TE GUSTE O NO

Lucas Berruezo

 

 

 

Para los otros, para cualquiera que pudiera haberlo visto, fue un día más. Un día largo y aburrido como todos los demás. Nadie hubiera podido siquiera sospechar esa infinidad de presencias que se retorcían en su cabeza como una coreografía de gusanos ensayando sobre un escenario hecho de sobras en descomposición.

Desde que salió de la oficina hasta que llegó a su departamento, su vida no fue más que un silencioso paréntesis. Mientras esperaba que el portón eléctrico le permitiera entrar su Renault Clío a la cochera, apenas recordaba cómo había llegado hasta ahí. Un viaje de más de cincuenta minutos, desde las oficinas en Palermo hasta su hogar en Morón, había sido en realidad un controlado (vaya a saber por quién) piloto automático.

Ya en el ascensor sintió que la vida volvía, de a poco, a rodearlo con la sutileza de una amante experta y deseosa por complacer. No es que supiera cómo se comportaban las amantes (nunca había tenido una), pero con regularidad se había imaginado en brazos de una mujer (otra mujer) dispuesta a todo para satisfacerlo, desde permitirle cogerla por el culo hasta usar sus dedos para llevarlo a él, un simple ingeniero en informática, a los placeres desconocidos y prohibidos del sexo anal. De hecho, todas las veces en que le había insistido a Andrea para que le entregara el culo no había sido más para que ella, en un «quiero vale cuatro», se lo pidiera a él. Eso era todo lo que realmente quería, entregarle (como quien no quiere la cosa) el culo a su esposa. Pero no, la respuesta siempre había sido no. Él nunca tendría su culo y ella nunca pediría el de él.

Tercer piso, departamento A. La llave que entra con suavidad y abre con el sonido metálico de todos los días. Adentro, Andrea y Bautista. Andrea, todavía enojada después de la discusión de esa mañana, dándole de comer a Bautista. Bautista, con sus ojos color celeste cielo, mirando hipnotizado la televisión (la Doctora Juguetes le estaba salvando la vida a un caballo de madera). Él entrando, saludando con apenas una ligera y no respondida inclinación de cabeza, caminando hasta su habitación sin siquiera sacarse la campera…

Ya allí, se acercó a su mesita de luz. La voz de la Doctora Juguetes apenas se oía, amortiguada por la resistencia del vacío en los pasillos. Abrió la puerta inferior de la mesita y sacó la caja de All Stars, que estaba debajo de la caja de zapatos Chuekos. La abrió y dentro vio lo que buscaba. A su modo era hermosa, y parecía brillar bajo la tenue luz amarilla que emanaba del plafón del techo. La agarró y la sintió pesada, seductoramente pesada, como si hubiese sido hecha con el propósito, la misión, de que él la usara esa noche.

«Te guste o no estoy embarazada», le había dicho Andrea esa mañana.

Y no le gustaba.

«¿Te das cuenta del quilombo en que nos vamos a meter?», había preguntado él, como si le hablara a la mismísima pared.

Había sido culpa de ella, que siempre quería coger, pero nunca como él quería. Que siempre se quejaba del poco sexo que tenían y cuando él le proponía algo, ella se hacía la exquisita. Ella, que quería coger todos los días y siempre de la misma forma. Ella, que se le había subido encima y, después de meterse su pedazo dentro sin preservativo, se había comenzado a mover. Ella, que ante las palabras «ya acabo», había seguido moviéndose como si no lo hubiera escuchado. Ella, que si le hubiera entregado el culo (o, mejor aún, si le hubiera hecho el culo a él), no estarían en semejante quilombo.

«Quilombo o no, es nuestro hijo y lo vamos a tener».

Lo vamos a tener… Como si fuera la decisión de uno solo. Bastante le había costado aceptar la llegada de Bautista como para ahora, menos de dos años después, tener que acostumbrarse a alguien más. El departamento, que seguirían pagando por una década, les quedaría chico; el sueldo (para nada despreciable, pero tampoco exuberante) se recortaría un montón; el tiempo desaparecía por completo, se les escurriría entre los dedos como la sangre de una víctima ofrecida en sacrificio…

Se puso de pie, sintiendo el maravilloso peso en su mano derecha. No hacía falta que la revisara, vivir en la Argentina del siglo XXI lo había predispuesto a estar siempre preparado ante una posible eventualidad.

Salió de la habitación.

En el comedor, Andrea le daba la espalda y Bautista, enfrente de su madre, miraba el televisor. Por un momento dirigió su vista hacia él, pero enseguida volvió a la Doctora Juguetes, que estaba siendo agasajada por el caballo que ahora podía relinchar.

Doctora Pedorra, llegó a pensar en una extraña diversificación mental, que nunca pierde a ningún paciente…

Dio dos pasos, tres. Apoyó lo que ya era una extensión de su cuerpo en la nuca de Andrea. No lo pensó dos veces. Apretó el gatillo. Inmediatamente después de la explosión, una nube de sangre se dispersó hacia todos lados como si se tratara de pintura en aerosol. La cara de Bautista, con los ojos más abiertos que nunca, se había llenado de puntitos rojos que inmediatamente se convirtieron en trazos descendentes en busca de un camino hacia su mentón y cuello. El humo y el olor a pólvora daban su toque de realidad a la escena.

Rodeó el cuerpo de Andrea, ahora ladeado hacia la izquierda, y caminó ciegamente hasta el sillón de la sala de estar. Bautista lo seguía con la mirada.

Levantó su mano metálica hasta su propia sien.

No hubo ningún último pensamiento.

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