Los violentos años 20 (1939)

Miguel Ángel Silva

 

 

Es muy posible que en una fecha a futuro, nos encontremos con un período similar al que describe esta película. Si eso llega a ocurrir, espero que los hechos narrados aquí sean recordados por todos. En esta película los personajes son composiciones sobre personas que conocí y las situaciones son las que realmente ocurrieron. Amargas o dulces, las memorias se hacen preciosas con el paso de los años. Esta película es una memoria. Estoy satisfecho por conservarla y agradecido a su recuerdo. Mark Hellinger”.

Así comienza la película “Los violentos años veinte” (1939, “The Roaring Twenties”, en el original) en donde una voz en off, nos interpela desde la pantalla poniendo en contexto lo que de ahí en más va a ser un salto temporal hacia atrás, más precisamente unos 22 años hacia atrás, desde 1940 —año en que se estrenó la película— hasta 1918, es decir que los hechos narrados, como dice la voz, ya habían sido vividos, sufridos y superados por una sociedad que pasó de la opulencia de la posguerra —la de la Primera Guerra Mundial— al quiebre de su sistema financiero —conocido como La Gran Depresión— en el que millones de norteamericanos perdieron sus trabajos y quedaron prácticamente en la calle.

La original propuesta del director es haber logrado un film en donde la fusión de varios géneros narrativos hace que “Los violentos años veinte” sea inclasificable. Si bien es cierto que está catalogada como cine negro —posee todos los tópicos para que así sea— encontramos en ella verdaderos momentos de comedia —situaciones que son casi inexistentes en este tipo de realizaciones, en donde el tono oscuro, desangelado, violento o duro de sus protagonistas vuelven al film noir una historia sin matices, a no ser claro está, por la consabida historia de amor que siempre se encuentra como una suerte de telón de fondo—; escenas de neto corte bélico como la del principio, ambientada en las trincheras de la Primera Guerra Mundial; momentos musicales en que vemos cantar a Priscilla Lane como si de un music hall se tratara y, lo más interesante, esa especie de documental en el que una voz omnisciente va narrando —segmentando la historia en varios bloques narrativos— los hechos acaecidos en esa década de ascenso y descenso de grandes fortunas —lícitas y no lícitas—, de amistades y traiciones entre socios comerciales, de amores esquivos y pasionales, de una década en el que se promulgó la famosa Ley Seca (Ley Volstead) que no hizo más que exacerbar el crimen organizado. Todo esto dentro de los 100 minutos de metraje de la primera película sobre gángsters que dirigió Raoul Walsh. Pero pongamos las cosas en contexto.

Abril de 1918. Minutos antes de firmarse al armisticio entre Alemania y las tropas aliadas, se encuentran en las trincheras y bajo el fuego enemigo, los tres protagonistas que luego, por esos azares del destino, volverán a encontrarse en la ciudad de Nueva York: Eddie Bartlett (James Cagney), George Hally (Humphrey Bogart) y Lloyd Hart (Jeffrey Lynn). Cabe destacar que, si bien Bogart venia de trabajar en muchísimos filmes, es a partir de esta película en que comenzaría su vertiginoso ascenso en su carrera actoral con filmes como “El último refugio” (1941), también dirigido por Raoul Walsh, “El halcón maltés” (1941) de John Huston, la mítica “Casablanca” (1942) de Michael Curtiz, y “La reina de África” (1951) por la que obtuvo su único Oscar a la Mejor Interpretación Masculina.

Por su parte James Cagney —la octava leyenda más grande del cine, por delante de Charles Chaplin, Gary Cooper, John Wayne y Gene Kelly según la lista 50 Greatest American Screen Legends— ya había tenido una carrera cinematográfica importante con títulos como “El enemigo público” (1931) de William Wellman —uno de sus mejores papeles como personaje duro y violento—, “Águilas heroicas” (1935) de Howard Hawks, “Contra el Imperio del Crimen” (1935) de William Keighley, “Ángeles con caras sucias (1938) de Michael Curtiz y “Los peligros de la Gloria” (1937) de Víctor Shertzinger, entre otros.

El trío se completa, como dijimos antes, con Lloyd Hart interpretado por Jeffrey Lynn. Un actor que tuvo gran reconocimiento en películas como “Four Daughters” (1938) y sus secuelas, “It All Came True” (1940) de Peter Yates y “Million Dollar Baby” (1941) de Curtis Bernhardt con Priscilla Lane —ambos protagonistas del film de Walsh— y Ronald Regan. Paradojas de la vida, su carrera actoral fue truncada a raíz de la Segunda Guerra Mundial —en “Los Violentos Años 20” la carrera de abogado de su personaje prosperaba luego de la Primera Guerra Mundial— y finalizada esta, ya no volvió a trabajar en papeles importantes, a excepción de “Carta a tres esposas” (1949) de Joseph Mankiewicz.

El prolífico Raoul Walsh, uno de los fundadores de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood y director de más de cien películas interpretadas por casi todos los íconos del cine dorado de Hollywood, basó su obra número 64 en el relato “The World Moves On” de Mark Hellinger, un periodista y columnista del New York Daily News y del New York Daily Mirror quien presenta, al comienzo de la película, esa introducción que nos confirma que los hechos sucedidos fueron parte de su vida real.

De ese encuentro fortuito en 1918, los personajes van a ir entrelazando sus vidas en la metrópolis neoyorkina en donde hacen su aparición los personajes femeninos: Priscilla Lane como Jean Sherman —cantante que enamora al personaje de Cagney— y Gladys George como Panama Smith, regente del bar clandestino en donde se realizan todos los negocios ilegales.

“Los violentos años veinte” tiene una de las duplas más icónicas del cine: James Cagney y Humphrey Bogart. De hecho, se dice que la rivalidad entre ellos era tan grande que las miradas y las secuencias en donde se enfrentan en la ficción, son sumamente reales porque así lo sentían en la vida real. En la historia narrada en la película, su amistad nunca logra hacerse palpable y si bien es cierto que ambos seguían un guión establecido, la frase “No me gustan los héroes ni los fanfarrones” que le dice Cagney a Bogart parece, vista hoy, como una declaración de principios.

Mucho se ha hablado sobre el tipo de papel que le tocó a cada uno. Mientras que Cagney hace de una persona incapaz de dañar porque sí, Bogart personifica a una persona oscura, llena de resentimientos y a la que no le tiembla el pulso si tiene matar por cuestiones personales o traicionar a su socio cuando lo crea conveniente. Es decir que Bogart, a quien siempre se lo identificó en un perfil mucho más leal y honesto interpreta a George Hally, un rufián que le cabría como anillo al dedo a Cagney que aquí lo vemos como una persona más persuasiva, más honesta y capaz de interceder ante su enemigo para salvarle la vida a quien había sido su compañero de armas. En esta película lo roles se subvierten y es por eso que también podemos apreciar la gran versatilidad de ambos actores.

La obra de Walsh tiene momentos sublimes. La fotografía en blanco y negro es uno de ellos, que por cierto está presente en todo el metraje, pero hay escenas en que el contraste de los claroscuros tiene una potencia arrolladora. Las primeras escenas de la guerra o el decorado con una estética del expresionismo alemán en donde se desarrolla el robo a los camiones de licor son claros ejemplos, pero la que se lleva todos los aplausos es la escena final, la del último tiroteo entre Bartlett y los hombres de Hally. Una escena que es un referente indiscutible para todos los finales del policial negro: el sabor agridulce de ver al típico antihéroe caído en desgracia. Una increíble secuencia en donde Cagney escapa corriendo por las calles nevadas y es alcanzado por una bala mortal que lo hace trastabillar para llegar así, con sus últimas fuerzas, hasta las escaleras de una Iglesia Comunitaria. Pero no logra llegar a lo alto, un lugar al que había accedido en un pasado no muy distante y que se convierte en un punto inalcanzable. La muerte lo alcanza antes, y esta muerte, considerada como la mejor de todas las películas de gángster, según Martin Scorsese, es tan metafórica en su esencia como sublime en su confección. De hecho, Scorsese, un católico confeso, debe haber sentido admiración por esa escena en donde Panama corre desesperada para tomar a un moribundo Cagney —su amor oculto— entre sus brazos emulando con esa actitud a la Piedad de Miguel Ángel.

“Los violentos años veinte” fue el primer film noir —término acuñado por los críticos franceses para este tipo de realizaciones que tienen una estética muy ligada al expresionismo alemán— de un director que transitó por todos los géneros posibles, y más precisamente por el de aventuras, sin olvidar esa maravilla fantástica del cine mudo como “El Ladrón de Bagdad” (1924) con Douglas Fairbanks. Un film que tuvo uno de los mejores trabajos de James Cagney, uno de los mejores finales de un policial negro —dramático, melancólico, insuperable—, un experimento —audaz en su época— que amalgama el documental a través de imágenes reales con ingeniosos e interesantes efectos visuales —el desmoronamiento de grandes rascacielos cuando se produce el crack financiero— y el sentido del humor que atraviesa toda la película como si de una comedia de los Hermanos Marx se tratara. Y así como dice Mark Hellinger al principio, “esta película es una memoria”, vale la pena recordarla siempre.

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