Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El perdón de la señora Buenos días”

Ítalo Costa Gómez

 

 

 

 

La vida me puso frente a un reto mucho antes de empezar a escribir estos relatos para ustedes. El de desear “buenos días” a mi gente más especial de forma creativa y personalizada. Esto empezó en una época en la que no había WhatsApp. Lo hacía por medio de mensajes de texto a mis personas engreídas. A esos seres de luz que yo sentía que me hacían ser una persona medianamente feliz (que ya es decir bastante) gracias a su compañía. Son como angelitos para mí y los engrío – desde esos días hasta hoy, hasta mañana, hasta pasado – cada mañana. Sin falta desde hace como siete años.

Esta misión la trajo a mi vida – como quien no quiere la cosa – una señora muy solitaria que yo no supe comprender en su momento y que encontró en su corazón la generosidad necesaria para perdonarme por eso.

[Ella no habrá querido la cosa. Yo siempre quiero la cosa.]

Cuenta la historia que yo aprendía inglés en el ICPNA de la Avenida La Marina. Y como también estudiaba periodismo en las tardes me matriculaba mes a mes en el primer turno disponible. Iba de lunes a viernes a las siete de la mañana. Salía a las seis cueteado.

Cada uno de esos días veía que estaba en la esquina una señora sentada que se la pasaba saludando al mundo entero. Persona que pasaba ella lo saludaba. Era bien gordita y tenía un bastón al costado que no sé si usaba en realidad porque nunca la vi de pie.

Pasaba el panadero.

– Buenos días, señor panadero.

Pasaba la señora corriendo con su perro.

– Buenos días, señora. ¡Qué lindo su perrito!

Pasaba yo.

– Buenos días, flaquito. Que tengas un lindo día.

Yo respondía gentil y con una sonrisa grande. Seguía mi camino porque siempre he estado apurado. Ahora que lo pienso literalmente siempre tengo prisa como si el tiempo que tengo por vivir no me fuera a alcanzar para pasar todo lo que debo pasar.

La cosa es que regresaba por las tardes a casa a almorzar un ratito y la señora seguía sentada saludando.

– Buenas tardes, flaquito.

Yo ya saludaba ya con menor entusiasmo. Me metía a mi casa, me bañaba, comía algo y salía nuevamente.

– Que te vaya bien. – insistía ella, tenaz.

Ya no contestaba. Creo que me aburría un poco. Sentía poca empatía por la señora de los buenos días… ¡Cómo es la vida!

Volvía en las noches y la señora – increíblemente – seguía sentada saludando a la gente. Era su profesión. Ella vivía de saludar a las personas. No hacía otra cosa. Nunca la pillé en el baño o comiendo algo. Era una dama de saludo y era increíblemente profesional en ello.

Un buen día salí temprano, como siempre, y la señora no estaba sentada en la esquina. No había rastro de la abuelita. Pensé que por primera vez se había quedado dormida o estaba agripada. Regresé en la tarde y tampoco estaba. Llegó la noche y la señora no había vuelto a su lugar.

Sentí un hueco en el estómago y un dolor grande en el corazón. ¿Y si la señora se había muerto? Yo había sido tan poco generoso con ella. Nunca le alcancé un yogurt ni un juguito. Estoy seguro que debe haber tenido sed. Jamás le di un abrazo. Pensaba que mi sonrisa ancha de las mañanas bastaba. Qué tal vanidad la mía.

Me arrepentí en el alma de no haber valorado su saludo que era lo único que tenía por seguro cada vez que iba o volvía. Era como si me lanzara pétalos de rosa cada vez que entraba o salía de la casa. Me senté en mi cama y me miré adolorido y avergonzado por mi pobre actitud.

[Que la señora del buenos días esté bien. Que la señora del buenos días esté sana]

Así me dormí. A la mañana siguiente salí desesperado. Sin bañarme ni nada me cambié a la volada, agarré mi mochila y casi corrí a la esquina. La señora estaba sentadita en su lugar.

– ¡Gracias a Dios! Señora del buenos días… perdóneme. ¿¡Dónde se metió ayer?!, ¿Sabe el susto que me he pegado? – casi casi reclamando su ausencia, suplicando que no se vaya – Perdóneme por haber pasado muchas veces altanero y haciéndome el ocupado. Nunca más va a volver a pasar. Ni siquiera sé su nombre. Seño.

Me miró sin un ápice de sorpresa. Tenía cariño en la mirada. Paz en el jodido espíritu.

– Me gusta “señora del buenos días”.
– Entonces así se quedará. Cuando regrese compartimos una galleta.

[Mis galletas. Siempre han sido mi excusa perfecta para dar amor]

Me acompañó desde su trinchera un par de años más. Fue mi amiga la señora del buenos días que nunca me quiso contar su nombre, que nunca dejó de regalarme amor y que antes de irse del mundo me dio una herencia. Me cedió el pase en su profesión amorosa. Ahora soy yo el que tiene su lugar y que se sienta en la esquina de sus casas deseándoles buenos días. Hoy recuerdo a esa mujer con infinito amor, queridos irreverentes, y le agradezco la misión y el haberse deshecho con tanto cuidado de mi arrogancia.

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