Desplazamiento, calles y gente: 4 de mayo en Tetuán

Scésar Gecé

 

 

 

 

 

Un lunes ha venido, uno que significa salir a las calles nuevamente. Hace tiempo que no nos dábamos cuenta de un día tan particular. Pasamos semana santa, cumpleaños no contados, días célebres sin fiestas y aniversarios sin reuniones. Un calendario ausente de tachas. Pero este 4 de mayo es diferente. He salido a hacer las compras y he visto gente con más gente en vez de un panorama post-apocalíptico en las calles de Tetuán.

Aún sigo siendo un neófito inmigrante en Madrid, pasó dos semanas desde que puse el primer pie en la ciudad y comenzó la cuarentena. El presidente lo anunció un tranquilo domingo de quincena de marzo. Estaba con mis compañeros de hostal, futuros varados por la documentación en pausa y ya acostumbrados al tapaboca y al agua hervida con limón. Una mitad sudamericana y la otra, españoles que en su niñez vivieron a Franco.

Nos veíamos las caras con cierta incertidumbre, cómo reaccionar en estos casos que se nos obliga a estar encerrados si somos de países acostumbrados a los puños en alto y aglomeraciones bulliciosas.

Hoy quizá se haya olvidado que hace un mes se vivió el número más alto de muertes en España: 950.

Los debates sobre el fin del confinamiento y de los aplausos a las ocho de la noche no son gratuitos. El último español llegado al hostal salió a gritarles. Mientras más muertos, más vítores. Me hace recordar los memes en Perú donde los médicos piden reconocer su esfuerzo con un salario digno y no con bullicio de las alcobas. Realidades distantes como el océano interpuesto.

Los españoles que habitan este hostal salen cada día a conseguir alimentación y regresan tarde. Recuerdo haberles visto con tapabocas un par de días, cuando regalaron en el metro, cuando había un auge de muertes. Luego de la primera semana de sus vaivenes, nadie acá se preocupó por su salud o por la nuestra. No por ignorarlos, sino porque tenían cierta garantía de suerte o casualidad: 5 personas de la tercera edad andando toda la cuarentena en la calle. Asintomáticos o no, podrían traernos el virus y podríamos ser propensos los 6 restantes en el hotel. Pero así es nuestra buena fortuna, quién sabe, como esas ambulancias que nunca pasaron por este barrio a recoger a un enfermo o muerto producidos por el Covid-19.

La ubicación en el espacio siempre fue estática y rutinaria, un principiante de migrante como yo podía sobrellevarlo. Pero situarse en el tiempo era el problema, así que lo hacía por las colas en el supermercado Mercadona, o eran sábados o eran lunes porque los domingos no abren. Ahora regresó el calendario a imperar sobre nuestro orden, como las horas que pasaba durmiendo mientras otros vivían y yo vivía mientras otros dormían.

Lo que eran ocho euros a la semana a base de bocadillos (pan, jamón y queso) se han vuelto 15 o hasta 20 euros con alguna carne de cerdo, leche de almendras, recomendación para la memoria, un paquete de cervezas, algunos snacks y huevos.

La normalidad ya se siente. Al comenzar la cuarentena escaseaban muchos productos en los stands, esta vez se daba abasto para el número anormal de personas en el recinto luego de cincuenta días de confinamiento. Aún reparten guantes y se respeta el metro de distancia en las colas de las cajas. Pero ese vaivén, esos negocios abiertos alrededor, esos coches circulando y sus cantidades que se suponía iban a cambiar en este nuevo panorama, sigue siendo un calco al Madrid efervescente que me recibió.

Caminaba de vuelta al hostal con mis paquetes en ambas manos, junto a más gente con sus insumos, solos o acompañados o en mancha como se dice en mi país. La mayoría andaba en esta atmósfera que olvidó las escenas de Dark o de alguna película de zombies que imaginábamos real.

Hace tiempo que no veía niños, el único día que lo permitieron me quedé encerrado. Hace tiempo que no veía personas hablando en las esquinas. Tampoco a los peluqueros con sus clientes en esas conversaciones mientras realizan su quehacer. Tampoco a los que piden alguna moneda para comer o para tabaco.

Aún no está todo resuelto y queda la incógnita de si es que aún estamos a tiempo de resolverlo.

Falta que abran los bares. Y reanudar el nuevo trabajo que la cuarentena me interrumpió empezar junto a mi documentación. Aun así me da un nuevo comienzo, como superviviente y todavía como inmigrante.

El día se aprecia cálido gracias a esa extraña reacción de la garúa en este comienzo largo de verano. Me espera una entrevista de teletrabajo. Ya tres personas se han ido del hostal y otros están en ese plan. Estamos volviendo a ser un puñado. Quizá el próximo sea yo. Total, ya estamos libres de desplazamiento.

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