¡Mamáaa! (Final)

Banana Yoshimoto

 

 

 

—Todavía no se te ve muy buen aspecto.

Una tarde, días después de haber roto la taza en la casa del escritor, el señor Sasamoto, uno de mis jefes, me abordó de pronto por los pasillos de la editorial. El año anterior, el señor Sasamoto había sufrido un infarto cerebral, y se había reincorporado al trabajo con tan sólo una leve dificultad para hablar.

—Parece que tengo el hígado todavía un poco débil, pero me encuentro mucho mejor —contesté—. A usted, en cambio, se le ve muy buen color.
—Disculpa, pero ¿podría hablar contigo a solas un momento? —dijo entonces el señor Sasamoto.
—Por supuesto.
—Vayamos, pues, a la sala.

Tuve un mal presentimiento.

Y es que el señor Sasamoto era el directivo que mejor se llevaba con el señor Shibayama, el encargado de las obras de aquel escritor, por esas fechas convaleciente tras la operación de apendicitis.

La sala estaba prácticamente vacía; sólo había un grupito de gente reunida en un rincón.

Después de sentarnos en un sofá hondo, con un té verde delante, Sasamoto fue al grano:

—Para serte franco, te diré que no me he enterado por Shibayama, sino a través de la mujer del escritor ***, pero al parecer el otro día lo pasaste muy mal. Dime, ¿estás bien, de verdad?
—Sí. Si se refiere a eso, soy consciente de lo que ha ocurrido —respondí.
—Mi esposa es amiga de la esposa del escritor. De hecho, ésta viene a menudo a nuestra casa. Como es una persona sensata, no le ha contado nada a mi mujer, y tampoco quiere que se tome ningún tipo de medidas contra ti. Es más, me ha pedido disculpas y se ha mostrado muy preocupada por tu estado. Por eso quería hablar contigo. ¿No será que te estás esforzando demasiado?
—La verdad es que intento esforzarme, pero como todavía no me encuentro recuperada del todo, no me siento segura de mí misma —contesté con franqueza.

El señor Sasamoto asintió.

—A mi modo de ver, este autor es un hombre joven e inteligente cuyas obras se han convertido en un éxito de ventas, y quizá por ello a veces carece de delicadeza. Seguro que no tenía mala intención y que te hizo todas esas preguntas por mera curiosidad, con la inocencia de un niño —dijo el señor Sasamoto.
—Lo sé. Me parece un aspecto extraordinario de su personalidad y lamento haberlo malinterpretado —dije yo—. Metí la pata hasta el fondo.

Aunque su valor no alcanzaba en absoluto el precio de la taza rota, yo había enviado a la casa del escritor un bonito juego de té para utilizar a diario. Pero era consciente de que con eso el asunto no quedaba zanjado. Se me ocurrió que podía ir con el señor Sasamoto a pedirles disculpas, y así se lo dije. Sin embargo, el señor Sasamoto tomó la palabra:

—Si sigues sintiéndote cansada y no te encuentras bien anímicamente, puedo hablar con el director para que te concedan una baja. Eso sí, te garantizo que no le contaré, ni a él ni a nadie, lo ocurrido. El escritor *** me ha dicho lo mismo, y no están enfadados contigo. Es más, se sienten responsables, así que no debes preocuparte por eso. Por mi parte, me aseguraré de que puedas tomarte días libres cuando lo necesites, para luego incorporarte otra vez, así que no te inquietes. Además, me tienes a tu disposición para lo que haga falta.
—Se lo agradezco mucho.

«Seguro que quiere que me tome una baja antes de que cause más problemas», pensé. A mi pesar, había captado claramente el mensaje. El hecho de que mi jefe me recomendara tomarme unos días libres me conmocionó. Me habría dolido menos que me hubiera abroncado y despedido.

El señor Sasamoto prosiguió con paciencia y amabilidad:

—Eres una víctima, aunque no quieras reconocerlo o prefieras fingir que no ocurrió nada; pero lo cierto es que sí ocurrió, así que no debes esforzarte más de lo necesario. Yamazoe trabajó conmigo durante mucho tiempo, pero cuando ocurrió aquello yo estaba entonces enfermo y nada pude hacer por ayudarlo. Visto desde una perspectiva más amplia, yo también tengo parte de responsabilidad y de culpa en lo que sucedió. Con esto no pretendo ponerte al mismo nivel que Yamazoe, pero me gustaría apoyarte en la medida de lo posible.
—Muchas gracias. Lo pensaré.
—¿Sabes? Yo también padecí el intenso interrogatorio del escritor: no paró hasta recabar información detallada sobre el infarto cerebral —dijo sonriendo el señor Sasamoto.
—Pero ese día yo me puse como loca —comenté—. Lo pensaré, pierda cuidado. Quizá también sea mejor para la editorial que me tome unos días libres.
—Eso es, piénsalo con calma. Si crees que no lo necesitas, no hay ningún problema. En cualquier caso, me alegro de haber aclarado este asunto contigo, y lo doy por zanjado. Por cierto, hay otra cosa que quería comentarte. —El señor Sasamoto cambió de tema con una sonrisa—. Después de mi infarto, acudí a una clínica de medicina tradicional china y me prescribieron varios medicamentos. Desde entonces tengo la impresión de que me encuentro mucho mejor. He pensado que tal vez te interese conocerlos. Estoy seguro de que tienen algo para contrarrestar el efecto del veneno sin dañar el hígado, así que ¿por qué no vas y pruebas?

El señor Sasamoto siempre ha sido una buena persona, pero a veces, antes de sufrir el infarto, la gente no lo soportaba: siempre andaba ajetreado, se enfadaba a las primeras de cambio, hablaba tan deprisa que ni se le entendía lo que decía, y además era bastante quisquilloso. Sin embargo, al reincorporarse al trabajo, todos notaron en él un gran cambio. Se le veía más relajado, tenía buen color y, como no podía hablar rápido, se tomaba las cosas con más calma.

Antes, incluso había quienes, para burlarse de él, imitaban su manera acelerada de hablar, pero últimamente las relaciones con los demás habían mejorado mucho y sólo se escuchaban comentarios del tipo: «Desde que le dio el infarto, resulta infinitamente más fácil tratar con él». Sin embargo, al señor Sasamoto esos comentarios parecían traerle sin cuidado. Era como si su vida discurriera en una corriente más grande.

Al principio, ante su propuesta de que me pidiera días libres, pensé, reticente: «¡Tomarme yo un descanso!»; pero enseguida recapacité y me sentí emocionada.

Sólo había pensado en mí misma, igual que una niña pequeña, y había involucrado a los demás en mis problemas; pero en la editorial, así como había personas malas, también había gente que, como él, se preocupaba por los demás e intentaba ayudarlos.

Sasamoto, que siempre había tenido un temperamento irascible, me miraba sonriente, con dulzura, después de haber estado al borde de la muerte y haber vuelto a la vida. Mi vida también había corrido peligro, pero tenía la suerte de poder seguir viviendo y emocionarme ante aquel gesto de amabilidad.

La situación se me antojaba un milagro maravilloso.

—¡Muchas gracias! ¿Seguro que no le supone ninguna molestia?
—Claro que no. No voy a acompañarte, pero te daré una tarjeta con la dirección y el número de teléfono de la clínica. Puedes ir cuando te apetezca. Sabiendo que tienes ese centro a tu disposición, seguro que remitirá un poco esa ansiedad que tienes por recuperarte enseguida.

Y dicho esto, sacó una tarjeta de visita de la clínica.

La tarjeta conservaba un poco de calor del señor Sasamoto.

Un año atrás, probablemente el señor Sasamoto estaría reflexionando sobre la vida y la muerte. Pensaría en su mujer, en sus hijos, en su casa y en lo que en el futuro ocurriría con su trabajo.

Esa profundidad que sólo tienen las personas que han vivido experiencias como la suya me llegó al alma.

—Muchísimas gracias —repetí.

Él alzó la mano para despedirse y se marchó.

.

Yo, que creía conocer a la gente, había estado a punto de ser asesinada por una persona y había sido salvada por otra… Estaba un poco sorprendida por el curso que mi vida había tomado, un curso que tanto se asemejaba a una historia bien construida.

Cada día se alternaban las cosas buenas y las cosas malas.

Un antiguo novio me llamó, sólo por pura curiosidad, para decirme que me había visto en las noticias, y eso me dejó con mal sabor de boca. Pero también recibí otra llamada, la de una chica que había sido vecina mía cuando éramos pequeñas, asombrada de verme en la televisión después de tanto tiempo, y para comentarme que se alegraba mucho de que estuviera sana y salva.

Tenía la sensación de que no volvería a perder el control.

El decaimiento todavía no había desaparecido, pero al poco tiempo fui a la clínica que el señor Sasamoto me había recomendado, donde me dieron una medicina para desintoxicarme que no tenía efectos secundarios, y al tomarla recuperé un poco el color. Entonces todo a mi alrededor se fue calmando.

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De vez en cuando miraba al cielo y le daba vueltas al incidente.

«¿Y si hubiera sido arsénico o cianuro y, sin siquiera poder recuperarme de la sorpresa, hubiera fallecido?», me pregunté un día.

El cielo brillaba azul y transparente, las nubes blancas se estiraban, como trazadas con un pincel, la estela de un avión dibujaba círculos en medio del azul y el viento soplaba con fuerza.

Cuando veía esas cosas, me olvidaba de esa flojera que siempre me acompañaba y que invadía mi cuerpo entero.

Si me hubiera ocurrido eso, el mundo seguiría exactamente igual que hasta ahora, todo transcurriría del mismo modo. Habrían impuesto a Yamazoe una condena aún mayor, y la abuela y el abuelo tal vez envejecerían llorando mi muerte. Me recordarían, lamentándose: «¿Por qué tuvo que irse antes que nosotros?», y odiarían a Yamazoe hasta el punto de maldecirlo. Seguramente, la abuela habría pasado unos cuantos días ajetreada, ocupándose con sumo cuidado de todas mis pertenencias, y con los ojos arrasados en lágrimas. Habría doblado mis prendas de ropa, una por una, las habría llevado a la tintorería, habría sacado brillo a mis pocas joyas, habría guardado la vajilla en un armario y, con todas esas tiernas atenciones que a mí tanto me gustaban, valiéndose de esas bellas manos sin apenas arrugas, se habría encargado de todo el desorden y la suciedad que yo habría dejado, tratándolo todo con el mismo cariño que me hubiese dispensado a mí.

Yū-chan se habría quedado solo en el piso que ambos teníamos alquilado.

Comería solo y lavaría los platos que siempre usábamos los dos. Dormiría solo en nuestra cama; los días festivos, iría solo a la piscina a la que solíamos ir juntos y, a la vuelta, se detendría en la librería por la que solíamos pasar.

Al imaginármelo, me eché a llorar.

Un día, se juntaría con una chica mucho más joven y guapa que yo, a la que le habría contado: «La mujer con la que iba a casarme murió envenenada» y, arrancándole las lágrimas, sus lazos se estrecharían cada vez más.

Sea como fuere, yo habría desaparecido de la vida cotidiana de Yū-chan. Me lo imaginaba regresando solo a nuestro piso tras el entierro. La triste figura de Yū-chan de espaldas, vestido de luto. Yū-chan limpiando la casa —algo que se le daba muy bien— para sí mismo. Yū-chan sin poder comer nunca más la pasta que yo le preparaba.

Yo siempre había estado convencida de que no ocupaba un espacio demasiado grande en el mundo. Cuando alguien se va, todos, tarde o temprano, acaban por acostumbrarse. Eso es así, sin duda alguna.

Pero cuando me imaginaba a las personas a las que yo amaba viviendo en un mundo sin mí, se me saltaban las lágrimas.

No sé por qué, pero me parecía que ese mundo del que habrían arrancado mi persona era muy triste. Ese espacio que uno ocupa, siquiera por un breve periodo, y aunque antes o después todos los personajes deban desaparecer en los confines del tiempo, resplandece como algo sumamente valioso.

Me resultaba tan preciado como los árboles, la luz del sol o los gatos con que me topaba por el camino.

Miré una y otra vez al cielo, absorta en esos pensamientos. «Estoy aquí, ahora, con mi cuerpo, mirando al cielo. Éste es mi espacio».

Absorta en esa vida a la que mi cuerpo sólo daría cobijo una vez, bella como el crepúsculo que resplandecía a lo lejos.

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Yū-chan tuvo que ausentarse durante dos semanas debido a un viaje de negocios, y yo, después de tanto tiempo, volví a quedarme sola en casa.

En realidad, no había vivido mucho tiempo sola, dado que conocí a Yū-chan poco después de mudarme a un piso que alquilaba con el dinero que había ahorrado mientras vivía con mis abuelos, así que resultó una nueva experiencia. Me llevaba a casa más trabajo que de costumbre, y comía, trabajaba o hacía la colada a la hora que me apetecía; de ese modo combatía la soledad y se me hacía más llevadera de lo que me había esperado.

No obstante, de vez en cuando, al encontrarme sola en el amplio piso, me preguntaba: «¿Qué hago yo aquí?».

Un día en que les comenté a mis abuelos que Yū-chan no estaba, porque se había ido de viaje de negocios, éstos insistieron en invitarme y, el siguiente fin de semana, volví a casa.

Con «a casa» me refiero a la casa de los abuelos, la casa donde crecí.

Ayudé al abuelo en los cuidados del jardín, comí todo el okowa que me preparó la abuela, fui con ella a los baños públicos del barrio y nos lavamos la espalda la una a la otra. El agua corría sobre su piel tersa. Eso me tranquilizó: todavía se la veía joven y con mucha vida por delante.

Después del baño caliente, paseamos con calma por el añorado barrio que me había visto crecer, mientras comprábamos lo necesario para la cena, y, contemplando el bello cielo del atardecer, emprendimos el regreso a casa.

—Me apetece comer fresas —dije, y la abuela compró dos cestas.

Cenamos sukiyaki; y cuando empezaba a acabarse le echamos arroz, como nosotros teníamos por costumbre, lo mezclamos todo bien y nos lo comimos. Los tres coincidíamos en que era una guarrada, pero estaba muy bueno. También añadimos patata deshecha, y comimos hasta saciarnos.

Luego charlamos un rato sobre el incidente y los dos no pararon de preguntarme si la editorial era un lugar seguro, si no sería mejor dejarla.

Les conté que quería seguir trabajando allí y que, si esas cosas hubieran ocurrido a menudo, la empresa ya habría quebrado y, por lo tanto, no había de qué preocuparse. Por supuesto, me callé el episodio del acceso de ira y los lloros en casa del escritor.

Después me preguntaron por Yū-chan, deseosos de saber si íbamos a casarnos, cuándo teníamos pensado hacerlo, si queríamos tener hijos.

Yo aún no había planeado nada, pero les dije que mi idea era celebrar primero una comida familiar, ya que no me apetecía invitar a personas de la empresa, y luego inscribirnos en el registro. Les comenté que me había encontrado en varias ocasiones con la madre de Yū-chan y que parecía mantener una excelente relación con su segundo marido. Al final de la conversación animé a mis abuelos a que quedaran algún día con ellos dos para comer en un hotel o en algún otro sitio.

—Por fin ha llegado el día. ¡Estoy tan ilusionada! —se emocionó mi abuela.

Nadie mencionó, sin embargo, a mi madre. Tanto el abuelo como la abuela seguían manteniendo la firme postura de ignorarla.

Los abuelos eran los progenitores de mi padre, que había fallecido cuando yo era pequeña.

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Después de mucho tiempo volví a dormir en la que había sido mi habitación.

El póster de John Lennon, que tanto me gustaba en la época en la que vivía con los abuelos, seguía pegado a la pared, blanqueado por la luz de sol. Al ver todavía allí el pupitre que me habían comprado cuando estaba en secundaria, sentí nostalgia y también cierta emoción.

Me puse el pijama, limpio y bien doblado, y, saciada con la cena, conseguí olvidar de nuevo mi fatiga.

De pronto pensé que quizá no estaría mal seguir el consejo de Sasamoto y tomarme unas vacaciones con el dinero ahorrado. Tras apartar la cantidad necesaria para el viaje de novios que algún día haríamos, me quedaba lo suficiente como para descansar más o menos un mes.

Irónicamente, gracias a que me encontraba un poco mejor, empecé a darme cuenta, vagamente, de lo débil que me había sentido y de mi imprudencia al ignorar esa fatiga y seguir trabajando.

Me ilusioné al pensar que, si le decía a Sasamoto que aceptaba lo que me había propuesto, probablemente no pondría objeciones y, dado que en ese momento no había excesivo trabajo en la editorial, me darían permiso de buena gana.

Pensé que no me vendría mal acostarme y levantarme cuando me apeteciera, cocinarle de vez en cuando a Yū-chan la pasta casera que tanto le gustaba y descansar un poco. Después de lo que me había ocurrido, imaginaba yo, me lo merecía. De hecho, estaba segura de que los demás se asombrarían si se enteraran de que desaprovechaba esa oportunidad.

Haber llorado y gritado de esa manera en casa del escritor, cuando yo creía que me encontraba bien, había sido un mal asunto; y me alegraba de que todo hubiera acabado como había acabado; pensé que si me hubiera ocurrido ante una mala persona, me habrían despedido. Quizás, por muy prudente que uno sea, nunca obre con demasiada precaución.

Al volver a casa después de tanto tiempo, mi corazón se fue distendiendo rápidamente. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Me vino a la mente una frase que había leído en un libro: «Los niños que sufren malos tratos son capaces de separar el dolor físico del dolor del corazón».

De pronto comprendí, estupefacta, que eso explicaba que no fuera consciente de mi fatiga, y que incluso me sintiera culpable de ella, a pesar de que mi hígado todavía no se había recuperado.

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Mi padre falleció repentinamente de un ataque al corazón cuando yo, su única hija, tenía cuatro años. Él formaba parte de la directiva de la empresa del abuelo y al parecer por aquel entonces tenía mucho trabajo.

Mi madre, a la que mi padre le llevaba veinte años, había sido una chica sobreprotegida; por lo visto, apenas sabía ocuparse de las tareas del hogar y nunca había vivido fuera de casa. Me contaron que les permitieron casarse porque ella estaba embarazada de mí, pero después de darme a luz, mi madre fue incapaz de desempeñar su papel como era debido. Al parecer, siempre me cogía en el regazo como si fuera el bebé de otro.

Eso me habían contado siempre mis abuelos, por lo que me imagino que será una versión bastante sesgada. A mis abuelos no les inspiraba ninguna confianza la imprudente idea de casarse que concibió mi padre tras enamorarse de un flechazo de mi madre, una chica con la mentalidad de una niña; por eso se habían opuesto en un principio a la boda y siempre habían estado dispuestos a adoptarme si era necesario.

Pero yo no guardaba ningún recuerdo extraño o triste.

Me acordaba de haber visto a mi madre llorar por la muerte de papá y echarme a llorar con ella. También recordaba cuando me cogía en brazos, cuando pegaba su mejilla contra la mía o dormíamos las dos juntas, agarradas de la mano. Mamá tenía la tez muy blanca y la voz aguda; estaba entrada en carnes y era ancha de caderas.

A veces me cantaba nanas y, cuando veíamos programas musicales en la televisión, cantábamos y bailábamos juntas.

Por eso no me había dejado una impresión negativa.

Dicen, sin embargo, que la realidad era otra.

Ya no sé qué es verdad y qué no. En realidad, soy incapaz de distinguir cuánto hay de cierto en mis recuerdos y cuánto es fruto de mi invención.

Hay algo, no obstante, de lo que sí estoy segura: en la guardería me prestaban especial atención porque siempre aparecía con moratones y quemaduras.

El día en que sufrí una fractura, mi madre acudió al hospital llorando con cara de preocupación, y la arrestaron al instante.

Cuando me dieron el alta, el abuelo y la abuela se hicieron cargo de mí.

Según me contaron, al fallecer mi padre, mamá había perdido a su nuevo tutor y debería haber vuelto a casa de sus padres llevándome consigo. Pero precisamente en aquel entonces su hermana, con la que se llevaba mal, se había casado y se había mudado a casa de los abuelos, así que mi madre se negó a vivir allí. Sin embargo, no se veía capaz de criar a una hija ella sola, padecía de los nervios y entró en un periodo de inestabilidad.

Tras algunos incidentes, tuvo lugar un juicio y otro ingreso en el hospital, y al final mamá desapareció de mi vida para siempre. Quizás haya vuelto a casarse o viva con sus padres. Lo cierto es que los abuelos le guardan rencor y nunca la perdonarán. Rompieron toda relación con ella; para ellos era como si estuviera muerta.

En cuanto a mí, sólo podía apoyarlos, en respuesta al amor ciego que me profesaban.

Y, pese a todo, aún recordaba el maravilloso ambiente que se respiraba en la casa de mis padres cuando yo era muy pequeña. Las paredes eran blancas; los jarrones, siempre con flores; había un gran sofá de piel y las cortinas eran azules.

Y entonces me decía: «Si al menos recordara cuánto sufrí, ahora podría odiarla, guardarle rencor…».

Recuerdo bien el dolor de la fractura. Ese día, por algún motivo, yo estaba muy excitada y había acabado vomitando; entonces sentí ese dolor y luego sólo recuerdo a mi madre pidiéndome perdón entre sollozos, el olor acre de su sudor, cómo me abrazó con fuerza, la sirena de la ambulancia y a varios adultos haciéndome preguntas.

Con todo, resulta difícil odiarla a conciencia.

.

Empezaba a conciliar el sueño cuando sonó el móvil.

—¿Dormías?

Era la voz de Yū-chan.

—Sí, los abuelos se van temprano a la cama y yo también ya me había acostado.
—Perdona, es que acabo de volver a la habitación del hotel. ¿Qué tal en casa de tus abuelos?
—Bien. Siento como si hubiera vuelto a la infancia. Creo que voy a engordarme, porque no paran de darme de comer todo lo que me gusta… —dije, y añadí—: ¿Tienes un momento, Yū-chan? Me gustaría comentarte una cosa.
—Sí, claro, pero mientras hablamos voy a cambiarme, porque ahora mismo estoy en calzoncillos.
—Abrígate, entonces. Yo, la verdad, todavía no me encuentro muy bien físicamente —añadí. No le había contado lo ocurrido en casa del escritor, ya que consideraba que atañía a mi profesión y a mi responsabilidad—. Mis jefes me han recomendado que me tome unas vacaciones y estoy pensándomelo.
—No me parece mala idea. Si te lo permiten, tómatelas. Creo que esa recuperación tan rápida ha sido un poco forzada. Si quieres seguir trabajando, deberías descansar cuando lo necesites.
—Quizá me haya dado cuenta un poco tarde, pero creo que eso es lo mejor.
—Tienes razón. Desde el incidente se te ve agotada y, cuando uno está así, no tiene energías ni para pensar debidamente las cosas —dijo Yū-chan—. Ya puestos, ¿por qué no aprovechamos esas vacaciones para casarnos e irnos de viaje de novios? Sé que es un poco precipitado, pero…
—¡Oh! ¿No habíamos quedado en vivir juntos durante un año, a modo de prueba? Me dijiste que estabas de acuerdo… —contesté, sorprendida.

En ese momento comprendí que, por mi carácter, me resulta imposible cambiar algo una vez que lo he decidido. Y que, ante esa obstinación, nadie a mi alrededor se atrevía a interferir.

Prácticamente al mismo tiempo que una agradable ola de flexibilidad arribaba con suavidad a mi corazón, habló:

—¡Podrías haber muerto! —Yū-chan estaba asombrado—. Después de lo que te ha ocurrido, ¿qué necesidad hay de cumplir algo que decidiste cuando no tenías ningún problema? ¿Por qué tienes que ser tan rígida?
—Tienes razón —reconocí con sinceridad.
—Piensas muy poco en ti misma, te valoras muy poco —agregó Yū-chan—. Si quieres que te mantengan el sueldo, será más fácil si les dices que necesitas reposo y que además quieres casarte. Podemos ir a Hawai o a donde sea.
—Atami también estaría bien.
—Eso ya lo decidiremos luego. Yo, dos semanas, puedo pedirlas, y aunque no celebremos una ceremonia siempre podemos organizar un banquete en un día festivo. Bueno, ya hablaremos de los detalles cuando vuelva.

De fondo se oía cómo Yū-chan se cambiaba de ropa.

Me lo imaginé en la habitación del hotel, hablando de la boda en ropa interior.

—Está bien, de acuerdo. Gracias, y buenas noches.
—Buenas noches.

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Esa prudencia excesiva, esa rigidez, el ser incapaz de entenderme a mí misma, el pavor sin límites a la felicidad…, quizá todo se debía a la falta de diafanidad de mis recuerdos.

Sin embargo, no he conocido a mucha gente que recuerde con claridad la época en que tenía tres o cuatro años.

Sin duda, era triste haber perdido todo contacto con mi madre, pero existía un poderoso motivo y ella nunca había tratado de ponerse en contacto conmigo, así que me imaginaba que habría rehecho su vida. Ojalá le fuera bien.

Era consciente de que, ni siquiera con ocasión de mi boda, a la abuela y al abuelo se les ocurriría ponerse en contacto con mi madre; ella ya no formaba parte de mi vida.

Siempre había creído que cuando algo va bien es mejor no cambiarlo, y en esta ocasión volví a aplicar la norma.

Desde hacía tiempo me sentía en deuda con el destino, de modo que yo no pedía más que una vida feliz normal y corriente. Hasta creía que tenía ese derecho.

Pero al contar con alguien que me amaba de verdad, que me llamaba mientras estaba en viaje de negocios, o al oír de su boca juicios tan atinados, me preguntaba si realmente merecía que se preocupasen tanto por mí. Yo, por muy atareada que estuviera, nunca me planteaba no adaptar mis horas de sueño a los horarios de Yū-chan.

A menudo pienso que todo esto probablemente tenga relación con mi madre.

No puedo hacer nada.

A veces siento un dolor en el pecho y todo se me antoja insoportable. Es como si ni siquiera yo supiera cuál es mi lugar en el mundo.

Si de pronto tuviese otro estallido de ira, ¿qué sucedería? ¿Y si en mi interior se ocultaba un deseo de destrucción, como le ocurría a Yamazoe? ¿Y si maltrataba a mis hijos? ¿Y si fuese incapaz de controlarme y tuvieran que tomar medidas contra mí? ¿Y si le hiciera daño a Yū-chan?

Reflexioné sobre la necesidad de reposo, sobre la boda y sobre mi vida, y luego pensé que si seguía así me quedaría dormida con la luz encendida, de modo que decidí apagarla y tratar de dormir. En ese instante, mi mente se encontraba muy lejos de mi madre. Me levanté y apagué la luz.

Como en mi habitación de toda la vida solía entrar polvo, me dolía un poco la garganta y abrí la ventana para airearla. El aire fresco inundó el cuarto. A oscuras, junto a la ventana, al mirar hacia lo alto del cielo vi brillar numerosas estrellas. «¡Qué preciosidad!», pensé. El aire limpio me llenó los pulmones y una sensación de frescor y sacralidad invadió mi cuerpo.

Pensé que, probablemente, todos aquellos pensamientos negativos se debían al aire viciado de la habitación.

Tal vez lo que había dañado mi hígado era el veneno que dormía oculto en mi interior, unido al veneno de Yamazoe, que había sido despedido de la editorial. El mundo estaba lleno de historias lamentables como la suya, pero quizás, por una casualidad, se estableció un vínculo entre él y yo, y ese algo en forma de veneno se propagó por mi cuerpo menguando mis fuerzas.

A pesar de todo, había sido bendecida con una modesta felicidad.

«Seguro que, cuando descanse y me recupere, desaparecerán los malos pensamientos; una sangre limpia como este aire que ahora respiro circulará por mi cuerpo y volveré a ser la persona sana de siempre. Ojalá entonces expulse todo el viejo veneno. El proceso podría empezar en cualquier instante».

Cerré la ventana, satisfecha, y me quedé dormida arropada por el cálido futón.

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Entonces tuve un extraño sueño.

Me encontraba en la sala de estar de esa casa espectral en la que había vivido de pequeña.

Mis padres y yo cenábamos sentados a una mesa blanca. En la televisión daban un programa de noticias muy animado.

No conseguía verle la cara a papá, pero estaba allí, con aire tranquilo, y en lugar del traje se había puesto ropa cómoda. Inspiraba una profunda sensación de ternura.

Yo estaba sentada en mi sillita, comiendo arroz blanco con mi propia cuchara, en un bol para niños muy bonito, con dibujos de elefantes.

Mamá y papá charlaban distendidos. Yo comía en silencio, a veces viendo la televisión, a veces mirándolos a ellos.

En medio del arroz blanco había unos cuantos granos de arroz de color oscuro. Era lo que se suele llamar arroz negro. En el sueño, mamá era una persona que prestaba mucha atención a la salud y, cuando cocía arroz, mezclaba distintos tipos de granos.

Mamá y yo nos dimos cuenta casi al mismo tiempo.

Los granos de arroz negro tenían patas.

—¿Qué es eso que estás comiendo? ¡Hoy sólo he cocido arroz blanco! —exclamaba mi madre—. ¡Son insectos! ¡No te los comas! ¡Rápido, escupe!

Mamá acercó la palma de la mano y yo escupí en ella el arroz a toda prisa, mientras un escalofrío me recorría la espalda. Luego arrojé el bol lejos de mí y me subí a las rodillas de mi madre.

—¡Mamáaa! ¡Mamáaa! ¡Mamáaa!

Me abracé a ella con fuerza, rodeando su cuello con mis brazos.

Mamá, sin hacer caso de la papilla de arroz masticado que yo había escupido sobre su mano, se limpió con un trapo y me abrazó fuertemente.

—¡Lo siento, mi amor! No me había dado cuenta de que había bichos —me dijo con dulzura—. Perdóname. Vaya susto, ¿eh? Lo siento.

Papá nos miraba sonriendo:

—¡Te has zampado unos bichos! Disculpadme que me ría, pero es que ha sido muy gracioso.
—A lo mejor tú también has comido bichos.
—No pasa nada, están cocidos.
—¡Qué asco!
—Aunque las tareas del hogar no se te den muy bien, por lo menos intenta que el arroz que cuezas sea nuevo. ¿No habrás cocido granos viejos?
—Lo siento, ha sido un error mío. Pero no sufras, no volverá a pasar. Esto no quiere decir que mamá no te quiera, no. Lo que pasa es que no me he fijado cuando he echado el arroz. Perdóname, tesoro —me dijo mamá.

Sonreí, todavía con lágrimas en los ojos; tenía la garganta irritada, pero el regazo y el cuello de mamá estaban calientes y me quedé allí sentada, bien abrazada a ella, una eternidad.

Al despertar, permanecía, muy vívida, la sensación de mis manos alrededor del cuello de mamá y de su pecho apretado contra el mío. La eché tanto de menos que lloré como jamás había llorado en mi vida. Me deshice en lágrimas en mi habitación, al lado de aquella donde el abuelo y la abuela dormían.

Ni siquiera cuando había tenido algún desengaño amoroso había llorado tanto. Por supuesto, las lágrimas que había derramado en la casa del escritor no eran nada comparado con el llanto que ahora me sacudía.

Sabía que era un simple sueño en el que se mezclaban elementos del presente, y que, sin duda, nada había sido real.

Y, sin embargo, lloré a moco tendido.

¿Me compadecía de mí misma, por haber sido maltratada y abandonada por mi propia madre, o, más bien, me conmovía el hecho de haber conseguido vivir sin dejar que lo ocurrido en mi infancia me superase?

Sin duda, algo de esto último había.

Pero ese sueño parecía haberlo anulado todo. Fue un sueño dulce, tierno, también muy realista, que borró el recuerdo de las cosas horribles y desagradables que seguramente yo había vivido de pequeña, cuando no comprendía todo lo que ocurría a mi alrededor. El ambiente familiar que reinaba en el sueño no podía ser más acogedor y lleno de afecto, y la felicidad parecía una bola de luz que lo colmaba todo.

En realidad, papá no quería morir y dejarnos; en realidad, mamá no quería herirme. En realidad, yo quería seguir viviendo con ellos para siempre.

La visión de ese castillo de cariño que formábamos los tres, un castillo que nunca había llegado a existir, cabía entero dentro del minúsculo sueño.

Mis verdaderos sentimientos se habían revelado, igual que en otoño comienzan a brotar los frutos.

«Todo está bien; los tres viviremos juntos para siempre dentro del sueño.

»Con la misma veracidad, ciertamente, que mi vida real».

Eso pensaba, entre hipidos y un mar de lágrimas. Eso pensaba con absoluta certeza.

El continuo fluir de mis lágrimas templadas iba llevándose el veneno que había en mi interior, y tuve la impresión de que, a partir de entonces, podría comenzar mi vida de verdad.

Fuese mentira o una mera ilusión, eso era lo que sentía.

Dentro de poco la abuela se levantaría y la casa olería a sopa de miso. El abuelo empezaría sus ejercicios físicos matinales. Hasta entonces, todavía podía echar una cabezada; luego me despertaría con la luz de la mañana. Con los ojos hinchados volví a conciliar el sueño; parecía que el veneno que yo llevaba en mi cuerpo, y que había emergido con el envenenamiento, hubiera desaparecido junto con las lágrimas.

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Entonces, sané por completo.

Nunca se sabe lo que puede suceder en el futuro, porque las vidas sin problemas no existen, por lo tanto no era improbable que volviera a vivir circunstancias parecidas. Y entonces quizá volviera a recaer y a perder los nervios. Sin embargo, la vida transcurría sin que yo me dejara embargar por la preocupación.

Un mes después me tomé las vacaciones, celebramos un banquete con mi nueva familia y, al día siguiente, Yū-chan y yo fuimos al ayuntamiento para inscribir nuestro matrimonio en el registro.

Luego nos marchamos a Hawai de viaje de novios. Tomé el sol, cogí un color muy saludable y regresé con dos kilos de más. A la vuelta, quedé con Mitsuko para almorzar en el comedor de la editorial y darle un souvenir que le había comprado.

Me reincorporé plenamente al trabajo y siempre estaba muy ocupada. Mis compañeros bromeaban: «Con la excusa de que casi la palmas, os volvisteis una pareja de tortolitos y ahora os habéis casado… ¡No hay mal que por bien no venga!».

«¿Por qué sufrí ese envenenamiento?», me pregunto a menudo.

Si lo miro con perspectiva, me digo que, ese día, todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, de manera inexorable.

Parece que sucedió como por arte de magia, sin apenas darme cuenta. Y ahora que todo ha terminado, como si se tratara de un extraño sueño, soy incapaz de juzgar si fue algo terrible o no.

Por supuesto, tengo remordimientos.

Si ese día hubiera ido con un poco más de cuidado, si hubiera elegido otro plato, si hubiera llegado cinco minutos más tarde, entonces nada habría sucedido y mi vida habría transcurrido como siempre.

Nunca me había imaginado, como suele ocurrir después de una desgracia, que los días en que no sucede nada pudieran ser tan tranquilos y maravillosos.

Gracias a eso me había dado cuenta de lo horrible que es encontrarse mal sin que el mal se haya manifestado por completo. Era como tener una gripe constante en la que la fiebre se mantenía baja, pero que no me impedía levantarme, moverme, reír o llorar. Sólo me sentía débil y atontada. Por eso no se me ocurría qué podía hacer para curarme. Sabía que había soportado aquella situación porque mi mente no había tenido la lucidez de reaccionar.

Sea como fuere, a mí nunca me había gustado mirar al pasado, pero tampoco solía pensar demasiado en el futuro. Por eso jamás hubiera imaginado que en mi interior pudiese haber una especie de pantano de tristezas estancadas que cualquier circunstancia imprevista podía hacer aflorar.

Aquellos días, aquel sueño, revelaron y transformaron algo que había en mi interior.

Igual que un pajarillo que por despiste sale de su jaula, a causa del envenenamiento, sin apenas darme cuenta, me encontré fuera del mundo que conocía.

Allí fuera, todo estaba oscuro; el viento soplaba con fuerza y titilaban las estrellas.

Aún hoy pienso a veces: «Esa experiencia de salir por un instante al exterior, ¿ha sido positiva para mí, para ese pájaro encerrado en la jaula de la vida, a la que tarde o temprano habría de regresar?».

La respuesta, no sé por qué, siempre es la misma: «Sí, ha estado bien», me contesta una voz dulce.

Surge de la nada, una y otra vez, como una nana, para confirmarme que estoy viva. Su eco resuena con energía y dulzura, como cuando la hierba y los brotes de los árboles germinan a la vez a comienzos de primavera y todo cobra un luminoso color verde.

Entonces entorno los ojos y reconozco mi mundo, el mundo que una vez contemplé desde fuera gracias a extrañas circunstancias. Después rezo por los que en cierto momento se alejaron de mí.

Las personas con las que pude haber mantenido otro tipo de relación, pero con las cuales las cosas no marcharon bien. Mis padres, mis antiguos novios, los amigos que dejé atrás… Quizá también Yamazoe se encuentre entre ellas.

En este mundo, debido a las circunstancias en que coincidí con esas personas, las cosas no funcionaron bien entre ellas y yo.

Sin embargo, estoy convencida de que, en una bella ribera de algún mundo distante y muy, pero que muy profundo, todos intercambiamos sonrisas, nos tratamos con cariño y vivimos buenos momentos juntos.

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