MONGO BLANCO, EL ESCLAVISMO DESCONOCIDO

Pedro A. Curto

 

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Si en la memoria colectiva tuviésemos que hablar de nuestros conocimientos del esclavismo, nos vendrían a la mente las imágenes de la serie televisiva “Raíces” y su protagonista, ese Kuntakinte que atravesaba todas las vicisitudes posibles en territorio norteamericano tras ser arrancado de su África natal. Sin embargo la historia del esclavismo está en nuestro propio territorio y recorre desde los siglos XVII hasta bien entrado el siglo XIX, donde España realizó comercio humano a través del Atlántico. La historiografía oficial española, es tremendamente negacionista, así como basada en una construcción nacionalista, ha ocultado intencionadamente esta historia negra.

Se acaba de publicar la novela histórica “Mongo Blanco” de Carlos Bardem, que gira en torno a vida de un personaje peculiar y poco conocido, el malagueño Pedro Blanco, uno de los mayores comerciantes de esclavos a principios del siglo XIX. Este hombre fue un autentico “emprendedor” de la época, pues partiendo de la nada, de una situación de pobreza, ascendió, como buen escalador vertical, a la cima del poder económico. Su método fue un Cash & Carry de esclavos, establecer un centro logístico, el “reino” de Lomboko, donde concentraba los esclavos capturados, en lugar de ir buscándolos por diversos lugares y con el desplazamiento de los barcos, con el coste que ello suponía. Bardem nos relata la pericia inhumana por la cual compraba esclavos a 20 dólares y los ponía al otro lado del mar a 350-400, basándose además en la filosofía irónica de un viejo chiste esclavista: “Nunca odié a los negros, me gustaría llevar alguno más en la bodega.” Y como suele suceder en estos casos, Pedro Blanco supo nadar entre las turbulentas y corruptas aguas del poder institucional: la reina regente María Cristina de Borbón fue una de las mayores esclavistas y se enriqueció con el tráfico. Y es que como cuenta José Antonio Piqueras en su libro “La esclavitud en las Españas: Un lazo transatlántico”, el comercio de esclavos sirvió para que se forjaran grandes fortunas, algunas de cuyas familias siguen teniendo poder económico, como Alicia y Esther Koplowitz, descendientes de la aristocracia cubana y como ella, marquesa de la casa Peñalver, Antonio López, primer marqués de Cubillas, la familia Vidal-Cuadras, entre otros. Parece ratificar la afirmación de Honoré de Balzac : “Detrás de toda gran fortuna siempre hay un crimen.” Aunque sea difícil establecer datos de ese crimen que significó el tráfico de esclavos, fueron millones de personas las que murieron en las largas travesías en penosas condiciones y que estaría por encima de los doce millones a lo largo de los siglos que duró; por encima del holocausto nazi. Un comercio de esclavos que burló las diversas etapas abolicionistas, así como los barcos de Pedro Blanco esquivaban al buque inglés West África, que se dedicaba a perseguir a los esclavistas.

Como relata Bardem en su libro, todo comienza por convertir al ser humano en mera mercancía: “Sacos de carbón, piezas de Guinea, bozales, muleques, negros y negros arrancados de selvas, playas y poblados. Desesperados creyendo que cruzan el gran río para servir de comida a los demonios blancos. Humillados y asustados cuando, puestos en fila por el cigano, los palpan, los separan los labios, los penetran con los dedos, los hacen flexionar las piernas y corretear para ver que no están mal de los pies.” Podía ser una feria de animales, pero era de personas. Lo peor es que los Pedro Blanco de nuestra época, siguen siendo “marca España”.

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