La generación que jugó a los dados

José Luis Barrera

 

 

 

Eternidad o ausencia

Cuando Hemingway leyó la noticia de su deceso, apuró un trago de gin e hizo una broma. Su rostro, sin embargo, era el de un hombre a punto de batear su último strike.

Varios periódicos publicaron obituarios, recordando sus libros y hazañas. En aquella ocasión, los titulares no respondían al ansia de catástrofes, tan natural en el periodismo, sino a la ferocidad de los hechos.

El 22 de enero de 1954, Hemingway, su esposa Mary y el piloto Roy Marsh despegaron de Bukavu, en la actual República Democrática del Congo, a bordo de una Cessna 180 y volaron hacia el norte para ver a los hipopótamos que nadaban en el Lago Edward.

Poco antes de anochecer, arribaron a Entebbe, ahora Uganda, donde pernoctaron para, a primeras horas de la mañana siguiente, volver a elevarse sobre el Nilo Blanco.

Cuando llegaron a las Cascadas Murchison, Marsh decidió volar bajo y en círculo con el fin de que Mary pudiese tomar fotografías.

Una, dos y tres veces rodearon las cascadas hasta que un antiguo cable de telégrafo cortó de un tajo la antena de radio y el timón de dirección. El piloto hizo una maniobra de emergencia, al tiempo que buscaba un espacio abierto para aterrizar. Solo pudo hallar pantanos o planicies infestadas de animales peligrosos.

En medio del estruendo, la vieja Cessna hizo un aterrizaje que solo se salvó de ser desastre porque la muerte, a diferencia de Dios, sí juega a los dados.

Roy Marsh ordenó que Hemingway y su esposa salieran de inmediato de la nave y se puso a enviar llamadas de auxilio con su radio sin antena. La única respuesta, desde luego, fue el silencio.

Escritor y piloto improvisaron un campamento para resguardarse de las fieras, mientras se sorteaban los turnos para vigilar durante la noche.

Hemingway y Mary estaban heridos, pero cuando lo único que importa es la supervivencia, el dolor pasa a segundo plano.

Todo terminó al despuntar la mañana con la aparición, río arriba, de un pequeño bote, el Murchison. Lograron llamar la atención de los marineros y, pagando dos libras por cabeza (el capitán no iba a llevarlos gratis ni siquiera por accidente), los condujeron hasta Butiaba, a orillas del Lago Alberto. Allí, los esperaba el piloto Reggie Cartwright, quien había participado en una búsqueda que, de antemano, ya los daba por muertos.

El avión de Cartwright incluía en su nutrido historial de vuelo uno que otro accidente, mas, como los Hemingway necesitaban atención médica urgente, decidieron volar en él a Entebbe.

Al poco de arrancar, el motor de la derecha empezó a incendiarse.

¡Abra la compuerta! – gritó Hemingway al piloto, pero las llamas la habían derretido sellándola como un escudo de acero.

Marsh rompió una de las ventanas y, por orden del escritor, escapó con Mary. Mientras tanto, Hemingway y el piloto permanecían atrapados.

De pronto, este logró salir de la cabina, mientras que su pasajero, desesperado, se puso a embestir la compuerta con su cabeza, pues su cuerpo no respondía por las lesiones de la jornada anterior. Como toro, luego de varios intentos logró salir.

Con una contusión severa, costillas rotas y quemaduras de primer grado en el rostro y el torso, Hemingway, su esposa y Roy Marsh subieron en un coche enfilando hacia Entebbe por tierra. Allí, el escritor leyó, entre bromas, los periódicos que anunciaban su muerte. El daño moral, sin embargo, estaba hecho.

En octubre, recibió la noticia de que había ganado el Premio Nobel de Literatura. Redactó entonces un breve discurso para que, durante la ceremonia de aceptación, el embajador estadounidense lo leyese. Su cuerpo y su mente no se recuperaban de los accidentes de enero, de modo que era imposible viajar a Europa.

Escribir al mejor nivel – leyó el embajador – es una vida solitaria. Organizaciones para escritores mitigan la soledad del escritor, pero dudo que mejoren su escritura. Crece en estatura pública a medida que se despoja de su soledad y, a menudo, su trabajo se deteriora. Debido a que realiza su trabajo en soledad, si es un escritor lo suficientemente bueno, deberá enfrentar la eternidad o su ausencia”.

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¡Todos son una generación perdida!

El 27 de la Rue de Fleurus queda a pocas cuadras de los jardines de Luxemburgo. Se trata de una casa parisina cuya puerta está resguardada por el rostro barbudo de algún dios grecolatino que parece impedir el ingreso a simples mortales.

Sin embargo, esa entrada la cruzaron hombres y mujeres que, lejos de ser divinos, solo podían ver el Grial y no tocarlo. Eran pintores y novelistas que aspiraban encontrar entre las cuatro paredes de esa casa un mapa que condujese a la inmortalidad. Gertrude Stein era la anfitriona.

Hemingway, recomendado por el escritor que una vez fue su amigo, Sherwood Anderson, ingresó en ese mundo con el cartel de “joven periodista con gran futuro en la literatura”.

El entusiasmo inicial se enfrío con el transcurso de los meses porque Hemingway, sediento de literatura, quería beberse de un solo trago a su anfitriona, mientras que ella se ocultaba, pudorosa, bajo un velo de ironía y frivolidad.

Como un adicto, sin embargo, el “joven periodista” volvía siempre a visitarla, justo antes de ir a las fiestas desenfrenadas que, aún hoy, incuban en las entrañas de las noches de París.

Cierta tarde, Hemingway encontró furiosa a Gertrude Stein. El silenció en su casa era tan atronador como en Notre Dame.

Le explicó entonces que aquella mañana había llevado su coche al mecánico por un desperfecto en el motor. Le atendió un joven aprendiz, quien, casi sin fijarse, dijo que no encontraba problema alguno. Su jefe apareció en ese instante y, víctima del odio generacional, exclamó:

¿Cómo que no hay daño? ¡Maldita sea, todos ustedes son una generación perdida!

Stein, por unos instantes abandonó su velo de ironía, y mirando a los ojos de su joven discípulo le dijo:

En efecto, eso es lo que son: una generación perdida; ustedes que enterraron su juventud en las trincheras y que, en vez de vivir el amor, vivieron la muerte, están arruinados para siempre”.

El escritor fue refugiarse en un café tratando de apurar la verdad con alcohol, pero el veneno ya había llegado a su sangre y la frase pasó de un libro suyo a otro hasta que, como virús maldito, incubó en la bala que atravesó su cráneo en 1961.

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En este lado del paraíso

Fitzgerald y Hemingway pasaron de la admiración al desprecio por culpa del amor.

Se conocieron en París en los años veinte, volviéndose enseguida compañeros de juergas y lecturas.

Hemingway escuchaba con atención las críticas de su amigo aunque se negara a reconocerlo. De hecho, su primera novela exitosa, Fiesta, huele a Fitzgerald y sus héroes, brillantes en la derrota, perfectamente podrían adaptarse a cualquier cuento de este.

Pero Ernest nunca comprendió la paciencia que su amigo tenía para con su esposa Zelda. Ella, en apariencia superficial y egoísta, gastaba sin control, haciendo tan apurada la situación de su matrimonio que se vio obligada a escribir también para obtener un ingreso extra.

Zelda, bajo su traje de flapper, escondía una fuerte depresión y Francis se dejaba arrastrar al mismo naufragio.

Las cuantiosas sumas que él recibía por sus novelas se diluían en fiestas o manicomios. Ambos eran reyes menesterosos y, a menudo, editores amigos se veían obligados a entregarles algún anticipo por una obra que ni siquiera estaba en gestación.

Hemingway le recriminaba a Fitzgerald que pervirtiese su talento por billetes. Le decía que dejar a su esposa era el camino para salvarse como artista, que la soledad es el destino del escritor y que solo el sacrificio y la disciplina lo alejarían del fracaso.

Su amigo respondía que su destino eran la derrota y se iba de París a Nueva York y de allí a Hollywood, sobreviviendo como guionista de cine, articulista o simple borracho.

Zelda, en cambio, se dejaba caer por las escaleras cuando su marido la desatendía o le armaba terribles peleas acusándole de tener un romance homosexual con Hemingway.

Pronto, Ernest y Francis se separaron, mientras que Zelda caía en un estado tan terrible de ansiedad que no hubo otro remedio que internarla. Dentro del hospital, decidió escribir una novela capaz de consagrarla.

La historia era una biografía novelada de su matrimonio y mucho de lo allí escrito se cruzaba con lo que Fitzgerald iba a usar para la historia que se convertiría en Suave es la noche.

En un asomo del egoísmo que Hemingway le exigía, Francis hizo que su mujer revisara el relato eliminando las partes por él escogidas.

La novela de Zelda, titulada Save Me The Waltz, era sensual, con un lenguaje completamente distinto al de Fitzgerald y tan original que el público estadounidense de los años treinta la hizo fracasar. Aun su marido, implacable en la desgracia, la llamó plagiadora de tercera categoría.

Desde entonces, Zelda entró y salió de la locura con la tranquilidad de aquel sin nada que perder.

Ella y su marido se echaban la culpa de sus respectivos fracasos y no les quedó otro camino que separarse.

La mujer solo supo de la muerte de su esposo por telegrama en el año de 1940.

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Cantos de cisne

La jaula medía dos metros de ancho por dos de alto, estaba a la intemperie y no tenía otro mobiliario que el cemento del patio de aquel campo de prisioneros en Pisa.

La criatura confinada dentro era barbuda, con frente ancha y una mirada terrible como la de aquellos santos medievales que aparecen en los frescos de las iglesias de Europa Oriental. Nadie tiene permitido hablar con ese hombre.

A diferencia del resto de apresados, ese individuo al que tratan como una bestia, no es italiano, japonés o alemán, sino estadounidense, igual que sus captores, y lo más sorprendente: tampoco es soldado, sino poeta. Se llama Ezra Pound y dicen que está loco.

A veces recita versos escritos por él mismo y, en otras ocasiones, cita a Confucio. Se nota su desprecio por los carceleros, les llama víctimas y no enemigos. Suele hacer el saludo fascista, pero nadie sabe si es en broma o en serio.

El sol durante el día y el viento en la noche se unen al escarnio del poeta. Y mientras los elementos, el hambre y el polvo tratan de aniquilarle, en su tierra y en Europa se levantan las voces a favor y en contra suya.

Por un lado, hablan los Eliot, Frost, Williams y Cummings pidiendo libertad porque el poeta es un país en sí mismo, un planeta con leyes distintas. Por otro, Miller le acusa de monstruoso porque, dice, el genio literario no debe ir de la mano con una crueldad como la manifestada por el poeta en Radio Roma cuando instigaba a una cruzada en contra de los judíos.

Mientras las lanzas de amigos y detractores se cruzan en la trinchera de la prensa, Pound recita sus poemas hasta que un jurado lo declara loco y lo extirpa de su jaula para meterle en un manicomio.

Él, sonriente, dirá tiempo después que “cualquier hombre que soporte vivir en Estados Unidos, desde luego, está loco”.

Trece años más tarde, en 1958, un juez de Washington volvió a declararle “loco incurable”, pero lo suficientemente inofensivo como para dejarlo en libertad. Enseguida, Pound se marchó a Italia, único lugar donde no se sentía un extraño.

Vivió los siguientes años dedicado a la escritura. El mundo, por otra parte, no logró perdonarle del todo, pero no le importó porque ese hombre que tenía algo de santo y algo de monstruo, gritaba como si fuese el arquetipo de su época:

He intentado escribir el Paraíso
No te muevas
Deja que hable el viento
que ese es el paraíso.
Que los Dioses perdonen lo que hice.
Que los que amo procuren perdonar
lo que hice.”

Publicado originalmente en la revista Mundo Diners de Ecuador en su edición de diciembre 2019.

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