Mis primeros honorarios

Isaac Babel

 

 

Vivir en Tiflis en primavera, tener veinte años y no ser amado es una cosa terrible. Eso me sucedió a mí. Tenía un trabajo como corrector de pruebas en los talleres de Impresión del Distrito Militar del Cáucaso. El río Kura bullía bajo las ventanas de mi buhardilla. Cuando se levantaba por detrás de las montañas, el sol iluminaba sus oscuros remolinos. Alquilé la buhardilla a una pareja de georgianos que acababan de casarse. El hombre tenía una carnicería en el Mercado Oriental. Al otro lado de la pared, él y su mujer, locos de amor, daban vueltas y se entrelazaban como dos grandes peces en un tanque pequeño. Las colas de estos dos peces frenéticos batían contra la pared. Hacían oscilar todo el desván, calcinado hasta la negrura por el sol, lo arrancaban de sus vigas y se lo llevaban al infinito. Sus dientes estaban herméticamente cerrados en la implacable furia de su pasión. Por las mañanas, la esposa, Miliet, bajaba a buscar pan. Estaba tan débil, que tenía que asirse del pasamano para no caer. Buscando a tientas los escalones con sus pequeños pies, tenía la sonrisa lánguida y vaga del que se está reponiendo de una enfermedad. Con la mano en sus pequeños senos, hacía una cortesía a todo el que se encontraba en el camino: al anciano asirio que estaba verde de vejez; al hombre que iba por allí vendiendo parafina; a las brujas viejas, agostadas y con profundas arrugas que vendían madejas de lana. Por la noche, los jadeos y gemidos de mis vecinos eran seguidos de un silencio tan penetrante como el plañido de una bala de cañón.

Vivir en Tiflis, tener veinte años y escuchar las conmociones en el silencio de otras personas es una cosa terrible. Para huir de aquello, salí corriendo de la casa y fui hasta el Kura, donde el calor de baño de vapor de la primavera de Tiflis me abrumó. Lo derriba a uno al golpearlo con todas sus fuerzas. Vagué a lo largo de las gibosas calles con la garganta abrasada. La niebla del calor primaveral me hizo retroceder hasta mi desván, hasta aquel bosque de ennegrecidos tocones iluminados por la luna. No había más remedio que buscar amor. Desde luego, lo encontré. Por suerte o por desgracia, la mujer que escogí era una prostituta. Se llamaba Vera. Yo rondaba detrás de ella por las noches a lo largo de la Avenida Colovin, sin atreverme a hablarle. No tenía ni el dinero para ella ni las palabras. Esas palabras incansables, gastadas y machaconas del amor. Desde la niñez, toda la fuerza de mi ser había sido dedicada a la invención de cuentos, dramas y argumentos, miles de ellos. Yacían en mi corazón como sapos en una piedra. Estaba poseído de un orgullo diabólico y no quería escribirlos prematuramente. Pensaba que era malgastar el tiempo no escribir tan bien como León Tolstoi. Estaba decidido a que mis argumentos vivieran para siempre. Las ideas atrevidas y las pasiones consumidas sólo valen el esfuerzo que se gasta en ellas cuando están vestidas de noble ropaje. ¿Cómo se puede hacer este noble ropaje para ellas?

Es difícil para un hombre que está a remolque de sus ideas, bajo el hechizo de sus miradas serpentinas, prodigarse en la espuma de insensatas y machaconas palabras de amor. Un hombre así es demasiado orgulloso para llorar de tristeza, y no sabe reír de alegría. Siendo un soñador, yo no había dominado el arte absurdo de la felicidad. Estaría forzado, por consiguiente, a dar a Vera diez rublos de mi pobre paga. Cuando me hube decidido, inicié la espera una tarde en la parte de afuera del restaurante «Simpatía». Tártaros en túnicas azules y botas de suave cuero pasaban con lento andar junto a mí. Limpiándose los dientes con palillos de plata, echaban ojeadas a las mujeres pintadas de carmesí, georgianas de pies grandes y muslos finos. En la luz, que palidecía, había una pincelada de turquesa. Las acacias en flor a lo largo de las calles empezaron a suspirar en tonos bajos, temblorosos. Una multitud de oficiales en capotes blancos se precipitó por el bulevar, y ráfagas de aire fragante del Monte Kasbek bajaron hasta ellos.

Vera vino más tarde, cuando había oscurecido. Alta y pálida, se deslizó al frente de la simiesca muchedumbre como la Virgen María dirige la proa de una barca pescadora. Se adelantó hasta el nivel de la puerta del restaurante «Simpatía». La seguí tambaleándome:

—¿Va a alguna parte?

Su espalda ancha y rosada se movió frente a mí. Se volvió:

—¿Qué es lo que dice?

Frunció el ceño, pero los ojos reían.

—¿Dónde va?

Las palabras crujieron en mi boca como palos secos. Vera cambió el paso y caminó hombro a hombro conmigo.

—Diez rublos, ¿está bien?

Accedí tan rápidamente, que ella concibió sospechas.

—¿Pero tienes diez rublos?

Nos metimos en el vano de una puerta y le entregué el portamonedas. Contó los veintiún rublos que había en él; se excitaron sus ojos grises y se movieron sus labios. Separé las monedas de oro de las de plata.

—Dame diez —dijo devolviéndome el portamonedas—, gastaremos otros cinco y guarda el resto para seguir viviendo. ¿Cuándo cobras otra vez?

Yo respondí que dentro de cuatro días. Salimos del vano. Vera me tomó de la mano y apretó el hombro contra mí. Subimos la calle, que se estaba enfriando. El pavimento estaba cubierto de verduras secas.

—Sería bueno ir a Borzhomi y salir de este calor. —Dijo ella.

El pelo de Vera estaba sostenido por una cinta que recogía y reflejaba curvos destellos de luz de los faroles.

—Bueno, despeja para Borzhomi…

Eso fue lo que dije: despeja. Por alguna razón, esa fue la palabra que usé.

—No tengo la plata —dijo Vera con un bostezo.

Y se olvidó completamente de mí. Se olvidó completamente de mí porque había hecho el día, y porque yo era dinero fácil. Sabía que no la entregaría a la policía y que no le robaría el dinero o los aretes durante la noche.

Llegamos al pie del Monte San David. Allí, en un café, ordené kebab para los dos. Sin esperar que llegara, Vera fue a sentarse con unos viejos persas que trataban de negocios. Apoyados en sus pulidos bastones y moviendo los cráneos aceitunados, decían al dueño que era hora de que agrandara su comercio. Vera se metió en la conversación. Se puso de parte de los viejos. Era partidaria de transferir el negocio para el bulevar Mikhailovski. El propietario, demasiado flojo y cauteloso para ver el punto, se contentaba con resollar con dificultad. Comí mi kebab solo. Los brazos desnudos de Vera se salían de la seda de las mangas; golpeaba con el puño en la mesa, sus aretes volaban de acá para allá entre las espaldas largas y marchitas, las barbas amarillas y las uñas pintadas. El kebab estaba frío a la hora en que regresó a la mesa. Se había acalorado tanto, que tenía la cara roja.

—Uno no puede cambiar la muía ésta… De verdad que se puede hacer negocio, tú sabes, en Mikhailovski, con la cocina oriental…

Unos tras otros, conocidos de Vera pasaban junto a la mesa: tártaros en túnicas circasianas, oficiales de mediana edad, tenderos en chaquetas de alpaca y ancianos barrigones de rostros curtidos y espinillas verdosas en los carrillos. Ya era medianoche cuando llegamos al hotel, pero Vera tenía que hacer mil cosas aquí también. Había una vieja que se estaba preparando para ir a ver a su hijo en Armavir. Vera me dejó y fue a ayudar a hacer el equipaje. Se arrodilló sobre la maleta, ató almohadas unas con otras y envolvió empanadas en papel a prueba de grasa. La espalduda anciana, con un sombrero de gasa y una bolsa al costado, recorrió todas las habitaciones diciendo adiós. Arrastró por todos los corredores sus pies calzados con zapatos elásticos, sollozando y sonriendo con todas sus arrugas. Llevó toda una hora despedirse de ella. Esperé a Vera en un cuarto mustio con sillas de tres patas, una estufa de barro y manchas de humedad en las esquinas.

Me habían arrastrado y atormentado por la ciudad durante tanto tiempo, que este amor que yo deseaba parecía ahora un enemigo, un enemigo ineludible…

Afuera, en el corredor, había otra vida ajena que chancleteaba o estallaba de pronto en carcajadas. Unas moscas estaban muriendo en un vaso lleno de un líquido lechoso. Cada una tenía su manera propia de morir. La agonía de algunas era violenta y duraba largo tiempo. Otras morían tranquilamente, con un ligero temblor. Junto al vaso, en el estropeado mantel, había un libro: una novela de Golovin sobre la vida de los boyardos. Lo abrí al azar. Las letras se alinearon en una hilera única y formaron después un revoltillo. Frente a mí, en el cuadrado marco de la ventana, había una ladera pendiente y pedregosa por la que ascendía una tortuosa calle turca. Vera entró en el cuarto.

—Acabamos de decirle adiós a Feodosia Mavrikeyevna —dijo—. Era lo mismo que una madre para nosotros, sabes. La anciana está viajando completamente sola, no tiene a nadie que la acompañe…

Vera se sentó en la cama con las rodillas separadas. Sus ojos estaban muy lejos, vagando por los puros reinos de su inquietud y amistad por la anciana mujer. Después me vio con la chaqueta cruzada puesta. Se cogió las manos y se estiró.

—Apuesto a que estás cansado de esperar… No importa, empezaremos dentro de un momento…

Pero yo, sencillamente, no podía comprender qué iba a hacer Vera. Sus preparativos eran como los de un cirujano que se apresta a realizar una operación. Encendió un hornillo portátil y puso en él una cacerola con agua. Tiró una toalla limpia sobre la cabecera de la cama y colgó más arriba de ella una lavativa con un depósito. El tubo blanco se columpiaba en la pared. Cuando el agua se calentó, la vertió en el depósito, tiró un cristal rojo en él y empezó a quitarse el vestido, que se sacó por la cabeza. Una mujer grande, de hombros caídos y arrugado vientre estaba de pie delante de mí. Sus pezones nacidos, a ciegas, apuntaban oblicuamente.

—Ven acá, mi vida —dijo mi amada—, mientras está el agua.

No me moví. Me entumecía la desesperación. ¿Porqué había cambiado la soledad por la miseria de esta pocilga, por estas moscas agonizantes y las sillas de tres patas…?

¡Oh! ¡Dioses de mi juventud! Qué distinto era esto, este triste asunto, del amor de mis vecinos al otro lado de la pared, de sus largos, prolongados chillidos…

Vera se puso las manos bajo los pechos y las movió de un lado a otro.

—¿Qué es lo que te pone tan triste? Ven acá…

Se subió el refajo hasta el vientre y se sentó en la cama de nuevo.

—¿Sientes tener que gastarte el dinero?
—No me preocupa el dinero —dije yo con voz rajada.
—¿Cómo es eso? ¿No te preocupa el dinero? ¿Eres ladrón o algo por el…?
—No soy ladrón.
—¿Trabajas para ladrones?
—Yo soy un muchacho.
—Puedo ver que no eres una vaca —murmuró Vera.
—Soy un muchacho —grité—, un muchacho con los armenios, ¿no comprendes?

¡Oh! ¡Dioses de mi juventud!… Cinco de mis veinte años se habían gastado en la invención de argumentos, miles de argumentos que engordaban mi cerebro. Yacían en mi mente como sapos en una piedra. Desalojado por la fuerza de la soledad, uno de ellos había caído en la tierra. Fue, evidentemente, cosa del destino que una prostituta de Tiflis fuera mi primer «lector». Me dejó frío lo repentino de mi invención, y le conté mi argumento como «muchacho con los armenios». Si le hubiera dedicado menos tiempo y reflexión a mi arte, hubiese inventado un cuento gastado sobre que yo era el hijo de un rico funcionario que me había echado de la casa, un cuento sobre un padre tiránico y una madre pisoteada. Pero no cometí este error. Un relato bien ideado no necesita tratar de ser como la vida real. La vida real sólo es demasiado anhelante para parecerse a un bien ideado relato. Por esta razón (y por eso fue que le gustó tanto a mi oyente) nací en la pequeña población de Alyoshki, en la provincia de Knerson. Mi padre trabajaba como delineante en una compañía de vapores. Sudaba sobre su tablero de dibujar noche y día para darnos a nosotros, sus hijos, una buena educación; pero todos salimos a nuestra madre, una tonta que sólo se interesaba en pasar un buen rato. A la edad de diez años, empecé a robarle a mi padre. Cuando estuve crecido, me escapé para Bakú, a casa de unos parientes de mi madre. Estos me presentaron un armenio llamado Esteban Ivanovich. Me mudé con él, y vivimos juntos cuatro años.

—¿Pero qué edad tenías entonces?
—Quince años.

Vera esperaba que le contara sobre la debilidad del armenio que me había corrompido, pero yo continué:

—Vivimos juntos durante cuatro años. Esteban Ivanovich era la persona más decente y confiada que jamás yo había conocido. Creía cuanta palabra le decían sus amigos… Yo debí haber aprendido un oficio durante esos cuatro años, pero no hice nada… Lo único que me gustaba era jugar al billar… Los amigos de Esteban Ivanovich lo arruinaron. Él les dio letras de cambio sin fondos, y sus amigos las presentaron al cobro…

«Letras de cambio sin fondos». No sé cómo me vinieron a la mente, pero hice perfectamente bien en introducirlas. Después de eso, Vera lo creyó todo. Se cubrió con el chal que temblaba sobre sus hombros.

—Esteban Ivanovich estaba arruinado. Le echaron del apartamento, y se vendieron sus muebles en pública subasta. Se hizo viajante. Yo no iba a vivir con él ahora que no tenía dinero, de modo que me mudé con un capillero eclesiástico rico y viejo…

El «capillero eclesiástico» fue robado a algún escritor: era la invención de una mente perezosa que no podía molestarse en crear un personaje de la vida real.

Dije «un capillero eclesiástico», y los ojos de Vera titubearon y se escaparon a mi influencia. Entonces, para restablecer la situación, instalé asma en el pecho amarillo del viejo. Los ataques de asma lo hacían resollar roncamente. Saltaba de la cama por las noches y jadeaba en el aire cargado de parafina de Bakú. Murió pronto. El asma lo mató. Mis familiares no tenían nada que ver conmigo. De modo que aquí estaba en Tiflis con viente rublos en el bolsillo, los mismísimos veinte rublos que Vera había contado en el vano de la puerta en la Avenida Golovin. El camarero del hotel donde estaba parando me había prometido conseguirme clientes ricos, pero hasta ahora sólo me había mandado posaderos armenios con barrigas grandes y gordas… A estas gentes les gusta su propio país, sus cantos y sus vinos; pero pisotean a las otras personas, hombres y mujeres, como un ladrón pisotea el jardín dé su vecino…

Y comencé a hablar un montón de basura que había oído sobre los posaderos… La lástima que sentía por mí mismo me partía el corazón. Parecía que yo estaba absolutamente condenado. Temblaba de tristeza e inspiración. Regueros de sudor helado comenzaron a bajarme por el rostro como culebras que se movían sobre la hierba calentada por el sol. Dejé de hablar, comencé a llorar y me volví. Había terminado mi cuento. Hacía mucho que el hornillo se había apagado. El agua había hervido y se había enfriado otra vez. El tubo de goma colgaba de la pared. Vera fue silenciosamente hasta la ventana. Su espalda, deslumbradoramente blanca y triste, se levantaba y bajaba frente a mí. En la ventana, iba habiendo alguna luz alrededor de los picos de las montañas.

—Las cosas que hace la gente… —susurró Vera sin volverse—. Dios, las cosas que hace la gente…

Extendió los brazos desnudos y abrió las persianas de par en par. Los adoquines de la calle sisearon ligeramente al enfriarse. Había olor a polvo y agua… La cabeza de Vera se movía.

—De modo que eres una perra… como nosotras las putas…

Incliné la cabeza.

—Una perra como tú…

Vera se volvió hacia mí. El refajo le colgaba del cuerpo al sesgo, como un harapo.

—Las cosas que hace la gente —dijo de nuevo en voz más alta—. Dios, las cosas que hace la gente… ¿Has estado alguna vez con una mujer?…

Apreté mis labios fríos contra su mano.

—No. ¿Cómo iba a poder? No me dejaban…

Mi cabeza tembló contra sus pechos, que se derramaban libremente sobre mí. Los pezones tiesos se clavaron en mis mejillas. Estaban húmedos como las pantorrillas de una criatura. Vera me miró de lo alto.

—Hermana…, —susurró, y se sentó en el suelo a mi lado—, mi hermanita…

Ahora dígame usted, quisiera preguntarle: ¿Ha visto alguna vez un carpintero de aldea ayudando a un compañero a construir una casa? ¿Ha visto qué gruesas y ligeras y qué alegremente saltan las virutas cuando cepillan un tablón juntos?

Aquella noche, esta mujer de treinta años me enseñó todos los trucos de su oficio. Aquella noche me enteré de secretos de los que usted nunca se enterará, experimenté un amor que usted nunca experimentará, oí las palabras que una mujer dice a otra. Las he olvidado; no se da por sentado que las recordemos.

Caímos dormidos al amanecer. Nos despertó el calor de nuestros cuerpos, un calor que yacía en la cama como un peso muerto. Cuando despertamos, nos miramos riéndonos. No fui al taller aquel día. Tomamos té en el mercado de la Ciudad Vieja. Un plácido turco nos sirvió el té de un samovar envuelto en una toalla. Era de un rojo ladrillo, y emitía un vapor como la sangre acabada de derramar. El fuego brumoso del sol resplandecía en los bordes de nuestros vasos. El largo, prolongado rebuzno de los burros se mezclaba con el martillar de los hojalateros.

Bajo unas tiendas, ponían en filas jarrones de cobre sobre alfombras descoloridas. Perros olfateaban por todos lados en las entrañas de las reses. Una caravana de polvo volaba hacia Tiflis, la ciudad de las rosas y el sebo del carnero. El polvo estaba empañando el fuego carmesí del sol. El turco nos sirvió más té, y llevó en el abaco la cuenta de los panecillos que comíamos. El mundo era hermoso, simplemente, para ser gentil con nosotros. Cuando estuve todo cubierto de finas gotas de sudor, volteé mi vaso. Después que le pagué al turco, empujé dos monedas de cinco rublos hasta Vera. Su pierna rolliza estaba atravesada sobre la mía. Rechazó el dinero y quitó la pierna.

—¿Quieres que tengamos una pendencia, hermana?

No, yo no quería tener una pendencia. Acordamos encontrarnos por la tarde, y yo volví a poner las dos piezas de oro en mi portamonedas.

Todo esto sucedió hace mucho tiempo y, desde entonces, a menudo he recibido dinero de editores, de hombres ilustrados y de judías que comercian con los libros. Por victorias que fueron derrotas, por derrotas que se convirtieron en victorias, por la vida y por la muerte que me pagaron sumas insignificantes, mucho más pequeñas que las que recibí en mi juventud de mi primer «lector». Pero no estoy amargado, porque sé que no moriré hasta que haya arrebatado una moneda de oro más, y ésta será la última, de las manos del amor.

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