En el cielo y en la tierra

Ingeborg Bachmann

 

 

Amelie tenía una señal roja que le cruzaba la frente. Se apartó del espejo y cerró los ojos. Momentáneamente, desapareció de su vista la marca que le había dejado en la cara la mano de Justin. Él la había golpeado una sola vez y después se había apartado precipitadamente, para no delatarse antes de tiempo. La tormenta que había estallado en su interior no se calmaría ni con mil golpes que diera a Amelie.

—Dios mío —murmuró, y se lavó las manos. Por principio, sólo usaba a Dios cuando le parecía que nada que estuviera por debajo bastaría para expresar su agitación. Amelie estaba demasiado asustada como para acercarse; pero sabía que a él le hacía bien que le preguntaran, y desde el otro extremo de la habitación, dijo en voz baja:
—¿Qué…? —no se atrevió a completar la pregunta: ¿qué sucede, qué te ha pasado, quién te ha ofendido?, porque era seguro que la causa del disgusto era ella. Al cabo de un rato, se sobrepuso y enrojeció—. ¿Puedo hacer algo?
—No —gritó Justin, desahogándose—. Ese dinero perdido ya no puedes… —se interrumpió, exhausto, y luego prosiguió, ya en tono burlón—: ¡Hacer algo! ¡Hacer algo! Tú estás loca. ¡Con estos canallas no hay nada que hacer!
—¿Te han engañado? —susurró ella.
—No —respondió él—; los he engañado yo a ellos, como se merecen. Les he quitado el dinero que no se han ganado. ¿Lo entiendes? No se lo han ganado.
—Sí —respondió ella, y observó con alivio que las arrugas desaparecían de su frente.

Poco después, él se fue. Amelie sacó la labor con intención de recuperar las muchas horas que él le había hecho dedicar a escuchar sus monólogos. Sus dedos se movían, ágiles, sobre la seda que había que llenar de puntadas de colores. De vez en cuando, lanzaba una mirada rápida al reloj, y con el deseo de que él volviera pronto se mezclaba el de que tardara en llegar. Pero todos sus deseos coincidían en pedir lo mejor para Justin. Hacia medianoche, trató de enderezar la espalda, pero se le había quedado rígida, y en ello vio la señal de que debía seguir trabajando. Una extraña debilidad le hormigueaba en las articulaciones, y cuando oyó los pasos de Justin y quiso levantarse, no pudo. Se quedó mirándolo, paralizada.

—¿Por qué no te acuestas? —le preguntó él con una sonrisa que le hizo olvidarse de todo. Se levantó de un salto, con júbilo, y cayó al suelo. Se zafó de sus manos que acudían a levantarla.
—No es nada —murmuró.

Él la miraba con gesto hosco.

—¿No estarás enferma? ¡Lo único que me faltaba ahora!
—Es sólo que estaba agarrotada, llevaba tanto rato sentada… —lo aplacó ella.
—Amelie —dijo él, alzando la voz con una primera nota de desconfianza—, ¿vas a negarme que estabas levantada sólo porque querías saber a qué hora volvía a casa? Ella, en silencio, recogió el pedazo de seda que se le había escurrido al suelo.
—¿Has vuelto a beber? —dijo entonces con valentía.
—¿Estabas esperándome para comprobarlo? —inquirió él, en tono ya más áspero—. Yo pierdo todo el dinero que me quedaba y tú me esperas ahí sentada para hacerme reproches —él iba levantando la voz para ahogar el silencio de ella—, Amelie —dijo entonces tiernamente, como si se dirigiera a una niña—, vamos a hablar con sensatez. Esto se tiene que acabar, no puedes estar siempre metida en casa, hostigándome y haciéndome reproches. ¿Lo comprendes?

Ella asintió mirándolo con admiración.

—Bastante aperreado he andado ya en este mercado de ladrones de la vida, ¿no crees? —se dejó caer en una silla y dio la vuelta a los bolsillos de la chaqueta—. Me han dejado limpio, me han atracado —declaró, y rió de un modo que hizo estremecerse a Amelie. Entonces ella, en silencio, fue al arcón y, de entre la ropa blanca, sacó un sobre alargado. Con un ademán rápido, lo puso en la mano de él.
—Es todo lo que tengo. Cuando no estás en casa, yo bordo.

Él se lo guardó.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

Ella no respondió y se metió en la cama. Cuando apagaron la luz, él aspiró profundamente.

—Me duele que me hayas ocultado algo durante tanto tiempo —se aclaró la garganta—. Me duele mucho —repitió, recalcando cada sílaba. Ella encendió la luz y lo miró a la cara fijamente. Se levantó y se puso a coser—. No servirá de nada que sigas ahora con eso. No creas que así vas a ablandarme —dijo él fríamente, sin mirarla. Ella siguió cosiendo, hasta que tuvo que parar, porque no podía seguir ocultando las lágrimas que le resbalaban por la cara.
—Ven aquí —dijo él suavemente.

Ella obedeció.

Él le puso una llave en la mano.

—Ve a la fábrica y de la caja fuerte del despacho tráeme la cartera negra que olvidé al marcharme.
—La cartera marrón —rectificó ella.
—Cartera negra —repitió él—. La compré hace poco.
—Ahora no habrá nadie —objetó ella.
—Naturalmente —respondió él, distraído—, Pero me harías un gran favor yendo ahora. No tienes nada que temer, porque todos están enterados.
—Procura dormir —dijo ella, y salió de la habitación en silencio.

Cuando volvió, le sorprendió encontrarlo todavía despierto, pero, al advertir que su diligencia lo había aplacado, guardó la labor con alegría en los ojos y una dulce melodía en los labios. Suavemente, se metió en la cama, le susurró «Buenas noches» y oyó con júbilo que él respondía a su saludo.

La mañana era hermosa y soleada. Llamaron a la puerta. Amelie puso las flores en la ventana y fue a abrir. Contestó afablemente las preguntas de los tres policías y les invitó a entrar. Justin se acercó con cara de sueño, hizo un gesto de extrañeza y no intervino en la conversación. Los funcionarios estaban asombrados de la calma de Amelie y uno le preguntó entonces directamente si había robado la cartera del despacho.

—No —respondió ella—; anoche sólo fui a recogerla.

Los ojos inocentes de Amelie ponían furioso a Justin. Cuando el policía pidió a Amelie que los acompañara, ella lo miró sin comprender. Le sonrió cortésmente y se volvió hacia Justin, sin dejar de sonreír. Entonces de sus ojos huyó la inocencia y en ellos se abrió un abismo de desengaño que los devoró de golpe, a él, a ella y a la razón misma de su relación. Y, sin necesidad de preguntar ni deseo de saber, Amelie corrió hasta la ventana y saltó al oscuro pozo del patio que tenía un cuadro de luz en lo alto, hacia el cielo…

—Ay Dios, ay Dios —murmuró Justin, que, por principio, sólo usaba a Dios cuando le parecía que nada que estuviera por debajo bastaría para expresar toda su agitación.

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