Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Italo ha muerto”

Italo Costa Gómez

 

 

 

Mi madre es cosa seria y quiero compartir con ustedes cómo hizo para convertirme en blanco de tragedia; cuando “me mató” ante mi familia.

Cuenta la historia que una tarde, al salir de clases de inglés, me fui a montar bicicleta, mismo Carlos Vives, y estaba pedaleando por las calles punteñas, cuando un chofer no se percató de que estaba ahí y retrocedió botándome a mí y a la bicla al piso. Me dolía mucho el pie y la pierna izquierda al pisar.

Dos vecinos amorosos y con ganas de ayudar, como todo chalaco y más como cada punteño, me cargaron y me llevaron al edificio donde vivía. Mi mamá salió espantada a llamar a Alerta Médica y una ambulancia vino por mí, toda alaracosa. Los vecinos salían, la gente murmuraba y yo solo quería que la tierra me tragara.

Me llevaron a la Clínica Ricardo Palma, me hicieron las placas y me revisaron hasta el tuétano. Tenía un esguince de tobillo y me tenían que enyesar. Tan simple como eso. En todo el proceso yo nunca tuve un teléfono celular a la mano y demoraron como dos horas en ponerme el yeso, traerme las muletas mientras que mi mamá entraba y salía. Papeleo aquí, pago allá.

Cuando me sacan en silla de ruedas, ya para irme a mi casa, veo a casi toda mi familia afuera. Somos muchos, aunque no nos vemos seguido porque no vivimos tan cerca unos de otros, pero estaban absolutamente todos. Mis primos, mis tíos, mis sobrinos chiquitos, mis padrinos… con decirles que hasta las amantes fueron, los hijos negados. Nadie faltó. Era un reencuentro familiar en mocos. “Vale la Pena Soñar” era cualquier cosa. Encima, todos estaban desencajados, llorando. Pensé “Mierda, me estoy muriendo y nadie me lo quiere contar”.

Cuando me ven aparecer con una sonrisa, en silla de ruedas, con mi yesito, han saltado de alegría y todos buscaban abrazarme, sobarme, besarme. Ya sabía que sentía Buda cuando le querían sobar la panza all day long para que no falte fruta. Después del momento de dicha han volteado a ver a mi mamá con cólera.

Uno de mis primos me enseñó el mensaje de texto que les había enviado a sus hermanos:

“Han atropellado a Ítalo. Está grave en la clínica Ricardo Palma”.

La pita que se partió, mi mamá, mi mamá… Hizo que gente casi casi viajara a ver mis restos fúnebres y ya veías a la familia comprando coronas, llamando a mi padre para que pague un sepelio de lujo como merezco (con mozos y piano en vivo) y que cada primito se peleara por cargar una de las lágrimas en mi último adiós.

Todo lo que les cuente es poco. Por eso a partir de ahí supe que, gracias a mi madre, el día que me muera tiene que ser de un solo porrazo porque si mi mamá les avisa que “estoy en las últimas” nadie me manda ni una postal virtual.

La parca calata, literalmente.

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