Mañana de verano del 68

Helena Garrote Carmena

 

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Aquel verano mi madre aceptó un generoso ofrecimiento por parte de las monjas del colegio al que asistíamos: uno de nosotros disfrutaría de la extraordinaria oportunidad de pasar quince días en una casa de campo que las religiosas tenían en Los Molinos, un pueblo serrano cerca de Madrid.

Quiso el destino que la elegida para ” veranear” ese año fuese yo. Más que el destino, fue mi rapidez para aceptar cualquier cosa que pareciese novedosa. Mi madre, conocedora de mi impulsividad, lo tuvo fácil a la hora de decidir de qué polluelo prescindir por unos dias.

El caserón no estaba en muy buenas condiciones. La construcción era bastante antigua y necesitaba serias reformas tanto en su interior como en el jardín. Aún así, durante los meses de calor, contaba con lo suficiente para servir como lugar de esparcimiento y descanso para las alumnas selectamente escogidas y sus educadoras.

A los pocos días ya estaba allí. Deambulando por un sitio en el que pronto me dí cuenta que no me gustaba estar.

Una mañana estaba moneando por el jardín y me empezó a doler mucho la tripa. Me daban escalofríos y tenía retortijones.

Para ir al baño en aquel lugar, en aquellos años, y con aquellas normas de disciplina férreamente impuestas, tenias que pedir permiso. Daba igual lo que estuvieses haciendo y donde; si tu cuerpo te avisaba de alguna necesidad, tenías que buscar una autoridad (en mi caso una religiosa) que te concediese el beneplácito. Presentarte ante ella, levantar tu mano derecha con el índice mirando al cielo y realizar tu petición de poder ir al “cuartito”.

“Cuartito”. Prohibido mencionar baño, váter, retrete, ni ningún otro palabro que pudiese contener alguna referencia al acto de orinar o defecar. Se decía el “cuartito”.

Y así lo hice. La monja más cercana que encontré fue la Madre Paz (Superiora de la congregación). La ví sentada en un banco situado en el límite de la propiedad, bajo una vieja parra, y hablaba con un hombre. No supe quien era ese señor, pero una presencia masculina en aquel entorno, totalmente femenino y religioso, se me antojaba sorprendente y misteriosa.

Me acerqué tímidamente a la mujer y su acompañante. Debí parecerles una figura espectral, con mi ” baby” azul, mis coletas a la altura de las sienes y mi cara blanca producto del malestar que me aquejaba, porque al verme, ella torció el gesto y me lanzó una mirada inquisidora.

-Madre, ¿Puedo ir al “cuartito”?

Pedí en voz bajita con mi dedo mirando al cielo.

-No.

Tan contundente respuesta no admitía duda ni réplica. No podía ir.
¿Por qué?, quien sabe. Para un niño no es fácil reconocer una mente retorcida, y si lleva hábitos, menos. Me marché por donde vine y me senté en un columpio, esperando inútilmente que el malestar remitiese.

Debido a la forzada contención, los síntomas se fueron haciendo más dolorosos; sudaba mucho y me empecé a marear.

En un arranque de desesperación, y aún temiendo las posibles consecuencias de mi desobediencia, corrí como pude hasta el retrete que se encontraba detrás de la casona. Entré, me encerré, pero como ocurre en el chiste, más corrieron mis tripas. Había explosionado por el camino. Ya no había remedio. Muy asustada, me mal limpié como pude, dejando el “cuartito” como un gallinero.

Cuando salí, no sabía donde meterme. Mi ropa me delataba y para no levantar sospechas, me quedé escondida detrás de la casa, hasta que escuché las palmadas de la madre cocinera que nos pedía que formáramos fila para entrar al comedor. Mi juicio estaba cerca.

Traidoras y chivatas siempre ha habido en entornos de reclusión y la mía estaba justo delante de mí en la fila. La niña, con gracejo andaluz, comenzó a decir en voz alta mientras se tapaba la nariz : ¡por aquí huele mal!, ¡por aquí huele mal!.

No sé qué premio o privilegio esperaría por delatarme, debía ser importante, porque no dejaba de vocear su descubrimiento. El resto de niñas se miraban unas a otras, buscando al culpable. Yo no sabía donde meterme.

Alertada, la madre cocinera, empezó a pasar revista a toda la fila, olfateando a cada niña. Parecía un perro rastreador de esos que llevan los policías. Al llegar a mi, no tuvo dudas. Me agarró del brazo, me sacó de la fila y me dijo que subiese al piso de arriba y que buscase a la madre Angela. Obedecí, con toda la vergüenza que eso me supuso.

Cuando llegué, me recibió la madre Ángela, una mujer muy mayor, encorvada y de mirada generosa. Me ayudó a quitarme el “baby”, la falda y las bragas pringosas. Luego me metió en una palangana de metal y me limpió el culo y las piernas con un paño blanco y agua tibia.

– Pero ¿Por qué no lo has pedido?

Rompí a llorar.

-No llores. No te preocupes, no pasa nada.

Lo peor y lo mejor que una persona lleva dentro, a veces puede verse en una mirada. Yo vi las dos cosas esa mañana de aquel verano del 68.

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