Los joyeros musicales

Lucia Berlin

 

 

«Oye la instrucción de tu padre y tu madre, porque adorno de gracia serán a tu cabeza y collares a tu cuello. Si los pecadores te quisieran engañar, no consientas».

Mamie, mi abuela, lo leyó dos veces. Intenté recordar qué instrucción me habían dado. No te hurgues la nariz. Pero yo quería un collar, uno que tintineara cuando me riera, como el de Sammy.

Me compré una cadena y fui a la terminal de autobuses, donde había una máquina que grababa letras en discos de metal… con una estrella en el centro. Escribí LUCHA y me lo puse de colgante.

Fue a finales de junio, en 1943, cuando Sammy y Jake nos metieron en el tinglado a Hope y a mí. Estaban hablando con Ben Padilla y al principio nos dijeron que nos largáramos. Cuando Ben se fue, Sammy nos llamó desde el porche.

—Sentaos, queremos que estéis en el ajo.

Sesenta cartones. Arriba, en cada cartón, había una imagen a color de un joyero musical y un sello rojo que decía NO ABRIR. Al rasgar la pestaña aparecía uno de los nombres del cartón. Treinta nombres de tres letras con una línea al lado. AMY, MAE, JOE, BEA, etcétera.

—Cuesta cinco centavos la apuesta. Al lado del nombre escribes el de la persona que lo compra. Cuando están todos vendidos, abrimos el sello. La persona que escogió ese nombre gana el joyero.
—¡Joyeros a mansalva! —dijo Jake con una risita.
—Cállate, Jake. Consigo estos cartones de Chicago. Con cada uno se saca un pavo y medio. Mando un dólar por cartón y me envían los joyeros. ¿Lo pilláis?
—Sí —dijo Hope—. ¿Y?
—Pues vosotras os lleváis un cuarto de dólar por cada cartón vendido, y nosotros nos llevamos otro cuarto. O sea que iremos a medias.
—No podrán vender todos esos cartones —dijo Jake.
—Claro que podemos —contesté. Detestaba a Jake. Gamberro adolescente.
—Claro que pueden —dijo Sammy. Le dio los cartones a Hope—. Lucha queda a cargo del dinero. Son las once y media. Poneos en marcha, os cronometraremos.
—¡Buena suerte! —nos gritaron. Se empujaban uno a otro en la hierba, riéndose.
—Se ríen de nosotras, ¡creen que no lo conseguiremos!

Llamamos a la primera puerta… Abrió una señora y se puso las gafas. Compró el primer nombre. ABE. Escribió su nombre y dirección al lado, nos dio cinco centavos y nos regaló su lápiz. Primores, nos llamó.

Fuimos casa por casa siguiendo la acera de Upson Drive. Cuando llegamos al parque, habíamos vendido veinte nombres. Nos sentamos en el muro del jardín de los cactus, sin aliento, triunfales.

A la gente le parecíamos adorables. Las dos éramos muy pequeñas para nuestra edad. Siete años. Si abría una mujer, hablaba yo. Mi pelo rubio y rizado abultaba el doble que mi cabeza, parecía un rastrojo rodante amarillo.

—¡Algodón de azúcar dorado!

Estaba mellada y sonreía sacando la punta de la lengua, como si fuera tímida. Las señoras me daban palmaditas y se agachaban para oírme.

—¿Cómo dices, cielo? ¡Vaya, me encantaría!

Si era un hombre, le tocaba a Hope.

—Cinco centavos…, elija un nombre —decía arrastrando las palabras, y les entregaba el cartón y el lápiz antes de que pudieran cerrar la puerta. A los hombres les gustaba su temple y le pellizcaban las mejillas morenas y huesudas. Ella los miraba con sus ojos centelleantes a través del tupido velo de pelo negro.

Ahora solo nos preocupaba el tiempo. Resultaba difícil saber si había alguien en casa. Llamábamos al timbre, esperábamos. Lo peor llegaba cuando éramos las únicas visitas «desde hacía una eternidad». Eran todos muy viejos. La mayoría debieron de morir pocos años después.

Además de los que se sentían solos y de los que se enternecían al vernos, había algunos —dos aquel día— que realmente creían que el azar llamaba a su puerta ofreciéndoles una oportunidad, una elección. Se tomaban su tiempo, pero no nos importaba… Esperábamos también con emoción contenida, mientras hablaban consigo mismos. ¿Tom? Condenado Tom. Sal. Mi hermana me llamaba Sal. Tom. Sí, me quedo con Tom. ¿Y si gana?

Ni siquiera cruzamos a la acera de enfrente. Vendimos el resto en los apartamentos del otro lado del parque.

La una. Hope le entregó el cartón a Sammy, yo vacié el dinero sobre su pecho.

—¡Dios! —dijo Jake.

Sammy nos dio un beso. Estábamos radiantes, sonriendo en el césped.

—¿Quién ha ganado?

Sammy se incorporó. Tenía las rodilleras de los Levi’s verdes y mojadas, los codos teñidos de hierba.

—¿Qué pone? —Hope no sabía leer. Había suspendido el primer curso.
—ZOE.
—¿Quién? —nos miramos—. ¿Cuál era ese?
—Es el último del cartón.
—Oh.

El hombre del ungüento en las manos. Psoriasis. Fue una desilusión, había dos personas encantadoras que nos hubiera gustado que ganaran.

Sammy dijo que podíamos quedarnos los cartones y el dinero hasta rifarlos todos. Saltamos la cerca y nos los llevamos al porche. Encontré una vieja panera donde guardarlos.

Cogimos tres cartones y salimos por el callejón de atrás. No queríamos que Sammy y Jake pensaran que estábamos demasiado ansiosas. Cruzamos la calle y corrimos de casa en casa, llamando a las puertas del otro lado de Upson hasta el final. Luego seguimos por una de las aceras de Mundy hasta el colmado Sunshine.

Habíamos vendido dos cartones enteros… Nos sentamos en el bordillo a tomar una gaseosa de uva. El señor Haddad nos metía las botellas en el congelador, así que salía granizada… como un polo derretido. Los autobuses tenían que hacer un giro cerrado en la esquina, pasándonos muy cerca, y tocaban el claxon. A nuestras espaldas el polvo y el humo se levantaban alrededor de la sierra del Cristo Rey, espuma amarilla en el atardecer de Texas.

Yo leía los nombres en voz alta, una y otra vez. Poníamos una X al lado de nuestros favoritos, una O al lado de los que nos caían mal.

El soldado descalzo. «¡Necesito un joyero musical!». La señora Tapia. «¡Bueno, pasad! ¡Cómo me alegro de veros!». Una chica de dieciséis años, recién casada, que nos enseñó cómo había pintado la cocina de rosa, ella sola. El señor Raleigh, que nos dio miedo. Mandó callar a dos dogos, a Hope la llamó «bomboncito».

—Oye… Podríamos vender mil nombres cada día si tuviéramos unos patines.
—Sí, necesitamos unos patines.
—¿Sabes cuál es el problema?
—¿Cuál?
—Siempre decimos: «¿Quiere elegir un nombre para la rifa?».

Deberíamos decir «nombres».

—¿Y qué tal «quiere todo el cartón»?

Nos reímos, contentas, sentadas en el bordillo.

—Vamos a vender el último.

Doblamos la esquina, la calle por debajo de Mundy Drive. Era oscura, tupida de eucaliptos, higueras y granados, jardines mexicanos, helechos, adelfas y cinias. Las viejecitas no hablaban inglés. «No, gracias», y cerraban la puerta.

El cura de la parroquia de la Sagrada Familia compró dos nombres. JOE y FAN.

Después había una manzana llena de mujeres alemanas, con las manos embadurnadas de harina. Cerraban de un portazo. ¡Tsch!

—Vámonos a casa… Aquí no hay nada que hacer.
—No, subiendo por el Colegio Vilas hay muchos soldados.

Hope tenía razón. Los hombres estaban fuera, en pantalones militares y camiseta, regando la grama amarillenta y bebiendo cerveza. Le tocó a ella. Su pelo caía ahora en hebras lacias sobre la tez siria aceitunada, como una cortina de abalorios negros.

Un hombre nos dio un cuarto de dólar y su mujer lo llamó antes de que le devolviéramos el cambio.

—¡Dadme cinco! —nos gritó a través de la puerta mosquitera.

Empecé a escribir su nombre.

—No —dijo Hope—. Podemos venderlos otra vez.

.

Sammy rasgó los sellos.

La señora Tapia ganó con SUE, el nombre de su hija. Le habíamos puesto una X, era majísima. La señora Overland ganó el siguiente. Ninguna de las dos recordábamos quién era. El tercer ganador fue un hombre que compró LOU, cuando en realidad quien merecía el premio era el soldado que nos había dado el cuarto de dólar.

—Deberíamos dárselo al soldado —dije.

Hope se levantó el flequillo para mirarme, casi sonriendo…

—Vale.

Salté la cerca que daba a nuestro patio. Mamie estaba regando. Mi madre había ido a jugar al bridge, mi cena estaba en el horno. Con el boletín informativo de H. V. Kaltenborn a todo volumen dentro de la casa, tuve que leerle los labios a Mamie. No es que el abuelo estuviera sordo, era solo que le gustaba ponerlo muy alto.

—¿Puedo regar yo, Mamie? —no, gracias.

Golpeé la puerta de la entrada y el vidrio esmerilado reverberó contra la pared.

—¡Ven aquí ahora mismo! —gritó el abuelo para hacerse oír con el estruendo de la radio. Sorprendida, entré a toda prisa, sonriendo, y fui a sentarme en sus rodillas, pero me ahuyentó con un periódico lleno de recortes—. ¿Has estado con esos sucios árabes?
—Sirios —dije. Su cenicero resplandecía con una luz rojiza como el vidrio esmerilado de la puerta.

Aquella noche… Fibber McGee y Amos y Andy en la radio. No sé por qué le gustaban tanto. Siempre decía que odiaba a la gente de color.

Mamie y yo nos sentamos a leer la Biblia en el comedor. Todavía estábamos con los Proverbios.

—«Vale más reprender con franqueza que amar en secreto».
—¿Por qué?
—No le des más vueltas.

Cuando me dormí, me acostó en la cama.

Me desperté cuando volvió mi madre… Me quedé despierta a su lado mientras ella comía palitos de queso y leía una novela de misterio. Años después, calculé que solo durante la Segunda Guerra Mundial mi madre se comió más de novecientas cincuenta cajas de palitos de queso.

Quería hablar con ella, contarle cosas de la señora Tapia, del tipo de los perros, que íbamos a medias con Sammy. Recosté la cabeza en su hombro, cubierto de migas, y me quedé dormida.

.

Al día siguiente, Hope y yo fuimos primero a los apartamentos de Yandell Avenue. Mujeres de soldados jóvenes con los rulos puestos, albornoces de felpilla, enfadadas porque las habíamos despertado. Ninguna quiso comprar.

—No, nena, no tengo cinco centavos.

Fuimos en autobús hasta la plaza, hicimos trasbordo a Kern Place. Un barrio de ricos…, paisajismo, campanillas en las puertas. Fue aún mejor que con las viejecitas. Amantes de las causas benéficas, bronceado, bermudas, pintalabios y melenas a lo paje estilo June Allyson. No creo que hubieran visto nunca niñas como nosotras, niñas vestidas con las blusas de gasa de sus madres.

Niñas con un pelo como el nuestro. Mientras que a Hope se le derramaba por la cara negro y espeso como la pez, a mí me crecía encrespado y rubio como una pelota de playa acolchada, chisporroteando al sol.

Siempre se reían al enterarse de lo que vendíamos, iban a buscar algo de «cambio». Escuchamos a una de ellas decirle a su marido: «Sal a verlas. ¡Auténticas pícaras!». El hombre salió, y fue el único que nos compró. Las mujeres simplemente nos daban dinero. Sus hijos nos miraban con curiosidad, pálidos, desde los columpios.

—Anda, vamos a la terminal.

Solíamos ir allí ya antes de las rifas… a deambular y a ver a todo el mundo besándose y llorando, a recoger las monedas caídas que se colaban debajo del puesto de los periódicos. En cuanto entramos por la puerta empezamos a darnos codazos y a reírnos. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Millones de personas con centavos sueltos y nada que hacer salvo esperar. Millones de soldados y marineros que tenían una novia o una esposa o un crío con un nombre de tres letras.

.

Nos hicimos un horario. Por las mañanas íbamos a la estación de trenes. Marineros tumbados en los bancos de madera, los gorros doblados sobre los ojos, como paréntesis.

—¿Eh? ¡Ah, buenos días, preciosas! Cómo no.

Viejos sentados matando el rato. Pagaban cinco centavos para hablar de la otra guerra, de algún difunto con un nombre de tres letras.

Entramos en la sala de espera para la gente DE COLOR, vendimos tres nombres antes de que un revisor blanco nos sacara agarrándonos del brazo. Pasábamos las tardes en la Organización de Servicios Unidos al otro lado de la calle. Los soldados nos daban almuerzos gratis, bocadillos rancios de jamón y queso envueltos en papel encerado, Coca-Cola, chocolatinas Milky Way. Jugábamos al ping-pong y a las máquinas del millón mientras los soldados rellenaban los cartones. Una vez ganamos veinticinco centavos cada una contando con un aparatito cuántos hombres de servicio entraban mientras la mujer que se ocupaba de eso iba a algún sitio con un marinero.

Llegaban nuevos soldados y marineros en cada tren. Los que ya estaban allí les decían que participaran en nuestra rifa. A mí me llamaban Cielo, y a Hope, Infierno.

Al principio el plan era quedarnos los sesenta cartones hasta venderlos todos, pero íbamos reuniendo más y más dinero y un montón de propinas y ni siquiera podíamos contarlo.

Además, nos moríamos de ganas por saber quién había ganado, aunque solo nos faltaban diez cartones. Recogimos las tres cajas de puros con el dinero y los cartones y se las llevamos a Sammy.

—¿Setenta dólares? —madre mía. Los dos se sentaron de golpe en la hierba—. Mocosas chifladas. Lo han conseguido.

Nos besaron y nos abrazaron. Jake se revolcaba de la risa, agarrándose la tripa, aullando.

—Dios…, Sammy, ¡eres un genio, un cerebro!

Sammy nos abrazó.

—Sabía que podíais hacerlo.

Hojeó todos los cartones, pasándose la mano por el pelo, largo y tan negro que siempre parecía mojado. Se reía al leer los nombres que habían ganado. Soldado raso Octavius Oliver, Fort Sill, Oklahoma.

—Eh, ¿dónde encontráis a estos tipos?

Samuel Henry Throper, Cualquier parte, EE. UU. Era un viejo de la zona DE COLOR que dijo que, si ganaba, nos podíamos quedar el joyero musical.

Jake fue al colmado Sunshine y nos compró unos helados de plátano. Sammy nos preguntaba por todos los nombres, cómo lo habíamos hecho. Le hablamos de Kern Place y las preciosas amas de casa con vestidos camiseros de batista, de la Organización de Servicios Unidos, de las máquinas del millón, del sátiro con los dogos.

Nos dio diecisiete dólares…, más de lo que nos tocaba al ir a medias. Ni siquiera cogimos un autobús, fuimos corriendo al centro hasta Penney’s. Lejos. Nos compramos patines y llaves para ajustarlos, pulseras de la suerte en Kress y una bolsa de pistachos rojos salados. Nos sentamos en la plaza cerca de los caimanes… Soldados, mexicanos. Borrachines.

Hope miró alrededor.

—Podríamos vender aquí.
—No, aquí nadie tiene dinero.
—¡Salvo nosotras!
—El problema será entregar los joyeros musicales.
—No, porque ahora tenemos patines.
—Mañana aprenderemos a patinar… Oye, hasta podemos bajar patinando por el viaducto y ver la escoria de la fundición.
—Si la gente no está en casa, podemos abrir la puerta mosquitera y dejarlos dentro.
—Los vestíbulos de los hoteles serían un buen sitio para vender.

Compramos té helado chorreante y zarzaparrilla con una bola de helado para llevar. Así se nos acabó el dinero. No nos tomamos nada hasta llegar al solar baldío al principio de Upson Drive.

El solar estaba al final de una cuesta tapiada, a una buena altura de la acera, abandonado y lleno de unas enredaderas desmadradas con flores violetas. Entre las plantas, por toda la parcela había vidrios rotos que el sol teñía de diferentes tonos de morado. A esa hora del día, al atardecer, los rayos caían oblicuos en el solar y la luz parecía venir desde abajo, desde el interior de las flores, de los cristales de amatista.

.

Sammy y Jake estaban lavando un coche. Un cacharro azul sin techo ni puertas. Echamos a correr desde la esquina, con los patines traqueteando dentro de las cajas.

—¿De quién es?
—Nuestro, ¿queréis dar una vuelta?
—¿De dónde lo habéis sacado?

Estaban lavando las llantas.

—De un tipo que conocemos —dijo Jake—. ¿Queréis dar una vuelta?
—¡Sammy!

Hope estaba de pie en el asiento. Parecía que se hubiera vuelto loca. Yo aún no lo entendía.

—¡Sammy! ¿De dónde habéis sacado el dinero para este coche?
—Bah, de aquí y de allá… —Sammy le sonrió, bebió de la manguera y se limpió la barbilla con la camisa.
—¿De dónde habéis sacado el dinero?

Hope parecía una de las viejas brujas de antaño, pálida y amarillenta.

—¡Tramposo hijo de puta! —chilló.

Entonces comprendí. La seguí al otro lado de la cerca hasta el porche.

—¡Lucha! —gritó Sammy, mi primer ídolo, pero me quedé con Hope, arrodillada junto a la panera.

Me pasó el fajo de los cartones rifados.

—Cuéntalos.

Tardé un buen rato.

Más de quinientas personas. Leímos los nombres que habíamos marcado con una X esperando que ganaran.

—Podríamos comprar joyeros musicales para algunos…

Hope me miró con desdén.

—¿Con qué dinero? De todos modos no existen, ¿alguna vez habías oído hablar de joyeros musicales?

Abrió la panera y sacó los diez cartones que quedaban por vender. Estaba ida, arrastrándose por el porche polvoriento como un pollo moribundo.

—¿Qué haces, Hope?

Jadeante, se agazapó en la madreselva que crecía hacia el patio. Sostuvo los cartones en alto, como el abanico de una reina demente.

—Ahora son míos. Si quieres, puedes venir. Iremos a medias. O puedes quedarte. Si vienes, significará que eres mi socia y no volverás a dirigirle la palabra a Sammy en tu vida, o te mataré con un cuchillo.

Se marchó. Me estiré en la tierra húmeda. Estaba cansada. Solo quería seguir ahí tumbada, para siempre, y no hacer nada nunca más.

Me quedé allí un buen rato y luego trepé la cerca de madera que daba al callejón. Hope estaba sentada en la acera en la esquina, su pelo como un balde negro sobre la cabeza. Inclinada, como una Pietà.

—Vamos —dije.

Subimos la cuesta hacia Prospect Street. Anochecía… Todas las familias estaban fuera regando el césped, hablando en murmullos desde las mecedoras del porche que chirriaban tan rítmicamente como las cigarras.

Hope cerró de golpe una verja cuando entramos. Enfilamos el sendero de cemento mojado hacia la familia. Tomaban té frío, sentados en los escalones del porche. Les tendió un cartón.

—Elijan un nombre. Diez centavos la apuesta.

.

Empezamos temprano a la mañana siguiente con el resto de los cartones. No dijimos nada del nuevo precio ni de los seis que habíamos vendido la noche antes. Sobre todo no dijimos nada de nuestros patines… Hacía dos años que deseábamos unos patines. Ni siquiera nos los habíamos probado todavía.

Cuando bajamos del autobús en la plaza, Hope repitió que me mataría si volvía a dirigirle la palabra a Sammy.

—Jamás. ¿Quieres sangre? —siempre nos hacíamos cortes en las muñecas para sellar promesas.
—No.

Fue un alivio. Sabía que tarde o temprano hablaría con él, y sin pacto de sangre no sería tan grave.

El hotel Gateway, como una película de la jungla. Escupideras, el chasquido de las poleas de los abanos, palmeras, incluso un hombre de traje blanco abanicándose como Sydney Greenstreet. Todos nos despacharon con un gesto y se refugiaron de nuevo tras sus periódicos sacudiendo la cabeza como si supieran lo que tramábamos. A la gente le gusta el anonimato de los hoteles.

Al salir, cruzamos la calle hundiéndonos en el asfalto derretido para coger un trolebús a Juárez. Mexicanos con rebozos, que olían como las bolsas de estraza de los colmados y a los caramelos amarillos y naranjas de Halloween.

Territorio inexplorado… Juárez. Yo solo sabía que había surtidores y espejos en las barras de los bares y mariachis que tocaban «Cielito lindo» porque mi madre salía con las «chicas de los Parker» en sus noches de viuda de guerra. Hope solo conocía las películas verdes. La señora Haddad siempre la mandaba acompañar a Darlene cuando salía con un soldado, para que echara un ojo.

Nos quedamos al final del puente, en el lado de Juárez, acodadas en la baranda como los taxistas, viendo a los vendedores de serpientes de madera arrimados a la sombra del Salón de Variedades, caminando a contracorriente cuando llegaban los turistas por el puente, mientras los muchachos del ejército saludaban con la cabeza al pasar.

Algunos nos sonreían, ansiosos por dejarse encantar, por ser encantadores. Demasiado atolondrados y cohibidos para mirar nuestros cartones, nos daban centavos sueltos y calderilla. «¡Tomad!». Los detestábamos, como si hubiéramos sido mexicanas.

Al caer la tarde los soldados y los turistas bajaban la rampa en tropel, armando jaleo en la acera, perdiéndose en el viento caliente y lento cargado de tabaco negro y cerveza Carta Blanca, sofocados, expectantes… ¿Qué veré? Pasaban a borbotones, metiéndonos monedas en el puño sin siquiera echar una ojeada a los cartones que sosteníamos en alto ni mirarnos a los ojos.

La cabeza nos daba vueltas, mareadas por las carcajadas histéricas, los tumbos, los bandazos. Nos reíamos, ahora con descaro, como los vendedores ambulantes de serpientes de madera y cerdos de barro. Desvergonzadas, nos plantábamos delante de la gente, la hostigábamos.

—Va, diez centavos nada más… Compre un nombre, es solo una monedita… ¡Eh, ricachona, diez asquerosos centavos!

Anochecer. Cansadas y sudorosas. Nos recostamos en la pared para contar el dinero. Los limpiabotas nos miraban, burlones, aunque habíamos reunido seis dólares.

—Hope, tiremos los cartones al río.
—¿Qué, y mendigar como estos vagos zarrapastrosos? —estaba furiosa—. No, vamos a vender hasta el último nombre.
—Habrá que comer algo.
—Es verdad —llamó a uno de los chavales de la calle—: Oye, ¿dónde podemos comer?
—Come mierda, gringa.

Nos alejamos de la avenida principal de Juárez. Podías volverte a mirarla, escucharla, olerla, como un enorme río contaminado.

Echamos a correr. Hope estaba llorando. Nunca la había visto llorar.

Corrimos como cabras, como potros, con las cabezas gachas y galopando, galopando por las aceras embarradas, aflojando luego el paso, con zancadas sordas. Aceras de tierra roja endurecida.

Bajamos unos escalones de adobe y entramos en el Café Gavilán.

.

En El Paso, en aquellos tiempos, 1943, se hablaba mucho de la guerra. Mi abuelo se pasaba el día recortando artículos de Ernie Pyle para sus álbumes, Mamie rezaba. Mi madre era voluntaria de la Cruz Roja en el hospital, jugaba al bridge con los heridos. Traía a soldados ciegos o mancos a cenar a casa. Mamie me leía las palabras de Isaías vaticinando que algún día todo el mundo forjaría arados con sus espadas. Sin embargo, yo no había pensado en esas cosas. Simplemente añoraba y glorificaba a mi padre, que era teniente en algún lugar extranjero… Okinawa. De niña, la primera vez que pensé en la guerra fue cuando entramos en el Café Gavilán. No sé por qué; solo recuerdo haber pensado en la guerra en ese momento.

Parecía que en el Café Gavilán todos fuesen hermanos, o primos, o parientes, aunque estuvieran sentados en mesas separadas o en la barra. Un hombre y una mujer, discutiendo y tocándose. Dos hermanas coqueteando a espaldas de su madre. Tres hermanos flacos, vestidos con petos vaqueros de trabajo, encorvados, con el mismo mechón de pelo rozando sus vasos de tequila.

Era un local oscuro, fresco y tranquilo, aunque todo el mundo hablaba y había alguien cantando. La risa era espontánea, cómplice, íntima.

Nos sentamos en unos taburetes de la barra. Se acercó una camarera que llevaba una bandeja decorada con la cola azul y púrpura de un pavo real. Llevaba el pelo, negro en la raíz, teñido con henna y enroscado en varios moños con peinetas doradas y de plata labrada y espejuelos. Boca fucsia dada de sí. Sombra de ojos verde, un crucifijo con alas de mariposa azules y verdes centelleaba entre sus pechos cónicos de satén amarillo.

—¡Hola! —sonrió. Destello de dientes con empastes de oro, encías rojas. ¡Deslumbrante Ave del Paraíso!—. ¿Qué quieren, lindas?
Tortillas —dijo Hope.

La camarera selvática se inclinó para limpiar las migas con sus uñas rojo sangre y nos murmuró algo en su español exuberante.

Hope movió la cabeza.

—No sé…
—¿Son gringas?
—No —Hope se señaló con el dedo. Siria. Entonces habló en sirio y la camarera la escuchó, su boca fucsia moviéndose, modulando las palabras.
—¿Eh?
—Ella sí que es gringa —dijo Hope refiriéndose a mí. Se echaron a reír. Envidié sus lenguas oscuras, sus ojos oscuros.
—¡Son gringas! —anunció la camarera a la gente del café.

Un señor mayor se acercó a nosotras, trayendo su vaso y una botella de cerveza Corona. Tieso, erguido, caminando gallardo, con su traje blanco. Le seguía su hijo, vestido con un traje chicano negro, gafas oscuras, la cadena del reloj de bolsillo. Era la época del bebop, la época del pachuco… El hijo cargado de hombros, como se estilaba, la cabeza inclinada a la altura del orgullo de su padre.

—¿Cómo te llamas?

Hope le dio su nombre sirio… Sha-a-hala. Yo dije el nombre con el que me llamaban los sirios… Luchaha. No Lucía, ni Lucha, sino Lu-cha-á. Nos presentó a los demás.

A la camarera la llamaban Chata, porque tenía una nariz respingona. Literalmente significa «aplastada». O «bacinilla». El viejo se llamaba Fernando Velásquez y nos estrechó la mano.

Tras saludarnos, la gente del café nos volvió a ignorar igual que antes, aceptándonos con una indiferencia natural. Podríamos habernos recostado en el hombro de cualquiera y quedarnos dormidas.

Velásquez llevó nuestros cuencos de chile verde a una mesa. Chata nos trajo gaseosas de limón.

El viejo había aprendido inglés en El Paso, donde trabajaba. Su hijo también trabajaba allí, en la construcción.

Oye, Raúl, diles algo… Él sí habla buen inglés.

El hijo seguía de pie, elegante detrás de su padre. Sus pómulos lucían como ámbar por encima de la perilla.

—¿Qué hacéis por aquí, niñas? —preguntó el padre.
—Vender.

Hope mostró el fajo de cartones. Fernando los miró, les dio la vuelta uno por uno. Hope empezó a camelarlos con los joyeros…

—El nombre que gana se lleva un joyero musical.
—¡Válgame Dios!

El hombre llevó el cartón a la mesa de al lado y explicó lo que era, gesticulando, dando golpes en la mesa. Todos miraron el cartón y luego a nosotras, indecisos.

Una mujer con turbante me hizo una seña.

—Oye, alguien gana los joyeros, ¿no?
—Sí.

Raúl se había acercado en silencio, cogió uno de los cartones y me escrutó con la mirada. Sus ojos eran blancos a través de las gafas oscuras.

—¿Dónde están los joyeros?

Miré a Hope.

—Raúl… —dije—. No hay ningún joyero musical, por supuesto. Quien tiene el nombre ganador gana todo el dinero.

Me hizo una reverencia sutil, con la gracia de un matador. Hope inclinó también su cabeza lustrosa y masculló algo en sirio.

—¿Por qué nunca se nos había ocurrido? —dijo luego en inglés. Me sonrió.
—Muy bien, chulita… Dame dos nombres.

Velásquez estaba explicando la rifa a la gente de las mesas; Chata, a un grupo de hombres en la barra con espaldas fuertes y mojadas. Juntaron dos mesas a la nuestra. Hope y yo nos pusimos una en cada punta. Raúl se quedó de pie detrás de mí. Chata sirvió cerveza a todos los que había sentados alrededor, como en un banquete.

—¿Cuánto es?
—Veinticinco centavos.
No tengo… ¿Un peso?
—Vale.

Hope apiló el dinero en un montón delante de ella.

—Eh, nosotras nos llevamos igualmente un cuarto de dólar.

Raúl dijo que era justo. Los ojos de Hope centellearon bajo la visera del flequillo. Raúl y yo escribíamos los nombres.

Hasta los nombres eran más divertidos en español, nadie podía pronunciarlos bien y se reían sin parar. BOB. Cerveza derramada. Solo tardamos tres minutos en rellenar un cartón. Raúl rasgó el sello. Ignacio Sánchez ganó con TED. ¡Bravo! Raúl dijo que había ganado más o menos lo mismo trabajando todo el día. Con un quiebro de muñeca, Ignacio desparramó las monedas y los billetes arrugados en la bandeja del pavo real de Chata. ¡Cerveza!

—Espera un momento… —Hope sacó nuestros veinticinco centavos de comisión.

Acababan de entrar dos vendedores ambulantes, acercaron sillas a la mesa.

—¿Qué pasa?

Se sentaron con los cestos de mimbre sobre las rodillas.

—¿Cuánto es?
Un peso… Un cuarto de dólar.
—Que sean dos —dijo Raúl—. Dos pesos, cincuenta centavos.

Los recién llegados de los cestos no se lo podían permitir, y se decidió que apostaran uno por ser la primera vez. Cada uno dejó un peso en el montón. Ganó Raúl. Los hombres se levantaron y se fueron sin tomarse siquiera una cerveza.

Cuando acabamos de vender los cuatro cartones, todo el mundo estaba borracho. Ninguno de los ganadores se quedó el dinero, siguieron gastándolo en la rifa, comprando más comida, luego tequila.

La mayoría de los perdedores se marcharon. Chata trajo tamales para todos en una tina, y una cazuela de frijoles en la que mojábamos las tortillas calientes.

Hope y yo fuimos al retrete detrás del café. Dando traspiés, cubriendo la llama de la vela que Chata nos había prestado.

Bostezo… Te deja meditabunda, reflexiva, hacer pis, como fin de año.

—Oye, ¿qué hora es?
—Uy…

Era casi medianoche. Todos en el Café Gavilán nos dieron un beso de despedida. Raúl nos acompañó al puente, agarrándonos a una de cada manita. Suavemente, atrayéndonos como la vara de un zahorí, acompasando nuestros cuerpos huesudos al ritmo pachuco de su andar, tan ligero, lento, cadencioso.

Bajo el puente, en el lado de El Paso, estaban los pillos limpiabotas que habíamos visto por la tarde, metidos en el fangoso Río Grande, cazando dinero al vuelo con unos cucuruchos de papel, escarbando en el barro si se caía. Los soldados les lanzaban calderilla, envoltorios de chicle. Hope se asomó por la baranda.

—¡Hola, pendejos! —aulló, y les tiró todas nuestras monedas de veinticinco centavos.

Le levantaron el dedo. Risas.

Raúl nos metió en un taxi y pagó al chófer. Lo saludamos desde la luna trasera, lo vimos alejarse, balanceándose hacia el puente. Saltó a la rampa como un gamo.

.

El padre de Hope empezó a pegarle en cuanto se bajó del taxi, fue azotándola con una correa escaleras arriba, mientras gritaba en sirio.

En casa no había nadie salvo Mamie, rezando de rodillas para que volviera sana y salva. El taxi la disgustó más que lo de Juárez. Ella nunca se montaba en un taxi sin una bolsa de pimienta negra, por si la asaltaban.

En la cama. Recostada en las almohadas. Mamie me trajo natillas y cacao, la comida que servía a los enfermos o los condenados. Las natillas se deshicieron en mi boca como una hostia consagrada. Bebí la sangre de su amor indulgente mientras ella se quedaba rezando, con un camisón rosa angelical, al pie de mi cama. Mateo y Marcos, Lucas y Juan.

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