cuando las salas de espera de las estaciones de trenes eran un buen refugio

José Pastor González

 

 

las noches de invierno
cuando en Valladolid el frío es cortante como la muerte
la sala de espera de la estación de trenes
era un buen refugio
bajo techo
caliente y acogedor
sin maderos encabronados
sin fascistas apaleadores
sin ratas envalentonadas
allí
una docena de mendigos
entrabamos en calor
compartiendo vino y mentiras
colillas y desdichas
cartones y fracasos
la compañía y el vino
ayudan
algo
cuando estás en la calle
la compañía es una forma de engañar a la locura
al vacío y a las miradas de desprecio o indiferencia
y el vino calienta
y combate los silencios y los miedos

dormíamos como vivíamos
a trompicones
poco y mal
pero era un descanso
una pequeña tregua
en la pelea por seguir vivos

cuando amanecía
mendigábamos unas monedas
para tomar un café en la cantina
y sentirnos
por un instante
personas normales y corrientes
y mirábamos por el ventanal
-como si aquella cantina fuera el salón de nuestra casa-
unos trenes
que nos podían llevar
lejos de allí
y darnos una segunda oportunidad
de empezar de nuevo
en cualquier parte

pero nunca
subimos
a ninguno de aquellos trenes
y seguimos en la sala de espera
de estaciones
que han dejado de ser
acogedoras

 

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