Sed de gato

José Luis Barrera

The Black Cat (c.1894)-Aubrey Beardsley

 

Soy una gata. Me encanta pasearme sobre los tejados mientras los hombres miran desde el suelo como juego a matar o morir.

Mis garras se aferran a piedras y cuerpos por igual. A veces, me sobo, coqueta, contra las piernas de un desconocido y otras, lo muerdo sin piedad. Mi pequeña anatomía es tan letal como bella.

Nadie me abandonó, escogí la calle porque me dio la gana. Me fascina la apuesta de no tener con qué vivir. Me excita que la saliva empiece a secarse en mi garganta, despertando un ansia corrosiva por matar. Solo la sangre aplaca mi sed.

Maúllo y ronroneo cuando el azar me lleva los brazos de un hombre. Le pido un plato de leche. De reojo, noto cómo me mira, sé que desea mi lengua golosa. Tal es mi poder que un humano se convierte en bestia por mí.

Aplacado el apetito, huyo por una ventana, perseguida solo por una mirada entre triste y ávida.

Luego, rompo cuellos de pajaritos negros o roedores blancos.

Corro.

Me agazapo.

Brinco.

Por las avenidas, encuentro a niños bien que están muy mal, aunque también me cruzo con niños mal que están muy bien. Para mí, todo es igual: los esquivo sin importar su tipo, pues ambos no son más que alocados conductores cuya vida pende de un claxon.

Hoy fue un día especial. Atrapé una presa única: un colibrí de plumas brillantes. Sus alitas se batían llevando, de flor en flor, su pico larguísimo.

Oculta tras un seto vi su vuelo perfecto, parecía caminar por los aires. Chupaba golosamente el néctar hasta el punto de que una que otra gota se escurría por pétalos rosados. Las plantas, felices, le dejaban hacer lo que quisiera.

Yo, durante varios minutos, estuve hipnotizada. De pronto, herido por un rayo, mi vientre empezó a revolverse e imaginé ese cuello rompiéndose entre mis dientes.

Sin pensarlo, cuando el pajarillo descendió unos metros, brinqué con las fauces abiertas. Él no pudo evitarme. Sus huesos crujieron aplastados por mi mandíbula y, pronto, su sangre goteó hirviendo.

Luego, con el cadáver me puse a jugar, manoteándolo de un lado a otro como pelota y solo me detuve cuando un grupo de gente apareció de la nada. Me pareció entender lo que decía uno:

¡Esa mujer está loca! Chilla, araña, muerde y no quiere soltar a ese cadáver.

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Este relato forma parte del libro “Cadáver exquisito”(en preparación)

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