Cuarentena

Lucas Berruezo

 

 

 

 

Acabo de llegar a casa. Nadie me va a creer si cuento lo que acabo de ver. No importa, voy a escribirlo igual, por si me pasa algo. Supongo que tarde o temprano se va a saber la verdad. Como dice el dicho, la mentira tiene patas cortas. Y, en este caso, tiene ojos y dientes, dientes muy largos.

Voy a empezar por lo que me parece el principio, hace unas horas, cuando me preparaba para salir. Antes de abrir la puerta, chequeé que todo estuviera en orden: el barbijo bien puesto, en un bolsillo la billetera y, en el otro, el celular. Según recordaba, el alcohol en gel estaba en la guantera. Agarré las llaves, tanto de casa como del auto, y empecé a abrir.

–¿A dónde vas? –me preguntó una voz a mis espaldas. Me di vuelta y vi a Valentín, mi hijo de diez años, que, rascándose un ojo y apenas vestido con una remera, me miraba desde el pasillo.

–Al súper –le respondí, haciéndole un gesto para que no se acercara. Ya había agarrado la billetera y tocado las llaves. En mi mente, eso significaba que estaba contaminado, por lo que no quería que nadie se me acercara, mucho menos Valentín–. Haceme el favor de abrigarte. Vuelvo en un rato.

–Comprá chocolate –dijo y, dándose media vuelta, volvió por donde había venido.

Salí. Me puse las zapatillas que me esperaban del otro lado de la puerta, subí al auto y enfilé para el supermercado que estaba más cerca de casa, a unas doce cuadras. Tenía que comprar un montón de cosas: leche, café, frutas, verduras, carne, pollo, fideos y una larga lista de etcéteras. Y chocolate, claro.

Las calles, por lo menos acá, en mi barrio, estaban desiertas. Al principio, muchas personas se habían negado a cumplir con la cuarentena. Algunas, incluso, apelaron a los conceptos de «democracia» y de «libertades individuales» (yo mismo las escuché), pero con el tiempo, y a medida que los muertos de la pandemia se iban multiplicando, entraron en razón. Ahora ya no hay que hacer cola para nada, y hasta los supermercados están prácticamente vacíos. La gente va cuando realmente necesita algo, compra y se vuelve a su casa. Nada más. Los que siguen en la calle son, en teoría, los que trabajan: los repartidores de agua, los colectiveros y algunos que otros más. Y usan barbijo, sin excepción.

Dejé el auto estacionado enfrente del supermercado y fui primero a la farmacia, que quedaba a dos cuadras, a comprar Tafirol. Cada tanto, Inés, mi esposa, sufre de migrañas, y si bien el paracetamol no la ayuda mucho, leímos por ahí que había que evitar el ibuprofeno y otras drogas similares. Así que bueno, era paracetamol o nada. Al final fue nada.

Tenía ganas de caminar un poco. Después de varias semanas de cuarentena, lo necesitaba. Que me dé el sol en la cara, sentir el viento entre mis dedos y todo eso… Ese fue el primero de mis errores. Tendría que haber ido con el auto, pero ya es tarde para lamentar. Fue en esas dos cuadras donde me pasó lo que no me tendría que haber pasado, lo que va a arruinar mi vida para siempre. Lo que ya la arruinó, estoy seguro.

A ver, quiero dejar algo bien en claro. Yo no vivo en una gran ciudad. No. Mi casa está en un barrio de casas bajas, y el supermercado y la farmacia a los que fui forman parte de un centro comercial que no supera los trescientos metros. ¿Por qué aclaró esto? Fácil, para que ustedes sepan que lo que vi no está pasando en los grandes centros urbanos, sino en un pequeño rincón del mundo. Lo que es lo mismo que afirmar que está pasando en cualquier parte. Es decir, en todas partes.

Estaba yendo a la farmacia cuando reparé en mi celular. En casa no tengo mucha privacidad que digamos, y hay varias compañeras de la oficina a las que les gusta mandarme (en vez de a sus respectivas parejas, vaya uno a saber por qué) algún que otro mensaje subido de tono o alguna que otra foto de alto voltaje. Algo sin verdadera importancia. En situaciones normales no mencionaría esto, para evitar problemas con Inés o, incluso, con mis mismas compañeras, pero si esto que escribo llega a las manos de alguien es porque eso (y todo lo demás) ya dejó de importar. La cuestión es que mi interés por el clima agradable desapareció en cuanto recordé los mensajes que me habían llegado la noche de ayer. Saqué el celular (pensando en desinfectarlo ni bien llegara a casa, cosa que no hice) y, absorto en él, seguí caminando.

Por eso no advertí a las personas que estaban bajando cajas desde una camioneta vieja y las estaban metiendo dentro de una casita que, a primera y a segunda vista, parecía abandonada. Ellos tampoco me vieron: o estaban muy concentrados en lo que hacían o, en una calle completamente desierta, no esperaban cruzarse con nadie. La distracción mía y de ellos hizo que chocáramos. Me di de frente con uno de los hombres, que estaba por entrar una enorme caja de cartón a la casa. Mi celular y la caja en cuestión volaron por los aires. Lo primero que hice fue agacharme para agarrar mi teléfono, al tiempo que balbuceaba unas disculpas. El hombre no dijo nada, se tiró, casi con desesperación, en dirección a su caja, que se había abierto, revelando su contenido. Miré sin darme cuenta, por instinto, a medio camino entre ayudar y seguir pidiendo disculpas. Ese fue mi segundo error, mirar.

De la caja salía otra caja, de metal, y de ésta, que también se había abierto, algo que no sé cómo describir. Parecía un feto humano a medio desarrollar, pero con muchos ojos (ocho por lo menos, puede que más) y una boca circular con infinidad de dientes tan finitos como agujas. Se retorcía en el suelo, como un pez sacado del agua.

El hombre agarró con cuidado la cosa, la metió dentro de la caja de metal y metió ésta dentro de la caja de cartón. No parecía captar nada que no fuera lo que estaba haciendo. Por eso, a lo mejor, tardó en prestarme atención. Así, en cuclillas en el suelo, nuestras miradas, de golpe, se encontraron. Ambos usábamos barbijos, por lo que no había más que ver que los ojos del otro. Él miró los dos míos. Yo miré los muchos de él (ocho por lo menos, puede que más), que se perdían por arriba de su frente, bajo la gorra con visera que llevaba, y por debajo de sus pómulos, detrás del barbijo celeste.

–¡¿Qué hacés?! –escuché que me gritaban desde la puerta de la casa. Era el otro hombre: gordo, desaliñado, pero que por encima de su barbijo y por debajo de una calvicie incipiente sólo tenía dos ojos.

No pude responder. No sabía qué decir.

El tipo con el que choqué, ya con la caja de cartón en sus manos, se abrió paso por un costado del hombre gordo y entró a la casa. Creí escuchar que gruñía. O algo así. No estoy seguro de lo que representaba ese sonido gutural. Lo que sí puedo decirles es que sentí que surgía de una boca circular, llena de pequeños dientes como agujas.

Quedé, ahora, cara a cara con el gordo, que seguía parado, mirándome de una manera desorbitada.

–Perdón –dije, tartamudeando–. No quise… No sabía…

De pronto, apareció una vez más el otro, todo ojos, toda furia.

Volvió a gruñir.

Me señaló.

El gordo asintió y se me acercó, corriendo.

Mi instinto fue, también, correr.

No es por jactarme, pero antes de que llegara la pandemia yo iba al gimnasio tres o cuatro veces por semana. Además, salía a correr por las calles de mi barrio casi día por medio. Ya en cuarentena, seguí entrenando en casa. Por ende, estoy en buen estado físico. No había manera de que el gordo me alcanzara. Y no me alcanzó.

Se escuchó, entonces, una especie de zumbido que, por momentos, parecía venir desde el cielo y, por momentos, parecía rodearme. Se me metió en los oídos hasta que el ruido atronador de un helicóptero lo tapó. Cuando el helicóptero se alejó, el zumbido ya no volvió a aparecer.

No sé de dónde salieron los otros. O, mejor dicho, salieron de todas partes. De negocios (algunos cerrados; otros, los menos, abiertos), de departamentos, casas y esquinas. Corrí con lo que me daba el alma y los fui dejando, uno por uno, atrás. Usaban barbijos y unos cuantos tenían tantos ojos como el hombre o el bicho de la caja.

Doblé la esquina que llevaba al supermercado. Ya me había olvidado de las compras, lo único que quería era volver a casa. Imposible. Al lado de mi auto había dos patrulleros, bloqueándolo, y cuatro policías de pie. Por lo que alcancé a ver, eran tres hombres y una mujer, también con barbijos. No pude distinguir si tenían dos ojos o más. No me importó. Di media vuelta y corrí las diez cuadras que me separaban de mi casa.

Hace media hora que llegué. Inés y Valentín siguen durmiendo. No quiero despertarlos y parecer un loco delante de ellos. No sé si me van a venir a buscar. Si averiguaron cuál era mi auto, no van a tener problemas en averiguar cuál es mi casa. Por las dudas, escribí esto. Si llego a escuchar algún ruido extraño, lo voy a publicar en Internet. Lo voy a dejar listo, para no tener que presionar más que un botón.

No sé qué hacer. No sé si estoy en peligro. Tampoco sé si pongo en peligro a mi familia yéndome o quedándome. No sé. No estoy preparado para esto.

No puedo dejar de pensar en lo que pasó. Lo que vi. Cómo, de pronto, aparecieron todas esas personas y esas… cosas.

Tal vez no hay virus. Tal vez nunca lo hubo. A lo mejor lo que quieren es tenernos encerrados para que no veamos lo que se está armando afuera. Lo que algunos, con muchos ojos y bocas redondas llenas de dientes, están armando junto a otros seres humanos, como ustedes y como yo. No sé… Nos dijeron que había un virus y les creímos. Nos dijeron que no podíamos salir de casa y nos quedamos en ellas. Nos mostraron, también, un montón de muertos y nos aseguraron que habían muerto de esto… Y también les creímos. Nada evita tanto las preguntas como el miedo, y nos llenaron de miedo. Ahora ya dejamos de preguntar.

¿Por qué esta cuarentena? ¿Por qué todos encerrados? Si este nuevo virus es letal para los adultos mayores, ¿por qué todos tenemos que quedarnos adentro? ¿Por qué no solamente ellos? ¿Por qué el aislamiento es cada vez más restrictivo, más demencial? ¿Por qué los policías en mi auto? ¿Por qué el helicóptero en el cielo? ¿Qué era ese zumbido? Tantas preguntas. Y se me ocurren tantas otras…

Prendo la televisión. Se habla de nuevos contagios, de nuevas muertes, de la necesidad de extender la cuarentena…

Se dice algo de unos «cielomotos» registrados en los últimos días. Dicen que son como terremotos, pero generados en el cielo. Yo reconozco en ellos el zumbido que me envolvió mientras corría, al que respondieron todos esos seres…

No sé qué se está armando afuera. Lo que sí sé es que nos quieren adentro, encerrados, sin asomar la nariz…

Si vos, quien quiera que seas, estás leyendo esto, es porque llegaron hasta mí y yo apreté el botón de «Publicar».

Espero que nunca lo leas.

Espero que se olviden de mí y me dejen estar.

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