CANIBALISMO RITUAL: “La generación que no sabía nada”

José Luis Barrera

 

 

 

 

 

 

Ayer fui al supermercado y el estallido de silencio me ensordeció. Nunca, hasta entonces, mi ciudad me ha parecido tan vulnerable. El miedo campeaba por aquí y por allá; vecinos que, en otro tiempo, me miraban con indiferencia en el ascensor, parecían detectar en mí a un asesino potencial ―e inconscientemente, hay que admitirlo, yo pensé lo mismo de ellos.

Esta generación, en teoría la más educada de todas, quedó impotente ante un virus que, aunque mucho más «benigno» que los monstruos medievales, avanza, veloz e implacable, por todo el planeta.

Los millennials y los centennials no encuentran respuestas en sus diplomas; ni siquiera hallan referencias sobre la gripe española en los libros de estudio que les dieron en la universidad y el colegio. Para ellos la viruela, la bubónica o el cólera son anécdotas de viejo.

Muchos salen a las calles desafiando toques de queda y cuarentena no tanto por torpeza, sino por terror a lo desconocido, queriendo aplacar al demonio de la soledad con música estridente y sexo casual. El aislamiento en redes sociales estaba bien cuando había la certeza de que, a cualquier hora y sin pedir permiso a nadie, se podía salir de casa para embriagar el vacío en la licorería de la esquina.

Mas la incertidumbre no solo ataca a los magísteres en fermentación, sino a los políticos que, acostumbrados a endulzar la realidad con discursos o teorías sociológicas manidas, ahora enfrentan la potencia —tan destructiva como creadora—de la naturaleza.

Acusan al virus de extranjero o le declaran la guerra en cadenas nacionales. Empero las proclamas —que eran tan eficientes para aniquilar molinos de viento con cara de adversario político, periodista o emigrante— parecen tenerle sin cuidado a un ente tan minúsculo que es capaz de producir hecatombes.

Tal vez Malthus tenía razón y las plagas, igual que las guerras, son frenos lógicos para una humanidad que devora todo a su paso. Tal vez los exestudiantes de Sociología tengan razón y esto, lo que vivimos hoy, se convierta en un capítulo de una tesis plagada de nombres alemanes y franceses. Tal vez…

Sin embargo, lo más probable es que la torpeza del «más sabio» de los homínidos, mañana, cuando el miedo se haya diluido en un cóctel de necesidades, rutinas y egoísmos, le haga volver a pisar el patio del otro, a salir de casa sin importarle lo que queda allí.

Quizá me equivoque y que, como pidió hace unos días Yan Lianke a sus estudiantes, nos quede memoria1. Se vuelve imperioso volver los ojos a los que están a nuestro lado, a esos a los que el miedo convirtió en bombas de tiempo, para cuidarlos y quererlos, sin olvidar que son vulnerables, perecederos.

Lo bueno que podemos sacar de todo este mal es una conciencia plena de nuestra fragilidad. Pero no es suficiente si esta no sirve para obligarnos a dejar de lado las bajezas y odios infantiles. Ojalá que esta conciencia sea el elemento clave de la vacuna que nos pongan mañana. Esa es mi esperanza hoy.

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