¡Mamáaa! (I)

Banana Yoshimoto

 

 

Aquel día, lo primero que vi fue el menú que había a la entrada del comedor de la oficina.

Rebozados variados, kitsune soba o arroz al curry con verduras.

Tenía bastante hambre.

«¿Qué me pido?», dudé, y reflexioné unos segundos delante de la pizarra blanca.

Es cierto que, en el preciso instante en que me decidí por el curry, me vino a la mente «el caso del curry de Wakayama».

Supongo que, en cierto modo, se trataba de una intuición. La víspera, casualmente, había visto en la televisión un reportaje sobre una señora que le había echado arsénico al curry en una fiesta popular. Ya que había tenido esa corazonada, debí haber desistido al instante.

Sin embargo, la corriente ya había empezado a engullirme y ese presentimiento no bastó para detenerme.

Nunca lo he considerado así, pero ahora tengo la impresión de que era inevitable que me ocurriera. Me da la sensación de que, por casualidades de la vida, hilos distantes se unieron de repente y me arrastraron hacia esa situación. Porque yo no pretendía nada en particular, no me sentía insatisfecha, y tampoco buscaba un cambio.

Simplemente pensé: «¡Qué hambre tengo!».

«Los rebozados y el soba no acaban de convencerme. Si al menos el soba fuera kamo-nanban, como la semana pasada, sí lo pediría…». Mientras me decidía, entré.

En ese instante, un hombre salía del comedor y, al cruzarnos, chocamos ligeramente. Iba despeinado, tenía una pinta un tanto desaliñada y vestía de negro, aunque no llevaba traje. El hombre caminaba con la cabeza gacha, y todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, de modo que no tenía ni idea de quién podía ser.

En realidad, yo lo conocía de vista: era el señor Yamazoe, que antes trabajaba en el departamento de edición, en la misma planta que nosotros.

Pero en ese momento no lo reconocí.

Ese día, Mitsuko, que trabajaba a media jornada en tareas administrativas y con la que coincidía a menudo en el comedor, estaba muy ocupada y no pudo comer a la misma hora que yo. Era la chica con quien mejor me llevaba de la editorial y, cuando nos encontrábamos, siempre charlábamos y comíamos juntas.

El comedor estaba más vacío que de costumbre, pues era tarde, y por lo tanto la gente comía con calma. Apenas la mitad de las mesas estaban ocupadas, y yo, tras titubear un momento, acabé dejando mis papeles en una mesa situada junto a la ventana. Desde allí se veía, abajo, en la calle, un aparcamiento y un montón de bellas hojas marchitas bajo un ginkgo. Tomando tan sólo el monedero conmigo, me levanté para ir a buscar el curry y un té.

Primero compré el vale de comida y luego lo entregué en el mostrador. La mujer de bata blanca que siempre me atendía dijo: «¡Un curry, marchando!», y con una sonrisa se metió en la cocina.

Fui hasta la máquina de té, me serví una tacita y regresé al mostrador, donde recogí el curry ya listo.

Entretanto, me decía para mis adentros: «¡Ah, qué paz cuando las cosas se hacen así, paso a paso!». Era un placer ver cómo mi comida se iba disponiendo de forma ordenada. Yo, en mi mundo feliz, pensaba que ese ritual convertía el acto de comer en un momento especial, y estaba de tan buen humor que casi me puse a canturrear.

Ahora que lo pienso, y sabiendo por lo que tuve que pasar más tarde, creo que tal vez Dios, apenado por lo que iba a ocurrir me, me concedió antes un rato de alegría.

Porque sentía un calor en el pecho, como si de un momento a otro fuera a suceder algo agradable.

Aunque el asunto sea serio, todavía hoy esbozo una sonrisa cuando recuerdo esos tiernos instantes de paz e ingenuidad antes del desastre.

A todas estas, debo añadir que nadie en el comedor me prestaba atención. Ninguna de las escasas personas que se encontraba allí, cada una absorta en su comida y en sus cosas, se dio cuenta de nada.

Después regresé a mi mesa y, en silencio, comí el arroz al curry mientras echaba una ojeada a los papeles que había traído conmigo.

La semana anterior había tenido la mala suerte de pillar un catarro espantoso y aún tenía la garganta irritada. Encima, debido al sol del mediodía que entraba por la ventana, dándome algo de calor y deslumbrándome, tenía la cabeza en otra parte.

Sobre la mesa había desplegado unas galeradas, las pruebas de un libro que había empezado a corregir. Inmersa en la lectura, fui dando buena cuenta del arroz bocado a bocado, masticando bien, como una cabra, y sin reparar demasiado en el sabor. Lo único que se me pasó por la cabeza fue que en ese comedor siempre preparaban el curry muy especiado, y que por eso debía de tener ese regusto amargo.

Entonces… por la tarde empecé a sentir náuseas. Poco después fui al baño y vomité, pero seguía sin sentirme mejor; devolví unas cuantas veces más y, tras desmayarme y caer al suelo deshidratada, me subieron al coche de uno de mis jefes y me llevaron al servicio de urgencias de un gran hospital que hay cerca de la editorial.

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—¡Menudo susto nos has dado!

Al día siguiente, cuando Mitsuko vino a verme, yo ya me había recuperado y estaba incorporada en cama, revisando las galeradas del día anterior.

El autor del libro cuyas galeradas revisaba me había enviado un ramo de flores. En la tarjeta ponía: «Da igual si el libro se retrasa. Lo importante es que te pongas bien. Has tenido muy mala suerte, pero me alegro de que estés sana y salva».

Pero yo, incapaz de estar ociosa, me puse de inmediato manos a la obra diciéndome que el escritor no tenía razón; si no trabajaba, la obra se retrasaría, y eso acarrearía problemas a la editorial.

Por supuesto, me tomaba a la ligera mi salud, y me parecía mal descuidar mi trabajo por esa nimiedad. Sonriendo, le dije a Mitsuko:

—¡Qué vergüenza voy a pasar cuando vuelva a la editorial, después de haberme encontrado mal y haber vomitado delante de todo el mundo! Cuando me ocurrió no lo pensé, pero ahora ¿con qué cara me voy a presentar delante de todos? ¡Hasta he salido en las noticias! Me dan ganas de echarme a llorar…
—En la editorial todos hablan de lo sucedido. —Mitsuko sonrió—. Matsuoka, te has convertido en una celebridad. A partir de ahora, seguro que ni los más guapos se te van a resistir.
—¡Qué dices! ¡Si yo ya tengo novio! Pero la verdad es que ayer, cuando el director de la editorial vino a verme, se me puso el corazón a cien. Y te confieso que se me pasó por la cabeza la palabra «braguetazo» —dije riendo.
—Pues está libre y sin compromiso, y, para tener casi sesenta años, se conserva bien.
—Sí, y viste con tanta elegancia… Cuando entró, me dio la impresión de que resplandecía en medio del desolador hospital. Por supuesto, me trajo un ramo de flores y vino acompañado de su ayudante, Tanaka. Jamás imaginé que tendría ese gesto conmigo. Y yo con mi camisón desgastado y los tubos del gota a gota… ¡Deseé que se me tragara la tierra!
—¿Cómo no iba a venir? ¡Piensa que han envenenado la comida de la oficina! —dijo enfadada—. Por suerte, al parecer nadie más comió curry después de ti, porque estaban a punto de cerrar el comedor.
—Me alegro de que no haya habido más afectados, en serio. Lo pasé tan mal que pensé que me iba a morir. No sabía qué me ocurría…
—¡Ha sido una desgracia! Por cierto, ¿recuerdas que decían que el imbécil de Yamazoe se había encargado de una escritora joven, universitaria, y que una vez acabado el trabajo empezó a acosarla? Hará cosa de un año de eso. Se rumoreaba que iba a su casa de noche, la llamaba constantemente por teléfono y la seguía. Dicen que, como lo echaron, el rencor le llevó a tomarla con la editorial. Por lo visto, últimamente acudía a un hospital psiquiátrico. Además, a la editorial, entre otras cosas, le reclamaba dinero en concepto de derechos de autor, alegando que la obra de esa autora, que tanto ha vendido, fue el fruto de una colaboración entre ambos. La editorial incluso tuvo que pagar a la chica para que se mudara de casa. También he oído que al nuevo editor encargado de esa autora tuvieron que ponerle guardaespaldas. Al parecer, los que trabajaban en el mismo departamento que Yamazoe estaban al corriente de todo, pero les pidieron que no divulgaran nada.
—Creo que, si yo hubiera sido el jefe de ese departamento, también lo habría despedido. ¿Quién iba a imaginarse que sucedería algo así? Recuerdo haberme fijado en Yamazoe antes de que ocurriera todo aquello y lo echaran. Iba siempre tan pulcro y trabajaba siempre con tanta aplicación que ayer ni siquiera lo reconocí. Pensé que sería algún comercial, exhausto tras pasar toda la noche trabajando o alguien así. Al parecer, lo que me salvó fue que, gracias a que lo detuvieron enseguida, pudieron averiguar qué sustancia tóxica había utilizado y me trataron pronto. Eso me ha explicado el médico —dije, y continué—: Fue horrible, y me pilló desprevenida, pero, aun así, cuando pienso en la pinta desaliñada que tenía Yamazoe cuando nos cruzamos, soy incapaz de sentir odio hacia él. Parecía una persona completamente distinta…

Estaba siendo sincera.

Recordaba con claridad el aire sombrío y de desesperación que tenía Yamazoe la víspera, como si ya no le quedaran vías de escape, una imagen muy distinta de la que había tenido en el pasado, la de un hombre bien integrado en la editorial y del que uno nunca habría podido esperar tal comportamiento.

Se había convertido en alguien que avanzaba por un camino sin retorno.

A buen seguro, ni él mismo imaginaba que podría ocurrirle algo así.

Quizá fuera cierto que había mantenido una relación amorosa con la escritora. Y aun suponiendo que lo de la colaboración fuese una mentira, estaba segura de que algún que otro consejo le habría dado.

Tal vez ese romance había despertado algo profundo que guardaba en su interior y, a raíz de ello, había perdido el juicio y se había vuelto loco.

—Eso es porque eres un pedazo de pan. —Mitsuko sonrió—. Te has visto envuelta en medio de una especie de pelea amorosa provocada por alguien que apenas conoces y, encima, han puesto tu vida en peligro, así que lo normal sería que estuvieras cabreada.
—Pero yo no me lo esperaba en absoluto. Pensaba que esas cosas sólo les ocurrían a los demás. Ahora mismo tengo la sensación de que estoy en un sueño, aquí con el gotero —dije, todavía demasiado confusa para sentir ira o lo que quiera que fuese que debía sentir.

Mitsuko asintió con la cabeza y comentó con rostro grave:

—Ya, y, entretanto, cada vez más personas dejan el trabajo porque no están bien de la cabeza. Lo del acoso de Yamazoe a la autora estuvo mal, pero nadie se imaginaba que pudiera llegar a envenenar la comida, y mucho menos que eso pudiera ocurrirnos a nosotros. La autora ha salido llorando en la tele y pidiéndote perdón. La verdad es que lo que te ha sucedido ha sido como un mazazo. Pero, bueno, me alegro de que todo haya acabado bien. —Y prosiguió—: Si llega a echar en la comida un veneno más fuerte, ahora mismo no estarías aquí. Y entonces creo que el shock y la pena me habrían impedido seguir trabajando en la editorial. Sólo de pensar que a raíz de esto tú, y quizá mucha más gente, habríais podido morir, se me ponen los pelos de punta.

La seriedad con la que Mitsuko hablaba me reconfortó. Gracias a ella sentí ganas de volver pronto al trabajo y continuar con la rutina.

—Creo que se me han quitado las ganas de comer en la editorial por algún tiempo—dije sonriendo.
—Lógico. Por lo visto, el comedor ha perdido muchos clientes. —Mitsuko también sonrió—. ¡La mujer del comedor está desolada!
—¡Es cierto! Entonces, tengo que ir —repuse—. Dudo mucho que vuelva a ocurrir.
—Escucha, Matsuoka, si en alguna ocasión no quieres ir al comedor, me llamas. Yo siempre acabo tarde por la mañana, así que no me importa comer a cualquier hora. Podemos salir a comer fuera —se ofreció Mitsuko tomándome de la mano.
—Te lo agradezco mucho.

Me sentí feliz ante esas muestras de amabilidad.

Por entonces, en cierto modo, yo todavía experimentaba el «subidón del incidente» y el «subidón del ingreso en el hospital», y todo el mundo, empezando por el director de la editorial, me trataba con mimo. Ese afecto que recibía, sumado a la sensación de que me había salvado y a la tranquilidad que infundía estar en el hospital, impedían que me diera cuenta de que mi hígado estaba dañado y de las consecuencias que eso me acarrearía.

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Yamazoe había puesto en el curry grandes dosis de un fármaco contra la gripe. Tras hacerme un lavado de estómago, me pusieron un gotero y me sometieron a numerosos exámenes médicos. Cinco días después me dieron el alta, con las siguientes recomendaciones: «Nada de alcohol, nada de ejercicio físico intenso, ninguna actividad que produzca estrés y nada de comidas muy especiadas durante un tiempo; toma exclusivamente los medicamentos que te hemos prescrito, ninguno más; intenta permanecer relajada, acude a los exámenes médicos que te hemos programado y, si te sientes decaída o desanimada, hay un servicio de ayuda psicológica a tu disposición, así que ven cuando quieras».

En el hospital no me había dado cuenta, pero en casa, al mirarme en el espejo, vi que tenía muy mal color de cara y que estaba lánguida.

¿Con qué podría comparar esa sensación de languidez? Era un abatimiento difícil de describir, como si anímicamente me hubiera hundido. Aunque no hiciera nada, tenía la sensación de que la energía que había en mi cuerpo se derramaba y escurría, como si fuera agua, y que dentro de mí sólo quedaba una especie de trapo empapado.

No podía ignorar que me había convertido en la comidilla de la oficina, pero ya era capaz de hacer vida normal; tampoco quería pasarme el día durmiendo, de modo que volví a acudir al trabajo. Además, habría detestado que pensaran que me había quedado alguna secuela mental.

Aunque sólo subir al tren y llegar al trabajo me dejaba exhausta, la verdad es que, sacando fuerzas de flaqueza, era capaz de realizar mis tareas, y como por las restricciones en la alimentación me dispensaban de asistir a comidas de trabajo, podía volver temprano a casa y nadie notaba esa fatiga.

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Al principio todos se quedaban mirándome con curiosidad y me hacían muchas preguntas. Me moría de vergüenza cada vez que, en el pasillo o en el lavabo, sacaban el tema: «El tío ese, el del veneno…», «Tienes mejor aspecto que cuando te llevaron al hospital…», pero esa época pasó enseguida. Sumergida en ese charco de languidez, sentí que todo lo que me rodeaba iba cambiando a toda velocidad.

El día en que, echándole valor, y por hacerle un favor a la mujer del comedor, acudí allí con Mitsuko y comí kamo-nanban, todos los demás comensales rompieron en un aplauso.

Poco a poco, al ver que yo estaba bien, que lo había superado, la gente dejó de prestarme atención. Y así, salvo en mi interior, regresaron la paz y la normalidad.

Pero, dentro de mí, algo se había crispado.

Tras darle vueltas, lo atribuí a la languidez, a la debilidad, pero cada vez que la policía o un médico me interrogaban, yo me sentía peor.

Malhumorada, me entraban ganas de montarles una escena y gritarles: «¡Dejadme en paz!».

Esa ira salía sobre todo cuando estaba con mi novio, pues con él tenía más confianza.

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Mi novio, Yū-chan, con el que ya llevaba más de tres años, y yo estábamos viviendo juntos a modo de prueba antes de la boda. Por eso mis compañeros de trabajo, que tenían su número de teléfono, lo llamaron de inmediato y él acudió al hospital. Y fue él quien avisó a mis abuelos, que en realidad han sido como mis padres adoptivos.

Tuvo que salir antes del trabajo y, cuando terminaron el lavado de estómago y regresé a la habitación, permaneció todo el tiempo a mi lado mientras diversas personas me interrogaban.

Cada vez que Yū-chan venía a verme al hospital, pensaba: «Si no me flojearan tanto las fuerzas, estaría contentísima». Verlo junto a mí me reconfortaba.

Porque en ese momento él, con el que hacía vida en común, era la persona más allegada a mí.

En los días que siguieron, todos me trataron con mucho cariño. Yū-chan, que opinaba que la comida del hospital era asquerosa, me traía las deliciosas okayu u ojiya que su madre preparaba para mí y las calentaba en el microondas del hospital. Él y la abuela empezaron a hacer buenas migas, porque Yū-chan tenía que ir a menudo a casa de mis abuelos a buscar algo que yo necesitaba, como, por ejemplo una muda, y tuvieron la oportunidad de conocerse mejor. En suma, en torno a mi cama reinaba un ambiente muy agradable.

Pese a mi languidez, esa sensación de que la familia había crecido me alegraba. La unión se afianza ante la adversidad.

Cuando veía que, por mí, mis familiares lloraban, se enfadaban y lanzaban invectivas contra Yamazoe y la editorial, pensaba, con cierto rubor, en lo mucho que me querían.

—Lo siento. Nunca me he preocupado demasiado por saber por qué no tienes padres —murmuró de pronto Yū-chan.

Era de noche y veíamos la televisión con el volumen bajo. El horario de visitas había terminado y Yū-chan había venido medio a escondidas. De paso, me había traído manzanas. En ese momento pelaba una con mucha maña.

Como el director de la editorial había pedido que en el hospital me dieran una habitación individual, las enfermeras hacían la vista gorda en cuanto a las horas de visita.

De noche, el hospital se volvía un lugar silencioso donde teníamos la impresión de que nosotros dos éramos los únicos habitantes. En aquel novísimo mundo minúsculo y callado, hablábamos en voz baja de manera espontánea.

Aquella noche también me sentía con pocas fuerzas; mi cuerpo no se movía como yo quería, y me encontraba un poco deprimida, no conseguía sentirme a gusto.

Comí en silencio la crujiente manzana que Yū-chan me había pelado. Por unos instantes, la aspereza y el dulzor de la fruta me refrescaron, pero estar incorporada me resultaba fatigoso. La aguja de la infusión intravenosa, ahí metida día tras día, me molestaba; la zona en la que estaba sujeta con cinta adhesiva me picaba y, de tanto dormir, me dolía la espalda.

En un momento así, por mucho que lo amase y por más tiempo que llevara con él, no me sentía con ganas de hablarle de algo tan importante.

—Estos días he tenido ocasión de charlar con tu abuela y me he enterado de muchas cosas sobre las que me da vergüenza no haberte preguntado antes —añadió.
—¡No me saques ese tema ahora! —le solté, en un tono más violento de lo que yo habría deseado. Mi voz alterada resonó en la silenciosa habitación del hospital. Como un manantial, la rabia manaba a borbotones del fondo de mi vientre, pero logré controlar la explosión.

Al final, la manzana me ayudó a conseguirlo.

Una bella monda roja había quedado enrollada sobre el plato. Sorprendido por la acritud de mis palabras, el rostro de Yū-chan, cansado por el largo rodeo que había dado desde su empresa sólo para venir a verme, parecía superponerse a la piel de aquella bella y cándida manzana, la misma que Yū-chan me había pelado con todo el cariño del mundo.

No sin esfuerzo, proseguí en un tono relativamente calmo:

—Ni yo misma me acuerdo de muchas cosas. Es más, tú también lo pasarías mal cuando tu padre murió y tu madre volvió a casarse, y sabrás que, por más veces que lo cuentes, resulta difícil transmitir todo eso a otra persona. Tampoco tú me has hablado nunca de ello, así que estamos en las mismas —dije—. En este momento no me encuentro bien, pero poco a poco iré sintiéndome mejor. Además, tú y yo vamos a construir un hogar juntos y prefiero afrontar el futuro con alegría y no pensar demasiado en el pasado. Sin duda, tengo una herida en el corazón, pero ya me he enfrentado suficientemente a ella, aunque puede que no lo haya superado, porque no recuerdo bien mi infancia. Pero mis abuelos siempre me han querido como si fuera su propia hija y por eso nunca me ha faltado cariño. No va a producirse ningún cambio de improviso en mi persona, así que estate tranquilo.
—Llevamos mucho tiempo juntos y eso ya lo sé. También sé perfectamente que tus abuelos son personas maravillosas —dijo Yū-chan—, pero después de lo que ha ocurrido, ¿no te sientes confusa, con toda esa gente diciéndote cosas y haciéndote preguntas?

Yū-chan poseía una peculiar perspicacia. Por lo general, se mostraba despreocupado, y aunque no prestaba demasiada atención a discursos serios, sabía interpretar el semblante y el tono de voz de la gente.

—Sí. Reconozco que algo de eso hay. Pero una vez que todo se calme, estoy segura de que me sentiré más tranquila —repliqué.
—La verdad es que, desde este horrible incidente, te noto un poco triste y eso me preocupaba. Pero ahora comprendo que es difícil poner buena cara cuando a uno han intentado matarle —dijo, y sonrió.

Era cierto que, cada vez que salían en la conversación mis padres, la familia o mis recuerdos de infancia, lo que tenía delante de mis ojos se oscurecía, y sentía que se formaba un bulto pesado en mi interior. Por suerte, enseguida desaparecía.

Ahora vivía mi presente, tenía un trabajo y empezaba a compartir mi vida con Yū-chan, un chico noble y tranquilo con el que congeniaba. Tenía la sensación de que, ya durante la adolescencia, cuando todos a mi alrededor andaban con amoríos, y después, cuando empecé a trabajar y todos a mi alrededor se casaban, yo vivía inmersa en mi mundo interior, un mundo que yo todavía trataba de proteger.

En el fondo, siempre había envidiado a los demás.

Estaba convencida de que a la gente frívola le traía sin cuidado el amor; que lo malgastaban sin reparos, porque sabían que, aunque se les escapara como el agua de un grifo, el amor siempre volvería a ellos.

Había excepciones, por supuesto, pero yo, a las personas que se divertían con el amor, las veía de ese modo. «Qué suerte poder jugar con los sentimientos de los demás sin mayor problema…», me decía yo.

No dudaba del cariño que me profesaban mis abuelos, y es cierto que me sentía en deuda con ellos por haberme «adoptado». Nunca olvidaba que me alojaba en la casa de unas personas que me adoraban, y que, aunque me alegrase de ello, debía causarles los menores problemas posibles.

Con el tiempo caí en la cuenta de que no hay nadie en este mundo que, alguna vez en su vida, no se haya sentido herido por algo relacionado con la familia. Yo no era una excepción; descubrí que algunos lo llevan bien y otros no, y que incluso los que crecen rodeados por el amor de su familia siempre estarán condicionados por ella.

De tal modo, construir mi propia familia era algo sumamente importante para mí, y cuando Yū-chan me propuso casarnos enseguida, yo le respondí que lo pensaría y lo decidiría tras vivir con él durante un año.

Además, yo sólo había salido con tres hombres durante mis casi treinta años de vida y todas habían sido relaciones serias, sin escarceos ni infidelidades.

La convivencia con Yū-chan estaba resultando mejor de lo que me esperaba. Teníamos prácticamente los mismos gustos en lo que se refería a la comida, nos repartíamos las tareas domésticas y él, que había vivido mucho tiempo solo con su madre, sabía mantener una distancia y un ritmo naturales. Los sábados por la noche hacíamos religiosamente el amor y luego tomábamos un baño juntos. Para terminar, nos dormíamos el uno frente al otro con una sonrisa.

Me sorprendía que aquella vida fuera mucho más estable y cómoda que la que llevábamos en la época en la que sólo salíamos juntos.

Empecé a pensar que, tal vez, ésa era la clase de vida que yo quería para mí. Una vida que me llevaba a desear pasar así el resto de mis días: sin hastío, con una sensación de paz y estabilidad.

Tal vez esas personas que se tomaban el amor «a la ligera» se tomaban otras muchas cosas de ese mismo modo precisamente porque siempre habían llevado ese tipo de vida, y yo me decía que, así, quizá también yo acabaría teniendo la misma actitud que ellos. Me daba un poco de miedo casarme y tener hijos, pero me tranquilizaba diciéndome que quizá no fuese para tanto. Empecé a ver las cosas con una pizca menos de rigidez.

Podría decirse que el incidente del curry sucedió en el momento en que comenzaba a desaparecer el absurdo nerviosismo que siempre me embargaba, ese nerviosismo que había alejado de mí a todos los hombres, excepto a Yū-chan.

El arrebato, el acceso de ira de aquella noche en la habitación del hospital, lo consideré un pequeño abuso de confianza hacia la persona a la que amaba y pronto lo olvidé.

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Un día, cuando ya estaban a punto de darme el alta, decidí salir al patio del hospital en plena noche. Era incapaz de dormir; me habían quitado el gota a gota y la marca que me había dejado la tirita que sujetaba la aguja me dolía; además, me aburría como una ostra. El hospital estaba en completo silencio, y cuando salí miré hacia el imponente edificio, que se erguía en medio de la oscuridad con su particular diseño de ventanas a oscuras y ventanas iluminadas.

Me quedé observándolo en camisón, con los ojos entornados.

En lo alto del cielo centelleaban algunas estrellas distantes.

«Todos los que están internados en este hospital padecen, en menor o mayor medida, un contratiempo que afecta a sus vidas. Yo me he salvado y, como me aburría, he salido caminando por mi propio pie a respirar el aire fresco, pero muchas otras personas nunca saldrán de aquí.

»Y, sin embargo, todo está tan tranquilo…», pensé.

Me parecía que, absorbida por aquella quietud, podría desaparecer en cualquier momento. Todavía hoy se me encoge el corazón cuando pienso en lo pequeña que me sentí ahí.

Mi pequeña envergadura, mis pequeños brazos y piernas. Mi cuerpo y mi corazón debilitados, aún torpes y poco ágiles, y yo intentando mirar el cielo con todas mis fuerzas. Pero me sentía muy frágil, tenía la impresión de que habría podido salir volando con una racha de viento.

Algo esencial y de grandes proporciones, algo que yo —distraída siempre con el día a día, con los amigos, con la familia y con la vida cotidiana— había olvidado, intentaba en ese momento aplastarme, en aquel silencio, de una vez por todas. Yo, ignorándolo, salí indefensa en medio de la oscuridad. Para descubrir mi propia pequeñez.

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Y, sin apenas darme cuenta, me habían dado el alta y ya había regresado al trabajo.

Yo creía que, una vez recuperada, todo volvería a la normalidad. Nunca me había sucedido nada grave, y pensaba que la recuperación llegaría de improviso, cualquier mañana. Exactamente como cuando una tiene gripe, le sube la fiebre, durante la noche suda mucho y a la mañana siguiente, al despertarse, comprueba que la fiebre ha desaparecido y que la cabeza ya está completamente despejada.

Sin embargo, no me imaginaba que el restablecimiento fuese tan gradual, con sus idas y venidas, paso a paso, y empecé a impacientarme. Poco a poco comprendí que, como en mi vida apenas había estado en un hospital, acudir regularmente a uno, como ahora debía hacer, me recordaba la experiencia pasada y aumentaba mi depresión y mi languidez. Entretanto, a mi alrededor, todos empezaban a olvidar el incidente, y nada podían hacer para ayudarme.

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Yū-chan aprovechaba cualquier puente largo para mimarme y llevarme en coche a algún lugar bonito. Porque sabía que eso era lo que más me gustaba.

Pero yo, no bien subía al coche, me mareaba e, incluso si bebía agua, me entraban ganas de devolver. Cuando no vomitaba, la vista se me enturbiaba, y sentía tal vértigo que la fuerza de los bellos paisajes por los que pasábamos me abrumaba.

Aquella hermosa vegetación verde, el movimiento de las mareas, demasiado impetuosos para mi débil cuerpo, demasiado resplandecientes, me hacían sufrir.

¡Ah! ¡Qué maravilla! ¡Qué bonito! Pero quería volver cuanto antes y meterme en la cama. Aunque no tuviera sueño, aquella luminosidad excesiva me provocaba algo parecido a la somnolencia.

No me permitían comer cosas que a mí me encantaban, estaba tan delgada que apenas tenía fuerzas y, al caminar, las piernas me pesaban y arrastraba los pies.

No obstante, como aquello no me parecía tan grave, no le decía nada a Yū-chan, que se portaba muy bien conmigo.

«¿Cuándo me recuperaré lo bastante como para poder volver a tomar fuerzas de estos espléndidos paisajes?», me inquietaba. No veía el final de aquel túnel.

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Entonces, un buen día, ocurrió algo.

—¡Así que eres tú, la víctima del envenenamiento!

El escritor, un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años, lo había dicho sin maldad alguna, tan sólo con la intención de romper el hielo en nuestro primer encuentro. Yo había ido a recoger a su casa el manuscrito de una obra, en sustitución del editor encargado de ella, al que acaban de operarle de apendicitis, y cuando oí aquello me entró un sudor frío.

Con todo, ahora yo era la responsable de su obra y no podía decirle: «Cambie de tema».

Lo cierto es que todavía, cuando la gente me preguntaba por el dichoso incidente, mi cuerpo abatido se resentía. Si yo hubiera sido la chica fuerte y desenvuelta de siempre, no me habría puesto nerviosa. Pero, en mi estado, hacía un drama de cualquier nimiedad.

—Sí, pero ocurrió muy rápido y, como ya me han dado el alta, me parece que todo ha sido un sueño. Además, quien lo hizo no iba a por mí, así que no me lo he tomado como algo personal. Es como si te mordiera un perro o sufrieras un accidente de tráfico —respondí.
—¿Viste al envenenador?

El escritor y su esposa me miraban fijamente, llenos de curiosidad.

Clavaban sus ojos en mi rostro. Sus miradas parecían punzarme. Comprendía su curiosidad, y me decía que también yo miraría así a alguien que, tras vivir algo similar, hubiera venido a visitarme, pero me sentía incapaz de sostenerles la mirada. Unos desconocidos me escrutaban en una casa desconocida. Me sentía muy incómoda.

—Sí, lo vi. Pero había cambiado tanto, era tan distinto del hombre al que veía trabajando en la misma planta que yo, que no lo reconocí. ¡Quién hubiera imaginado que había acudido al comedor para hacer eso!

A pesar de que era yo quien pronunciaba estas palabras, mi voz me sonaba ajena, la voz lejana de alguien que hablaba para complacer a aquellos dos.

Siguió bombardeándome con preguntas:

—¿No eres tú la que edita ahora las obras de esa joven escritora?
—Si, aparte de ti, más gente hubiera comido el curry, la editorial se habría visto en un grave aprieto, ¿no?
—¿Cómo era ese tipo cuando trabajaba en la editorial? ¿Daba la impresión de que estaba loco?
—¿Cómo te sentiste al ingerir dosis tan altas de ese medicamento? ¿Es cierto que puede llegar a provocar la muerte?
—Quizá no abrigaba la intención de matar a nadie… De otro modo, habría utilizado un veneno mucho más letal, ¿no crees?

Al principio, disimulé mi malestar y contesté a todo, pero luego comencé a quedarme en blanco y a balbucear. Intentaba hablar, pero las palabras no salían de mi boca. Me invadió una rabia inimaginable. Estaba muy enfadada, tanto que de un momento a otro iba a salirme de mis casillas. Me sentí igual que cuando exploté en el hospital delante de Yū-chan. Y perdí los estribos.

Entonces, cogí la taza de té de la que estaba bebiendo y la estrellé contra el suelo.

La bonita taza se hizo añicos y el ruido me dolió más a mí que a nadie.

Era triste, pero ya no había remedio: la taza estaba rota.

Por muy bonita que hubiera sido, no volvería a ser como antes. No se podía volver atrás en el tiempo, ni detener la ira.

Yo había perdido el control y, para tranquilizarme, el escritor me abrazó. Aun así, me agité en sus brazos y rompí a llorar, desconsolada.

—¡No me hagan más preguntas, por favor, se lo ruego! —les dije casi a gritos.

Pero otra parte de mí permanecía impasible. Y observaba la escena con cierta indiferencia, con un sudor frío.

«Estoy en casa de un escritor, y he venido para recoger un manuscrito. He roto una taza de té de su casa, me he puesto a llorar y a gritar y a agitarme como una posesa.

»He actuado exactamente igual que Yamazoe. Puedo darme por despedida. Pero soy incapaz de controlarme y, por lo tanto, nada de esto tiene ya remedio».

Tras liberarme de los brazos del profesor, me arrojé al suelo y lloré con desesperación.

Todo me importaba un comino.

Entonces, sucedió algo inesperado.

De pronto, la mujer del escritor se agachó, se arrodilló junto a mí y me abrazó. Luego me acarició la cabeza. Me la acarició una y otra vez, con cariño infinito, como a una niña pequeña.

—Perdónanos, no hemos tenido ningún tacto. —Los ojos de la mujer se humedecieron. Se volvió hacia su marido, con la seriedad pintada en el rostro—: Lo que has hecho no tiene nombre. ¡Interrogar de ese modo a alguien que lo ha pasado tan mal!
—Lo siento mucho. La curiosidad ha podido más que yo. —El escritor agachó la cabeza, a todas luces arrepentido, y se disculpó—: Es cierto, mi comportamiento ha sido vergonzoso. Por favor, perdóname.

Yo, incapaz de refrenar el llanto, dije entre sollozos:

—¡He roto la taza! Se la pagaré, y pueden informar a la editorial de lo ocurrido… ¡Lo siento mucho, de veras! Todavía no me encuentro bien, me siento muy cansada. Pero eso no es excusa, así que les pido que tomen las medidas que consideren oportunas…

Eso fue, a duras penas, lo que logré balbucir. Ellos menearon la cabeza a la vez y dijeron que la culpa había sido suya.

—¡Cómo hemos podido hacer algo tan horrible, nosotros que también somos padres! Hacerte tantas preguntas sin pararnos a considerar tus sentimientos…

Los dos, sentados en el suelo, seguían consolándome, cariacontecidos.

—Verás, en cuanto te he visto —empezó a decir el escritor—, me he puesto a pensar que uno nunca sabe cuándo volverá a ver a otra persona, y menos aún en esta época en que vivimos, y me moría de curiosidad, y me he dicho que tal vez no tendría otra ocasión de hablar contigo, así que me he dejado llevar. Supongo que, por defecto profesional, soy incapaz de reprimir mi curiosidad. Lo siento de veras. Ha sido muy desconsiderado por mi parte tratar así a alguien que ha vivido una experiencia tan terrible. Olvidémoslo todo. Vamos a tranquilizarnos y a beber algo.

Sin preocuparse en absoluto por la taza rota, y diciendo: «Eres tú la que importas», la mujer recogió los fragmentos sin más, fue a la cocina y preparó café y leche caliente. Luego trajo un montón de marrons glacés bien dispuestos en un plato y dijo: «Comamos, eso nos hará sentirnos mejor a todos».

Era incapaz de levantar la cara de la vergüenza que sentía, pero al comer aquellos dulces y beber, un calorcillo se extendió por mi cuerpo.

Lo que más me avergonzaba era no haber sabido controlarme, haber expuesto mi situación delante de personas a las que apenas conocía.

En ese momento, por primera vez me di cuenta de que no era posible dejar que la gente me dijera esto y aquello, salir en televisión, recordar lo sucedido, hablar con policías, y al mismo tiempo vivir mi vida, como si nada hubiera ocurrido, cuando en realidad había estado a punto de morir.

Mortificada, tendría que haber pensado que era el momento de buscar ayuda psicológica.

Y cuanta más vergüenza sentía yo, más amables se mostraban ellos.

—No has hecho nada malo ni extraño. Nosotros nos hemos mostrado insensibles. Mereceríamos incluso que nos hubieras pegado. Perdónanos, te lo ruego.

La mujer siguió disculpándose mientras el escritor asentía con la cabeza gacha.

Al cabo de un rato, encogida a más no poder y también con la cabeza gacha, me fui.

Por la noche, sin decirle nada a Yū-chan, me metí en el futón y no paré de dar vueltas, muerta de vergüenza. Quería que aquel día nunca hubiera existido.

Sin embargo…

Dejando aparte el disparate que había cometido en casa del escritor, en mi corazón permanecían el gesto sincero y cándido de los dos, igual que niños tras pelearse y hacer las paces, y la ternura con la que la mujer me había acariciado la cabeza, y sentía entonces agradecimiento ante tanta amabilidad, como si alguien inesperado me hubiera regalado un ramo de flores.

Parecían personas altivas que, después de preguntar por sus problemas a los demás sin ningún escrúpulo, no habrían tenido reparos en escribir una exitosa novela aprovechándose de la desgracia ajena, y sin embargo, cuando expuse mi fragilidad ante los dos, también ellos se abrieron ante mí, convirtiéndose en niños y anulando cualquier barrera que nos distanciara.

Me pareció comprender por qué las novelas de ese autor eran tan apreciadas por los lectores.

Me dije que, en realidad, todo el mundo compartía algo maravilloso y profundo, más allá de lo que pretendían aparentar con sus comportamientos.

Aun así, era plenamente consciente de la tontería que había hecho.

Pero ese día sentí que, a pesar de que parecía a punto de zozobrar y de tomar un camino que sólo me abocaba a la locura y la perdición, como le había ocurrido a Yamazoe, me había salvado gracias a la bondad del ser humano, que se deja la piel todos los días dentro del engranaje de un mundo incierto en el que cualquiera, sin motivo alguno, podía perder la vida en el momento menos pensado.

(Continuará…)

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