Repudiados

Osamu Dazai

 

 

 

Entonces ella dijo, susurrando con una extraña voz:

—No te preocupes. Yo me encargo de todo. Cuando lo hice ya sabía que esto acabaría ocurriendo. De verdad.
—No, no lo hagas. Sé qué piensas. Imaginas que morirás sola, o que te irás de aquí para acabar tu vida consumiéndote en soledad. No puedo permitir que hagas lo que quieras sabiendo cómo pretendes poner fin a todo esto. Piensa en tu familia, en tus padres y en tu hermano. Son buena gente. —Lo que decía Kashichi tenía sentido, pero, mientras hablaba, se dio cuenta de que él también quería morir—. Bueno, está bien, hagámoslo juntos. En ese caso, seguro que Dios nos perdonará.

Y entonces comenzaron con los preparativos.

Aquella esposa que acarició a otro hombre y aquel marido que destrozó su vida, arrastrándola a ella hasta llegar a aquella situación, decidieron poner punto y final a sus existencias mediante el suicidio. Ocurrió a principios de primavera. Cogieron los catorce o quince yenes que tenían ahorrados y toda la ropa de la que disponían; el dotera de Kashichi, un kimono de primavera y otoño de Kazue y sus dos obi, todo envuelto con mucho cuidado en un furoshiki que ella misma se encargó de llevar. Acto seguido, los dos salieron de casa juntos, algo que llevaban mucho tiempo sin hacer. A pesar del frío, él no iba con capa. No tenía. Llevaba un kimono de kasuri y una boina inglesa sobre la cabeza. Ella tampoco tenía abrigo. Su haori y su kimono eran de meisen, ambos con bordados idénticos en forma de flecha. El chal que llevaba encima era de una tela de color rojo pálido que venía del extranjero. Le quedaba muy grande y le cubría casi toda la parte superior del cuerpo.

Ya era mediodía. La gente entraba y salía de la estación de Ogikubo en silencio. Decidieron separarse un poco antes de llegar a la casa de empeños para no levantar sospechas, por lo que Kashichi se quedó fumando frente a la estación mientras esperaba a que ella saliese de la tienda. Una vez fuera, Kazue lo buscó por todas partes con la mirada y, nada más divisarlo, fue corriendo hacia él casi a trompicones mientras exclamaba, llena de alegría:

—¡Ha sido un éxito! Nos ha dado quince yenes por todo. ¡Menudo idiota!

«Esta mujer no tiene por qué morir. No debería permitirlo. La vida no le ha hecho sufrir tanto como a mí, así que todavía le queda muchísima fuerza para seguir adelante. No debería arrastrarla conmigo. Si intenta suicidarse pero no muere, será más que suficiente. La sociedad la perdonará y olvidará el tema. Creo que es lo mejor. Moriré yo solo».

—Buen trabajo —dijo él con una sonrisa. En aquel momento le entraron ganas de darle unas suaves palmaditas en el hombro, pero no lo hizo—. En total son treinta yenes. Qué bien, con esto tenemos de sobra para irnos de viaje.

Compraron un par de billetes de tren para Shinjuku. Una vez allí, se dirigieron a una farmacia, donde compraron un bote grande de barbitúricos. Después, acudieron a otra para comprar uno de otra marca. Kashichi fue quien se encargó de comprarlos, mientras ella lo esperaba afuera. Como entró él solo y los pidió amablemente y sonriendo, los farmacéuticos no sospecharon nada. Al final, acudieron a los grandes almacenes Mitsukoshi. Allí fueron a la sección de medicamentos, donde había una gran aglomeración de gente. En aquel momento, tuvieron la poca astucia de pedir dos botes grandes de barbitúricos a la vez, creyendo que, al haber tanta gente, no levantarían sospechas. La dependienta, seria, de ojos grandes y cara estrecha, sospechó y frunció levemente el ceño. Kashichi se asustó. Todo ocurrió tan deprisa que ni siquiera pensó en sonreír para aliviar la tensión. La dependienta le dio los botes con frialdad para después ponerse de puntillas y seguirlos con la mirada mientras se alejaban. Consciente de que los miraban, Kashichi se arrimó a Kazue intentando aparentar normalidad y ambos siguieron caminando entre la multitud. Aquello le entristeció bastante. Aunque tratase de actuar de forma natural, a ojos de los demás resultaba una persona sombría que ocultaba algo. Antes de salir de los grandes almacenes, Kazue compró unos tabi de color blanco en la sección de rebajas y Kashichi se hizo con unos cigarrillos extranjeros de buena calidad. Cogieron un taxi y fueron al barrio de Asakusa, donde se metieron en un cine para ver La luna sobre el castillo en ruinas. Nada más comenzar, se veían unos tejados tras la valla de un colegio que daban paso a una canción cantada por niños que hizo llorar a Kashichi.

—¿Sabes qué? —le susurró a Kazue, sonriendo en la oscuridad de la sala —. Dicen que hoy en día cuando los enamorados van al cine se agarran así, de la mano.

Debido a la profunda lástima que sentía por ella, buscó la pequeña mano izquierda de Kazue con su mano derecha y la agarró con fuerza, cubriéndolas ambas con la boina para que nadie los viese. Pero aquello le resultó horroroso. No podía soportar la idea de que un matrimonio que estaba en una situación tan complicada hiciese aquello, por lo que le soltó la mano con suavidad. Entonces Kazue se rio en voz baja. Pero no fue por la torpeza de Kashichi, sino porque disfrutaba de la película.

«Es una buena mujer. Inocente y modesta, que sabe encontrar la felicidad tan solo con ir a ver una película. No debería dejarla morir. No está bien que alguien como ella se suicide».

—¿Y si no lo hacemos? —dijo él de pronto.
—Como quieras. —Su mirada seguía absorta en la proyección—. Aunque yo ya tenía pensado suicidarme desde un principio, incluso si tengo que hacerlo sola.

Kashichi vio lo misteriosas que pueden llegar a ser las mujeres. Cuando salieron del cine ya se había hecho de noche. A Kazue le entraron ganas de comer sushi, pero a Kashichi no le gustaba el olor del pescado crudo, además de que aquella noche quería cenar algo todavía más caro.

—Si te digo la verdad, no me apetece mucho cenar sushi.
—Pero a mí sí.

Fue él quien le inculcó todos esos valores egoístas. De vez en cuando, dándose aires de grandeza, le contaba lo desagradables que le resultaban las mujeres que le decían que sí a todo.

Al final, como era de esperar, él mismo acabó sufriendo el egoísmo que le había enseñado.

Fueron a un restaurante de sushi, donde bebieron un poco de sake. Kashichi pidió ostras rebozadas para él. Intentó convencerse de que, para ser su última comida en Tokio, no estaba del todo mal, pero solo consiguió esbozar una amarga sonrisa. Kazue, por su parte, se pidió unos maki de atún.

—¿Están buenos?
—Qué va —dijo, arrugando la cara mientras se llevaba otro maki a la boca—. ¡Qué asco!

Ninguno de los dos solía hablar demasiado.

Una vez fuera, se dirigieron a un teatro donde se representaban monólogos. Estaba tan lleno que no pudieron sentarse. La gente se amontonaba a empujones en la entrada y, aunque estuviesen fuera de la sala, de vez en cuando todos se reían al mismo tiempo. A Kazue la empujaron unos diez metros por delante de Kashichi. Como era muy bajita, le costaba divisar el escenario tras la barrera humana que formaban los espectadores. Mirando a un lado y a otro de aquella manera, parecía una pequeña mujer de pueblo que anduviese perdida. De vez en cuando, Kashichi, algo preocupado, se ponía de puntillas en busca de su pequeña silueta. Estaba más pendiente de ella que del escenario. Kazue, por el contrario, movía la cabeza en todas direcciones intentando ver a los humoristas que actuaban sobre el escenario mientras cargaba en el pecho con el furoshiki negro en el que llevaba los barbitúricos. De vez en cuando ella también se giraba en busca de Kashichi, pero, cuando sus miradas se cruzaban, no se sonreían ni se hacían el menor gesto. No expresaban nada, pero se quedaban tranquilos.

«Esta mujer ha sufrido mucho por mi culpa. Es algo que debo tener en cuenta. La culpa de todo esto es mía. Debo hacer algo para evitar que todo el mundo la haga responsable de mi trágico final. Es una buena mujer, de eso no cabe duda. Pero ¿cómo debo tomarme lo que hizo con ese? No puedo, no puedo dejarlo pasar y hacer como si no hubiese ocurrido nada. No puedo soportarlo más. ¡Perdóname! Este será mi último acto de egoísmo. Sé que fue inmoral por su parte, pero es que justo eso es lo que menos me importa. El caso es que mis sentimientos no me dejan ignorarlo y dejarlo pasar. No lo soporto más».

Cuando una oleada de risas invadió la sala, Kashichi le hizo una señal con la mirada a Kazue para que saliesen fuera.

—¿Qué te parece si nos vamos a Minakami?

Habían pasado allí el verano del año anterior, en un balneario de aguas termales llamado Tanigawa Onsen que estaba situado en medio de la montaña. Para llegar hasta allí, había que andar una hora cuesta arriba desde la estación de Minakami. Lo cierto es que había sido un verano bastante duro para los dos, pero justamente por eso ahora lo recordaban con cierta dulzura, como si el recuerdo fuese una colorida postal. Kashichi sentía que podían morir en paz si lo hacían envueltos por la melancolía de aquellos ríos y aquellas montañas sobre las que caían chubascos. A ella también le gustó la idea; se le iluminó el rostro en cuanto le escuchó mencionar Minakami.

—¡Ah! Entonces tendremos que comprar amaguri. Recuerdo que a la dueña del hostal le gustaban mucho.

Durante aquel verano, Kazue estableció una relación muy buena con la dueña del hostal en el que se alojaron. Las dos se cogieron mucho cariño, y hasta llegaron a comportarse como madre e hija. Se trataba de un hostal poco profesional. Solo tenía tres habitaciones y ni siquiera contaba con bañera propia, por lo que si un cliente quería darse un baño, no tenía más remedio que ir al ryokan de grandes dimensiones que estaba justo al lado. O, si lo prefería, podía bajar hasta el río e ir al pequeño balneario que había junto al cauce. En caso de que lloviese, tenía que ir con paraguas, y, si ya era de noche, era necesario llevar una vela o una linterna para guiarse. El hostal lo regentaba una pareja mayor. Como no tenían hijos que pudiesen echar una mano, cada vez que las tres habitaciones se llenaban se veían en un gran jaleo, aunque era algo que casi nunca ocurría. En esas ocasiones, Kazue solía ir a la cocina con la idea de echarles una mano, pero al final siempre acababa estorbando. Los platos que ofrecían tampoco eran nada del otro mundo. Se componían de huevas de salmón, nattō y cosas por el estilo. A pesar de todos sus inconvenientes, para Kashichi resultó un lugar muy acogedor. De hecho, guardaban muy buenos recuerdos de él, como aquella vez en que a la dueña le dolía una muela y Kashichi le dio una aspirina para calmar el dolor. Por lo visto, le hizo demasiado efecto y se quedó dormida. El marido, que la quería mucho, se puso muy nervioso y no paró de dar vueltas a su alrededor. A Kazue aquella situación le resultó tan cómica que no pudo parar de reír. Además, hubo una vez en que, mientras Kashichi paseaba cabizbajo entre la maleza que había frente al hostal sin rumbo fijo, alzó la vista por casualidad y vio, frente al umbral, a la dueña sentada en penumbra junto a las escaleras. Tenía un aire distraído y seguía inconscientemente su paseo con la mirada. Aquella escena supuso algo muy especial para él, por lo que decidió guardarla en su interior como si de un pequeño y hermoso secreto se tratase. La mujer, pese a que su marido se refiriese a ella como «mi abuelita», no tendría más que cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años. Era una persona de cara redonda que transmitía elegancia y serenidad. Además, al parecer había sido él quien había entrado a formar parte de su familia. Cuando Kazue se dispuso a comprar los amaguri, Kashichi le sugirió que cogiese unos pocos más.

La estación de Ueno siempre había conservado cierto olor a su tierra natal, y por eso Kashichi siempre temía encontrarse con algún conocido de su pueblo cada vez que pasaba por allí. Si alguno de ellos lo hubiese visto aquella noche así vestido y sin ningún tipo de equipaje, habría pensado que intentaba huir con una amante aprovechando la oscuridad de la noche. Al llegar a la estación, Kazue se dirigió al quiosco y compró el último número de la revista Modern Nippon, que resultó ser un especial sobre novela negra. Mientras tanto, Kashichi aprovechó para comprar una pequeña botella de whisky. Acto seguido, cogieron el tren de las diez y media, que iba en dirección a Niigata.

Una vez dentro, se sentaron el uno frente al otro y se sonrieron con disimulo.

—Oye, ¿crees que a la dueña le parecerá raro que no lleve ropa de recambio? —preguntó Kazue.
—No te preocupes. Dile que fuimos a Asakusa a ver una película y que, al volver, bebí demasiado y te insistí mucho para que fuésemos a su hostal, por lo que hemos ido directamente sin pasar por casa.
—Vale —dijo sin más.

Al rato volvió a hablarle:

—Si vamos así tan de repente se sorprenderá mucho, ¿no crees? —Parecía que hasta que el tren no se pusiese en marcha y saliese de la estación no se tranquilizaría.
—Pues diremos que queríamos darle una sorpresa.

Justo cuando Kazue comenzó a ponerse bastante tensa, el tren se empezó a mover. Miró con disimulo al andén que se alejaba y por fin consiguió relajarse. Incluso recobró bastante el ánimo. Sacó la revista que acababa de comprar de dentro del furoshiki, que estaba sobre su regazo, y empezó a leer.

Kashichi comenzó a sentir las piernas pesadas, además de una desagradable presión en el pecho. Su corazón palpitaba con fuerza. Cogió el whisky y echó un trago directamente de la botella, como si se tratase de un medicamento.

«Si tuviese dinero, jamás permitiría que esta pobre mujer se suicidase. Quizás si aquel hombre con el que se fue hubiese tenido más carácter ahora no nos veríamos en esta situación. ¡Qué ridículo! No tiene ningún sentido que ella se suicide».

—¿Crees que soy una buena persona? —preguntó él de pronto—. ¿O piensas que no soy más que un egoísta que intenta quedar como una buena persona?

Lo dijo tan alto que Kazue se puso nerviosa y le hizo un gesto con la cara para que bajase la voz, a lo que él sonrió.

—En el fondo… —prosiguió susurrando para burlarse de ella—… no creo que seas una mujer tan desgraciada como piensas; eres normal. No eres ni buena ni mala. Solo una mujer como otra cualquiera. Pero yo, en cambio, soy un verdadero desastre. Estoy en una posición muchísimo más baja de lo que se puede considerar normal.

El tren acababa de pasar por Akabane y en aquel instante cruzaba ōmiya, siguiendo su camino en la oscuridad sin parar. Los efectos del alcohol, junto con la velocidad a la que iba el tren, hacían que a Kashichi le saliesen las palabras con mayor fluidez.

—Hace ya tiempo que me tienes harto, y, a pesar de ello, no hago más que andar detrás de ti sin saber muy bien por qué. Sé que es algo estúpido de lo que debería avergonzarme, pero lo cierto es que no quiero quedar como una buena persona. No quiero que me recuerden como a alguien bueno, pero tampoco deseo inspirar compasión barata en los demás. No quiero que mis conocidos del mundo del arte hablen de mí como si fuese una persona pura y débil a la que engañó su mujer y que, por ser tan noble, no pudo hacer otra cosa que suicidarse. Si me suicido es porque me rindo ante tanto sufrimiento. No creas que lo hago por ti. Aún me queda mucho sobre lo que reflexionar. Siempre me he aprovechado de los demás para cualquier cosa, sin saber que, muchas veces, la ayuda que me prestaban estaba por encima de sus capacidades. Soy consciente de todo ello y de muchas otras cosas de las que también me avergüenzo. He intentado esforzarme al máximo para llevar una vida normal, ¿acaso alguna vez te has dado cuenta de ello? He vivido con la máxima precaución, como si me hubiese estado agarrando a un clavo ardiendo, siempre con miedo a que se soltase al menor gesto. Lo sabías, ¿no? Todo esto no es porque yo sea demasiado débil, sino por todo este sufrimiento, que pesa demasiado. Soy un rencoroso que no hace más que quejarse, lo sé. Pero es que si no lo digo bien claro en voz alta, la gente, incluso tú, pensará que no soy más que un caradura que va por ahí fingiendo que está muy mal e ignorarán el dolor tan profundo que en realidad siento.

Kazue iba a decir algo, pero Kashichi la interrumpió:

—No, no pienses que te lo estoy echando en cara. Eres una buena persona. Siempre has creído sin reparo en todo lo que he dicho. Ni siquiera mis antiguos amigos, intelectuales que recibieron una excelente educación, consiguieron darse cuenta de mi sufrimiento ni supieron ver la compasión que sentía. ¿Cómo voy a echarte a ti, que has recibido una educación muy inferior, la culpa de mi situación actual? El culpable de todo esto soy yo, que nunca he sabido expresar bien mis sentimientos —dijo, con una ligera sonrisa.

De pronto, Kazue se puso algo altiva y dijo:

—Ya está, ya vale. Que te va a oír todo el mundo. Déjalo ya.
—Vaya, parece que no has entendido nada de lo que acabo de decirte. Veo que no soy más que un idiota para ti. Mira, últimamente sufro muchísimo. Temo que en algún rincón de mi corazón pueda haber escondida una parte de mí que intenta que parezca una buena persona. Llevamos seis o siete años juntos, pero tú nunca has… No, déjalo. No pienso reprocharte este tipo de cosas. Esto ha sido así y nadie ha podido hacer nada para evitarlo. No ha sido culpa tuya.

Kazue dejó de escucharle y siguió leyendo la revista. Entonces Kashichi se puso firme y empezó a hablarle a la ventana del vagón, como si siguiese el diálogo, mientras contemplaba la inmensa oscuridad que se extendía a través de ella.

—¡No, no digas eso! ¿Piensas que soy una buena persona? ¿Sabes cómo suelen llamarme? Mentiroso, vago, creído, vanidoso, mujeriego y muchas otras cosas peores. Pero nunca me he quejado. Jamás he puesto excusas. Siempre he tenido fe en mí mismo, pero eso es algo que no suelo ir diciendo por ahí, porque, de hacerlo, perdería todo el sentido. Tampoco he sido capaz de vivir solo y pensar en mi propia felicidad. Siempre he tenido la necesidad de saber cuál es mi objetivo en la vida, por lo que decidí encargarme de representar el papel del malo de la película. Cada vez que la maldad de Judas se vuelve más retorcida, mayor es la luz que desprende la bondad de Cristo, ¿no crees? Siempre me he considerado una persona que acabaría hundiéndose en la miseria. La visión que tengo del mundo así me lo dice, con lo cual he intentado probar la antítesis de mis convicciones de la manera más violenta posible. Cada vez que alguien alude a la maldad del que se va consumiendo, mayor es la luz con la que brilla una vez ha desaparecido, o al menos eso es lo que siempre he creído. Lo que siempre he deseado. Me da igual lo que me pueda ocurrir. Aunque muera, me sentiré aliviado si esa muerte toma la forma de algo repulsivo y después reaparezco como algo bueno. Puede que nadie me crea, o que les parezca que estoy de broma, pero de verdad que es lo que he venido pensando hasta ahora. Soy un idiota, así que puede que todo esto no sea más que una equivocación y que en el fondo haya cierta arrogancia escondida en mi interior. Todo lo que me haya podido ilusionar se quedará en un dulce sueño, y es que esta vida no es más que un teatro. Tampoco sería justo pedirte que al menos tú vivas con alegría, a pesar de que yo vaya a morir dentro de poco por haber sido derrotado. Aunque se trate de una comida de lujo, si se ha hecho con intención de desperdiciar la vida acabará oliendo a muerte y ni siquiera un perro se atreverá a probarla. Incluso sería una molestia recibirla. Aunque puede que nada de lo que te digo tenga sentido si no sobrevivimos.

Como era de esperar, no obtuvo ninguna respuesta por parte de la ventana.

Kashichi se levantó de su asiento y fue tambaleándose hacia el servicio. Entró y se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada. Vaciló un instante y juntó las manos en silencio frente al pecho. Rezó por su alma, un gesto sincero que salió de lo más profundo de su corazón.

Cuando llegaron a la estación de Minakami eran las cuatro de la madrugada y todavía era de noche. Temían que la nieve se hubiese amontonado demasiado y les dificultase el paso, pero había desaparecido casi toda, y la poca que quedaba se concentraba únicamente en las esquinas, adquiriendo cierto color grisáceo. Podían ir andando hasta el balneario de la montaña, pero Kashichi prefirió despertar al taxista del garaje que había junto a la estación.

Según subían en coche por aquel camino que se doblaba como un relámpago, descubrieron que todavía quedaba mucha nieve acumulada en la montaña, que hacía que el oscuro cielo resultase más luminoso por aquella zona.

—¡Qué frío! No me imaginaba que fuese a ser así. En Tokio ya hay gente que viste con el kimono de verano —le dijo Kazue al conductor, intentando que no se extrañase por la ropa que llevaban—. Ahí. Gire a la derecha.

Kazue iba recobrando el ánimo según se acercaban al hostal.

—Seguro que todavía duermen —le dijo a Kashichi para volver a dirigirse al conductor de inmediato—. Sí, un poco más allá.

Llegaron a un punto en el que el camino se estrechaba, por lo que decidieron apearse.

—Por aquí está bien. Pare donde pueda, seguiremos a pie.

Bajaron del coche, se quitaron los tabi y anduvieron unos cincuenta metros hasta llegar al hostal. El camino estaba cubierto de nieve que se iba derritiendo, por lo que acabaron con los geta totalmente empapados. Cuando Kashichi se disponía a golpear la puerta, Kazue, que iba unos metros por detrás de él, lo adelantó muy rápido y dijo:

—¡Déjame llamar a mí! ¡Yo los despierto!

Parecía una niña inocente que quisiese obtener el reconocimiento de los demás.

Los dueños del hostal se sorprendieron ante aquella visita y se pusieron muy nerviosos, aunque siempre intentando mantener la calma. Kashichi subió a toda prisa al piso superior sin esperar a las indicaciones de los dueños. Entró en la misma habitación donde durmieron el verano anterior y encendió la lámpara. Desde allí podía oír a Kazue hablando:

—En cuanto dijo que quería venir, no hubo manera de hacerle cambiar de opinión. ¡Menudos son estos artistas! ¡Peores que los niños!

Lo contaba con tanta alegría que parecía haber olvidado que era mentira. También les contó que en Tokio ya había gente que vestía con el kimono de verano. La señora subió a la habitación para abrir las contraventanas y le dijo a Kashichi:

—Me alegro de que hayáis vuelto.

Ya empezaban a aparecer los primeros rayos de luz, y se podía divisar la gran montaña blanca que había justo en frente. Kashichi se asomó a la ventana y contempló el río, que parecía una línea negra que atravesaba la densa niebla.

—Hace un frío terrible. —Lo cierto es que era mentira. No tenía tanto frío como afirmaba, pero lo dijo para poder continuar con lo siguiente—: Tráeme un poco de sake.
—¿Estás seguro?
—Sí, sí. No te preocupes. Ya me he recuperado del todo. Incluso he cogido un poco de peso, ¿no crees?

Justo en aquel momento, Kazue entró en la habitación con un kotatsu de grandes dimensiones.

—¡Ay, cómo pesa! Me ha dicho que coja el vuestro, que no pasa nada. Menudo frío, ¿eh?

Hablaba con mucha más alegría de lo normal.

Una vez se quedaron a solas, el buen humor de Kazue desapareció por completo.

—Estoy hecha polvo. Voy a darme un baño y después me voy a echar un rato.
—¿Crees que con esta nieve se podrá ir a las aguas termales que hay ahí abajo?
—Sí, se puede. De hecho, me han dicho que van todos los días.

El dueño del hostal, calzado con unas resistentes botas hechas de paja, los acompañó hasta el balneario que había junto al río, donde ya se vislumbraban los primeros rayos de sol. Fue caminando por delante de ellos, dejando profundas huellas en la nieve para que pudiesen andar con facilidad. Dejaron la ropa sobre una estera que el dueño les había traído y se metieron rápido en el agua caliente. El cuerpo de Kazue era algo redondito. Desprendía frescura y buena salud. Contemplándola desnuda, Kashichi no podía creer que alguien así fuese a morir en cuanto terminase aquel día que acababa de empezar. Cuando el dueño del hostal se marchó, Kashichi dijo, señalando con la barbilla la gran montaña blanca, aún cubierta de una espesa niebla, que había al otro lado:

—¿Qué te parece por allí arriba?
—No sé. Creo que será imposible subir hasta allí. Hay demasiada nieve, ¿no crees?
—Entonces será mejor que lo hagamos más abajo. Al salir de la estación parecía que no había tanta nieve acumulada.

Estaban escogiendo un lugar para morir.

Cuando llegaron al hostal, la dueña ya se había encargado de dejar preparado un futón para cada uno en el suelo de la habitación. Nada más entrar, Kazue se metió corriendo en uno de ellos y se puso a leer. Junto a los pies de su futón se encontraba el kotatsu, por lo que a Kashichi le pareció que dentro se estaría muy a gusto. Él, sin embargo, dobló el suyo para apartarlo y se sentó frente a la mesa con las piernas cruzadas. Empezó a beber el sake que la dueña le había traído mientras se arrimaba al hibachi que había junto a la mesa. Además de la bebida, la dueña les había traído como acompañamiento una lata de cangrejo, shiitake deshidratado y una manzana.

—Oye, ¿y si lo retrasamos un día más?
—De acuerdo —contestó Kazue, sin apartar siquiera la mirada de la revista—. A mí no me importa, pero si lo alargamos mucho puede que nos acabemos quedando sin dinero.
—¿Cuánto nos queda?

Kashichi sintió una gran vergüenza por tener que preguntar aquello. Interpretó la pregunta como un intento de aferrarse a la vida y empezó a dudar de si de verdad quería suicidarse. Aquella obsesión era una de las cosas más desagradables que jamás había sentido. Entonces se dio cuenta de que el motivo de su indecisión tal vez fuera el cariño que sentía por el cuerpo de su mujer después de todo.

Aquello lo confundió bastante.

«¿Y si empezase con ella desde cero? Pero, en ese caso, ¿qué haría con todas las deudas que he ido acumulando? Además, por culpa de eso ya nadie confía en mí. ¿Y con la vergüenza que me da ver a todo el mundo a causa de lo que me pasó? ¿Qué hago con todo lo que ocurrió aquella vez en la que todos me trataron como a un loco? Aquella enfermedad que padecí, esa irónica enfermedad que nadie considera algo serio. ¿Qué hago con todo eso? Y luego está lo de mi familia…».

—En el fondo… lo hiciste porque te hartaste de mi familia, ¿verdad?
—Pues sí. Nunca me han aceptado tal y como soy —contestó Kazue rápidamente, sin apartar la mirada del texto.
—Bueno, tampoco es eso. Con un poco de esfuerzo podrías haber mejorado muchas de las cosas que te criticaban.
—Ya está bien, ¿no? —dijo, tirando la revista al suelo—. No haces más que decir tonterías. Te da igual lo que podamos sentir los demás. Por eso todo el mundo te acaba odiando.
—Ah, es verdad, lo había olvidado. Tú también me odias, ¿no? Entonces te pido perdón —contestó, levantando la voz, como si fuese un borracho violento.

«Pero ¿por qué no siento celos? ¿Será porque soy demasiado egocéntrico? ¿Tan seguro estoy de que mi mujer jamás será capaz de odiarme? Es que ni siquiera siento el menor odio. ¿O será porque ese no era más que un hombre frágil? Me parece demasiado arrogante llegar a pensar así. Entonces, si mi manera de pensar no es la correcta, ¿significa que toda mi vida ha sido un fracaso? ¿Por qué no siento odio hacia ellos en lugar de entenderlos y pensar que lo ocurrido era lógico dada nuestra situación? Me gustaría poder sentir celos y enfadarme de verdad; eso sería lo que haría cualquiera en un caso así. Poder sentir una ira tan grande que me entrasen ganas de cruzarle la cara a los dos y romper todo lo que me encontrase de por medio. Eso sería lo más humilde y hermoso que podría sentir ahora mismo. Morir de dolor al haber sido engañado por mi propia mujer. Esa sería la máxima expresión de la profunda tristeza que debería sentir. Y, sin embargo, ¿qué estoy haciendo? ¿Preocuparme por la vergüenza que siento? ¿Por si soy buena persona o no? ¿Por si aparento ser mejor de lo que soy? Que si la moral, las deudas, la responsabilidad, mi antítesis, mi misión en esta vida, mi familia y toda esa basura… ¡Pero qué idiota soy!».

En aquel momento le entraron auténticas ganas de reventarse la cabeza de un porrazo.

—Déjalo, olvida lo que he dicho. Vamos a echarnos un rato y luego lo hacemos.

Kashichi volvió a extender su futón y se metió dentro, haciendo mucho ruido.

A pesar de haber estado dándole tantas vueltas a la cabeza, consiguió conciliar el sueño en un momento gracias a la bebida. Cuando se despertó, ya era mediodía. Sintió entonces una insoportable lástima en su interior. Se levantó de un salto y salió de la habitación para pedirle más sake a la dueña, volviendo a usar el frío como excusa.

—Venga, levántate. Nos vamos.

Kazue dormía con la boca ligeramente entreabierta. Abrió los ojos sorprendida y dijo:

—Vaya, ¿he dormido tanto?
—No, aún es mediodía, pero es que no puedo más.

No quería seguir pensando, solo quería morir lo antes posible.

A partir de aquel momento, lo hicieron todo muy rápido. Kazue les explicó a los dueños del hostal que, ya que habían ido hasta allí, querían visitar el resto de balnearios de aguas termales que había por la zona. Al salir, los dueños les ofrecieron llamar a un taxi, pero Kashichi dijo que, como hacía buen tiempo, preferían bajar la montaña caminando sin prisa para disfrutar del paisaje. Tras despedirse y andar unos pocos kilómetros, Kashichi miró hacia atrás y vio que la dueña venía corriendo hacia ellos.

—Oye, que viene —dijo Kashichi, algo preocupado.
—Tomad, cogedlo… —les dijo ella con la cara roja mientras les daba un paquete—. Es de seda. Lo he hecho yo. Lo siento, pero no teníamos nada mejor para regalaros.
—Gracias —dijo Kashichi.
—¡Ay! No tenías por qué haberte molestado —dijo Kazue.

Los dos sintieron un gran alivio, por lo que Kashichi retomó el camino rápidamente.

—¡Cuidaos mucho!
—¡Igualmente, señora!

A sus espaldas, las dos mujeres seguían despidiéndose con reverencias. De pronto, decidió darse la vuelta e ir hacia ellas.

—Señora, deme la mano.

Entonces le agarró la mano con fuerza. Al apretársela, el rostro de la dueña expresó cierta incomodidad, incluso temor.

—Está borracho —dijo Kazue, disculpándose.

Sí que lo estaba. Terminaron despidiéndose entre risas. A su alrededor, la nieve desaparecía según iban bajando por el camino. Kashichi iba comentando lugares con Kazue, preguntándole qué le parecía hacerlo en distintas zonas por las que iban pasando. Ella le contestó que cuanto más cerca de la estación mejor, ya que habría más ambiente. Después de caminar un buen rato, llegaron a una zona desde donde se podía ver toda la ciudad de Minakami, que se encontraba sumida en la oscuridad.

—Ya no nos queda ninguna razón para alargarlo más, ¿verdad? —dijo él, fingiendo estar alegre.
—Así es —afirmó ella con seriedad.

Kashichi, moviéndose con lentitud a propósito, se adentró en el bosque de cedros que había a la izquierda del camino. Kazue lo siguió. Era una zona en la que apenas había nieve. Las hojas caídas formaban espesos cúmulos y todo estaba cubierto de una densa humedad. Sin prestarle la más mínima atención al entorno que los rodeaba, siguieron adelante. Tuvieron que subir varias pendientes pronunciadas a gatas. Había que esforzarse, aunque fuese para morir. Al final, encontraron un pequeño claro lleno de hierba donde había espacio suficiente para que dos personas se tumbasen. Era un buen lugar. Algunos rayos de sol se colaban entre los árboles, y además había una pequeña charca al lado.

—Aquí está bien. —Kashichi ya estaba cansado.

Kazue extendió su pañuelo sobre la hierba para sentarse encima; a Kashichi le resultó gracioso. Él seguía sin apenas pronunciar palabra, por lo que Kazue sacó los botes de barbitúricos del furoshiki y los abrió en silencio. Enseguida Kashichi se los quitó de las manos, diciendo:

—Déjame a mí, soy experto en este tipo de medicamentos. Toma, con esta cantidad será suficiente.
—¡Qué pocos! ¿Solo con esto moriré?
—Para alguien que los toma por primera vez es más que suficiente. Yo suelo tomarlos, por lo que necesitaré una cantidad diez veces mayor que la tuya para morir. Si sobrevivimos, será un fracaso total. Tenemos que hacerlo bien.

Si alguno de los dos evitaba a la muerte, lo acabarían metiendo en la cárcel.

«En el fondo estoy intentando que Kazue sobreviva. ¿Acaso no será una sucia manera de vengarme? No, no puede ser. No puedo permitirme pensar de esta manera. Si lo hago, todo esto no parecerá más que una estúpida novela vulgar y barata». Kashichi comenzó a sentir cierta ira en su interior, por lo que empezó a ingerir las pastillas que rebosaban en su mano una tras otra, ayudándose del agua de la charca para tragar. Kazue, con manos torpes, también se las tomó.

Se besaron y se tumbaron juntos.

—Bueno, ha llegado la hora de decir adiós. Si alguno de los dos sobrevive, deberá vivir con alegría, ¿de acuerdo? —dijo Kashichi.

Sabía que era difícil morir solo por la ingesta de barbitúricos, por lo que se movió ligeramente hacia el borde del desnivel que había junto a la charca. Una vez situado, se quitó el obi. Ató un extremo a su cuello y el otro al tronco de lo que parecía ser una morera. Con este sistema, en cuanto se quedase dormido y su cuerpo se deslizase hasta el borde, caería y moriría estrangulado. Lo tenía todo planeado desde el principio; por eso eligió un lugar en pendiente con un desnivel pronunciado. Al rato se quedó dormido, sintiendo vagamente como su cuerpo iba resbalando hacia abajo.

«¡Qué frío!». Abrió los ojos y se vio rodeado de una inmensa oscuridad. La luz de la luna se colaba entre las ramas. «¿Dónde estoy?». De pronto, recobró el sentido.

«Vaya, parece que al final he sobrevivido…».

Se tocó el cuello y notó que el obi seguía ahí. Acto seguido comenzó a sentir frío en la cadera y se dio cuenta de que había caído en un charco. Al parecer, en lugar de quedarse colgado, su cuerpo se había arrastrado de lado y había acabado en un pequeño hueco situado bajo el desnivel, donde el agua que caía de la charca se acumulaba, haciendo que el obi no se tensase y, por consiguiente, que no muriese estrangulado. Tumbado sobre el agua de aquella manera, comenzó a sentir su espalda congelada por completo.

«Al final he sobrevivido. Ni siquiera he logrado suicidarme. Ya no hay marcha atrás. Ahora que las cosas han salido así, no puedo permitir que Kazue muera. ¡Por favor, que esté viva! ¡Por favor, Kazue, no te mueras!».

Se había quedado sin fuerzas, le costó muchísimo incorporarse. Se levantó como pudo, empleando la poca fuerza que le quedaba. Se quitó el obi del cuello y lo desató del árbol para sentarse en el charco y mirar a su alrededor. Kazue no estaba allí.

La buscó a gatas por todos lados hasta que divisó un pequeño bulto oscuro por debajo de donde él se encontraba. Desde lejos, parecía un pequeño perro acurrucado. Bajó deslizándose y se acercó. Resultó ser ella. Le tocó la pierna. Estaba helada. «¿Estará muerta?». Colocó la mano frente a su boca para ver si respiraba, pero no lo hacía. «¡Pero qué idiota, la muy caprichosa! ¡Se ha muerto!». De pronto, sintió una tremenda ira en su interior. Cogió bruscamente la muñeca de Kazue para tomarle el pulso. Lo tenía muy débil, pero tenía. «¡Está viva! ¡Está viva!». Metió la mano en su pecho y notó que aún estaba caliente. «¡Ah, menudo susto! ¡Está viva! ¡Qué bien, qué bien!». En ese instante sintió un profundo cariño hacia ella. «Claro, con esa cantidad era imposible que muriese. Ah, menos mal…». Sintiéndose algo más feliz, Kashichi se tumbó junto a ella y volvió a perder el conocimiento.

Cuando se despertó por segunda vez, Kazue seguía a su lado, roncando en alto. «¡Qué mujer más fuerte!». Llegó a sentir vergüenza de escucharla roncar de aquella manera.

—Oye, Kazue, despierta. ¡Estamos vivos! ¡Hemos sobrevivido! —dijo riendo mientras le movía los hombros para despertarla.

Kazue seguía durmiendo profundamente, con cara de satisfacción. A altas horas de la madrugada, en medio de la fría montaña y rodeados de árboles de troncos alargados y rectos, el silencio era total. En lo alto de un árbol de hojas tan puntiagudas que parecían agujas, la media luna colgaba en medio de la oscuridad. No pudo evitar que se le escapasen algunas lágrimas, por lo que acabó abandonándose al llanto. «Todavía sigo siendo un crío. Un niño no debería sufrir de esta manera…».

De repente, Kazue comenzó a gritar.

—¡Ay, señora! ¡Me duele! ¡Me duele el pecho! —Su voz parecía el sonido de una flauta.

Kashichi se asustó. Temió que alguien pudiese pasar por el camino en aquel momento y, al escuchar los gritos, fuera en busca de ayuda.

—¡Kazue! Ya no estamos en el hostal. La señora no está aquí.
—¡Me duele, me duele! —No se enteraba de lo que le decía y seguía chillando mientras se retorcía de dolor.

De pronto, comenzó a deslizarse y rodó cuesta abajo. La suave pendiente llegaba hasta el camino por el que habían venido, al pie de la montaña, por lo que Kashichi tuvo que tirarse también en la misma dirección para pararla y evitar que alguien la viese en aquel estado. Unos metros más abajo, Kazue chocó contra el tronco de un árbol e, inconscientemente, se agarró a él.

—¡Señora! ¡Tengo frío! ¡Tráigame el brasero, por favor! —seguía gritando.

Al acercarse a ella, Kashichi pudo ver bien su rostro a la luz de la luna. Ya no parecía humana. Tenía el pelo totalmente alborotado, lleno de hojas marchitas de cedro, y la ropa hecha un desastre. Parecía una bruja, o el espíritu de una bestia de la montaña.

«Debo mantener la calma. Necesito ser fuerte». Kashichi se levantó tambaleándose y la cogió en brazos para intentar adentrarse de nuevo en el bosque con ella. Tropezaba y subía a gatas, resbalaba y se agarraba a la raíz de un árbol. Al final, escarbando y agarrándose a donde podía, consiguió subirla de nuevo montaña arriba. Tanto esfuerzo hizo que acabase perdiendo la noción del tiempo.

«Ah, ya basta. ¡Ya no puedo más! Esta mujer es demasiado para mí. Es una buena persona, pero es demasiada carga. Soy un hombre sin fuerza que ni siquiera es capaz de aguantar el sufrimiento de toda una vida. Ya basta. La voy a dejar. Con mi poca fuerza, he hecho más de lo que he podido por ella».

Fue entonces cuando tomó aquella firme decisión.

«De verdad que ya no puedo más con esta mujer. No soporto que dependa tanto de mí. Me da igual lo que opinen los demás. Voy a terminar con esta relación de una vez por todas».

El cielo empezaba a tornarse blanco según se iba acercando el alba, lo que hacía que la densa niebla del amanecer se concentrase entre los árboles. Mientras, Kazue iba dejando de hacer ruido, adoptando una actitud cada vez más tranquila.

«Voy a intentar ver toda esta situación desde un punto de vista más simple. Lo más simple que pueda, incluso siendo algo machista, que, al fin y al cabo, parece ser la única manera de llevar una vida sencilla».

Kashichi continuó pensando mientras le quitaba con cuidado las hojas secas del cabello a Kazue, que seguía durmiendo.

«La quiero muchísimo. Tanto que no sé qué hacer. Ese es el principal motivo de mi sufrimiento. Pero ya basta. He conseguido reunir la fuerza suficiente para alejarme de ella, aunque la siga queriendo. En esta vida, a veces hay que sacrificar el amor. Durante todo este tiempo, me he dado cuenta de que eso es algo normal. Todo el mundo vive con ese pensamiento en la cabeza. ¿Por qué yo nunca he sido así? Si quiero seguir con mi vida, no me queda más remedio que dejarla. No soy ningún genio, ni tampoco estoy loco».

Kazue siguió durmiendo hasta el mediodía. Mientras, Kashichi, a pesar del cansancio, se quitó el kimono empapado y lo secó. Buscó los geta de Kazue, enterró los botes de barbitúricos y, entre otras cosas, quitó el barro del kimono de ella con un pañuelo.

Cuando Kazue se despertó, Kashichi le contó lo que había ocurrido la noche anterior. Al escucharlo, ella hizo una rápida reverencia con la cabeza y dijo:

—¡Lo siento mucho!

Aquello hizo que Kashichi se echase a reír.

Él ya podía andar, pero Kazue aún tenía los miembros entumecidos, por lo que se sentaron juntos y comenzaron a hablar sobre su futuro. Todavía les quedaban unos diez yenes, así que Kashichi propuso que volviesen a Tokio juntos, pero Kazue no quiso porque tenía el kimono hecho un desastre y no quería subir al tren vestida de aquella manera. Al final quedaron en que ella volvería en taxi al hostal Tanigawa y le diría a la dueña que, mientras paseaban por el balneario, tropezó, cayó y se ensució el kimono, a pesar de que sonase totalmente falso. Al ir sola, le diría que Kashichi no estaba con ella porque había ido a Tokio a buscar un kimono limpio para ella, además de para coger algo más de dinero. Mientras tanto, ella esperaría descansando en el hostal. A Kashichi ya se le había secado el kimono del todo, así que salió del bosque y bajó a la ciudad a comprar galletas, dulce de leche y un refresco. Volvió a la montaña y se lo comieron todo entre los dos, pero Kazue vomitó nada más darle un sorbo a la bebida.

Estuvieron allí juntos hasta el anochecer. Cuando Kazue empezó a poder andar, salieron del bosque. Tras subirse ella a un taxi para ir al hostal, Kashichi cogió el tren de vuelta a Tokio. Una vez allí, fue a hablar con el tío de Kazue para contarle todo lo que había ocurrido y para confesarle que la quería dejar. Aquel familiar, que era de pocas palabras, dijo con tristeza:

—Vaya, qué lástima… —Y puso cara de pena.

Fue él quien se encargó de ir a buscarla y traerla de vuelta a Tokio, acogiéndola en su casa.

—¿Sabes qué? Kazue solía comportarse como si fuese hija de los dueños del hostal —le contó Kashichi tiempo después, encogiéndose de hombros para no volver a hablar el tema—. De hecho, había ocasiones en las que colocaba su futón entre ellos y dormían juntos. Qué graciosa, ¿verdad?

Aquel tío de Kazue resultó ser muy simpático y comprensivo. A pesar de que Kashichi hubiese dejado definitivamente a su sobrina, seguía saliendo a beber con él de vez en cuando, sin darle importancia a todo lo que había ocurrido. Aun así, algunas veces decía:

—¡Ay! Pobrecita Kazue…

Lo que hacía que Kashichi se sintiera bastante incómodo.

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