Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA:”El Señor Hamilson”

Ítalo Costa Gómez

 

 

 

 

La locura que ostento no es de ahorita. Siempre se me han chamuscado un poco los cables. Decir que he tenido “los tornillos sueltos desde chiquillo” es bastante justo.

He tenido la suerte de conocer gente igual de demente que yo. Una ausencia de cordura divertida que hace que vivas un poco más contento que las personas comunes, cuerdas y silvestres. Con esas personas son las que me unen lazos de amistad hermosos y que han sobrevivido a los años y se han fortalecido. Mi amiga Gina Kok es una de esas presencias de las que les hablo y hoy quiero compartir con ustedes una de nuestras hilarantes historias en la que poco faltó para que me agarren a trompadas por faltoso y por orate.

Cuenta la historia que había un señor mayor que siempre caminaba por las calles de La Punta. Ese señor de aparentes setenta años, muy bien parado, blanco casi colorado, muy alto y con pinta de caballero inglés siempre andaba por ese balneario chalaco con toda calma hasta que tuvo la mala fortuna de cruzarse con Gina y conmigo.

[Gina es una de mis más amadas y protectoras compañeras de ruta. Mi ‘partner in crime’ desde que éramos niños hasta hoy. Jugamos juntos con todo el mundo y lo ponemos de cabeza. Siempre hemos sido cómplices y hermanos. Locos y chacoteros al mil por ciento]

– Buenas tardes, señor Hamilson. – le dije un día al gringo cuando pasó por nuestro costado.

[Al señor nunca me lo había presentado nadie. Yo no tenía idea de quién era, pero yo lo había bautizado en ese instante como el “Señor Hamilson” con la complicidad automática de Gina]

Me miró con desconcierto y continuó su camino.

– Bien atento es el Sr. Hamilson… pero está estresado porque dicen por ahí, las malas lenguas viperinas, que ha perdido toda su fortuna en Las Vegas. Seguro por eso no te ha contestado el saludo, mi darling. – Me dijo mi gran Gina.

Siempre ha tenido una facilidad absoluta para seguirme inmediatamente la cuerda y crear de la nada una historia de la que hablábamos con toda seguridad. Éramos la pinky versión de Lu Castañeda y Chaparrón Bonaparte.

A partir de ahí el Sr. Hamilson formaba parte de nuestra vida. Era nuestro amigo.

– Yo también he escuchado esos rumores en el Baby shower de Patita Vargas Llosa de la Rivaguero Vda. De la Palta Caída. Hay que apoyar al pobre del Sr. Hamilson. Apoyo moral, claro… nada de compartir nuestro abundante dinero. Que sienta que lo tratamos como si siguiera siendo de nuestra misma elite social. – contesté yo.
– Muy bien pensado, mi darling. Que vea que no somos de esos que se dejan llevar. Además, le puede pasar a cualquiera. Mira a Elena de la Melena (?!!) Está en la ruina. Vendiendo todas las joyas en el garage y tratando de que nadie se entere. Seguro no tiene ni para el pan, qué pena oye… Lo que son las cosas…

Y así, absolutamente rayados, continuamos caminando. Pasaban los días y lo volvíamos a ver y lo saludábamos como si fuera nuestro pata de siempre caído en desgracia.

– Hola, hola… Señor Hamilson.

Y seguíamos avanzando, conversando como si nada. Eso pasaba cada vez que el pobre caballero se topaba con nosotros. Poco a poco el tío se fue calentando cada vez más. Hasta que un día le colmé el vaso. El viejito se vino.

– Mira quien viene ahí, darling. – Me dice Gini.
– ¡El Sr. Hamilson!… Buenas noches Señor Hamil…
– ¿Qué me has dicho? – me dijo el tío achoradazo. Caminó rápidisimo hacia mí con cara de asesino en serie. Se lo llevaba el diablo.
– Esteeee…. Mmmmm… Lo saludé. ¿Qué acaso no es usted el Señor Hamilson? – respondí muerto de miedo y con toda ternura.

Gina no aguantó un segundo más y estalló en carcajadas mientras que el viejo malhumorado me dijo que no era. Que así no se apellidaba. Cada segundo más rojo, más colérico.

– Ay, me confundí. Disculpe usted, Sr. Hamilson. – Siempre he sido valiente para lo locura. La demencia es lo mío.

No me metió un puñete porque Dios es grande. Quería matarme, pero era muy chibolo y creo que le di pena.

A partir de ese día no lo volvimos a saludar en voz alta, pero sí a escondidas. Susurrábamos: “¿Qué tal todo, señor Hamilson?” y nos reíamos apenas el señor se había ido.

¡Qué jodidos éramos! Tras eso lo perdí un poco de vista. No supe de él durante varios años hasta que Gina me escribió, hace poco, a contarme la novedad.

– Darling… A qué no sabes quién se ha muerto y ya no está más entre la gente viva.
-No me digas que el Señor Hamilson…
-Efectivamente. Que descanse en paz. Cuánto muerto… ¿no?
– Sí, mi Gini… y se viene a morir precisamente cuando estaba vivo. Lo bueno es que ya no deberá soportar la pobreza. No debe haber dejado herencia. Que vergüenza. Mejor ni aparecernos en el velorio. Esos nos pican de todas maneras. Ay, qué pena. Lo que son las cooooosas.

Allá en el cielo espero que el Señor Hamilson me haya perdonado y no esté esperando a que yo me enfríe para sacarme la mierda en el más allá. Aunque él no lo sabía para nosotros era importante y le inventamos un nombre y una historia para que formara parte de nuestra vida.

Lo queríamos, pero él no nos tuvo paciencia.

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