Planta baja

José Luis Barrera

Elevator (2017)-Dana Schutz

 

 

Soy de esos que siempre aplastan ambos botones sin importar si voy hacia arriba o hacia abajo.

En el ascensor había cuatro personas cuando se abrió.

¿Bajan?

Me miraron con desprecio. Instintivamente, toqué la culata de la pistola oculta en mi bolsillo.

El aparato demoró tres minutos en volver. Dentro, había dos pasajeros: un gordo sudoroso y una mujer que olía a basura.

Bajábamos con lentitud. El gordo sonreía.

Las puertas se abrieron en el cuarto piso. Entró una morena con pantalón de licra. El gordo aplastó el botón para cerrar las puertas apenas ella hubo entrado como si quisiera evitar que huyese.

Suspiré sin sacar la mano del bolsillo.

En el segundo piso subieron un hombre y dos perros. El pug se metía entre nuestras piernas y el gran danés nos arrinconaba contra las paredes. El obeso aprovechó para manosear a la morena.

La puerta se abrió en la planta baja y todos (menos yo) salieron. La morena no paraba de insultar al gordo y a los perros mientras la mujer de la basura se perdía entre la gente.

Me quedé paralizado en el ascensor.

Pensaba en bajarme abandonando el proyecto, cuando el gran danés y el pug reaparecieron, empujándome contra la pared posterior. Su dueño ingresó a último momento, al tiempo que ensayaba una disculpa por el comportamiento de “estas bestias”.

Subimos.

En el piso seis, una pareja entró. No se hablaban. Tampoco se miraban. Podría haberse dicho que eran desconocidos si sus meñiques no hubieran estado entrelazados y sus caras tan rojas que el resto, incluidos los perros, nos calcinábamos en su fuego.

Antes de llegar a la planta baja, un tipo subió. Balbuceaba quejas en contra de la mujer de la basura.

En el lobby, bajaron todos. El hombre de los perros iba aleccionando a sus criaturas para que se comportaran bien, la pareja salió a la calle en medio de risitas y el fulano del primer piso fue a quejarse con el portero. Volví a quedarme en el ascensor.

La morena reapareció con el gordo. Ahora parecían felices y ambos subieron justo cuando me había resignado a subir solo.

Hablaban en aquel idioma que solo los amantes entienden. Aún quiero saber qué receta usó el gordo para arrancar “jijís” de esa garganta morena.

Me quedé en silencio con la mano en el bolsillo.

Ambos bajaron en el cuarto piso y, sin más acompañantes, regresé a la planta baja.

Una vuelta más”, pensé.

Sin embargo, ella apareció metiéndose en el ascensor con sus ojos atornillados a la pantalla del celular. Por supuesto no me vio.

Sus risitas, idénticas a la del gordo y la morena o de la pareja colorada, me amordazaron y no fui capaz siquiera de saludarle. Se cerraron las compuertas.

Enseguida, hubo uno, dos y hasta tres disparos.

Este relato forma parte del libro “Un cadáver exquisito” (en preparación)

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