El consejo

Enrique Jardiel Poncela

 

 

Al abrir la puerta, la doncella le miró de arriba abajo: como se mira a los mendigos y a las estatuas griegas. En seguida se apresuró a decir:

—No sé si el señor podrá recibirle…

Y se esfumó en el pasillo, que, con respecto al organismo de la casa, era un esófago tapizado de damasco apócrifo.

Pero no se trataba de un mendigo ni de una estatua griega. Se trataba de un ciudadano —previsto de cédula personal y de fiebres intermitentes— que en el Registro civil se distinguía por los apelativos de Mateo Mariano José Federico Luis González Garruste, y que estaba en la más absoluta miseria.

* * *

Aquel martes 8 de marzo, González, atacado de paludismo, oscilaba entre la desesperación y la fiebre de cuarenta grados. Había vagado por la ciudad durante horas enteras, y nadie le había dado un céntimo ni un consuelo.

A la caída de la tarde, rendido ya, Mateo se metió en el domicilio de un antiguo amigo a solicitar un socorro.

Sus proyectos debían de ser tan claros, que la doncella anunció a su amo:

—En el despacho hay un hombre que pregunta por el señor.

(Porque en la vida de los hombres, para retratar a un ser desdeñable se dice un hombre.)

* * *

—¡Hola! —dijo Arístides, el antiguo amigo, al enfrentarse en su despacho con Mateo.

—¡Hola, Arístides! —contestó el otro, envuelto en esa clase de timidez tan frecuente en los conejos de monte cuando tienen que pedir dinero.

—¿Qué te trae por aquí?

—Pues ya ves… Pasaba por allí cerca…

—Y te dijiste: «Voy a saludar a Arístides».

—Eso es —corroboró Mateo, persuadido de que aquel principio no podía conducir a nada bueno.

Hubo una pausa pesada. El atardecer se arrebujaba en nubes. Las calles se teñían de gris. Mateo se armó de valor.

Y murmuró:

—Perdona, Arístides; pero he venido porque…

Se detuvo como si llevase una bujía engrasada. Luego siguió:

—Porque… estoy enfermo. Tengo fiebre, ¿sabes?

—¡Hombre! —barbotó Arístides, detrás de su puro humeante— ¡Vete a acostar inmediatamente! Para las fiebres no hay nada mejor que meterse en la cama.

—Es que yo no tengo cama, Arístides.

Pero Arístides no quería entender lo que se le decía, y agregó jovialmente:

—¡Qué demonio de Mateo! ¡Siempre con tus extravagancias! Ahora resulta que has prescindido de tener cama… ¡Eres incorregible!

—Si. Soy incorregible —murmuró el otro, sumergido en una tristeza infinita.

Y volvió a la carga de este modo:

—Hace tres días que no como.

—Pues te vas a hacer polvo el estómago. Juega con esas cosas y verás… Cuando yo digo que no tienes arreglo…

—Y duermo en los soportales de la plaza Mayor…

—¡También es capricho! —reprochó Arístides con semblante severo.

—Desde anteayer no me acuesto entre sábanas y voy de un lado a otro de la ciudad bajo el frío y bajo la lluvia.

—¿Y todavía te extrañas de tener fiebre? Lo que no sé es cómo no te has muerto de una bronconeumonía. Es preciso que cambies de manera de ser.

Mateo decidió entonces quitarle a Arístides todas las ocasiones de irse por la tangente:

—¿Cómo he de cambiar? —gruñó—. Si hago cuanto te he dicho es parque no tengo ni un céntimo.

—¡Vaya, hombre! Pues hay que tener dinero. ¿Comprendes? Hay que tener dinero. El dinero es la palanca del mundo.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué te obstinas en no tenerlo?

Una nueva pausa. Mateo González disparó la frase inapelable:

—He venido a que me des unas pesetas, Arístides. Tú no puedes dejarme morir de hambre y de enfermedad en medio de la calle. Eres rico. Eres un viejo amigo. Te pido ese dinero a guisa de préstamo.

Arístides se agitó en su sillón sin acertar a replicar nada por el momento. Se acarició la barbilla, frunció las cejas, se inclinó sobre el ventanal para contemplar la calle. Por fin se volvió hacia Mateo, como iluminado por una idea feliz:

—Es deplorable, es muy deplorable eso que te sucede —dijo—. Es francamente deplorable. Es deplorabilísimo. Y la verdad, Mateo, me das pena…

Mateo se levantó indignado:

—¡Ya comprendo que debo darte pena! Pero, pobre y caído, no te toleraré humillaciones.

Arístides se levantó también y apoyó una de sus manos en el hombro izquierdo del náufrago.

—Veo que no me entiendes —aclaró—. Me das pena, pero no por tu situación. Por lo que me das pena es porque te encuentro acobardado e incapaz de un arranque viril. Estás en la miseria… ¿Y debes conformarte con estarlo? ¿Debes recurrir a la petición? Eso entraña una cobardía. La vida es una lucha: un enorme campo de batalla; un sitio donde uno no debe rendirse. Todo combate en la vida: los animales, los elementos, los hombres. Hay que luchar. Yo soy un luchador, y al hombre que me dijese «No tengo» le contestaría «Robe usted». Resignarse es morir. No te resignes nunca, Mateo. Y dispensa si ahora no puedo remediarte, pero este mes he tenido muchos gastos y nada puedo hacer por ti. Lo siento. Te juro que lo siento, y si…

Le fue empujando, empujando; y cuando Arístides acabó de hablar, Mateo se encontró en la escalera de la casa.

Tuvo una crisis de dolor y de lágrimas. Llegó hasta el portal gimiendo como un sommier desvencijado.

El viento frío de la noche le abarquilló el ala del sombrero y le bailó el tango argentino en los bronquios. Entonces su dolor se convirtió en furia. Pateó la acera en medio de insultos feroces para Arístides, y, si no logró que su amigo oyera los insultos, por lo menos consiguió que los propios pies le entraran en calor.

Por último se cayó. Sacó un papel del bolsillo, escribió en él unas líneas y volvió a subir a casa de Arístides.

Abrió la misma doncella; le pasaron al mismo despacho…

* * *

Y cuando Arístides fue al despacho por segunda vez al encuentro de Mateo, y con el ceño mucho más fruncido que antes se encontró con que en el despacho no había nadie.

Mateo González había aprovechado los instantes en que la doncella le dejara solo para marcharse, poniendo un papel escrito en sitio bien visible.

Y en el papel, Arístides tuvo ocasión de leer lo siguiente:

«Querido Arístides: Tienes mucha razón. Resignarse es de cobardes. Me has convencido. Al que le diga a uno “No tengo”, debe contestársele: “¡Robe usted!” Te acabo de robar las dieciséis libras esterlinas que tenías en la vitrina del despacho. He hecho cuentas. La libra esterlina se ha cotizado hoy en bolsa a 41,50. Resulta, pues, que de este robo voy a sacar 664 pesetas. No me negarás que para la primera vez es un verdadero éxito. Gracias de todo corazón. Un abrazo de»

Mateo

NOTA.— Lamento haber tenido que romper el cristal de la vitrina, aumentando con ello tus gastos de este mes. Pero chico, no había más remedio. Hay que ser enérgico.

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