La angustia, el viaje hacia la nada

Carlos E. Luján Andrade

 

 

 

 

 

 

“Lo que hay de sentimiento, conocimiento y voluntad en el hombre, depende en última instancia de lo que hay en su imaginación, es decir, de la manera con que todas sus facultades se reflejan, proyectándose en la imaginación.”
(Tratado de la Desesperación / Soeren Kierkegaard)

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Al principio era inocencia. Adán vivía en el paraíso donde podía disfrutar de todo aquello que Dios le había otorgado. No obstante, había una condición. No podía tomar el fruto del árbol de la sabiduría. He ahí la primera angustia del hombre. Debía elegir. Adán y Eva eligieron pero fue la opción equivocada. La expulsión fue su castigo y por lo tanto, arrastró a la humanidad a una aparente existencia sin sentido. La angustia se genera por la incertidumbre del ser humano sobre hacia dónde va su vida. El motivo de su ser en este mundo es lo que lo agobia. Eso sí, solo puede comprenderlo o cuestionarlo cuando este logra reventar la burbuja en la que está inmerso, rodeado de metas y objetivos fabricados para justificar su andar por este mundo. Así, el hombre viaja de isla en isla para no naufragar en el mar de la nada.

Las opciones son las que le dan la oportunidad de darle un rumbo, una razón. Aunque esta capacidad de elegir es la que efectivamente causa el sentimiento de angustia. Sabe que no puede andar en la realidad inerte. Para continuar, para someterse al devenir del tiempo, debe escoger. No hay camino si no se elige. Quizás preferiría no hacerlo porque se liberaría de tal sentimiento de ansiedad, pero estaría flotando en un limbo que lo conduce a una muerte inevitable. Porque el hombre sabiéndose mortal, anhela la inmortalidad. El terror a caer en la nada, le hace desear que esta nunca llegue, cayendo en la contradicción de saberse finito pero deseando la infinitud.

El ser humano para no angustiarse de forma permanente y que los primeros hombres mitigaron con creencias y mitos, fabrica instituciones para que en ellas puedan lograrse con objetivos y metas. Es ahí, en esas actividades rutinarias, donde se desencadenan sus pesares en pequeñas miles de angustias. Ya no son las angustias primitivas, las grandes las que lo atormentan. El hombre moderno huye de la muerte, no fabricando mitos o ritos para evitar que el destino caiga sobre ellos, sino ideales de vida que le harán satisfacer sus más banales deseos.

Es preciso mencionar que determinados hechos y coyunturas hacen que lo construido para distraernos de la venida inevitable de nuestro deceso, sean desbaratados para que volvamos a reflexionar y asumir nuestra situación en el mundo real. Las guerras, las crisis económicas o las pandemias nos sitúan en una posición en la que indefectiblemente debemos volver a esa angustia primigenia, pues todo aquello elaborado para distraernos del miedo a la muerte se desvanece para mostrarnos descarnadamente la posición del hombre en el universo.

Comprendemos que no se puede huir de aquello que en esencia somos: seres finitos. No hay forma de asumir nuestra supervivencia si es que no entendemos con claridad esta situación. Más aún, el camino hacia la muerte es más claro. Antes, en nuestra vida diaria, las elecciones que debíamos tomar son en parte necesarias para la realización de las metas fabricadas. Esas pequeñas angustias nos hacen decidir qué caminos tomar. Esperando ver si aquello elegido fue una buena o mala elección. Cuando el panorama nos muestra una situación que va más allá de sobrellevar esas diminutas disyuntivas, es que nos vemos arrojados a un mundo donde nada somos.

Es gráfica la experiencia del confinamiento debido a la pandemia mundial. En estas determinaciones tomadas por los distintos gobiernos sobre lo que debe hacer el ciudadano para evitar que un virus se propague, han hecho que este se libere por un tiempo de la decisión de lo que debe hacer con su vida para sobrevivir. Se ha liberado de esa angustia, no obstante, por una imposición de no elegir. Una contradicción que lo ha llevado a angustiarse, a la vez, de haber sido privado de su libertad de escoger. ¿Cómo se explica esto? Ese desahogo momentáneo, le ha hecho confiar su vida en una autoridad suprema que decide por él lo que es mejor para su existencia. Aunque con el pasar de las semanas, esa sensación de seguridad y sosiego van perdiendo fuerza porque ha sido anulado. Su propia condición de ser no ha sido tomada en cuenta. Las decisiones que las autoridades han tomado para su bienestar, los ha absorbido en un ente colectivo donde su particularidad ha desaparecido. El torrente de decisiones ajenas, pero a la vez conveniente para el ser humano como idea abstracta, lo hace preguntarse qué tan cerca está como individuo particular de ese modelo colectivo. Al hallarse lejano, es cuando quiere recuperar su capacidad de elegir su destino, porque si bien en un primer momento lo ha liberado de la angustia de escoger, al sentirse ignorado, comienza a asumir que podría ser llevado a la muerte. Y muchos resuelven rebelarse sabiendo que podría llevar un gran riesgo tal acto. Su consuelo es saber que el morir será una decisión suya.

Es comprensible que ante ese sentimiento de zozobra, las autoridades intenten suplirla con ideas religiosas o estadísticas que haga creer al ciudadano que existe una seguridad en las elecciones tomadas. Lo que a veces se olvida es que vuelven las pequeñas angustias no asociadas a la vida banal, sino a las nuevas que se han generado por una situación extrema de emergencia sanitaria. El caudal de decisiones que debemos de optar para subsistir, nos llevan a un nivel de inquietud desesperante. Porque existe la libertad de elegir, pero en un espectro mucho más pequeño, ya que las libertades más amplias han sido restringidas. La tribulación sobre lo que vendrá por haber tomado una decisión se encuentra condicionada por si esa consecuencia no estará violando las restricciones mayores dadas por la autoridad.

La marea de decisiones que el ser humano debe asumir en un nivel de libertad restringido lo lleva a una escala de angustia máxima. Varias de ellas podrían ir en contra de sus principios, ética y moral. No solamente se enfrenta a consecuencias externas, sino a las más profundas en su ser. Decisiones que arrastrará aun cuando el mundo real no le reclame nada. Luego de tomarlas, la angustia se disipa. Deja de importar hasta que la necesidad de elegir vuelva a presentarse.

Lo que nos angustia realmente, es tener que decidirnos constantemente en un mundo confuso. Donde no se sabe si cada acto tendrá las consecuencias proyectadas. Una situación nueva nos da la doble carga de no saber si aquello que elegiremos tendrá una desenlace que podremos tolerar. Sí, la angustia se acaba cuando se ha elegido, pero qué nos convence que estaremos satisfechos con lo hecho. El camino hacia la nada podría convertirse en un tormento de aburrimiento o desasosiego. La idea de que el hombre en realidad no puede controlar nada, será más franca. La angustia se hará costumbre hasta que ciertos aspectos que ahora se muestran como nuevos, se vuelvan predecibles. De tal forma que las futuras decisiones llevarán un nivel de angustia soportable. Mientras tanto, no hay certezas. Ahora nos vemos más que nunca como la nada. Andando a tientas por un mundo que no podemos controlar. Apenas tengamos la mínima señal de que esta realidad parezca ser como la de antes, nos arrojaremos a la vida así esta sea un espejismo de un pasado creído predecible. Como drogados que alucinan un puente que los llevará hacia el otro lado deseado. Estaremos tan deseosos de volver a fabricar una realidad controlada que no nos daremos cuenta cuando caigamos al abismo hacia la nada.

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