, nuestro padre, compenetrado de lo que era, ¡y cuán diverso de los otros seres!, ya se afirmaba, se individualizaba, y golpeaba su pecho sonoro, y rugía soberbiamente: «¡Eheu! ¡Eheu!». Después, alargando sus ojos relucientes por aquella larga agua que corría calmamente para allá, intenta ya exteriorizar su espantado sentimiento de los espacios y rezonga con pensativa codicia: «¡Lhlâ! ¡Lhlâ!».

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II

Tranquilo, magníficamente fecundo, corría él, el noble río del Paraíso, por entre las islas, casi hundidas bajo el peso de la recia arboleda, todas fragantes y atronadas por el clamor de las cacatúas. Y Adán, trotando pesadamente por la margen baja, ya siente la atracción de las aguas disciplinadas que andan y viven: esa atracción que será tan fuerte en sus hijos, cuando descubran en el río al buen servidor que desaltera, abona, riega, muele y acarrea. ¡Pero cuántos terrores especiales aún le producen escalofríos, lo lanzan con saltos despavoridos al abrigo de los sauces y de los chopos! En otras islas, de arena fina y rosada, se desperezan pedregosos cocodrilos, achatados sobre el vientre, que jadean blandamente, abriendo las hondas fauces en la templada pereza de la tarde, embebiendo todo el aire con un olorcito a almizcle. Entre los cañaverales colean y refulgen gordas cobras de agua, el cuello levantado, que miran a Adán fijamente y con furor, asaeteando y silbando. Y para nuestro padre, que nunca las había visto, debían ser pavorosas las tortugas inmensas de ese comienzo del mundo, pastando, con arrastrada mansedumbre, a través de los prados nuevos. Pero una curiosidad lo atrae, casi resbala en la ribera lodosa, en la que el fleco de agua roza y se agita. En la amplitud del río explayado, una larga y negra fila de aurochs, serenamente, con los cuernos altos y la espesa barba fluctuando, nada hacia la otra orilla, campiña cubierta de doradas mieses en la que quizás ya maduran las espigas sociables del centeno y del maíz. Nuestro padre venerable mira la fila lenta, mira el río lustroso, concibe el neblinoso deseo de atravesar también hacia aquellos lugares lejanos en que las hierbas refulgen, y arriesga la mano en la corriente, en la recia corriente que se la empuja, como para atraerlo e iniciarlo. Él gruñe, arranca la mano, y sigue, con ásperas patadas, machacando, sin sentirles ni el perfume, las frescas fresas silvestres que ensangrientan el césped… Enseguida se para, observando un bando de aves alcandoradas en un peñascal todo rayado de guanos, que acechan, con el pico atento, hacia abajo, en donde las aguas apretadas hierven. ¿Qué espían ellas, las blancas garzas? Preciosos peces en cardumen, que rompen contra la corriente y saltan, centelleando en las espumas claras. Y bruscamente, con un desabrido sacudir de alas blancas, una garza, después otra, hiende el cielo alto, llevando, atravesado en el pico, un pez que se retuerce y reluce. Nuestro padre venerable se rasca la ijada. Su crasa gula, entre aquella abundancia del río, también apetece una presa; y lanza la garra, coge, en su vuelo sonante, cascarudos insectos que olfatea y muerde. Pero seguramente nada asombró tanto al primer hombre como un grueso tronco de árbol medio podrido que boyaba, bajaba en la corriente, llevando sentados en una punta, con seguridad y gracia, dos bichos sedosos, rubios, de hocico despierto y blandas colas vanidosas. Para seguirlos, observarlos, corrió ansiosamente, enorme y desgonzado. Y sus ojos chispeaban, como si ya comprendiese la malicia de aquellos dos bichos, embarcados en un tronco de árbol y viajando, bajo la suave frescura de la tarde, en el río del Paraíso.

Sin embargo, el agua que él costeaba era más baja, turbia y tarda. Ya en su extensión no verdean islas, ni se moja en ella la orla de los hartos pastos. Más allá, sin límite, fundidas en las neblinas, huyen descampadas soledades, en las que rueda un viento lento y húmedo. Nuestro padre venerable enterraba las patas en despeñaderos blandos, a través de aluviones, de basuras silvestres, en las que chapoteaban, para su intenso horror, enormes ranas, croando furiosamente. Y el río enseguida se perdió en una vasta laguna, oscura y desolada, resto de las grandes aguas sobre las que había fluctuado el espíritu de Jehová. Una tristeza humana agarrotó el corazón de nuestro padre. De en medio de gruesas burbujas, que hacían ampollas en la estañada lisura del agua triste, constantemente brotaban horrendas trombas, escurriendo limos verdes, que bufaban ruidosamente, después se hundían, como chorreadas por los lodos viscosos. Y, cuando de entre los altos y negros cañaverales, manchando el arrebol de la tarde, se elevó, se extendió sobre él una nube estridente de moscardones voraces, Adán huye, atolondrado, trilla areniscas pegajosas, rasga el pelo en la aspereza de los cardos blancos que el viento retuerce, resbala por una cuesta de cascajo y guijarros y se para en arena fina. Jadea: sus largas orejas se mueven, escuchando, más allá de las dunas, un vasto rumor que rueda y se derrumba y retumba… Es el mar. Nuestro padre traspone las pálidas dunas: ¡y ante él está el mar!

Entonces fue el pavor supremo. Con un salto, golpeando convulsamente los puños contra el pecho, retrocede hasta donde tres pinos, muertos y sin rama, le ofrecen el refugio hereditario. ¿Por qué avanzan así hacia él, sin cesar, con una hinchada amenaza, aquellos rollos verdes, con su crin de espuma, y se lanzan, se desmigan, rugen, babosean rudamente la arena? Pero toda la otra vasta agua permanece inmóvil, como muerta, con una gran mancha de sangre que late. Toda esa sangre ha caído, seguramente, de la herida del sol, redonda y roja, sangrando encima, en un cielo dilacerado por hondos golpes, ya cárdenos. Más allá de la niebla lechosa que cubre las lagunas, de los charcos salados, a los que la marejada todavía llega y se explaya muy lejos, un monte flamea y echa humo. Y siempre delante de Adán, contra Adán, los verdes rollos de la verde ola avanzan, y rimbomban, y cubren la playa de algas, de conchas, de gelatinas que blanquean lívidamente.

¡Pero he ahí que todo el mar se puebla! Y, encogido contra el pino, nuestro padre venerable lanza dardos con sus ojos inquietos y trémulos, para aquí, para allá, para las rocas cubiertas de sargazo, en donde gordísimas focas retozan majestuosamente; para los surtidores de agua, que a lo largo chorrean hasta las nubes cárdenas y recaen en una lluvia radiante; hacia una preciosa armada de caracolas, inmensas caracolas albas y nacaradas, bogando a bolina, circundando los peñascos, con maniobra elegante… Adán se queda pasmado sin saber que estas son las amonitas y que ningún otro hombre, después de él, verá la lucida y rosácea armada navegando en los mares de este mundo. ¡Todavía la está admirando, quizás con la impresión inicial de la belleza de las cosas, cuando bruscamente, con un temblor de surcos blancos, toda esa maravillosa flota zozobra! Con el mismo salto blando, las focas caen, tropiezan en la honda ola. Y un terror pasa, un terror levantado del mar, tan intenso que un bando de alcatraces, muy seguro sobre una escarpa, alza, con atolondrados gritos, el vuelo despavorido.

Nuestro padre venerable aferra su mano a una rama de pino, sondeando, con un escalofrío, la inmensidad desierta. Entonces, a lo lejos, bajo el resplandor trémulo del sol que se esconde, un dorso inmenso sale, lentamente, de las aguas, como una larga colina, toda claveteada de negras, agudas lascas de roca. ¡Y avanza! Adelante, un tumulto de burbujas remolinea y revienta; y de entre ellas emerge, por fin, resollando cavernosamente, una trompa deforme, de fauces entreabiertas, en las que destellan y se sumen cardúmenes de peces que sus sorbos van tragando…

¡Es un monstruo, un pavoroso monstruo marino! Y bien podemos suponer que nuestro padre, olvidando toda su dignidad humana (aún reciente), trepó desesperadamente al pino hasta donde las ramas acababan. Pero, incluso en ese cobijo, sus poderosas mandíbulas golpeaban, con un miedo convulso, ante el horroroso ser surgido de las profundidades. Con un batacazo que raspa, machacando conchas, guijarros y ramas de coral, el monstruo choca contra la arena, que hondamente excava y sobre la que estira las dos patas, más gruesas que troncos de teca, con las uñas todas enroscadas con zarzas marinas. De la caverna de sus fauces, a través de los dientes terríficos, que los limos y musgos verdean, sopla un vaho espeso de fatiga o de furor, tan fuerte que hace remolinear las algas secas y las caracolas ligeras. Entre las costras pedregosas que le acorazan la frente negrean dos cuernos cortos y rombos. Sus ojos, lívidos y vítreos, son como dos enormes lunas muertas. La inmensa cola dentada arrastra por el mar distante, y a cada rabeo lento levanta una tempestad.

Por estas facciones, poco amables, ya habéis reconocido al ictiosauro, el más horrendo de los cetáceos concebidos por Jehová. ¡Era él!, quizás el último que persistía en las tinieblas oceánicas hasta este día memorable del 28 de octubre, para que nuestro padre entreviese los orígenes de la vida. Y ahora está enfrente de Adán, uniendo los viejos tiempos a los tiempos nuevos, y, con las escamas del dorso ensañadas, muge devastadoramente. Nuestro padre venerable, enroscado al tronco alto, chilla de vivo horror… Y he aquí que, del lado de los charcos con niebla, un silbido hiende los cielos, ululado y arremetido, como el de un áspero viento en una garganta de serranía. ¿Qué? ¿Otro monstruo?… Sí, el plesiosauro. Es también el último plesiosauro que corre desde el fondo de los pantanos. Y ahora de nuevo se traba, para asombro del primer hombre (y gusto de los paleontólogos), el combate que fue la desolación de los prehumanos días de la tierra. ¡Allí aparece la fabulosa cabeza del plesio, acabada en pico de ave, pico de dos brazas, más agudo que el dardo más agudo, erguida sobre un larguísimo y estilizado pescuezo que ondula, arquea, silba, lanza dardos con pavorosa elegancia! Dos aletas de incomparable rigidez van moviendo su cuerpo deforme, mole, glutinoso, lleno de arrugas, manchado por una lepra de hongos verdosos. Y tan inmenso es así, arrastrando, con el pescuezo empinado, que, delante de la duna en que se levantan los pinos que dan refugio a Adán, él parece otra duna negra sosteniendo un pino solitario. Furiosamente avanza. Y, de repente, es un horroroso tumulto de mugidos, y pitidos, y choques rimbombantes, y arenas en torbellino, y gruesos mares borboteando. Nuestro padre venerable salta de un pino a otro pino, temblando tanto que, con él, tiemblan los fuertes troncos. Y, cuando se arriesga a acechar, al aumentar los bramidos, sólo percibe, en la enroscada masa de los dos monstruos, a través de una niebla de espuma que los chorretones de sangre enrojecen, el pico del plesio completamente enterrado en el vientre blando del ictio, cuya cola, erguida, se retuerce furiosamente en la palidez de los cielos espantados. ¡De nuevo esconde perdidamente la faz nuestro padre venerable! Un rugido de monstruosa agonía rueda en la playa. Las pálidas dunas se estremecen, las cavernas sombrías resuenan. Después se hace una paz muy grande, en la que el ruido del mar océano no es más que un consolado murmullo de alivio. Adán espía, asomado entre las ramas… El plesio retrocede herido hacia el lodo templado de sus pantanos. Y sobre la playa yace el ictio muerto, como una colina en donde la ola de la tarde se quiebra mansamente.

Entonces, nuestro padre venerable cautelosamente se desliza de su pino y se acerca al monstruo. La arena, alrededor, está tremendamente revuelta; y por toda ella, en lentos regatos, en pozas oscuras, la sangre, mal chupada, humea. Tan montañoso es el ictio que Adán, levantando el rostro asombrado, ni siquiera distingue las púas del monstruo, erizadas a lo largo de aquel acantilado espinazo, al que el pico del plesio arrancó escamas más pesadas que lajas. Pero ante las manos temblorosas del hombre están los rasgones del vientre blando, en los que la sangre gotea, y babean grasas, e inmensas tripas deshiladas escurren, y cuelgan fibras atasajadas de carne rosada… Y los chatos hocicos de nuestro padre venerable extrañamente aumentan y resuellan.

Toda esa tarde él había caminado, desde la floresta, a través del Paraíso, chupando bayas, royendo raíces, mordisqueando los insectos de cáscara picante. Pero ahora el sol entró en el mar, y Adán tiene hambre, en ese arenal mañero, en donde sólo albean cardos que el viento retuerce. ¡Oh, aquella carne recia, sangrienta, todavía viva, que exhala un olor tan fresco y salino! Sus romas mandíbulas ruidosamente se abren de par en par en un bostezo hastiado y famélico… El océano se arquea, como adormecido… Entonces, irresistiblemente, Adán sumerge en una de las heridas del saurio los dedos, que lame y rechupetea, blandos de sangre y grasa. El espanto de un sabor nuevo inmoviliza al hombre frugal que viene de las hierbas y de las frutas. Después, con un salto, arremete contra la montaña de abundancia y arranca una fibra que muerde y traga, gruñendo, con furor y con prisa, en los que están el gozo y el miedo de la primera carne comida.

Habiendo cenado así pedazos crudos de un monstruo marino, nuestro padre venerable siente una enorme sed. Son saladas las pozas que relucen en la arena. Pesado y triste, con los labios empastados de manteca y de sangre, Adán, bajo el callado crepúsculo, atraviesa las dunas, vuelve a entrar en las tierras, rebuscando ávidamente agua dulce. Por toda la selva, en aquellos tiempos de universal humedad, huía y charloteaba un regato. Enseguida, extendido en una cuesta lodosa, Adán bebió con consuelo, con hondos sorbos, bajo el vuelo espantado de moscas fosforescentes que se prendían a su guedeja.

Era junto a un bosque de robles y hayas. La noche, que ya se había hecho densa, ennegrecía un suelo lleno de plantas, en el que la malva se apoyaba en la hierbabuena y el perejil en el hinojo ligero. En esa claridad fresca penetró nuestro padre venerable, cansado con la marcha y el asombro de aquella tarde del Paraíso. Y nada más extenderse en la olorosa alfombra, con el hirsuto rostro posado sobre las palmas unidas, las rodillas encogidas contra el vientre distendido como un tambor, se hundió en un sueño como nunca había dormido: poblado de sombras movientes, que eran aves construyendo una casa, patas de insectos tejiendo una tela, dos bichos bogando en las aguas encrespadas.

Pues cuenta la leyenda que entonces, en torno al primer hombre adormecido, empezaron a surgir, por entre el mato bajo, hocicos olfateando, finas orejas clavadas, ojillos reluciendo como botones de azabache, y espinazos inquietos que la emoción arqueaba, mientras, de las cimas de los robles y hayas, con un sofocado estremecimiento de alas, se asomaban picos curvados, picos bravíos, picos pensativos, todos albeando en la claridad delgada de la luna, que subía por detrás de los montes y bañaba las frondas altas. Después, en la orla de la claridad, una hiena apareció, cojeando, maullando con lástima. A través de la campiña trotaron dos lobos, huesudos, famélicos, con sus verdes ojos encendidos. Los leones no tardaron, con las reales faces erguidas, soberanamente arrugadas, con una profusión de crines flamantes. En confusa manada, que llegaba bufando, los cuernos de los aurochs entrechocaban con impaciencia los cascos en ramas de las renas. Todos los pelos se pusieron de punta cuando el tigre y la pantera negra, ondulando callada y aterciopeladamente, resbalaron, con las lenguas colgadas y rojas como coágulos de sangre. De los valles, de las serranías, de las breñas, otros acudían, con una prisa tan ansiosa que los horrendos caballos primitivos se empinaban sobre los canguros, y la trompa del hipopótamo, escurriendo limos, empujaba las ancas lentas del dromedario. Entre las patas y los cascos apiñados coleaban en alianza el hurón, la lagartija, la comadreja, la cobra fulgente que traga a la comadreja y la alegre mangosta que asesina a la cobra. Un bando de gacelas tropezaba, lastimándose las patas finas, contra la costra de los cocodrilos, que subían en fila del borde de las lagunas, las fauces preparadas y gimiendo. Ya toda la llanura jadeaba, bajo la luna nueva, en el blando removerse de dorsos apretados, en donde se erguía, ya el pescuezo de la jirafa, ya el cuerpo de la boa, como mástiles naufragados balanceados entre olas. Y, por fin, sacudiendo el suelo, llenando el cielo, con la trompa enrollada entre los dientes curvados, se asomó el rugoso mastodonte.

Era toda la animalidad del Paraíso, que, sabiendo que el primer hombre estaba dormido, sin defensa, en un bosque yermo, corría, con la inmensa esperanza de destruirlo y eliminar de la tierra la fuerza inteligente, destinada a someter la fuerza bruta. Pero, en aquella pavorosa turba que humeaba, se atropellaba al borde de la claridad, en donde Adán dormía sobre la hierbabuena y la malva, ninguna fiera avanzaba. Los largos dientes relucían, mostrados fieramente; todos los cuernos repuntaban; cada garra salida dilaceraba con ansia la tierra blanda; y los picos, desde encima de las ramas, se interponían en los hilos de la luna con picotazos hambrientos… Pero ni ave bajaba, ni fiera avanzaba, porque al lado de Adán velaba una figura seria y blanca, con alas blancas cerradas, los cabellos sujetos con un aro de estrellas, el pecho resguardado por una coraza de diamante y las dos manos refulgentes apoyadas en el puño de una espada que era de fuego… y vivía.

La aurora despuntó con ardiente pompa, comunicando a la tierra alegre, a la tierra bravamente alegre, a la tierra todavía sin andrajos, a la tierra aún sin sepulturas, una alegría superior, más grave, religiosa y nupcial. Adán despertó, y, parpadeando tristemente, con la sorpresa de su despertar humano, sintió sobre la ijada un peso que era suave y era dulce. Con ese terror que, desde los árboles, no desamparaba su corazón, saltó, y con tan ruidoso salto que, por la selva, los mirlos, los ruiseñores, los dentirrostros, todos los pajaritos de fiesta y de amor despertaron y rompieron en un canto de congratulaciones y de esperanzas. Y, ¡oh maravilla!, ante Adán, y como despegado de él, estaba otro ser a él semejante, pero más esbelto, suavemente cubierto de un vello más sedoso, que lo contemplaba con grandes ojos lustrosos y líquidos. Una cabellera pelirroja, de un pelirrojo tostado, rodaba, en espesas olas, hasta sus caderas redondeadas en una plenitud armoniosa y fecunda. De entre los brazos peluditos, que había cruzado, surgían, abundantes y gordos, los dos senos del color del madroño, con una pelusa crespa orlando el pico, que se enristraba, entumecido. Y rozando, con un roce lento, un roce muy dulce, las rodillas peladas, todo aquel sedoso y tierno ser se ofrecía con una sumisión pasmada y lasciva. Era Eva… ¡Eras tú, madre venerable!

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Una respuesta a “Adán y Eva en el Paraíso (I)

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