Dementia 13 (1963)

Miguel Ángel Silva

 

 

 

Cuando escuchamos hablar de Francis Ford Coppola, automáticamente nos remitimos a esa increíble trilogía que dirigió entre los años 1972 y 1990 llamada “El Padrino” y, obviamente, a sus secuelas: “El Padrino II” (1974) y “El Padrino III” (1990), respectivamente. Y por efecto transitivo asociamos su nombre con la famosa historia de la familia Corleone, integrantes de la llamada Cosa Nostra —una especie de sociedad secreta formada en Sicilia— anclada en Nueva York; con sus negocios ilegales, sus crímenes de venganza, los diferentes clanes y su lucha por el poder, sus contactos en todos los estratos del estado, ya sea político o judicial, y a una lectura descarnada de una sociedad corrompida—por obra y gracia de Mario Puzo, su autor literario— que el director llevó a la pantalla con una maestría insuperable.

Si hilamos más fino, también podemos asociar a Coppola con esa imponente película —en todos los sentidos posibles— que fue “Apocalypse Now” (1979). “El corazón de las tinieblas” —novela corta de Joseph Conrad— llevado al corazón mismo de la selva de Vietnam. Una relectura de la travesía del marinero Charlie Marlow por el Congo de fines del siglo XIX que va en busca de un comerciante de marfil llamado Kurtz —escrita por Conrad y publicada en 1899— y que Coppola ambientó en plena guerra de Vietnam, conflicto paradigmático de los convulsos años 60. Una película que fue considerada cultural, histórica y estéticamente significativa por la Biblioteca del Congreso de los EE. UU. y que pasó a formar parte del National Film Registry, es decir, un filme que amerita su preservación histórica.

Eso sería a grandes rasgos lo que significa Coppola para la industria del cine y el público masivo, pero claro que esto solo es la punta del iceberg. Más allá de filmes dirigidos en clave musical como “One from the heart” de 1982, comedias dramáticas con tintes fantásticos como “Peggie Sue” (1986) o biografías no autorizadas como “Tucker, un hombre y su sueño” (1988), Coppola siempre fue un director y productor de grandes films de terror. ¿Cómo olvidar la majestuosidad y grandeza visual del “Drácula de Bram´s Stoker” de 1993? ¿Cómo olvidar su tarea de productor en “Frankenstein de Mary Shelley” de 1994, dirigida por Kenneth Branagh o en “Sleepy Hollow”, basado en el cuento de Washington Irving y llevado a la pantalla por Tim Burton en 1999?

Podemos decir entonces —y mirando por debajo de la superficie del agua— que Coppola, más allá de ser conocido por sus historias de la mafia y de la guerra de Vietnam, en primera instancia, y de musicales y comedias dramáticas en la segunda línea de producción, es un gran enamorado de las historias de terror. Todo esto viene a cuento porque existe un film —su primer film como director— llamado “Dementia 13” (1963) que fue su primer acercamiento al género gótico, con castillos, pasadizos y fantasmas que toda historia de esta naturaleza debe poseer. Un film que, si bien es ignorado por la crítica —incluso por él mismo—, hoy se ha convertido en un objeto de culto.

Luego del fenómeno “Psicosis” de Alfred Hitchcock, estrenada en 1960, Roger Corman, productor y director de grandes éxitos como “La caída de la Casa Usher”, “El péndulo de la muerte” y “El Cuervo” —todos basados en cuentos de Edgar A. Poe—, “La tiendita del Horror” o “El hombre de ojos de rayos X”, entre tantos otros, quiso —sino imitar al menos tomar prestado— algunos de los aciertos de esa gran historia escrita por Robert Bloch y protagonizada por Anthony Perkins y Janet Leigh.

Corman, como podemos apreciar, fue un gran devoto del terror, la ciencia ficción y de los mal llamados “géneros menores”, así que podríamos decir que “Dementia 13”, si bien es hija directa de “Psicosis” en muchos sentidos, es también una consecuencia directa de su admiración por estos géneros.

Filmada en blanco y negro, la historia se desarrolla en escasos 75 minutos y adquiere climas realmente terroríficos. Louise Haloran (Luana Anders), está casada con John Haloran, integrante de una familia aristocrática y adinerada que vive en un castillo —el castillo Haloran— que luego de la muerte de su esposo por un ataque al corazón, decide ocultar su final trágico fraguando una carta hacia su suegra en donde le dice —en palabras de John— que no puede asistir a la reunión en el castillo Haloran porque tuvo que ir urgente a Nueva York por un negocios. De esta manera, su flamante viuda se presenta sola a la invitación con el solo propósito de conquistar a su suegra y poder ser considerada como parte heredera de su testamento, algo a lo que su difunto marido se oponía.

Es aquí en donde empiezan las similitudes con Marion Crane —el personaje inescrupuloso interpretado por Janet Leigh en “Psicosis” —, en cuanto a su ambición exacerbada; incluso su aspecto físico es muy semejante al de Janet Leigh. Louise no solo tiene que caer simpática a Lady Haloran (Eithne Dunne) que es la dueña absoluta de la fortuna de los Haloran sino a sus hijos: Richard Haloran, el mayor, y Billy Haloran (Bart Patton). Completan la estadía en el castillo la prometida de Richard, Kane (Mary Mitchel) y el médico de la familia, Justin Caleb interpretado por Patrick Magee, aquel inolvidable Frank Alexander —el escritor que se venga del asesinato de su esposa de una manera despiadada— de “La Naranja Mecánica” (1971) de Stanley Kubrick.

En medio de todo esto —no podría faltar en un relato gótico— hay un fantasma; el de la hermana menor de Richard y Billy que murió ahogada en el lago siete años atrás. La muerte de la pequeña Kathleen es la excusa para que todos los integrantes de la familia se reúnan una vez al año para realizar un curioso ritual: la visita a su tumba, algunas palabras alusivas y el esperado desmayo —que se ha convertido en una de las curiosidades de cada ceremonia— de su madre. Claro que existe un secreto, un secreto que Justin Caleb, más allá de su apariencia siniestra, intenta descubrir.

Una vez llegada al castillo, la bella Marion no logra cumplir su cometido, esto es incentivar ese misterio latente mediante artilugios fetichistas para provocar en su suegra un estado depresivo y pasar a ser su confidente emocional. De esta manera se ganaría su confianza y sus millones. Y así, como Hitchcock tomó la arriesgada decisión de matar a la protagonista principal en mitad de “Psicosis”, aquí sucede lo mismo. Marion Crane muere a la media hora de empezada la película. Eso sí, de una manera mucho más violenta y explícita que la ocurrida en la icónica bañera del Bates Motel.

Coppola, bajo la atenta mirada del productor Roger Corman, subsana estos evidentes homenajes al cine de Hitchcock con fina ironía; un sarcasmo que se filtra en algunos diálogos de antología.

La noche de la víspera de la conmemoración de la muerte de Kathleen, Kane le pregunta a su futuro cuñado por qué no se acuesta, acabarás deprimiéndote aquí tan solo, le dice, a lo que Billy le responde:

¿Has visto dónde está mi habitación? Hay que pasar por un pasillo donde no ha vivido nadie en los últimos 50 años. Luego subir por unas escaleras por donde mi bisabuelo se cayó y se rompió el cuello y cruzar una sala en donde mi abuelo se murió de un ataque al corazón. Prefiero estar deprimido aquí que allí, termina no sin cierta lógica.

“Dementia 13” no será una obra maestra, ni pasará al panteón de los filmes inolvidables, pero sí es una obra en donde ya podemos intuir el manejo de actores y actrices de un joven Coppola, en cómo realizó encuadres y enfoques bastante inquietantes para la época —el hacha del asesino, la cabeza decapitada—, cómo filmó la boda de Kane y Richard —replicada con destreza y magnificencia en “El Padrino I”— de una manera convincente, e inquietarnos con la primera escena de la película en donde vemos a Louise y John subidos a un bote en medio de un lago oscuro y tenebroso con la música de rock saliendo de una radio portátil. Todos elementos que convierten a “Dementia 13” en algo más que el capricho de Roger Corman por emular al clásico de Hitchcock con un presupuesto bajísimo. Una película que ya tiene el sello del que luego sería el director más importante de Hollywood. Y si bien Coppola reniega de su ópera prima, hoy por hoy, en que todo el cine de esos años es revalorizado como se merece, la transforman en una película con grandes aciertos, con una vuelta de tuerca hacia el final acertada y con un claro sentido de la narración más pura. Algo que siempre se agradece.

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