Pelos de perro verde

José Luis Barrera

 

 

 

 

Mi perro, Perico, nació de color verde. El veterinario dijo que era necesario hacerle exámenes para averiguar la causa, pero yo me rehusé porque es mi amigo —el perro, aunque el veterinario también— y uno no permite que experimenten sobre los amigos, ¿no les parece?

Por otro lado, Perico era muy inmaduro para su edad. Durante los primeros meses no lo noté, pero con el paso del tiempo no quedaron dudas: a los cuatro años se comportaba como si tuviese uno, tumbando mesas y adornos al tiempo que perseguía insectos como si la vida se le fuera en ello; y a los seis estaba peor, era un perfecto adolescente que rompía todo a su paso o, en el mejor de los casos, lo robaba.

Varias mujeres me abandonaron por su actitud, pues sin esperar siquiera a que hubiese alguna clase de intimidad entre los tres, se abalanzaba sobre sus piernas o sus espaldas para, en medio de jadeos, entregarse a la pasión.

No hubo escuela o «encantador de perros» que pudiera con él y el veterinario dijo que su actitud estaba ligada con el color del pelo; me acusó incluso de que, al no haber permitido que le practicara los exámenes cuando fue cachorro, lo condené al desenfreno.

Con el tiempo me he acostumbrado a la idea de que solo vivimos el uno para el otro; no es triste, yo me siento pleno y creo que él también. Tal es mi entrega que le abandono mi pierna cuando la necesita —por supuesto, miro hacia otro lado por aquello del respeto al espacio ajeno— o le dejo retozar con cierto oso de peluche que no llegué a regalar jamás.

Esta semana, sin embargo, mi perro verde está diferente: echado lo vi antes de ir al trabajo el lunes por la mañana y echado lo encontré al regresar a casa el viernes por la noche; no quería su comida ni la mía y tampoco le interesaban mi pierna ni el peluche.

El sábado, el veterinario lo revisó.

—Ya entiendo: tu perro se está quedando «calvo».

En efecto, matas de pelo color de limón habían llenado su cama sin que yo lo notase.

Le pedí al veterinario que se fuera, quería estar a solas con Perico. Él volvió a echarse y yo hice lo mismo ―en el suelo y a su lado como corresponde a un buen perro―, puse mi pata en su lomo y él me miró con sus ojos de viejo, acuosos y ausentes. Después… después solo dormimos.

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Este relato forma parte del libro “Cadáver exquisito”(en preparación)

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