EL PELOTAZO

Estefanía Farias Martínez

 

 

 

 

 

En el pleno del ayuntamiento se dio a conocer la funesta noticia: la Junta les había negado la concesión del hospital. De nada sirvieron los esfuerzos realizados, la inversión previa, la brillante propuesta presentada por el alcalde. Los argumentos de los otros habían logrado derrotarles. La decisión era irrevocable: el hospital se construiría en casa del enemigo. La noticia corrió por cada calle, por cada casa y la indignación se extendió incontenible. La rivalidad heredada desde la época de la reconquista —aquellos cristianos, ellos moros— se recrudeció espontáneamente. No había otro tema de conversación en el casino, en las tertulias improvisadas en los bares, en las tiendas, en los portales de las casas, en el mercado, en los colegios, en la cola del banco, en la estación de autobuses y en la del tren, hasta en los sermones de los párrocos de Santa Ana, Santiago y San Miguel. La afrenta exigía reparación.

Se consultó al juez de paz sobre una posible solución legal. Inviable. Sólo quedaba acatar la decisión de la Junta.

En el sermón del domingo el párroco de San Miguel convocó a los vecinos para una reunión de emergencia el lunes por la tarde. La madre del ginecólogo, tras ser elegida por mayoría simple como representante del Centro de día, acudió acompañada por el amante de su hijo; la panadera de San Torcuato, la ferretera de la Calle Ancha y la tabernera de Los Molinos ejercieron de portavoces de los tenderos y los bares del centro; la mujer del pescadero y la del carnicero hablaban en nombre de los comerciantes del mercado de abastos; y la hermana del cura de Santa Ana en nombre de los maestros y las asociaciones de padres. Se acordó por unanimidad presentar batalla a la Junta. La desobediencia civil era la solución. Hacerse oír. Además, la televisión y las radios locales les apoyarían. La mujer del carnicero les ofreció la ayuda de los Testigos de Jehová para difundir la convocatoria de huelga por todo el pueblo, y la del pescadero propuso usar como lugar de concentración la casona vieja que había en la explanada bajo la catedral.

El primer día del paro el dueño de la estación de autobuses y un representante de los taxistas manifestaron sus airadas quejas ante el consistorio: los convocantes habían decidido mantener como servicios mínimos tan sólo los trenes de RENFE. Denunciaban que piquetes informativos bloqueaban la salida de los autobuses y el ejercicio de su labor a los taxistas. El segundo día, tras agrias discusiones, los tenderos y los dueños de los bares se desvincularon de la huelga. Los párrocos de Santa Ana y Santiago llamaban a la calma y el de San Miguel daba una entrevista en la televisión local. Aparecía acompañado por la madre del ginecólogo y la panadera de San Torcuato. Exponían las motivaciones de los esquiroles y defendían su derecho a luchar por una causa justa. El tercer día se decidió hacer paros controlados para recuperar partidarios de las reivindicaciones.

Sin embargo, las concentraciones en la casona abandonada se sucedieron ininterrumpidamente durante dos semanas de 5 a 7. Empezaban tras la salida de los niños del colegio —desde un primer momento no se consideró necesario que colegios e institutos se adscribieran al paro— y terminaban dando tiempo para que las manifestantes volvieran a casa a preparar la cena.

Ante el temor a que la rutina se fuera instalando en la protesta, y con la intención de recuperar el ímpetu inicial, surgieron voces acusando de cohecho a determinados miembros de la Junta. Lo que despertó la ira de las autoridades fueron las declaraciones de la charcutera de San Antoñico en un programa de radio local. Aquella provocación tuvo una respuesta mayor que la protesta en sí.

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Un furgón de los antidisturbios estaba apostado al final de la calle, tres más distribuidos por la explanada. Los cuatro vehículos vacíos y con las puertas abiertas. Una niebla espesa, producto de las bombas de humo, mantenía la batalla campal oculta desde la cuesta de la catedral; sólo se escuchaban gritos y se adivinaba el contorno de la casona en ruinas que servía de refugio a los manifestantes.

La sábana de matrimonio que hacía las veces de pancarta —con las reivindicaciones de la protesta escritas a carboncillo por la hija de la panadera de San Torcuato— colgaba arrugada en la fachada de la casona. Había perdido uno de los anclajes al recibir el impacto de una pelota de goma. El párroco de San Miguel defendía estoico la posición ante las fuerzas represoras. La madre del carnicero, la del capitán de la Guardia Civil y la mujer del chino del restaurante de la esquina actuaban como última línea de defensa. El párroco, a sus ochenta años, esquivaba las pelotas de goma con una agilidad inusitada. Sin embargo, un fallo de concentración a causa del cansancio le llevó a encajar un pelotazo en la cara y se desplomó. Las tres mujeres se arrodillaron en silencio junto al cuerpo del mártir.

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En una de las mesas del Cato el capitán de la Guardia Civil se desahogaba con el dueño del concesionario de Mercedes. Se habían vuelto todos locos: el cura y sus beatas —su madre entre ellas— poniendo pancartas y dando discursos, provocando la insurrección porque la Junta había decidido construir el hospital en el pueblo vecino; y el Gobierno Civil mandando sus efectivos para controlar la protesta. A él le habían ordenado que estuviera allí con sus hombres, pero no pensaba intervenir. Un alférez de paisano entró al bar desencajado. “¡¡HAN MATADO AL CURA DE UN PELOTAZO!!”, gritaba.

Los cinco hijos del carnicero junto a los empleados del matadero acudieron en defensa de los manifestantes, atacando a los antidisturbios por la retaguardia, y cubriendo la retirada de madres y abuelas. Los guardias civiles de paisano evacuaron al cura aprovechando el desconcierto. Dos de ellos cayeron ante las porras de los antidisturbios que les confundieron con manifestantes.

A la puesta de sol, heridos de todos los contingentes hacían cola en los pasillos del ambulatorio, esperando a ser atendidos; mientras, el cura, perfectamente recuperado, volvía a colocar la pancarta en la fachada de la casona, ayudado por el capitán de la Guardia Civil y bajo la estricta vigilancia de su madre.

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Un par de meses más tarde, en una ceremonia oficial de escasa difusión mediática, el Gobernador civil ponía la primera piedra del hospital en la ciudad vecina y de la protesta ya sólo quedaba un vídeo que recogía escenas de la brutal represión, y que tras arduas gestiones consiguió ver la luz en un programa nocturno de la televisión nacional.

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