El ritual

Jesús Sánchez

 

 

 

Ya empezaba a clarear, aún no había salido el sol, pero la luz de su proximidad había empezado a iluminar las calles. Las fachadas de los edificios se dibujaban en varios matices de sombras, con sus entrantes y salientes arquitectónicos. A cada paso, muy sutilmente, se apreciaba el cambio al nuevo día con más intensidad. Las sombras se hacían más duras a los ojos, y el cielo iba afinando un azul sostenido que duraría buena parte del día. Se acercaba la hora del gallo.

En el interior de las viviendas los despertadores que aún no sonaban preparaban su inequívoca interrupción, marcando la pauta del antes y el después, entre lo que ya ha sido y la incertidumbre de lo que vendrá. Millones de personas alargaban el brazo para sacar de sus vidas el chirriante y diabólico sonido. Hacía años que el concepto despertador se había sustituido por un concepto más agresivo y desolador, ahora lo llamaban alarma, con toda la urgencia y gravedad que el término en sí implica. Un cambio asumido y apropiado a ciegas, sin una reflexión a tiempo. Para la gran mayoría era un pretexto angustioso, que marcaba el punto de inflexión entre el ocioso descanso y la moderna esclavitud. Pero era muy duro erradicar las costumbres sólidas, de manera individual cada mente así lo podría pensar, pero el cuerpo respondía puntualmente a sus obligaciones mecánicas. Alargar el brazo, apagar ese sonido de ultratumba y elevar el cuerpo sacándolo de su estado de bienestar, mientras la mente maldice en silencio la rancia costumbre de obedecer y madrugar.

Pronto una luz amarillenta se dejó notar, marcando la inevitable transición diaria. En breve las ventanas empezarían a abrirse, y los gallos, en forma de hombre o mujer, saldrían a cantar al balcón su estado de ánimo inicial. Se abrió la primera ventana y el primer hombre-gallo, aún en calzoncillos y frotándose los ojos, salió al balcón, se agarró a la barandilla y gritó: Puto despertador. Alargando la última sílaba hasta entrelazarse con el canto de una mujer-gallo en el balcón de enfrente, aunque dos pisos más arriba, que en su ubicación gritó: Hoy va a ser un día de mierda. También alargando la última sílaba, porque es así como se gritan las cosas. Los balcones empezaron a llenarse de gentes-gallo que gritaban a las calles su primera impresión del día. Se oían cantos por toda la ciudad de diversas procedencias y actitudes, sobreponiéndose unos a otros.

“He soñado contigo”, se oyó más allá, seguido de un “Si te pillo te mato, hijo de puta”, que a su vez era solapado por un “Hoy es mi día”, que daba pie unos metros más allá a un “Que alguien me recuerde lo que tengo que hacer”, que en cierto modo se pisó con un “Estoy embarazada”, ante el que el vecino de balcón se vio motivado para sustituir su canto por el improvisado “Enhorabuena”, que unos treinta y cinco balcones a la izquierda, y en la acera contraria, se mezcló con un “Muérete cabrón”, que parecía hermano del “Me cago en mi puto jefe” que se gritó no muy lejos, pero, como maravillosa casualidad, se oyó un “Estás despedido”, en la esquina de la calle, para darle paso a un “Me voy a merendar el mundo”, que sonó más arriba y que, sin saberlo, se estaba mezclando con un “Hostia, hoy no”, y en otro extremo “No he podido estudiar, joder”, para que un ser-gallo mucho más ambicioso, subido en la azotea gritara un “Esto es lo que hay, señores”, que un creativo recogió para inspirarse y soltar un “Y quien quiera que lo compre”.

Y así, durante varios minutos, la ciudad iba despertando y escupiendo sus cantos a la calle, desde un “Ha muerto Julián”, hasta un “Mi mujer se ha puesto de parto” pasando por el chistoso “Pues llama a una ambulancia”. A veces pasaba esto, es decir, el ser-gallo salía al balcón con la intención de gritar algo pero, al llegarle el canto de otra persona-gallo, le inspiraba otra respuesta, y su pensamiento quedaba, si no anulado, al menos oculto. Como también era normal que interpusieran frases radicalmente opuestas, como el “Me han subido el sueldo”, del presumido de turno, con el “No tengo trabajo” del desgraciado de turno. Pero el conjunto era la crónica perfecta para empezar el día, porque había cantos para todo, para deportes siempre, debido a sus numerosos seguidores que gritaban cosas del estilo “Hoy os vamos a ganar, mamones”, hasta la política estaba muy candente con sus cantos tradicionales de “Putos políticos de mierda”, y si uno prestaba atención sabía que convivía entre varias nacionalidades, porque se escuchaban cosas como “Viva México cabrones”, y entendía que la labor para que todos fuéramos integrados y tratados igual era difícil cuando de otra punta se escuchaba “Vuelve a tu puto país”, por eso la suma de todos aquellos gritos componía un mosaico certero de realidad vinculante (que a su vez no estoy muy seguro de lo que significa, pero se lee como un cañón), de manera que fue creciendo y expandiéndose por la ciudad, y en cuestión de poco más de un mes ya era una costumbre arraigada, un desahogo visceral, una medida psicológica de primer orden, una innovación brutal en el campo sociológico, una descarga sincera que suponía un alivio para empezar el día.

Pero como sucede casi siempre las cosas importantes no escapan a los ojos de los poderosos, que enseguida se pusieron nerviosos al conocer tal comportamiento. Se hizo un gabinete de crisis por la vía de urgencia, esto no puede quedar así, y con un derroche de inteligencia sublime enviaron a los antidisturbios que, como con las porras no llegaban a los balcones, tuvieron que emplear pistolas de balas de goma, pero por todos es conocido que un antidisturbios no es un lince, así que como su puntería no era precisa los seres-gallo se mofaban de su torpeza, e ideaban ingeniosos gritos improvisados con dedicatoria. Así brotó la risa, y fue curioso, porque lo que antes era un caos de pensamientos sueltos al azar, entre afines y contradictorios, se unieron contra la misma causa y rieron todos de la misma situación, consiguiendo que toda la ciudad estuviera de acuerdo en algo concreto, un hecho insólito que preocupó doblemente a las autoridades, incapaces de aportar soluciones decisivas.

Así la medida se volvió trágica, porque si esto no me entra en la cabeza, pues con la cabeza lo golpeo. Y una legión de albañiles, capitaneada por un equipo de arquitectos, empezó a levantar un muro alrededor de la ciudad, y en el paso de escasos meses ésta quedó aislada.

Para la inauguración del muro se vistieron todos muy bien, hasta acudió un rey, porque era algo importante e innovador para estas mentes, y debían estar presentes los mejores. Y cuando se descubrió la placa se leyó: Ciudad Manicomio de España.

Todos se aplaudieron, incluso hubo abrazos y risas, y en cuestión de minutos ya no quedaba nadie, y la ciudad quedó aislada. Aislada para siempre, pero no murió, por una sencilla razón no murió, y es que aunque limitaron su hábitat no pudieron callar sus voces.

Jesús Sánchez (Murcia, 1974).

Trabajé, y me hice ebanista, para pagarme los estudios. Soy Diseñador de interiores, pero ejercí sólo tres años como tal. Y tengo más de diez años de experiencia en comunicación audiovisual, como decorador, guionista, productor y director.

La escritura es algo que hago desde que recuerdo, hago un poco de todo, poemas, relatos y artículos. Trabajé en una revista universitaria y poco más. Algún premio insignificante he tenido y me han publicado en libros colectivos

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