Zapador

José Luis Barrera

 

 

 

La primera vez que vi a Amelia yo tenía seis años y ella, doce. Me enamoré de inmediato.

No era mi primer amor, sino el segundo y se incrustó en mi cerebro de la misma forma que una bala, eliminando de cada neurona los rastros del otro —mi profesora María del Carmen.

Amelia fue también un amor de verano, de varios. La vi durante las vacaciones de agosto por cuatro años seguidos, en los que mi padre me arrastraba a cierto pueblito de pescadores.

Ella era hija de un español que vino a buscar el amor en Sudamérica. Una vez hallado, fundó una familia y un hostal, para luego, satisfecho como héroe epónimo, unirse a una hamaca hasta que la muerte los separe.

La hija tenía mucho de la mamá y eso, decía el padre, era lo mejor. Delgadísima y con cabello rizado, sus rasgos de mulata tropezaban con los «vale» y «¡hostia!» que en su boca sonaban a marimba.

La primera ocasión en que vi a Amelia, me puse colorado y aun hoy no recupero mi palidez. No sé si alguna vez se percató de mi expresión de criminal inocente, pero siempre me regalaba jugo, mientras su papá, con los ojos cerrados y meciéndose sobre su hamaca, le decía al mío que no volvería a España precisamente por amar demasiado a su país.

Después del desayuno, cuando mis padres y yo enfilábamos a la playa cargando ese arsenal que usa la gente de la sierra para no morir en el trópico; Amelia, con camiseta blanca y falda azul, iba a la escuela, pues en la costa, igual que en las antípodas, el verano es para el estudio y el invierno para el descanso.

Pasada la una de la tarde, yo volvía al hotel cubierto de arena como un ingeniero del Cuerpo de Zapadores —que debía ser algo importante porque mi abuelo usaba aquella frase con supremo orgullo—, esperando que Amelia me reconociera de ese modo.

Ella, sin embargo, permanecía con la mirada fija sobre la hamaca de su padre hasta el tonante arribo de un «¡hostia!». Entonces, pellizcándome los cachetes, exclamaba con la mayor impunidad: «¡qué mono eres!»

La última vez que la vi fue cruzando el puente instalado sobre el río del pueblo, era este de cañas, angostísimo y se mecía igual que la hamaca del padre de Amelia. Ella, con los pies desnudos, lo atravesó a toda velocidad como si fuese una carretera de cinco carriles. A medio camino, me hizo un gesto con el brazo libre que parecía decir: «¡nos veremos el próximo año!»

No fue así. El verano siguiente fuimos a vacacionar en otro sitio y Amelia despareció hasta los tiempos de Facebook.

La encontré allí liderando una cruzada cuyo objetivo era salvación de su pueblito, al que ahora visitaban hordas de adolescentes en busca de sexo clandestino.

Esta Amelia no era la misma de mis recuerdos: su piel y cabello eran idénticos, pero en sus publicaciones ya no había «hostias» de marimba, sino palabras en inglés que su pareja, un estadounidense que la despegó a cuchilladas de mis sueños, le había inoculado en la lengua y el cerebro.

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