Las dudas de Makar

Andrei Platonov

 

 

 

Entre la masa trabajadora vivían dos miembros del Estado: un hombre común y corriente de nombre Makar Ganushkin y otro más notable, el camarada Lev Chumovói, que era el más inteligente de la aldea, por lo que dirigía su movimiento progresivo por la línea recta que conducía al bienestar general. Cuando lo veían pasar, los aldeanos comentaban: «Por ahí va nuestro jefe. Para mañana habrá que esperar que se tome alguna medida… Tiene una cabeza inteligente, pero las manos vacías. Vive del razonamiento desnudo…».

Como cualquier persona normal, Makar prefería la artesanía a la labranza, le preocupaban más los espectáculos que el pan. Tenía, según había concluido el camarada Chumovói, la cabeza hueca.

Cierta vez, sin pedirle permiso al camarada Chumovói, Makar organizó el siguiente espectáculo: un tiovivo popular que debía girar movido por la potencia del viento. La gente rodeó el tiovivo de Makar como una nube compacta, a la espera de la tempestad que la haría girar. Pero por alguna razón la tempestad se hacía esperar, y mientras todos permanecían allí ociosos, el potro de Chumovói escapó a las praderas y se perdió por húmedos parajes. Si la gente hubiera estado descansando tranquilamente, habrían atrapado al potro de Chumovói, impidiendo que se le infligieran pérdidas, pero Makar los había distraído de su reposo, contribuyendo de este modo a las pérdidas de Chumovói.

Chumovói no corrió tras el potro, sino que se acerco a Makar, que en silencio echaba de menos la tempestad, y le dijo:

—Estás distrayendo aquí a la gente y ya no hay quien pueda correr tras del potro…

Makar despertó de su ensueño, porque en ese momento había adivinado algo. Su hueca cabeza, que gobernaba sus manos inteligentes, no le permitía pensar, pero sí podía adivinar al instante.

—No te aflijas —le dijo Makar al camarada Chumovói—, te construiré un vehículo autopropulsado.
—¿Cómo? —preguntó Chumovói, porque no imaginaba cómo Makar podría construir un vehículo autopropulsado con aquellas manos inútiles.
—Lo haré de cuerdas y aros —respondió Makar sin pensar, sólo sintiendo la fuerza de tracción y rotación en las cuerdas y los aros que imaginaba.
—Entonces date prisa —dijo Chumovói—, de lo contrario te demandaré por organizar espectáculos ilegales.

Pero Makar no pensaba en la multa; él no sabía pensar. Trataba de recordar dónde había visto el hierro, y no lo logró porque toda la aldea estaba hecha de materiales superfluos tales como barro, paja, madera y tocones.

La tempestad nunca llegó, el tiovivo seguía sin girar y Makar regresó a su casa.

Por aburrimiento, Makar bebió un poco de agua y sintió su sabor astringente.

«Ha de ser por eso por lo que no hay hierro —adivinó Makar—, porque lo tomamos con el agua».

Por la noche Makar bajó a un pozo abandonado. Pasó en él veinticuatro horas buscando hierro bajo la arena húmeda. Al segundo día, unos hombres dirigidos por Chumovói, que temía la muerte de un ciudadano en cualquier lugar que no fuera el frente de la construcción del socialismo, sacaron a Makar. Casi no pudieron izarlo, ya que en sus manos sostenía dos bloques color café de mineral de hierro. Los hombres lo sacaron y lo maldijeron por lo pesado que resultaba; el camarada Chumovói, por su parte, prometió multarlo por agitar la vida del pueblo.

Pero Makar no le hizo caso y a la semana coló hierro de aquel mineral en el horno de su casa, después de que su mujer horneara pan en él. Nadie logro saber como pudo destemplar el mineral en aquel horno, porque Makar puso en juego sus inteligentes manos y su callada cabeza. Un día después, Makar hizo una rueda de hierro y después otra más, pero ninguna de ellas quiso moverse por sí sola; había que rodarlas con las manos.

Chumovói fue a visitar a Makar y le preguntó:

—¿Has hecho el vehículo autopropulsado para sustituir al potro?
—No —dijo Makar—, pensaba que rodarían por sí solas, pero no ha sido así.
—¡Entonces me has engañado, cabeza de tempestad! —exclamó con voz oficial Chumovói—. ¡Hazme un potro!
—No tengo carne; de lo contrario lo haría —se negó Makar.
—¿Y cómo has podido hacer hierro del barro? —le recordó Chumovói.
—No sé —contestó Makar—, no me acuerdo.

Aquí Chumovói se enfadó:

—¡Así que tú, diablo —individuo, quieres esconder una invención de importancia económico— popular! ¡No eres persona, eres un vil propietario individual! ¡Te multaré para que sepas cómo debes pensar!

Makar se resignó:

—Pero, camarada Chumovói, es que yo no pienso, soy una persona hueca.
—Entonces acorta tus manos y no hagas nada de lo que no seas consciente —lo acusó Chumovói.
—Camarada Chumovói, si yo tuviera una cabeza como la tuya, también pensaría—le confesó Makar.
—¡Correcto! —confirmó Chumovói—. Pero solo hay una cabeza así para toda la aldea, así que debes obedecerme.

Y Chumovói multó a Makar por lo ocurrido, de modo que este último tuvo que irse a Moscú y dejo el tiovivo y la granja al diligente cuidado del camarada Chumovói. Fue a Moscú para conseguir medios con que pagar aquella multa.

Makar había viajado en tren hacía nueve años, o sea, en 1919. En aquella época lo habían llevado gratis porque parecía un obrero agrícola, de modo que ni tan siquiera le pidieron que se identificara. «Continúa tu viaje —le solía decir la guardia proletaria—, nos gustas, ya que eres pobre».

Ahora, como nueve años atrás, Makar subió al tren sin hacer preguntas, aunque le sorprendió que hubiera poca gente y que la puerta estuviera abierta. Así y todo se sentó no en un vagón, sino en los acoplamientos que hay entre ellos para poder ver funcionar las ruedas en movimiento. Las ruedas comenzaron a moverse y el tren partió rumbo al centro del estado, hacia Moscú.

El tren se movía más rápido que cualquier caballo de media sangre. La estepa corría junto al tren y parecía no tener fin.

«Matarán el vehículo —compadecía a las ruedas Makar—. Aunque es cierto que hay muchas cosas en el mundo, porque es amplio y está vacío».

Las manos de Makar descansaban, su fuerza libre e inteligente penetró su hueca y voluminosa cabeza, y él también comenzó a pensar. Makar viajaba en el acoplamiento y pensaba lo que podía. Pero no permaneció allí largo rato. Se le acercó un custodio que no llevaba armas y le pidió su billete. Makar no llevaba billete, ya que según sus suposiciones existía ahora un poder fuerte, el poder soviético, que transportaba gratis a los necesitados. El custodio-revisor le dijo a Makar que para evitar una desgracia se bajara en el primer apeadero en el que hubiera una cantina, de modo que no se muriera de hambre en un paraje despoblado. Makar entendió que las autoridades se preocupan por él, ya que no se limitaban a echarlo, sino que le proponían ir a aquella cantina, y agradeció la atención al jefe de los trenes.

No obstante, Makar no se bajó en el apeadero, aunque el tren se detuvo a descargar las cartas y postales del vagón del correo. Recordó cierto razonamiento técnico y se quedó en el tren para ayudarle a seguir avanzando.

«Cuanto mayor es el peso de algo —para comparar Makar imaginaba una piedra y una pluma—, más lejos puede volar cuando lo lanzan; del mismo modo viajaré en este tren como un ladrillo sobrante, y así llegaré más rápido a Moscú».

Para no ofender al custodio, Makar se deslizó bajo el vagón, a la profundidad del mecanismo, y se acostó allí a descansar y escucho la excitante velocidad de las ruedas. La tranquilidad y la visión de la arena del camino lo adormecieron profundamente, y en el sueño se vio despegar de la tierra y volar atravesando el viento frío. Esta sensación maravillosa le hizo compadecer a toda la gente que se había quedado en la tierra.

—Oye, Seriozha, ¿por qué dejas los cuellos del eje si todavía están calientes?

Makar se despertó al oír estas palabras y se tocó el cuello para comprobar si su cuerpo y su vida interna seguían íntegros.

—¡No importa! —gritó desde lejos Seriozha—. ¡Falta poco para llegar a Moscú, no se quemaran!

El tren se había detenido en una estación. Los mecánicos revisaban los ejes de los vagones y maldecían en voz baja.

Makar abandonó su escondite y vio a lo lejos el centro del estado, Moscú, la ciudad principal.

«¡Ahora incluso puedo llegar a pie! —comprendió Makar—. Quizá el tren llegue sin la ayuda de mi peso adicional».

Makar marchó en dirección a las torres, a las iglesias y las amenazantes construcciones, o sea, rumbo a aquella ciudad con tantas maravillas de la ciencia y la técnica. Iba dispuesto a labrarse una vida bajo las cabezas doradas de los jefes y de los templos.

Al bajarse del tren, Makar se encaminó hacia el Moscú que ya era visible, con un gran interés en aquella ciudad central. Para no extraviarse, Makar caminaba sin apartarse de los rieles, maravillándose al pasar junto a los andenes en cuyos alrededores crecían bosques de pinos y abetos. En la espesura de aquellos bosques descubría casitas de madera y árboles débiles bajo los cuales hallaba tirados envoltorios de caramelos, botellas vacías de vino, tripas de embutidos y otras buenas cosas ya echadas a perder. Aquí, bajo el yugo humano, la hierba no crecía y los árboles también sufrían y se desarrollaban poco. Makar no entendía aquello con mucha claridad: «Parece que aquí vive la canalla rematada, puesto que hasta las plantas mueren por su culpa. Esto es muy triste: ¡el ser humano vive, se reproduce, todo junto a un desierto! ¿Dónde, entonces, están presentes la ciencia y la técnica?».

Lleno de compasión, Makar se llevó la mano al pecho. En un andén descargaban bidones vacíos de leche de un vagón y cargaban los llenos. Makar se detuvo porque se le había ocurrido una idea.

«¡Tampoco aquí hay técnica! —definió en voz alta la situación—. Es correcto que transporten las vasijas con la leche porque en la ciudad también viven niños que la están esperando. Pero ¿qué sentido tiene transportar los bidones vacíos en el vagón? ¡Porque con esto sólo gastan técnica por gusto, y son bidones muy voluminosos!».

Makar se acercó al jefe lechero, al administrador de los bidones, y le aconsejó construir una tubería lechera desde esta estación hasta el mismo Moscú para evitar el tener que transportar los vagones con los bidones vacíos.

El jefe lechero escuchó a Makar. Él respetaba a las personas de las masas populares, pero le aconsejó dirigirse a Moscú: allí estaban los más inteligentes, que son quienes administran cualquier cambio.

Makar se enfadó:

—Pero ¡eres tú quien transporta la leche, no ellos! Ellos sólo la toman, no ven los gastos sobrantes de la técnica.

El jefe le explicó:

—Lo mío es formar los trenes. Soy un simple ejecutor, no un inventor de tuberías.

Entonces Makar lo dejo en paz y se marchó lleno de dudas a Moscú.

En Moscú era mañana tardía. Miles de personas corrían por las calles como campesinos durante la recogida de cosecha.

«Pero ¿qué se disponen a hacer? —pensaba Makar parado entre la multitud—. Seguro que aquí se encuentran las potentes fábricas que visten y calzan a toda la lejana gente campesina».

Makar miro sus botas y dijo «gracias» a toda la gente que veía corriendo, porque sin ella él viviría desnudo y descalzo. Casi todos llevaban colgados del hombro unas bolsas de piel en las que seguramente guardaban puntillas de zapatero y retazos de piel.

«Pero ¿por qué corren y gastan sus fuerzas? —pensó desconcertado Makar—. ¡Mejor sería que trabajaran en sus casas y que se les repartiera la comida a domicilio, en caballos!».

Pero la gente corría, subía a los tranvías hasta comprimir totalmente los resortes y no compadecían sus cuerpos en aras del beneficio laboral. Esto dejó satisfecho a Makar. «Son buena gente —pensó—. Les cuesta llegar a sus talleres, pero lo desean».

A Makar le gustaron los tranvías porque se movían por sí mismos y el maquinista iba sentado en el primer vagón sin dificultad alguna; hasta parecía que no conducía nada. Makar también subió al vagón sin esfuerzo, ya que lo empujó la gente con prisa que venía detrás. El vagón se movió suavemente. Bajo el suelo rugía la fuerza invisible de la máquina. Makar la escuchaba y la compadecía.

«¡Pobre trabajadora! —pensaba Makar de la máquina—. ¡Cómo se esfuerza! Pero transporta a esta gente útil, o sea, que les está ahorrando sus piernas vivas».

Una mujer, la jefa del tranvía, entregaba a la gente unos recibos, pero Makar se negó a recibir el suyo para no hacerla trabajar más.

—¡No necesito nada! —dijo Makar, y entró.

A la jefa le gritaban para que les diera algo, a cada cual lo suyo, y ésta accedía siempre. Para ver qué le daban, Makar también dijo:

—¡Oye, dame algo también a mí según mi solicitud!

La dueña tiró de la cuerda y el tranvía se detuvo.

—Sal según tu solicitud —le dijeron los ciudadanos a Makar y lo sacaron a la fuerza.

Makar salió al aire libre.

Era un aire capitalino: olía al gas excitante de las máquinas y al polvo del hierro fundido de los frenos de los tranvías.

«¿Y dónde está por aquí el centro del estado?», preguntó Makar a una persona cualquiera.

La persona señaló y tiró un cigarrillo al cubo de la basura callejera. Makar se acercó y también escupió en aquel cubo para tener derecho a utilizarlo todo en la ciudad.

Los edificios le parecían tan pesados y altos que Makar compadeció al poder soviético, a quien sin duda le era muy difícil mantener toda aquella provisión de casas.

En un cruce de calles, un miliciano levantó un palo rojo con la punta hacia arriba y con su izquierda le mostró el puño a un carretero que llevaba harina de centeno.

«Aquí no respetan la harina de centeno —concluyó Makar—, aquí se alimentan con harina blanca».

—¿Hacia dónde queda el centro? —preguntó Makar al miliciano.

El miliciano le indicó a Makar cuesta abajo y le informó:

—Junto al teatro Bolshói, en la rampa.

Makar caminó cuesta abajo y se encontró de pronto entre dos pequeños prados en flor. En un lado de la plaza había una pared; en el otro, una casa con columnas. Las columnas sostenían cuatro caballos de hierro fundido y, por cierto, las columnas habrían podido ser más delgadas, ya que la cuadriga no parecía pesada.

Makar comenzó a buscar en la plaza la vara con bandera roja que marcara el centro de la ciudad principal y de todo el estado, pero no halló tal vara por ninguna parte; sólo vio una piedra con algo escrito en ella. Makar se apoyó en la piedra para sentirse en el centro mismo del estado y llenarse de respeto hacia sí mismo y hacia su estado. Suspiró feliz y sintió hambre. Bajó en dirección al río y descubrió las obras de una casa increíble.

—¿Qué construyen aquí? —preguntó a un transeúnte.
—¡Un edificio eterno de hierro, hormigón, acero y cristal claro! —le contestó aquel.

Makar decidió llegar hasta él para trabajar un poco en su construcción y comer algo.

En el portón había guardias. Uno de ellos le preguntó:

—¿Qué quieres, tonto?
—Trabajar en algo, porque he perdido mucho peso —les comunicó Makar.
—¿Cómo piensas trabajar aquí, si vienes sin billete? —le preguntó el guardia.

Aquí se acercó el albañil y escuchó con gusto a Makar.

—Ve a nuestra barraca, a la olla común, los muchachos te darán de comer —lo ayudó el albañil—. Aunque no podrás entrar con nosotros enseguida, porque vives en libertad y, por lo tanto, no eres nadie. Primero deberás entrar en la unión de trabajadores, pasar por la inspección de clases.

Makar fue a la barraca para comer de la olla común y fortalecer su vida interna con vistas a mejorar su ulterior destino.

Makar se quedó a vivir en las obras de aquel edificio que el transeúnte había llamado eterno. Primero se hartó en la barraca de los trabajadores con una papilla negra y nutritiva, y luego fue a inspeccionar el trabajo de construcción. Por doquier la tierra había sido afectada con orificios, la gente se movía ajetreada; máquinas de nombres desconocidos clavaban pilotes en la tierra. La mezcla de hormigón bajaba por sí sola por canalones, y todos los sucesos del trabajo se desenvolvían ante sus ojos. Se veía el edificio crecer, aunque nadie sabía para quién era. A Makar no le interesaba a quién y qué le tocaría; sólo le interesaba la técnica como base del futuro bienestar general. Lógicamente, al jefe de Makar en su aldea natal, el camarada Chumovói, le hubiera interesado más cómo serían distribuidas las viviendas en el futuro edificio que el martinete de hierro fundido, pero Makar sólo tenía las manos diestras y por eso sólo pensaba en qué se podía hacer.

Makar recorrió toda la construcción y constató que el trabajo avanzaba rápida y felizmente. Pero algo triste lo atormentaba en su interior, aunque no sabía qué. Se paró en el centro de los trabajos en marcha y dio un vistazo al cuadro general: era evidente que algo fallaba en la construcción, algo andaba extraviado, pero no sabía qué. De la tristeza y el cansancio, Makar se quedó dormido al encontrar un lugar tranquilo. En su sueño vio un lago, pájaros, el pequeño bosque olvidado de su aldea, pero lo que necesitaba ver, lo que faltaba en la construcción, no lo vio De pronto, al despertarse, descubrió el error de aquella obra: para levantar una pared los obreros llenaban de hormigón los armazones de hierro. Pero ¡esto no era técnica, sino un trabajo burdo! Para que fuera técnica, el hormigón debía subir por tuberías. El obrero no se cansaría, porque sólo debería sostener la manga y con esto se impediría el despilfarro de la fuerza roja de la inteligencia en manos del trabajador no especializado.

Makar salió en búsqueda de la oficina principal científico-técnica de Moscú. Ésta se encontraba en un barranco, en un local fuerte e ignífugo. Junto a la puerta, Makar encontró a un hombrecito a quien informó que había inventado una manga para usar en las construcciones. El hombrecito lo escuchó e incluso preguntó sobre temas de los que ni el mismo Makar sabía, y luego lo envió escalera arriba a que viera al escribano principal. El escribano había sido un ingeniero científico que decidió escribir papeles para que sus manos no volvieran a tocar las obras de construcción. A él también Makar le contó sobre la manga.

—Las casas deben ser fundidas, no construidas —le dijo Makar al escribano científico.

El escribano lo escuchó y concluyó:

—¿Y cómo podrá demostrar, camarada inventor, que su manga es más barata que el hormigón tradicional?
—Porque lo presiento, lo siento claramente —le demostró Makar.

El escribano pensó algo en secreto y envió a Makar al final del pasillo.

—Te darán un rublo para comida y el pasaje de vuelta por ferrocarril que damos a los inventores pobres.

Makar aceptó el rublo, pero no el pasaje porque había decidido que viviría avanzando, sin dar marcha atrás.

En otro cuarto le entregaron un papel para el sindicato, para que recibiera un mayor apoyo en su calidad de persona de masas e inventor de la manga. Makar pensó que ese mismo día el sindicato le entregaría el dinero para su manga, así que fue alegre para allá.

El sindicato se encontraba en una casa aún mayor que la de la oficina técnica. Unas dos horas vagabundeó Makar por los pasillos de aquella casa sindicalista, buscando al jefe de las masas, cuyo nombre le habían escrito en un papel, pero el jefe no se encontraba en su puesto de trabajo; quizá andaba preocupándose por otros trabajadores. Al anochecer, el jefe por fin llegó, comió huevos fritos y llevó la notita de Makar que le entregó su ayudante, una muchacha bastante simpática y progresista, con una larga trenza. La joven fue a la caja y le llevó un rublo recién impreso a Makar, que firmó el recibo como si fuera un peón desempleado, y su notita. En la misma, entre otras palabras, habían añadido la frase: «Camarada Lopatin, ayuda a nuestro miembro del sindicato a colocar su invento de la manga en la línea industrial».

Makar quedó satisfecho y al día siguiente fue a buscar la línea industrial, para ver al camarada Lopatin. Ni el miliciano, ni los transeúntes sabían nada sobre tal línea, por eso Makar decidió buscarla por su cuenta. En la calle colgaban pancartas y letreros escritos en satín rojo con el nombre de la empresa que precisamente buscaba Makar. Las pancartas indicaban con claridad que todo el proletariado debía apoyarse sólidamente en la línea del desarrollo industrial. Makar comprendió que primero debía encontrar al proletariado, por debajo del cual pasaría aquella línea, y junto a la misma encontraría al camarada Lopatin.

«Camarada miliciano —se dirigió Makar a un policía—, ¿me puedes mostrar el camino que lleva al proletariado?».

El miliciano sacó un libro, encontró allí la dirección del proletariado y se la dio al agradecido Makar.

Makar caminaba por Moscú al encuentro del proletariado sin salir de su asombro por toda la fuerza de aquella ciudad, la fuerza que viajaba en los autobuses, en los tranvías y sobre las piernas vivas de la multitud.

«Hace falta mucha comida para alimentar a todo este movimiento», razonaba Makar con su cabeza, que sabía pensar cuando tenía las manos libres.

Acongojado en su preocupación, Makar alcanzó por fin la casa cuya dirección le había dado el miliciano. La casa resultó ser un albergue nocturno en el que la clase pobre reclinaba la cabeza al caer la noche. En los tiempos anteriores a la revolución, la clase pobre reclinaba su cabeza simplemente sobre la tierra, y entonces la mojaba la lluvia, la alumbraba la luna avanzando lentamente entre las estrellas, soplaban los vientos, y ellos permanecían acostados, enfriándose y durmiendo, porque su agotamiento era grande. Ahora la cabeza de la clase pobre descansaba en almohada, bajo techo, al amparo de un tejado de hierro, y el viento nocturno de la naturaleza ya no agitaba los pelos de su cabeza, que antes debía apoyar sobre la superficie misma de la esfera terrestre.

Makar quedó satisfecho con el poder soviético al ver que había muchas casas nuevas y limpias.

«¡Qué poderío! —valoró Makar—. Ahora sólo hace falta que no se malcríe, porque es nuestro».

En el albergue nocturno había una oficina, al igual que en todas las viviendas moscovitas, porque sin oficina al momento comenzaría el fin del mundo, mientras que los escribanos le imprimían un movimiento que, aunque lento, era correcto e interminable. Makar sintió también respeto por los escribanos.

«¡Que sigan viviendo! —decidió Makar—. ¡Porque si reciben un sueldo, es que piensan en algo; seguro que se convertirán en gente inteligente, y ésta es precisamente la gente que necesitamos!».

—¿Qué buscas? —le preguntó el administrador del albergue nocturno.
—Me gustaría ver al proletariado —le informó Makar.
—¿Qué nivel? —inquirió el administrador.

Makar ni tan siquiera dudó. Sabía de antemano el que necesitaba.

—El de abajo —dijo Makar—. Es más espeso, hay en él más gente, es la masa misma.
—¡Ajá! —entendió el administrador—. Entonces tienes que esperar al anochecer: pernoctarás con quienes más haya esta noche, ya sean los mendigos o los jornaleros…
—Quisiera pasar la noche con los que construyen el socialismo —pidió Makar.
—¡Ajá! —entendió otra vez el administrador—. ¿Quieres ir con los que construyen las nuevas casas?

Makar dudó antes de contestar:

—Pero también se construían casas antes, cuando no existía Lenin. ¿Qué clase de socialismo puede haber en una casa vacía?

Tal respuesta dejó pensativo al administrador. Ni él mismo sabía con exactitud bajo qué aspecto debía aparecer el socialismo y si sería el de una sorprendente alegría o algún otro.

—Tienes razón, también antes se construían casas —admitió el administrador—. Pero en aquella época las habitaban canallas y ahora te estoy entregando un billete para que duermas en una casa nueva.
—Es verdad —se alegró Makar—. Eres el ayudante perfecto para el poder soviético.

Makar tomó el billete y se sentó sobre una loma de ladrillos abandonados.

«Tengo debajo de mí los ladrillos que el proletariado ha hecho sufriendo — razonó Makar—. ¡El poder soviético se empequeñece si no ve sus bienes!».

Makar permaneció sentado sobre los ladrillos hasta el anochecer y vio cómo se apagó el sol, se encendieron las luces en las calles, los gorriones levantaron el vuelo del estiércol y se fueron a dormir.

Finalmente, comenzaron a aparecer los proletarios: algunos con un pan en la mano, otros sin pan, unos enfermos, otros cansados, pero todos agraciados por el trabajo prolongado y con caras bondadosas, iluminadas por esa bondad que surge de la lasitud.

Makar esperó a que el proletariado se acostara en las camas estatales y descansara un poco de la obra del día. Entonces entró valientemente a la sala de dormir, y de pie en el centro de la misma anunció:

—¡Camaradas trabajadores! Vosotros vivís en la ciudad natal de Moscú, en la fuerza central del estado, pero aquí sólo hay desorden y pérdidas de bienes…

El proletariado se removió en sus camas.

—¡Mitri! —profirió una voz ahogadamente—. ¡Dale un empujoncito para que sea normal!

Makar no se enfadó, porque allí estaba acostado el proletariado, no una fuerza enemiga.

—Todavía no lo habéis inventado todo —continuó Makar—. Se siguen transportando bidones vacíos en carros valiosos. En este caso sería suficiente una tubería y una bomba de pistón… Lo mismo debe hacerse en la construcción de casas y cobertizos: deben fundirse con una manga, pero vosotros la construís minuciosamente… He inventado esa manga y se la quiero ofrecer gratis con tal de que lleguéis lo antes posible al socialismo y a otras comodidades…
—¿Qué manga? —preguntó la misma voz ahogada, que pertenecía a un invisible proletario.
—Mi manga —confirmó Makar.

El proletariado guardó silencio al principio y después una voz clara gritó desde un lejano rincón unas palabras que Makar oyó como si fuera el viento:

—La fuerza no tiene valor para nosotros. Podemos levantar casas minuciosamente, pero lo que sí valoramos es el alma. Aquí todos trabajamos en función de cálculos, vivimos con la seguridad del trabajo, construimos con el sindicato, nos entusiasmamos con los clubes, pero no nos prestamos atención. Esto se lo encomendamos a la lev… Pero ¡tú sí que puedes entregar el alma, ya que eres el inventor!

Makar se desanimó al instante. Había inventado diferentes cosas, pero nunca había tratado el alma, y ahora resultaba que esto era lo principal para los de aquí. Makar se acostó en la cama estatal y guardo silencio embargado por las dudas de haber dedicado toda su vida a asuntos no proletarios.

Makar durmió poco porque comenzó a sufrir en el sueño. Y su sufrimiento se transformó en un sueño: vio una montaña elevada y a un científico en su cima. Makar seguía acostado bajo su manta, como un imbécil durmiente, y miraba al científico y esperaba de él alguna palabra u acción. Pero la persona también permanecía callada, sin ver al acongojado Makar. Sólo pensaba en la escala integral, pero no en Makar en particular. El rostro de aquel ser científico estaba iluminado por el resplandor de la lejana vida masiva que se extendía ante él, y sus ojos parecían borrosos y muertos a causa de la altura y porque tenía la mirada puesta en algo tan lejano. El científico guardaba silencio, Makar, en su sueño, seguía triste.

«¿Qué debo hacer para ser útil para mí y para los demás?», preguntó Makar y se estremeció del horror.

El ser científico permaneció callado, sin dar respuesta alguna, mientras millones de vidas se reflejaban en sus ojos muertos.

Makar se arrastró hacia la cima por un suelo yerto y pedregoso. Tres veces le asaltó el miedo hacia el ser científico inmóvil y las tres veces la curiosidad espantó al miedo. De haber sido una persona inteligente, Makar no habría escalado aquella altura, pero era alguien retrasado, que sólo poseía unas manos curiosas bajo el mando de una cabeza intangible. Gracias a la fuerza de su estúpida curiosidad, Makar alcanzó al de mayor instrucción y tocó ligeramente su cuerpo inmenso y gordo. Al tocarlo, aquel cuerpo desconocido se movió como si estuviera vivo, pero al momento se derrumbó sobre Makar, porque en realidad estaba muerto.

Makar despertó por aquel golpe y vio encima de sí al guardián del albergue, que tocaba su cabeza con la tetera para despertarlo.

Makar se sentó en la cama y vio a un proletario picado de viruelas que se lavaba la cara en un platillo sin derramar una gota. A Makar le sorprendió aquella manera de lavarse tan limpiamente, con tan sólo un puñado de agua, y preguntó al picado de viruelas:

—Ya se han ido todos al trabajo, ¿por qué sólo quedas tú lavándote la cara?

El picado de viruelas se secó con la almohada y respondió:

—Los proletarios que trabajan son muchos, mientras que los pensadores son pocos. Me he propuesto pensar por todos. ¿No me entiendes o acaso la imbecilidad y la opresión te hacen callar?
—Callo por mis penas y mis dudas —contestó Makar.
—Entonces ven conmigo; pensaremos por todos —consideró el picado de viruelas.

Makar se levantó para seguir al picado de viruelas, que respondía al nombre de Piotr, y salió en busca de su destino.

En su andar, Makar y Piotr encontraban gran variedad de mujeres vestidas con ropas apretadas, lo que indicaba que en realidad desearían estar desnudas. Vieron también a muchos hombres, pero estos cubrían más desahogadamente sus cuerpos. Otros miles de hombres y mujeres que compadecían sus cuerpos viajaban en carros y faetones, en tranvías que se movían lentamente, rechinando bajo el peso vivo de la gente, pero aguantándolo. Los que viajaban en carros y faetones y los transeúntes avanzaban deprisa con una impresión científica en sus rostros, y eran por eso idénticos a aquel ser grande y potente que Makar había visto en sueños. Al ver a aquellos seres científico-alfabetizados, Makar experimentó un horror interno. Miró a Piotr buscando ayuda, para ver si aquél también era sólo un ser científico con la vista puesta en la lejanía.

—¿Seguro que conoces todas las ciencias y ves hasta bien lejos? —preguntó tímidamente Makar.

Piotr concentró su conciencia:

—¿Yo? Sólo me estoy hinchando para ser parecido a Ilich Lenin: miro a lo lejos, a lo cerca, a lo ancho, a lo profundo y a lo alto.
—¡Ah, es eso! —se tranquilizó Makar—. Porque hace poco vi a un enorme hombre científico que sólo miraba a lo lejos y no veía que a su lado, a dos pasos de él, sufría una persona en particular.
—¡Claro! —pronunció inteligentemente Piotr—. Porque al estar tan alto le parece que todo queda en la lejanía y que cerca no tiene ni al diablo. Mientras que otro sólo mira a sus pies para no tropezar con los terrones y no matarse, por eso siempre tiene razón. Sin embargo, a las masas les aburre vivir lentamente. ¡Nosotros, hermano, no tememos los terrones!
—¡Sí, nuestro pueblo ya no anda descalzo! —confirmó Makar.

Pero Piotr, sin desviarse un ápice, siguió adelante con su pensamiento.

—¿Has visto alguna vez el partido comunista?
—¡No, camarada Piotr, nadie me lo ha mostrado! En la aldea solo vi al camarada Chumovói.
—Aquí también tenemos muchos camaradas Chumovói. Te hablo del partido puro, que tiene la vista clara y puesta en un punto exacto. Cuando me encuentro en una reunión del partido, siempre me siento como un imbécil.
—¿Y esto por qué, camarada Piotr? Tu aspecto es casi el de un científico.
—Porque mi inteligencia se está comiendo mi cuerpo. Me gustaría comer manjares, pero el partido me dice: primero construiremos fábricas, porque sin hierro el trigo crece muy mal. ¿Entiendes cuál es el paso más exacto aquí?
—Entiendo —respondió Makar.

Siempre entendía, como si fuera un científico, a quienes construían las máquinas y las fábricas. Desde su nacimiento Makar había visto aldeas de barro y paja, y no confiaba en el destino sin máquinas de fuego.

—¡Ya ves! —le dijo Piotr—. Y dices que aquel hombre no te gustó. Pero ¡tampoco le gusta al partido, ni a mí; es un producto del imbécil capitalismo y a tales individuos poco a poco los tiraremos cuesta abajo!
—Yo también siento algo, sólo que no sé el qué —expresó Makar.
—Si no sabes, sigue entonces por la vida bajo mi dirección. De lo contrario, seguro que te caerás de esta línea finita.

Makar distrajo su vista mirando al pueblo moscovita y pensó: «La gente aquí está bien alimentada, tienen la cara limpia, viven en abundancia y seguro que procrean, aunque no se nota la presencia de niños».

Makar informó sobre esto a Piotr.

—Esto no es naturaleza, es cultura —le explicó Piotr—. La gente vive en familias sin procrear, comen sin producir trabajo…
—¿Y cómo? —se sorprendió Makar.
—Muy fácil —le informó el sabelotodo de Piotr—. Uno escribe una sola idea en un papelito, y a él y a su familia los alimentan durante año y medio… Mientras que quien no escribe nada vive simplemente en calidad de escarmiento general.

Hasta el anochecer pasearon Makar y Piotr: vieron el río Moscú, las calles, las tiendas de artículos de punto, y al fin les entró hambre.

—Vamos a almorzar a la milicia —dijo Piotr.

Makar estuvo de acuerdo; pensó que en la milicia alimentarían a la gente.

—Yo hablaré. Tú quédate callado, sufriendo parcialmente —le dijo Piotr.

En la estación de la milicia mantenían presos a saqueadores, a personas sin hogar, a personas-animales y a desdichados sin nombre. Frente a todos ellos velaba el celador de guardia, que iba recibiendo a la gente según la cola. A unos los enviaba a la cárcel, a otros al hospital, mientras que a los restantes los expulsaba.

Cuando llegó el turno de Makar y Piotr, este último dijo:

—Camarada jefe, lo he encontrado en la calle y lo he traído aquí porque está loco.
—¿Qué clase de loco es? —preguntó el guardia de la estación miliciana—. ¿Alteraba el orden público?
—En absoluto —le contestó Piotr—. Sólo anda por ahí preocupado. Pero si de pronto se le ocurre matar a alguien, entonces habrá que mandarlo a juicio. Y para luchar contra la delincuencia lo mejor es la prevención. De modo que estoy previniendo el delito.
—¡Correcto! —asintió el celador—. Lo enviaré al instituto de los psicópatas para que le hagan una revisión general…

El miliciano escribió algo en un papel y se entristeció:

—No tengo a nadie que pueda acompañaros, todos han salido…
—Si quieres, yo lo llevo —dijo Piotr—. Él está loco, pero yo soy una persona normal.
—¡Perfecto! —se alegró el miliciano, y entregó la notita a Piotr.

Una hora después Piotr y Makar llegaron al instituto de los enfermos mentales. Piotr dijo que la milicia le había encargado cuidar de este loco peligroso y que no podía dejarlo ni por un minuto, pero que el loco no había comido nada y no tardaría en escandalizar.

—Id a la cocina. Allí os darán de comer —les indicó una enfermera bondadosa.
—Él come mucho —se negó Piotr—. Le hace falta una olla de sopa y dos ollas de papilla. Y es mejor que se la traigan, no vaya ser que le dé por escupir en la cazuela común.

La enfermera dio la orden oficial. A Makar le trajeron una ración triple de una rica comida y Piotr se hartó al igual que Makar.

Pronto el doctor recibió a Makar y empezó a preguntarle sobre ideas de tanto contenido, que Makar, por la ignorancia de su vida, respondía como si fuera un loco. El doctor reconoció a Makar y llegó a la conclusión de que en su corazón bullía mucha sangre sobrante.

«Hay que dejarlo en observación», concluyó el doctor.

Makar y Piotr se quedaron a dormir en el hospital psiquiátrico. Por la noche fueron a la sala de lectura y Piotr comenzó a leer a Makar en voz alta los libros de Lenin.

«Nuestras organizaciones son detestables —Piotr leía a Lenin y Makar escuchaba sorprendiéndose de cuán exacta era la inteligencia de Lenin. —Nuestras leyes son detestables. Sabemos mandar y no sabemos ejecutar. En nuestras organizaciones trabaja gente ajena y algunos de nuestros camaradas, al convertirse en altos funcionarios, trabajan como imbéciles…».

Los demás enfermos psíquicos también se pusieron a escuchar con atención a Lenin, porque ignoraban que estuviera enterado de todo.

«¡Correcto!», hacían coro los enfermos mentales, trabajadores y campesinos.

«En nuestras organizaciones tienen que haber más trabajadores y más campesinos —seguía leyendo Piotr con su rostro picado de viruelas—. El socialismo debe construirse con las manos de personas salidas de las masas, y no con papelitos burocráticos de nuestras organizaciones. No pierdo la esperanza de que algún día nos ahorquen merecidamente por esto…».

«¿Has visto? —le dijo Piotr a Makar—. Hasta a Lenin lo torturan las organizaciones, y mientras nosotros estamos aquí acostados. Aquí está toda la revolución descrita a lo vivo… Me llevaré este libro de aquí, porque esto no es más que una organización. Mañana iremos a cualquier oficina y diremos que somos trabajadores y campesinos. Nos sentaremos en esa organización y pensaremos para el Estado».

Terminada la lectura, Piotr y Makar se acostaron a descansar de las preocupaciones diarias en la casa de los dementes. No sólo al día siguiente ambos tenían que luchar por la causa común de Lenin y de los pobres.

Piotr sabía adonde ir, al Comité Regional, donde veían con buenos ojos a los que iban con quejas, abrumados. Al abrir la primera puerta en el pasillo del Comité Regional, notaron la ausencia de gente. En la segunda puerta encontraron una pancarta con estas breves palabras: «¿Quién le gana a quién?», y Piotr y Makar entraron. En la sala no había nadie, a excepción del camarada Lev Chumovói, que estaba allí sentado administrando algo, habiendo abandonado su aldea a la suerte de los pobres.

Makar no se asustó al ver a Chumovói. Le dijo a Piotr:

—Si en la puerta dice «¿Quién le gana a quién?», acabemos de una vez con él…
—No —se negó Piotr, por ser más experimentado—, tenemos un Estado, no cualquier cosa. Pasemos al segundo piso.

Arriba los recibieron bien, porque allí echaban de menos a la gente y la inteligencia real de la clase baja.

—Nosotros somos miembros de clase —dijo Piotr al jefe superior—. Hemos recopilado la inteligencia, así que entréganos el poder sobre los escribanos viles y deprimentes…
—Tomadlo. Es vuestro —les dijo el jefe mayor, y les entregó el poder en sus manos.

A partir de entonces Makar y Piotr se sentaron frente a Lev Chumovói. Empezaron a hablar con la gente pobre que los visitaba y a resolver todos sus asuntos mentalmente basándose en la compasión a los necesitados. Pronto la gente dejó de visitar la oficina de Makar y Piotr, porque éstos pensaban de manera tan simple que los mismos pobres podían pensar y resolver al igual que ellos, y los trabajadores prefirieron pensar por sí solos en sus casas.

Lev Chumovói se quedó solo en la oficina, porque nadie le ordenó por escrito que se retirara de allí. Por lo tanto, permaneció en ella hasta que se creó una comisión para la liquidación del Estado. En ella el camarada Chumovói trabajó cuarenta y cuatro años y murió entre el olvido y otros asuntos de la oficina adonde lo había llevado su inteligencia organizativa y estatal.

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